miércoles, 30 de diciembre de 2020

La crónica: entre la Historia y las historias





                                             “Yo no creo que haya nada más feroz,

      desopilante, ambiguo, tétrico

      o hermoso que la realidad, ni que

      escribir periodismo sea una prueba

      piloto para llegar, alguna vez, a

      escribir ficción”


                     Leila Guerriero 

              























                                                                  I

Los hijos de Saturno



Un célebre cuadro de don Francisco de Goya nos muestra a Saturno (el equivalente romano de la divinidad griega  Cronos, el que maneja los hilos del tiempo) dedicado a la  tarea de devorar a sus hijos, que son los días, y con ellos al destino de los hombres con su carga de dichas y desventuras. A esa imagen del hombre sometido al poder del dios, los poetas de todos los tiempos han intentado oponerse con el sortilegio de las palabras, que en todas las cosmovisiones son  agentes creadores, en la medida en que los seres y las cosas existen a partir del momento en que son nombrados.  A ese recurso supremo apelan los habitantes de Macondo, entregándose a la tarea de rotular las cosas con sus nombres, como una manera de no sucumbir a la  peste del insomnio, una de cuyas manifestaciones es el olvido.

En los orígenes de la literatura el  viejo Homero, ciego y memorioso, se toma el trabajo de tejer una red o, si se quiere, de ensayar  una pintura en la cual quedarán consignadas las huellas que dioses, héroes y hombres dejan a su paso por la tierra. 

Dioses y demonios, príncipes y guerreros, adivinos y rapsodas, amantes y criminales, santos y locos nos hablan de los momentos primordiales de unos seres  en cuya sangre ya alentaban los temores, las pasiones, la ambición y la grandeza, que son la sustancia utilizada por las criaturas para amasar su destino. Más allá de lo que sus relatos puedan decirles a los estudiosos del  mito, la religión o la sicología, el periplo de Heracles  y Leda, de Helena y los Argonautas, de Jasón y  Odiseo es un auténtico Hilo de Ariadna que nos ayuda por igual a descorrer las capas de la Historia o a interrogar los oráculos del propio corazón.



Más adelante , el mundo será testigo de la aparición de unos hombres  que consagran su vida a una lucha tenaz y acaso inútil contra el olvido, pero que en todo caso intentarán apropiarse de las palabras para relatarles  a sus contemporáneos   y a las generaciones de un futuro que también es pasado los trabajos y los días, las obras y milagros, los horrores y goces que  constituyen el rastro dejado por los hijos de los dioses  en su afán de hacerse a un lugar en el mundo. Por ellos nos enteramos de las fantasías de un pueblo que un día quiso elevar una torre que llegara hasta el cielo para mirar por fin de frente el insondable rostro de Dios. De su puño y letra supimos de las intuiciones de un ser mitad mito y mitad hombre, autor de una suerte de código que al juntarse con las leyendas del Asia Menor y más tarde con la filosofía griega dio lugar a una de las grandes religiones de la Historia. Gracias a sus palabras supimos del asombro y los pavores experimentados por los hombres de Hernán Cortés y del emperador Azteca cuando una mañana remota se asomaron al abismo fascinante y terrible de sus mundos desconocidos.

Una irreprimible inclinación hacia la taxonomía llevó a que los expertos en Historia y literatura los clasificaran un día como cronistas, vale decir, los que toman nota de lo que acontece en el tiempo, aunque sería más justo decir que los cronistas son los que recogen las briznas dejadas por el tiempo en su ir  y venir sin tregua ni remedio.

La literalidad de esa  acepción pasa por encima del hecho, constatado  muchas veces, de que el cronista dista mucho de ser un amanuense que registra los asuntos de la existencia en una especie de debe y haber, aunque ese fue el papel que les adjudicó durante siglos la soberbia de los poderosos : Al  debe iban a parar las fantasías, las divinidades y las obras de los derrotados, mientras en el haber quedaban  registradas las propias hazañas. No por casualidad los cronistas formaban parte del equipo de viaje de los conquistadores. Sin ellos era seguro que las  gestas- reales o inventadas- serían presa fácil de la peste del olvido que es una de las señas de identidad de la condición humana.

La lista se hace extensa: De Flavio Josefo a Heródoto. De Marco Polo a Antonio Pigaffeta. De los juglares medievales a los cronistas de Indias, todos se convierten en fuente ineludible  y necesaria cuando  una persona intenta comprender su presente de la única manera posible : asomándose al pasado. ¿ Cómo si no podríamos comprender el complejo universo social, económico, político y cultural en el que tuvo que adentrarse Marco Polo hasta llegar a los confines de la ruta de la seda? ¿ de qué otra manera podríamos aproximarnos a las turbulentas empresas acometidas por el Imperio Romano en el momento de la irrupción del cristianismo? ¿ Con qué elementos habríamos de asomarnos a lo que  significó la llegada de los europeos a   las Indias Occidentales si los cronistas no hubiesen descrito al detalle  la esencia de instituciones tan contradictorias como  la encomienda y la Inquisición?

Si la crónica pretende a ayudarnos a comprender el mundo, empezando por el universo personal, es evidente que no puede ser mero dato. Fría estadística. Registro monográfico de la realidad. Inventario de próceres. Contabilidad de víctimas y victimarios. Tiene además la responsabilidad de darnos pistas que nos conduzcan a lo más esencial de esos seres de carne y hueso que hacen la Historia. En esa tarea, además  de las disciplinas que se ocupan de las distintas manifestaciones de la vida individual y social, este género encontró en el camino un aliado que habría  de conducirlo hacia territorios no imaginados : la literatura. Con sus técnicas narrativas, su manejo del lenguaje, su  habilidad para crear personajes y ante todo con la intuición poética, los restantes géneros literarios, vale decir: la novela, el cuento, la poesía y más tarde el ensayo pasaron a formar parte de una manera de contar el mundo que, sin perder de vista el hecho de que tenía que vérselas con seres y acontecimientos reales, supo entender que todo  relato perdurable de la vida es en si mismo un acto de creación. La definición de caracteres, la descripción de atmósferas, los saltos en el tiempo y el espacio, los datos prestados de otros campos del saber, serán puestos al servicio de un intento por ahondar en las fuerzas que gravitan sobre el que  es para muchos el resumen del proyecto de civilización : la ciudad moderna con sus conflictos de intereses, sus prodigios tecnológicos, la inmediatez de las comunicaciones y sus ofertas de bienestar, pero también con su irremediable dosis de indolencia, de competencia feroz, de soledad y de miserias incontables.



II

Postales de ciudad



Sucede en Pereira, como por lo demás en muchas ciudades latinoamericanas. Los días 24 y 31 de diciembre , aunque no hayan tenido contacto durante el año y  atendiendo a una cita pactada mucho tiempo atrás, cientos de hombres cuyas edades gravitan entre los veinte y los sesenta años, se reúnen en las calles de los barrios populares para  jugar un  partido de fútbol que es en realidad una prueba siempre renovada de lealtad con el pasado. 

El rito empieza con el cierre de la calle escogida para el encuentro y con la instalación de pequeñas  arquerías portátiles.  Después viene la selección de  los equipos, que corre a cargo de  quienes han permanecido durante más tiempo en el  sector y ese es el primer síntoma  de que estamos  asistiendo a un ritual de hondas repercusiones : los participantes apelan a la memoria de quien guarda en el recuerdo  las imágenes del virtuosismo o la torpeza de los jugadores, del espíritu  pacifista de unos o el talante pendenciero de otros. Empieza  el partido  y los  vecinos se asoman a las ventanas, mientras los niños se arremolinan alrededor de la cancha improvisada, con el aire nervioso de quienes  saben que un día serán ellos los protagonistas de la aventura. Como resultado del sorteo, los integrantes de uno de los equipos juegan sin camisa bajo el sol mordiente de  las  tres de la tarde. Sus  rivales lucen un aspecto variopinto. Camisetas de  oncenos del torneo local o de los más prestigiosos competidores de las ligas europeas: el Manchester United,  la Juventus de Turín o el  F.C Barcelona son los colores que más se repiten. Un muchacho de veinte años con la imagen de un dragón  tatuada en   el brazo luce, a manera de desafío, la camiseta de un remoto equipo de la liga turca. Cada cierto tiempo una comisión  enviada por un emigrado próspero que contempla el juego desde el balcón de su caza se acerca para  hidratar  a los jugadores con una reparadora dosis de cerveza  bien fría.

Fin del primer tiempo.


Si usted quiere puede dejarlo en la mera anécdota : una colección de camajanes  provenientes de  distintos lugares del país y del planeta, que se reúnen cada año a  embriagarse y a rumiar nostalgias de esquina con el pretexto de un partido de fútbol. Pero sí, así lo decide , puede aproximarse un poco más  y podrá encontrar  un puñado de historias como las que siguen.

Saque de Puerta :

Leonardo  Guarín , el portero de los descamisados, ya pasó la barrera de los  cincuenta años. Nació a un costado de la iglesia de La   Trinidad, en el corazón del barrio Berlín de Pereira. Cursó hasta  cuarto de bachillerato  en el Colegio Rafael Uribe Uribe. Un día de 1979, cuando apenas contaba veinte, se marchó con un tiquete de de ida en el bolsillo hacia  un poblado de la frontera entre México  y Estados Unidos donde el novio de su hermana mayor trabajaba como “Coyote”, transportando inmigrantes irregulares entre los dos  países. Poco  tiempo después  regentaba una casa de  prostitución en Tijuana, alimentada con las mujeres indocumentadas que no alcanzaban a cruzar la frontera. Hoy es propietario de una cadena de bares diseminada por el sur de  La Florida. En cada uno de ellos tiene  fijado en la pared un  cartel gigante del Deportivo  Pereira donde aparecen, entre otros, el portero Reynel Ruíz y los delanteros Benjamín Cardona y Jairo “El Chiqui” Aguirre . Desde 1985, año en el que obtuvo su documentación regular   viaja a Pereira para el alumbrado del 7 de diciembre y regresa a Estados Unidos finalizando enero. Durante su permanencia en la ciudad  se instala en la casa  doña Joba, su madre, la misma donde él nació.  Él es quien financia una parranda  interminable que dura cuarenta y cinco días con sus noches y además se encarga de reparar los daños a terceros.

Marca a presión


Obed  Tamayo   anda  por los sesenta pero corretea rivales y mete pierna con la tozudez  de un adolescente. Luce  con orgullo una camiseta roja y amarilla del Deportivo Pereira que ostenta en su espalda  el nombre del futbolista Carlos Darwin Quintero, transferido  hace un tiempo a la liga mexicana. La  sede del desafío amistoso es ahora una de las calles del barrio Boston, ubicado en el sector suroriental de la ciudad.

 Poco después de llegar de Caicedonia, Valle, un pueblo  azotado por la violencia liberal- conservadora , aprendió el oficio de zapatero solador y se instaló  en una casa de esterilla  desde  la que vio crecer  lo que hoy es un sector habitado  por maestros y  funcionarios públicos.  En 1961 empezó a jugar partidos en un potrero vecino con los hombres  que regresaban  de  Venezuela y Estados Unidos, sin sospechar que un día  se sumaría a  la legión de peregrinos que partieron de  la ciudad y se desperdigaron por el mundo. Un día de  1999 sus hijas, radicadas en España un lustro atrás, se lo llevaron a vivir a esa tierra de la que solo tenía noticias por las temporadas de toros y desde la que regresa  cada diciembre a visitar los nietos que permanecen en su tierra  , pero sobre todo a jugar los partidos donde se encuentra con Guillermo, un ingeniero  de la Universidad  Tecnológica que trabaja en Holanda;con  Roberto, un antiguo ayudante de camión que se especializó en conducir lanchas rápidas cargadas de droga por la costa Oeste de los Estados Unidos y ahora es un empresario  en uso de buen retiro y con  su ahijado Sebastián, un adolescente que ya se probó en las divisiones inferiores del  Pereira. Pero lo más importante de todo es comprobar que Olegario Flórez todavía  está vivo. Se trata de un octogenario oriundo de  La Celia que se cuenta entre los primeros habitantes del barrio y que a su edad aprendió a manejar  Internet para comunicarse con sus  familiares y amigos regados por el mundo.


El frente de ataque

John Steven Marín apenas tiene  quince años, juega de centro delantero y desde   su estreno en  el año 2007 se lo disputan los equipos de los retornados que celebran la navidad y el año nuevo jugando un partido de fútbol en una calle del sector D de la Ciudadela del Café. A pesar de lo que uno pueda imaginar, su ídolo no es Lionel Messi sino  Hugo Hernán Quiceno, un gigantón   rubio con  aire vikingo  que siembra la confusión cuando declara que nació en Riosucio (Caldas) un municipio de fuerte ascendencia indígena. Cuando  contaba apenas tres años John Steven  lo vio jugar en las  canchas del sector y quedó prendado de su   elegancia  para quitarles la pelota  a los rivales y de su repentina manera de enfilar hacia el arco contrario. Hugo Hernán  empezó a viajar a España en el año  2002 en un programa de  cosecheros  temporales, y desde entonces   su joven adorador lo aguarda  por diciembre,  con la esperanza de  que los dioses que  controlan el azar lo pongan a jugar en su bando para aprender por fin el secreto de su manera de pegarle a la pelota sin dejarla caer.



III

Marca de tiempo


Como se puede ver, esos partidos de barrio que se disputan con la pasión  y la entrega de la final de un mundial de fútbol pueden ser también , si uno se lo propone, la bitácora de viaje que  nos permite seguir el rastro de uno de los hechos sociales de más impacto para Colombia en las últimas décadas : el de la  migración  masiva de nacionales hacia distintos lugares del mundo como resultado de las violencias,  de la pérdida progresiva de  empleos, de la mera  curiosidad o del empuje por agenciarse un destino en otro lugar de la tierra. Ese es el propósito del presente  texto : No tanto demostrar, que ya lo han hecho tantos, como recordar que siguiendo la ruta de las pequeñas historias se llega  al escenario de la gran Historia individual y colectiva  que puede, cuando no es contada solo por los  vencedores o por quienes detentan el  poder, funcionar a modo de espejo  donde nos reconocemos protagonistas de esa aventura  que es nuestro paso por el mundo. Es en ese punto donde la crónica, como territorio  intermedio entre el periodismo y la literatura, empieza a jugar su papel de herramienta para  identificar las marcas  que el tiempo  deja en la  piel  de las criaturas, pero también las que  estas, célebres  o anónimas, van dejando en él  a medida que tejen y destejen su destino.

Ya lo planteó el pensador Karl R Popper en su ensayo La Sociedad Abierta  y sus Enemigos :  “Lo que llamamos Historia Universal es en realidad la historia del poder  político , es decir , de la delincuencia internacional”.  Eso explica  porqué  en los libros de Historia el mundo parece estar poblado solo por héroes, santos, poetas, guerreros o monarcas. Poco  o nada se nos cuenta acerca de la vida cotidiana de los ingleses de los tiempos cuando Enrique VIII hizo  de la decapitación la más expedita forma del divorcio.  Menos  nos dicen todavía  sobre el cancionero o los ritos amatorios de la  Francia napoleónica, como si el emperador y su dama fueran la única y gran pareja primordial capaz de  absorber y abolir cualquiera otra tentativa de pasión individual. 

En el concierto latinoamericano, las guerras de independencia no parecen haber tenido protagonistas distintos a una legión de  generales y coroneles dedicados a recorrer valles y montañas con su tropa   de amantes , que  invariablemente  terminaban sus días  en el destierro caribeño o europeo. Llegados  un poco más al norte, el despojo  de que fueron víctimas miles de mexicanos, indígenas y colonos blancos descendientes de los fundadores de lo que hoy son los Estados Unidos de América nos fue presentado  siempre como  una gesta   civilizadora glorificada por el cine y el cancionero bajo la etiqueta de “La conquista del Oeste”.

Solo la buena literatura- y en ese  concepto se incluye la crónica-  supo revelarnos desde un  comienzo el fraude que alentaba tras el velo de la historia oficial. Basta  con leer las páginas del   viejo o el nuevo testamento para descifrar entre líneas  el tipo de sociedad  tribal pero también la clase de individuos que  no solo permitían si no que demandaban un tipo de divinidad como la  expresada  en la figura de Yaveh, ese intolerante dios de  pastores  nómadas  siempre en disputa con los vecinos y con el  propio clan. Tal como acontece hoy en las sociedades  a punto de  la disolución, los hombres no tardaron en reclamar un caudillo que  pusiera en orden la  casa mediante una adecuada mezcla de fuerza y promesas de redención :  he ahí al Moisés recreado por los cronistas  mientras recibe directamente del cielo sus tablas de la ley. Pero el relato no se queda allí. Trascendiendo los  límites del conflicto local, los autores  de los textos nos   legaron su visión del panorama geopolítico internacional de la época, siguiendo  paso a paso los avatares del pueblo judío enfrentado a las grandes fuerzas del imperialismo global    , expresado en  los apetitos expansionistas de  babilonios y egipcios. Vistas de esa manera, las descripciones minuciosas del cautiverio de Babilonia,  la travesía del Mar rojo, las plagas de langostas o el infortunio de José vendido por sus hermanos a mercaderes egipcios constituyen el recurso narrativo escogido por los autores para situar en el espacio y en el tiempo a los protagonistas de una historia que, como todas, se desarrolló en medio de grandes convulsiones.



En el prólogo a un libro del periodista colombiano Heriberto Fiorillo, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez-  él mismo un excelente cronista – anota que : “Desde mediados de los 80 pero, sobre todo, en la última década del siglo, la crónica colombiana se convirtió en el lugar privilegiado para observar los signos de un país que se volvía cada vez más indescifrable. A diferencia de los personajes de ficción, los de  la nueva crónica no permiten que el lector se identifique con ellos ni que se apasione ni que tome partido: están allí por una especie de fatalidad, sin líneas de fuga. Todo pareciera estar corrompido pero, a la vez, todo pareciera ser natural. No hay inocencias ni culpas. Tampoco hay alternativas. Las cosas suceden  porque la vida es así y- lo que es más terrible- porque no hay otra vida…” Más adelante, el autor de  Santa  Evita  y La novela de  Perón insiste en que “… En esa procesión de sicarios, prostitutas de diez años, criminales involuntarios y mentirosos profesionales, el cronista siempre permanece fuera. Registra lo  que pasa, pero no se compromete con lo que pasa. La única señal de que está violando la objetividad es que ha elegido un determinado tema para contarlo. Y cuando lo cuenta, su ética, su conciencia están en continuo estado de alerta, pero no se nota. Lo que el lector siente es que el hecho elegido registra siempre alguna de las violencias que, en la Colombia contemporánea, son casi el otro nombre de la nación. El cronista es el sismógrafo de una sociedad desgarrada, pero no tiene nada que ver con el sismo : no puede evitarlo ni predecirlo ni mucho menos juzgarlo…”  (Nada es  Mentira-  crónicas y otros textos- Heriberto Fiorillo Página 11- Editorial Espasa)



Lo que uno percibe, más allá de los vaivenes propios de las normas periodísticas  o del mercado editorial, es que, a diferencia de otros  géneros surgidos al ritmo de las  condiciones sociales y económicas que caracterizan  a una determinada época,  la crónica ha tenido una continuidad desde sus orígenes al punto de que pude afirmarse que subyace a los  demás. De hecho, los poemas  homéricos pueden   leerse como la crónica de un tiempo entre histórico y mítico. No por  casualidad los versos de  don Juan de Castellanos sobre la conquista de América llevan el  título de Crónica de los varones ilustres de Indias. Tampoco es resultado del azar que las  grandes obras de ficción del citado Tomás Eloy Martínez sean en el fondo  la crónica reinventada de la vida de  dos figuras de  la política y la  cultura popular  latinoamericana que hace mucho tiempo  adquirieron  aire de leyenda : el dictador  argentino Juan Domingo  Perón y  Eva Duarte, su esposa y especie de personaje vicario que por momentos lo suplantó en la imaginería de los argentinos de la época.


IV

La  buena nueva.

Contra lo que pretenden sus exégetas, el Nuevo  Testamento no es  solo  el acervo probatorio de lo anunciado  por los profetas mayores  y menores. Es ante  todo la crónica  minuciosa de la presencia del Imperio romano en  Oriente medio. Una relectura del mismo permite identificar los mecanismos de control de la  metrópoli a través de una  sutil pero efectiva cadena de recompensas  y amenazas, al tiempo que nos muestra la corrupción de las castas locales que, al igual que en todos los tiempos y lugares, doblaban la  rodilla ante el poderoso mientras  humillaban a los desvalidos y denunciaban a  los coterráneos  insurrectos. Es allí donde la figura de Judas Iscariote  adquiere toda su dimensión, sino  como personaje histórico si  en su condición de perfecto recurso literario. En el primero de los casos, como ya lo han anotado tantos investigadores y pensadores,  no se explica que para capturar  a una figura públicamente  reconocida como Jesús de Nazareth, el aparato  policial del imperio precisara de un delator que lo señalara entre todos. Pero  a la luz de la simbología cristiana, el cumplimiento del martirologio  si demandaba un agente mediador y por eso el papel de Judas es clave, de modo que sin un buen cronista dotado de imaginación poética todo se hubiera echado a perder. No por casualidad este hombre  es , al  lado de Caín entre el variado catálogo de personajes de  bíblicos proscritos   , uno de los más ponderados y revisitados por escritores  y artistas a través de los tiempos: al fin y al cabo es, en cuerpo y alma , uno de los  suyos

El más  socorrido de  los lugares  comunes nos describe la Historia como un péndulo que  traza , deshace y rehace el camino de  hombres y pueblos.  Así las cosas , el  relato de la muerte  de Cristo en la cruz  constituye el punto de partida de un reflujo de la marea que dio lugar a  ese vigoroso y complejo proceso en el que el cristianismo se hizo con el control de Occidente valiéndose, claro está en el legado filosófico, artístico y metafísico del pueblo griego. De ahí el rol  que juega la figura de Saulo de  Tarso  en la propagación de doctrina   fuera de Galilea y sus contornos : a diferencia de los otros evangelistas, que se contentaron  con  profetizar y dar testimonio de las obras de su maestro, el que  muy pronto se convirtió en San Pablo  no tardó en descubrir, siglos antes de Lenin y sus epígonos, lo efectivo que resulta combinar todas las formas de lucha. Con el tiempo, el apóstol entre los apóstoles devino símbolo de  una de las armas más apetecidas por los caudillos de todos los tiempos : el furor de los conversos que se revuelven contra sus antiguos compañeros de causa.

Hasta hoy muchos insisten en que la  doctrina cristiana  no ha calado en la mayoría de sus practicantes más allá de  la pompa y las formas. Pero lo que nadie discute es que la saga  de relatos derivados de su expansión constituye  una  fuente de narraciones testimoniales y de ficción que no tiene visos de  agotarse. De  hecho, independiente de la fe,  que es después de todo un asunto privado, uno puede leer La Biblia cristiana  como el gran fresco  de una etapa en la vida de la humanidad que presenció el nacimiento de una  forma de  religión organizada jerárquicamente, es decir, de una expresión del poder mundano Detengámonos en la historia de José de Arimatea.  Según   el  evangelista fue  él  quien  recogió en el cáliz  utilizado en la  última  cena la  sangre que brotó del costado  de Cristo después de ser herido en la  cruz por la lanza de  un soldado romano llamado Longinus. La descripción del cronista, que gravita entre la exaltación poética y el registro forense sirvió entre otras cosas, para que en la Gran Bretaña del Medioevo surgiera una leyenda que  ha dado de qué hablar a generaciones de poetas y músicos en los siglos siguientes : la  saga de El Rey Arturo y Los  caballeros de la Mesa Redonda.

L o esencial todos lo conocemos.  Un hombre, mitad  real, mitad ficción, es escogido para liberar  a su pueblo sometido a esclavitud por una  legión de bárbaros.  La hermandad ritual de doce caballeros dispuestos a rescatar el mundo de las garras del mal. Una mujer, la reina Ginebra de manifiesta inspiración mariana. La traición de uno de los caballeros . Las   duras pruebas impuestas a los hombres y a su rey. Arturo  rescatado por las hadas y conducido a la isla de Avalón de donde regresará un día a terminar su misión. Todo  ello edificado  sobre la búsqueda del Santo grial, una especie de objeto mágico que resulta ser ,si nos atenemos otra vez  a la palabra de los  poetas y cronistas , el mismo cáliz donde José de Arimatea  recogió la sangra  de su redentor y qué llevó consigo durante su  peregrinación a Occitania.


V


La vuelta de tuerca : Más  allá de  Gibraltar.



Dicen- siempre  hay alguien que dice- que el emperador  Constantino, apodado “El  Grande”, en medio del furor de  la batalla vio en el cielo un estandarte con una cruz estampada , en el que se  podía leer la siguiente sentencia : “Con este signo vencerás”. Y con ese  signo llegarían los  europeos   mil quinientos  años después a lo que hoy es América, en busca de esa ruta hacia las  Indias Orientales que las descripciones de  cronistas y trovadores se habían encargado de exacerbar en su imaginación. “Más allá de Gibraltar  esta situado lo imposible” les habían dicho una y otra vez, y ya sabemos que la palabra imposible es señuelo que suele despertar la ambición de los humanos. Agobiados  por  las tribulaciones  económicas sumadas a  las habituales disputas   por el poder, los  Reyes Católicos se embarcarían en esa aventura de descubrimiento   y conquista  que por  un lado instauró el despojo y sembró el terror en las nuevas tierras al tiempo que plantó los cimientos de un mestizaje étnico  y cultural que al día de hoy constituye  uno de nuestros grandes  patrimonios. Con el llegaron la espada ,  los encomenderos  y la cruz, pero también arribaron la lengua y la  visión más amplia del mundo propia de seres  acostumbrados  a cruzar los  mares.

Y  de historias de hombres que surcan los mares para y fundar y desfundar mundos está hecha la materia  que  le da trabajo  a los cronistas. Por eso   cada uno de los conquistadores que  emprendió la aventura de las Indias se ocupó de que en sus naves, aparte de armas , abalorios, medicinas y provisiones viajara un cronista que diera cuenta de sus glorias y desastres ante los tiempos por venir . Fueron ellos quienes nos revelaron que allende las Columnas de Hércules alentaba  algo  peor que una colección de animales fabulosos, porque ese territorio  era propiedad de un mar indómito  capaz de   desaparecer con sus coletazos a flotillas enteras con su tripulación. Fueron ellos quienes urdieron las  biografías imaginarias- como  casi todas las biografías- del comerciante genovés  que fue capaz  de convencer a  los reyes  Isabel y Fernando para que patrocinaran una travesía en la que lo único cierto era la incertidumbre. Quinientos años después, nada claro se sabe al respecto, al punto de que  Charles J. Merrill, profesor  de la Universidad de Saint  Martin en los Estados  Unidos publicó un libro   donde afirma que  los antepasados del descubridor a quien el continente  americano debe su nombre no pertenecían a  ningún clan apellidado Colombo o Columbus, si no a la muy catalana familia Colom, enemistada para entonces con los reyes, por lo que el  navegante decidió cambiar sus apellidos. Cosas de historiadores, que para eso existen : para reinventar la Historia cada día.

Como parte del legado de la presencia de los árabes en su país durante  muchos de esos cronistas conocían  la  saga de Las Mil y una noches, más toda la literatura relacionada, de modo que estaban habituados a  transitar por esos territorios donde las  fronteras que separan la realidad de la ficción se disuelven para dar lugar a un universo distinto y no menos consistente. Sabían además de los cantares medievales y de las  narraciones que convirtieron en leyenda las  luchas  que marcaron el fin de la sociedad feudal. Por eso fueron capaces de  asomarse a los desvaríos de esa  nueva tierra y a los de quienes las estaban conquistando, para contarlos con el tono pausado  y la riqueza de detalles de quien redacta una monografía, aunque  muchos de ellos supieran que estaban haciendo literatura, como se deduce del cuidado en el estilo y de la  solidez  en la recreación de caracteres. Basta con echar una mirada a los diarios de viaje   de Fray Junípero Serra en  su cabalgata interminable  por lo que una vez fue territorio Mexicano y hoy es parte de los Estados Unidos de América, para darse cuenta de que no estaba  confeccionado solo un inventario, dirigido a cumplir con sus superiores.  Hay que leer a  Bernal  Díaz del Castillo describiendo el fasto de las delegaciones que salían a recibir a Hernán Cortés o sumergiéndose en el tumulto de los mercados   del Nuevo mundo con el aire de impasible  curiosidad de   quien asiste a la revelación de algo distinto pero en esencia idéntico a  lo ya conocido, para revalidar  algo que nos han enseñado los cronistas de todos los tiempos : que la gente es igual en todas partes y que , a duras penas cambian su ropaje y sus costumbres.



“Desde que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna muchas otras, y veíamoslo  todo lleno de canoas y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran Ciudad de México; y nosotros aun no llegábamos a cuatrocientos soldados, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas y avisos que nos dijeron los de Huexocingo, Tlascala y Tamanalco, y con otros muchos avisos que nos habían dado para que nos guardáramos de entrar en México, que habían de matar desde que dentro nos tuviesen. Miren  los curiosos lectores si esto que escribo si había bien de ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?” ( Cronistas De Indias- Antología  El áncora editores- Bernal Díaz del Castillo.  Página 89.

VI

Latinoamérica : Morada al sur



Llegados a esta tierra donde 300 millones de personas se ocupan de forjar  un destino que les permita superar la paradoja de la riqueza inagotable  al lado de miserias sin cuento, nos acogemos a la idea de la escritora Susana Rotker : la crónica es un invento latinoamericano que después adquirió su tono particular en otros lugares,  hasta el punto de que son los escritores norteamericanos  quienes  ostentan la paternidad del llamado Periodismo Literario. Pero se trata de un invento que, como todos, no obedece al capricho, sino a la necesidad. Despojados de las grandes sagas fundacionales por el influjo de la colonización europea, los nacidos en este lado del mundo experimentamos  el imperativo de narrarnos a nosotros mismos para comprender por fin lo que somos, ahora que desde los grandes centros de poder político y académico nos aseguran  que la Historia terminó, cuando no hemos empezado siquiera a edificarla. Frente a esa perspectiva no quedaba salida  distinta a la de reconstruir nuestra Historia, valiéndonos de las pequeñas historias. Las del argentino Roberto  Arlt buceando  en las aguas  profundas del  gran Buenos Aires  para compartirnos    en sus  Aguafuertes Porteñas la visión de mundo de unos hombres despojados hasta de la propia memoria.  Las del nicaraguense  Rubén Darío, oculto tras el velo de un europeísmo que nunca  dejó de ser  expresión del refinamiento estético de un hombre convencido en lo más hondo  de pertenecer a la más reciente legión de desplazados, humillados y ofendidos. Las  del cubano José Martí, ubicado en las antípodas del  autor de Azul, que en lugar de consolarse entre cisnes y cristales de bohemia decidió asumir hasta las últimas consecuencias su condición de animal político y para ello se valió de lo que más amaba y conocía : la palabra escrita. Las del colombiano Luis Tejada, que en los albores del siglo XX y desde las  pequeñas ciudades donde ejerció su oficio de contador de historias supo conectarse con las grandes corrientes del lenguaje y el pensamiento para dejarnos en sus textos  impecables y breves el testimonio de lo que estaba sucediendo en su país y de las tormentas que se agitaban en su interior  como resultado de los cambios experimentados por el mundo.

A propósito , apunta Susana Rotker, señalando a José Martí: “ La conciencia de la modernidad hace caer los sistemas de percepción y las formas de expresión van a ser otras. El periodismo será un medio ideal  para palpar día a día el fluir de la nueva  sociedad, para tratar de conocer a los hombres : el escritor interroga lo inmediato e interroga a la vez su subjetividad. El yo y la experiencia personal sustituyen de algún modo a la ciencia: solo lo subjetivo y vivido aparece como seguro. Al fin de cuentas, escribe Martí : “¿ Y por dónde  hemos de empezar a  estudiar, sino por nosotros mismos? Hay que meterse la mano en las entrañas, y mirar la sangre al sol : si no, no se adelanta”” ( Susana  Rotker – La invención de la crónica- Fondo de cultura económica –página 143

La crónica fue pues , desde el advenimiento mismo de lo que unos llaman  diálogo cultural  y otros prefieren nombrar como invasión a  secas, el instrumento a través del cual nos propusimos pensar y narrar lo que  empezó a suceder entre California  y  La  Patagonia después del 12 de octubre de 1492. Nos sirvió para clasificar y cantar un paisaje que cambia con la prontitud de un Caleidoscopio sin necesidad de recorrer  muchos kilómetros. De su mano aprendimos  que en el Caribe la marihuana es  “La Hierba del olvido” y en  el Amazonas profundo el Yagé es la planta que permite hablar con los dioses. Siguiendo su rastro descubrimos que el tango  le debe tanto a Europa  como a los  ritmos de los negros asentados en Brasil y Uruguay. Que la salsa es apenas la marca comercial de un género alimentado con los acordes del son, el mambo, la charanga y el jazz, todos ellos llegados desde el corazón del África milenaria. Avanzando  un poco más  allá alguien se encargó de contar- siempre hay alguien que se encarga de contar- que unos músicos colombianos  llevaron el   bambuco   a la península de Yucatán  y apenas unos  años después   los mexicanos devolvieron el favor convertido en el bambuco yucateca.



Resulta  claro entonces que en la crónica hay una voluntad de documentar y añadirle valor a la realidad  a través de la experiencia estética. Sin esta última  el cronista sería poco menos que un notario encargado de autenticar registros para los  generaciones venideras. Esa belleza ya está presente  en las páginas de Heródoto  de Alicarnaso, que llegan hasta nosotros a través de muchas traducciones. Aparece, como un don imprevisto, en los comentarios de Pedro Cieza de León en su tránsito  por tierras de Quimbayas en  lo que hoy es Colombia. Irrumpe en las memorias de los Jesuítas sobre  el  ascenso y caída de sus misiones en Paraguay. Alienta en los textos periodísticos de  Jorge Enrique Rodó o en el Rómulo Gallegos más cercano a la literatura que a la política. Sin embargo, esto último  no plantea  una contradicción porque la crónica, en cuanto aspira  mostrar  facetas veladas o prohibidas de la realidad, es en si misma un hecho político.

VII

Las otras voces



Al  tiempo que nosotros  intentamos mirarnos, otros también nos miran desde el lenguaje de la crónica. Mientras los escritores estadounidenses que se ocupan de este género lo han hecho ante todo para dar cuenta de la  fértil diversidad y de las contradicciones propias de  un país  de inmigrantes como el suyo, desde Europa un autor  como Ryszard Kapuscinski  ha dedicado    buena parte  de sus libros a explorar ese universo que tiempo atrás se conoció como el Tercer Mundo y que la corriente de la corrección política decidió rebautizar como Países en vía de desarrollo. No es casualidad  que el propio autor sea oriundo de un país marginal y víctima  de las disputas entre imperios como es Polonia. De hecho, el mismo Kapuscinski se ha encargado  de precisar que en buena  medida su obra es también un acto  de solidaridad  con pueblos que a pesar de las diferencias de lenguas y culturas han transitado caminos muy parecidos al  de su tierra de origen.

Fue a través de este autor como pudimos  percibir  de otra manera  los conflictos en América Central, que el simplismo de algunos reporteros quiso reducir a odios atávicos  entre poblados fronterizos cuando no a disputas irracionales surgidas al calor de un partido de fútbol, ignorando la  importancia estratégica que esos países pequeños  y empobrecidos  han tenido para el equilibrio de poderes  entre Norteamérica y las otras potencias occidentales.

Como para Kapuscinski  la crónica no es un mero accesorio de la Historia, entonces opta  por presentarnos  la  Historia misma palpitando en los relatos de  unos personajes anónimos capaces de pequeños actos de grandeza que por si solos pueden redimir   la condición humana entera. Para probarlo está ese combatiente moribundo que le encomienda sus pequeños hijos al  hombre que  acaba de dispararle. Lo asombroso es que este último hace hasta lo imposible por cumplir su palabra. Para  conducirnos a la esencia de ese drama ignorado por los reporteros de guerra habituados a enviar inventarios de cadáveres, el escritor polaco emprende una paciente y detallada descripción del escenario donde el campesino salvadoreño agoniza  rodeado de la indiferente belleza del paisaje : el sol que se filtra entre las ramas de una Ceiba; el vuelo de los pájaros que repiten una rutina aprendida hace mil años; los cortejos sexuales de las pequeñas alimañas del bosque hasta que, de repente,  se hace un silencio que lo rodea todo y se funde en un acto reverencial por ese hombre que se despide del mundo. Aprehender momentos  como ese  requiere de un largo aprendizaje , que casi nunca pasa por las escuelas de periodismo, donde lo más importante parece ser enseñarles a los estudiantes lo que no  debe hacer. La clave , como en todo intento de creación literaria, pasa más bien por la poesía y su capacidad  siempre renovada  para develar los misterios del mundo en un puñado de palabras. Por la gran novela moderna y su manera de explorar los recintos más recónditos del alma humana. Pero está sobre todo, la fina sensibilidad del que camina con los sentidos  bien dispuestos a comprobar, una y otra vez, que detrás de  su aparente carácter repetitivo el mundo es siempre  nuevo. A ese hombre le llaman cronista.

Al  lado de  Kapuscinski, la mexicana Alma  Guillermoprieto constituye otra de las grandes voces que  desde un ámbito distinto, en este caso al anglosajón de las páginas de la revista  New Yorker donde  ha publicado  buena parte de su trabajo, han contribuido no solo a que parte del mundo pueda tener una versión diferente de lo que ha sido el trasunto histórico de   este lado del planeta, sino  a que los  nacidos al sur del Río Grande nos reconozcamos portadores y protagonistas de un destino que no tiene que ser necesariamente el  diseñado para nosotros por los grandes centros de poder. En una crónica titulada de manera escueta, Lima 1992 Guillermoprieto nos suelta de entrada lo que vio del grupo guerrillero Sendero Luminoso y su particular manera  de reflejar la realidad peruana  del momento :  “ Un periodista en Ayacucho, cuna del grupo revolucionario ultramaoísta Sendero  Luminoso, me contó una historia sobre los guerrilleros que le escuchó a un amigo, un militar de la localidad. El oficial había capturado a  tres miembros del Partido Comunista del  Perú- que es el nombre oficial de Sendero-, y procedió a torturarlos según las normas. Eventualmente, uno de los tres torturados murió. Como el segundo cautivo parecía estar luchando por su vida, el tercero intervino. “Voy a cooperar, dijo. “Pero si dejan vivo a mi compañero correrá la voz de que hablé, y entonces soy hombre muerto. Mátenlo primero, que  después yo hablo”. El oficial aceptó el trato y asesinó al segundo hombre, pero en ese momento el  prisionero que había prometido hablar empezó a insultar a sus captores con más fuerza que nunca, lanzando patadas y provocando los peores tratos. El oficial, asombrado, le recordó su promesa. “Nunca hablaré”, dijo el hombre. “Soy miembro del Partido Comunista del Perú. El otro era un colaborador nada más. Vi que estaba aflojando y ya iba a poner en peligro a nuestros compañeros. Ahora no hablaré. Pueden Matarme.””  (Alma Guillermoprieto—Al pie de un Volcán te Escribo- Editorial Norma . Página  331.



Aquí aparece entonces otro elemento :  la crónica como hecho narrativo no solo  ostenta una condición  documental y estética : también es política en tanto desvela  aspectos  de la realidad que muchos no quisieran nombrar. A esa tarea se ha consagrado la autora con una tenacidad en la investigación que encuentra su punto de  equilibrio en  la riqueza del estilo , de modo que lo suyo no es solo un documento  de denuncia sino  también un ejercicio de creación narrativa. En sus páginas encontramos las muchas caras de un Brasil insertado en el grupo de los países ricos , mientras  buena parte de la población intenta sobrevivir en medio de la pobreza y la superstición. También pasa por allí el drama de una generación de muchachos de Medellín Colombia que creyeron ver en los ejércitos de traficantes  y sicarios creados por los capos de la droga la oportunidad de redención que estaban esperando en medio de una sociedad  tan excluyente como la antioqueña en particular y  la colombiana en general. Y,  claro  también se ocupa de  mostrarnos las contradicciones  de su país, manifestadas en el gigantismo  del Distrito Federal en posición al olvidado de regiones  como Chiapas, que no por casualidad vieron surgir un grupo guerrillero cuando  ese fenómeno, a excepción de Colombia, había desaparecido en el  resto del continente. Hay que leer  el texto sobre el papel desempeñado por los  pepenadores en la vida cotidiana de  la Ciudad de México para tener un panorama del enorme  tinglado poder político, económico y corrupción  forjado por la dirigencia  del Partido Revolucionario Institucional durante más de medio siglo de control total del poder   en el país.



“Todo lo sólido se desvanece en el aire” escribió Karl Marx en una frase retomada por Marshall Berman como título para uno de sus  libros. A ese carácter inasible  de la realidad se han enfrentado los artistas de todos los tiempos en in intento por conjurarla.  mediante el  aprovechamiento de las palabras, los sonidos o las imágenes: esa ha sido la carta jugada por  pintores, músicos, poetas, novelistas y cronistas, porque de lo que se trata aquí es de mostrar que la crónica no es un género menor, como algunos quieren hacerlo  ver: es simplemente otro género que utiliza elementos de los demás para aproximarse por otros caminos  a esa criatura de mil caras que es la realidad. De hecho durante mucho  tiempo, hasta la irrupción de la novela moderna fue el género narrativo por excelencia, hasta que acabó mudándose al lugar  intermedio entre  el periodismo y la literatura que hoy le asignan, dando lugar a un matrimonio que  ha  conseguido dar frutos tan valiosos como el  Diario del  año de la peste, el siempre vigente relato de Daniel Deffoe sobre la epidemia  que asoló a Londres en el siglo XVII y o el más reciente  Huesos en el desierto, del periodista mexicano  Sergio González , un valiente retrato sobre el asesinato selectivo de mujeres en Ciudad Juárez.

La frase de  Marx está lejos de ser   solo un giro retórico De hecho, con el carácter clarividente que siempre ha tenido la buena poesía,  el pensador alemán estaba prefigurando los mundos por venir. Con el avance de las técnicas de producción, difusión y distribución a en gran escala, el siglo XX fue testigo y protagonista de una sucesión de acontecimientos que superaron  en mucho la intuición de que todo lo sólido se desvanecía  ante  los ojos de unos ciudadanos cada vez más desintegrados en el anonimato de las grandes urbes, huérfanos de mitos fundacionales y carentes de un lenguaje capaz de dar cuenta de su situación el mundo. Esa  sensación de irrealidad fue captada  con distintos niveles de nitidez por directores de cine como Fritz Lang, músicos de la estirpe de Louis Amstrong y novelistas como John Dos Passos o George Orwell.  Por supuesto, el periodismo también fue llamado a  atestiguar desde sus distintos géneros  sobre la forma como el  rostro  y el alma del planeta se transforman al ritmo de los saltos y destellos de la técnica. Dos guerras mundiales, grandes bancarrotas, innumerables conflictos regionales y la entronización del consumo masivo como referente vital, demandaban mentes lúcidas y plumas ágiles capaces de mostrarle al mundo la dimensión exacta de las fuerzas que se  agitaban tras el aparente esplendor.  Entre todos, fueron los  periodistas narrativos quienes descubrieron y les contaron a sus contemporáneos   y a  la posteridad que mientras los ciudadanos padecían los estragos de la guerra, multinacionales norteamericanas de  las comunicaciones como  ITT  o del sector automotriz como la casa Ford le vendían  bajo cuerda sus  productos al régimen de Hitler, en una prueba  más de la vigencia  del proverbio aquél de   “Donde está tu tesoro está tu corazón. Dos décadas más tarde les tocó el turno a los corresponsales de guerra, que desde los arrozales de las antípodas desnudaron los horrores del combate desigual entre la primera potencia del planeta y un pequeño país que, contra todo pronóstico, acabó expulsando al enemigo de su territorio, ante  el asombro de quienes  ni siquiera sospechaban lo que estaba sucediendo allí. Esos mismos profesionales, curtidos en el tratamiento del las facetas más  impredecibles y oscuras de la condición humana hicieron gala de la paciencia en los campos de  batalla- aunque algunos no hubiesen estado allí de cuerpo presente- para desentrañar la urdimbre de intereses, chantajes y traiciones de  los juegos  del poder, que el mundo conoció con el nombre de Watergate. Como prueba de ello nos quedan los libros de gente como Tom Wolffe, Hunter Thompson, Gay Talesse o Michael Herr, auténticos virtuosos al momento de separar el grano de la cizaña, que siempre se nos presentan mezclados a la hora de echar un primer vistazo a los acontecimientos. Las sagas de la mafia italiana o irlandesa en territorio estadounidense; los delirios y verdades entremezclados  en las subculturas de la droga, el juego y el sexo; las pesadillas  veladas por el glamour de los enroques financieros o  el decadente  paraíso de la industria del espectáculo aparecen ante nosotros bajo una luz distinta, aportada por el acopio de recursos investigativos y estilísticos de unos autores que , sin tenerlo muy claro, le estaban dando carta de  ciudadanía a una corriente que desde entonces se conoce como periodismo literario, que en realidad  había sido creada  muchos siglos atrás por gente como Heródoto, los evangelistas o los cronistas de indias.



Al igual que  Heródoto , los hombres de este tiempo  siguen viajando hacia tierras remotas para contarnos sobre las maravillas todavía ocultas o para  relatarnos los horrores  de que es capaz el ser humano en su propósito  siempre renovado de destruirse a si mismo.  Uno de  esos hombres fue el  periodista norteamericano Michael Herr, enviado a  los campos de batalla de  Vietnam  en 1967 como corresponsal de la revista Esquire. Parte de  lo que vio en ese viaje  al que él mismo llamó Sorbos Infernales en uno de sus artículos más célebres nos la cuenta en una selección de crónicas publicada años más tarde  con el título de Despachos de Guerra.  “… Una de las enfermeras vietnamitas me dio un bote de cerveza fría y me pidió que lo bajase a la sala donde estaba operando uno de los cirujanos del ejército. La puerta de la sala de operaciones estaba entornada y entré. Debí mirar primero. En la mesa de operaciones había una muchachita, que miraba hacia la pared con unos ojos grandes y secos. Le había desaparecido la pierna izquierda y del muñón brotaba un trozo de hueso afilado de unos quince centímetros de largo. La pierna estaba en el suelo, medio envuelta en un papel. El  médico  era un comandante, y había estado trabajando solo. Tenía peor aspecto que si hubiese estado toda la noche sumergido en un canal de sangre. Tenía las manos tan resbaladizas que  tuve que sujetarle el bote en la boca y alzarlo cuando echó la cabeza hacia atrás. No me sentía capaz de mirar a la chica…” (Michael  Herr-  Despachos De guerra- Editorial Anagrama. Página 189. 1977

El uso  de la primera persona no es un simple recurso técnico utilizado por el periodista  : lo que  quiere decirnos es que lo suyo no es  solo el reporte impersonal de un burócrata de la información. Yo estuve allí y pude comprobar lo que tantos me habían advertido : que los humanos  somos capaces de cualquier cosa, incluso de masacrar inocentes, cuando se trata de conquistar o defender el poder, es lo que quiere decirnos el  narrador  de esa pesadilla desatada por países que se consideran así mismos emisores y defensores de los grandes valores de  la civilización. El cronista se erige  así en testigo de un  momento clave de su tiempo. Tanto que hoy,    cuatro décadas después, muchos analistas políticos coinciden en que los textos   enviados por los corresponsales  fueron el punto de partida para que los ciudadanos de  los Estados Unidos empezaran a tomar conciencia de   lo que el ejército de su país estaba haciendo en  el lejano oriente. Esa toma de conciencia fue el germen de los movimientos sociales  que  acabaron por obligar al gobierno de Richard Nixon a retirar las tropas y poner así fin a una  conflagración originada después de la Segunda Guerra   Mundial.


VIII

Los misterios del oficio

Hay un texto del citado Kapuscinski, publicado inicialmente en la revista The  New Yorker, donde el maestro polaco describe, en ese estilo suyo preciso y directo que no renuncia sin embargo a los milagros de la imagen poética, el estado de conciencia de los habitantes de una aldea moribunda situada en el centro de África. El recurso es tan sencillo como contundente : para recrear el sopor sin remedio que los carcome, el autor de El  Emperador detalla con minuciosidad obsesiva la manera como la búsqueda de un poco de sombra que les garantice una jornada más de vida se convierte en la única actividad diaria de los pobladores de ese caserío sin nombre. Para conseguirlo , se arrastran pegados a  las  paredes hasta alcanzar el lugar adonde todavía no llega el lenguetazo calcinante del sol. De ese modo, sus movimientos los convierten en una suerte de reloj viviente, al punto de que para calcular la hora basta con mirar hacia el sitio donde se encuentra instalado  el abuelo o la niña que se inicia en los ritos de la fertilidad. El margen de error puede alcanzar solo un par de minutos.

Idéntico camino, aunque con distintas técnicas y en tiempos y momentos diferentes, han seguido virtuosos del periodismo narrativo como el norteamericano Gay Talesse para relatar los avatares de la construcción del puente Verrazano en Nueva  York, el argentino Martín Caparrrós en su aventura de adentrarse en las entrañas de la otra Argentina que nadie nombra o el colombiano Carlos Sánchez  Ocampo en su viaje  a los infiernos para  relatarnos los pormenores de ese ritual de autodestrucción que es el consumo de  bazuco en el casi desaparecido sector de Niquitao en la ciudad de Medellín.

En cualquiera de los casos mencionados, aparte del virtuosismo en el manejo del  lenguaje, que de entrada le da una dimensión estética a sus propuestas, los autores saben que los retos de la crónica van mucho más allá de la relación de sucesos, porque  los suyo es en últimas  un intento de desnudar el alma de los seres humanos y con ella la de los tiempos y lugares  en los que acontece su aventura vital. Lo supo Bernal Díaz del Castillo, el cronista de Hernán Cortés, cuando descubrió el carácter indómito de unos pueblos que ofrecían a sus  dioses los corazones palpitantes de las doncellas, con el propósito de aplacar una furia milenaria cuyos motivos nadie parecía recordad. Lo sabía también Pedro Cieza de León , en su tránsito por tierras de Incas y Chibchas, en el momento de comprobar que los guerreros españoles  experimentaban una especie de sagrado pavor ante la sola visión de los guaduales donde los aborígenes parecían volverse invulnerables. Y lo supo- y de qué manera- Fray Junípero Serra, el hombre que llevó la cruz de los católicos  a todo ese territorio entre Florida y California que hoy forma parte de los Estados Unidos de América, pero que entonces era poco menos que una tierra de nadie habitada a trechos por seres que rendían culto a las divinidades del viento y la lluvia  y en noches de plenilunio enloquecían de dicha y pavor  ante la visión de la piel de cobre de sus muchachas desnudas.

Puestos  a desnudar almas y cuerpos, disfrutemos la estampa que Cieza de león nos ofrece de Huayna  Capac, uno de los herederos del trono del Inca Tupac Yupanqui : “ Era Guayna Capac, según dicen muchos indios que le vieron y conocieron, de no muy grande cuerpo, pero doblado y bien hecho ; de buen rostro y muy grave, de pocas palabras, de muchos hechos , era justiciero y castigaba sin  templanza. Quería ser tan temido que de noche le soñaran los indios. Comía como ellos usan y así vivía vicioso de mujeres, si así se le puede decir; oía a los que le hablaban bien y creíase muy de ligero; privaron con el mucho los  aduladores y lisonjeros, que entre ellos no faltaban ni hoy dejan de haber; y daba oídos a mentiras , que fue causa que muchos murieran sin culpa …”   (  Cronistas de Indias- Antología.- Pedro Cieza de León- El Áncora editores- página 121

Y la desnudez es, en todas sus acepciones, el gran leit-motiv de los cronistas. En la primera de ellas lo que se busca es descorrer el velo que los poderes del mundo arrojan sobre la realidad, en su afán de mantenerla bajo control. Las falacias de los políticos, los tejemanejes de los especuladores, los  fuegos de artificio de los seductores, la retórica de los clérigos y la venalidad de los jueces devienen desafío para quienes decidieron contar la historia propia y la ajena, mediante los recursos que brinda esa especie de  criatura de fábula, resultado de un cruce incestuoso entre el periodismo, la Historia y la literatura.

Situada en esa encrucijada, la  venezolana Susana Rotker lo plantea así : “ la identificación de lo estético con lo ficticio ha alejado y debilitado al discurso literario del mundo de los acontecimientos, haciendo que parezca una actividad suplementaria y prescindible.

El criterio de factualidad no debe incluir ni excluir a la crónica de la literatura o del periodismo. Lo que sí era y es un requisito de la crónica es su alta referencialidad- aunque esté expresada por un sujeto literario- y la temporalidad ( la actualidad). Ortega  y  Gasset decía que el periodismo es  “ el arte del acontecimiento como tal”: la crónica, entonces, era un relato de historia contemporánea, un relato de la historia de cada día” ( Susana Rotker- La invención de la crónica- fondo de cultura económica. Página 130


 De ese modo en Cabeza de Turco, el alemán Gunter Walraff consiguió hacer visibles las pesadillas  de los inmigrantes turcos en Alemania, contratados por las multinacionales de la industria química y farmacéutica  para realizar los peores trabajos, incluso aquellos que representaban un peligro inmediato para sus vidas. La enumeración  agotaría cientos de páginas, pero podemos mencionar aquí al mexicano Sergio González destapando la nauseabunda sentina de  abusos y corrupción que se escondía detrás del asesinato secuencial de  mujeres en ciudad Juárez, en un libro que ostenta un título sobrecogedor : Huesos en el desierto. No se puede olvidar    tampoco a la argentina Leila Guerriero  mostrándonos el abismo de tedio y frustración que alentaba en el corazón de los protagonistas de  Los Suicidas de Las Heras. O al colombiano Germán  Castro Caicedo  viajando a Fredonia,  Antioquia, un pueblo cafetero de su país, para denunciar desde la historia de la bruja Amanda la banalidad, la estulticia y la rapacidad de quienes detentaban el poder en ese momento, capaces de utilizar helicópteros oficiales para desplazarse  hasta un pueblo de la cordillera  con el fin de hacerse leer la palma de la mano mientras el mundo  se desintegraba a su alrededor. Nada de qué extrañarse, en todo caso: al fin  y al cabo hoy ese mismo país está gobernado por un hombre que toma goticas mágicas mientras firma decretos que hipoteca n el destino de sus coterráneos muchas décadas hacia delante. En todos esos autores, más allá de las diferencias de estilo y de visiones del mundo, subyace una  certeza común, consignada hace años en las lúcidas palabras del pensador Estanislao Zuleta : que en el fondo, toda lucha por la dignidad de  los seres humanos es ante todo una lucha  contra el poder, en cualquiera de sus manifestaciones: políticas, económicas, familiares, afectivas, sexuales o religiosas.  En esa búsqueda de desnudez la crónicas es, sobre todo, una propuesta política, como bien lo pudo experimentar en la ciudad de Pereira el periodista y escritor Juan Miguel Álvarez, quien luego de publicar en la edición digital de la revista Semana en Enero de 2008 un juicioso texto  sobre  la  naturaleza y los protagonistas de la violencia en Pereira y Dosquebradas, vio como su nota desaparecía en menos de un día, como resultado de las presiones de los representantes del poder político, económico y policial, quienes consideraban que el informe representaba un riesgo para sus intereses, confirmando una vez más que al poder, con sobradas razones, nunca le ha gustado la verdad.

Ocupémonos ahora de la otra acepción de la palabra desnudez : aquella que lleva implícito el estremecimiento erótico, cuya condición natural es la de repetirse siempre ante un cuerpo nuevo, como si fuera la primera vez. De esa clase de desnudez si que conoce el cronista, pues  es imposible llevar a buen término una historia sin desearla con el ahínco, con la desesperada obsesión que nos inspiran algunos cuerpos cuando doblan la esquina. ¿ Quién será? ¿ De dónde viene? ¿Hacia dónde irá? ¿ Qué motivaciones lo guían ¿ Con quién va a encontrarse? Las anteriores son también las preguntas que se hace el contador de historias, aunque se sepa derrotado de antemano, como todo buen enamorado que se respete. De ahí en adelante deberá estar dispuesto a  utilizar todas las herramientas a su alcance para hilvanar un relato que en principio se entregará a si mismo y después compartirá con los lectores, en ese ejercicio de voyerismo sobre el que se sustenta la dialéctica escritor-lector : cuéntame lo que viste que, a modo de recompensa, yo te contaré una historia para que me la cuentes, transfigurada. Es por eso que el contado de historias necesita tiempo, mucho tiempo: al fin y al cabo Cronos  es la divinidad que rige su destino, y ya sabemos que la única manera de apaciguarlo es entregarle cada cierto tiempo, como a las divinidades Aztecas que estremecieron de pavor a Hernán Cortés hasta el día  que tuvo a su alcance la piel trémula de “La Malinche”, el corazón palpitante de una historia, con todo y le escenario en el cual acaece : protagonistas, lugares, emociones y música de fondo, pero ante  todo con las claves que permitan entender esos destinos rescatados del olvido por la palabra escrita.

El escritor de crónicas se aproxima entonces a  los hechos y sus protagonistas con la mezcla de miedo y fascinación que tanto atormenta a los amantes primerizos. Tendrá que ser cauto y prolijo para no asustar al objeto de su deseo con modales de atarván de feria, pero a la vez deberá armarse de valor para no quedarse paralizado ante las incertidumbres que depara toda fuente de conocimiento; y el deseo , ya lo dijo el poeta, es la más incierta de todas. Hay que ver  la dosis de ternura y respeto con la que un escritor como Alberto Salcedo Ramos aborda sus relatos para entender de qué estamos hablando: se trata de la ternura y el respeto de quien sabe que está invadiendo una parcela de intimidad ajena, pero a  la vez está convencido de que esa invasión es necesaria  para que esa vida, o al menos una parte de ella no se diluya en el olvido, que es  el otro nombre de la indiferencia. Indiferencia que no solo nos vuelve insensibles  a  las glorias y  tribulaciones del prójimo, si no que nos niega de de entrada la posibilidad  de reconocernos en el diálogo con él, según se desprende de ese poema de Octavio Paz en el que se nos recuerda que “Para poder ser he de ser otro.

Bajo esas premisas el cronista va por el mundo desnudando campos y ciudades. Sobre todo ciudades, que son los lugares donde se concentra hoy la mayor parte de los habitantes del planeta. En su trashumancia olfatea, interroga, escucha, palpa ,contempla y lo que encuentra es el incesante palpitar de la vida, materializado en  pequeños y grande destinos que al cruzarse dan lugar  a la otra Historia, la que  insistimos en nombrar con mayúsculas, como si no fuera el resultado del ir y venir de las otras, las historias de los seres que intentan aprovechar de la mejor manera el milagro de su breve tránsito sobre la tierra. Es en ese punto donde descubre que su amor es a la vez erótico y político. Erótico porque le apasiona acariciar esa sustancia  misteriosa  con la que se amasa la vida. Político porque no tarda en descubrir  que esa vida permanece en  constante riesgo de ser manipulada, estropeada y sobre todo aniquilada por los dueños del mundo, que  pueden dejarlo en un instante con el vacío del cuerpo amado entre las manos. En esa encrucijada no queda otra salida que narrar la desnudez, para que sea amada por otros  en la momentánea comunión de la lectura, pero también para que esos otros tomen conciencia de lo frágil de su condición y de lo expuesta que está a toda clase de peligros. Así , cuando el cronista nos relata la historia de esos músicos  callejeros conocidos como “ Los Calimenios” que aquí nada mas, a la vuelta de la esquina se ganan la vida interpretando  con instrumentos precarios  el cancionero del Chocó profundo, nos está diciendo cosas sobre el carácter insólito de la belleza que surge en cualquier parte, al tiempo que nos advierte sobre los riesgos que corren esas personas ante la agresividad latente en unas ciudades donde  la exclusión y el rechazo a lo diferente parecen ser el único campo de coincidencia  para muchos de sus habitantes.


IX

La Crónica, la ciudad y la noche



Pero  como no se puede hablar de las ciudades en abstracto, así como no se puede amar a una mujer sin desear el cuerpo donde habita, tengo que hablar de Pereira, la ciudad donde  he vivido, que a su modo ha sido intuida y reinventada por la palabra de sus cronistas.  En la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX tuvo en Ricardo Sánchez el testigo irónico de unas transformaciones vividas al ritmo de los adelantos tecnológicos que cambiaron  para siempre  la imagen que la aldea tenía de si misma. La llegada del teléfono, el cinematógrafo, el automóvil y el fonógrafo, así como el descubrimiento de ritmos musicales. Importados de Argentina, España, México y Estados Unidos minaron los cimientos sobre los que se asentaba la seguridad de una comunidad que se sospechaba el centro del mundo, al recordarle que más allá de sus extramuros quedaba el universo. Más tarde sería el poeta Luis  Carlos González quien diera cuenta de lo que significó el tránsito de  pequeño pueblo a ciudad intermedia que   había encontrado en los periódicos, el cine, la radio y más tarde la televisión, una manera distinta de conectarse con   planeta sacudido por la Segunda Guerra Mundial, las revueltas por los derechos sexuales y raciales y la revolución bolchevique. “Porque se volvió ciudad/ murió mi pueblo pequeño” se lamentaba el poeta, expresando así el contradictorio estado de ánimo de sus contemporáneos, que se maravillaban con el crecimiento de la ciudad, al tiempo que  lloraban la pérdida de los que consideraban los valores verdaderos. La contraparte serían las crónicas, artículos y reportajes de Miguel Álvarez de los Ríos, un hombre que desde su condición de lector y viajero infatigable propuso una mirada en perspectiva de las relaciones entre la ciudad y el mundo, ajena a cualquier lamentación y anclada en la búsqueda de un diálogo en el que las ideas políticas y  las corrientes artísticas jugaron un papel determinante.

Y entonces llegaron los años setentas del siglo XX, prefigurando la avanzada globalizadora que acabó por confinar esos valores  en el cuarto de los trastos viejos y abrió las puertas a dos fenómenos que cambiaron la  Historia de la región y del país: el narcotráfico y la violencia  como dos caras de ver el mundo basada en  la negación de lo diferente, sumada al arribismo y el consumo sin límites como único credo posible.  Los templos de esa cosmovisión serían los centros comerciales, los conjuntos residenciales , los estaderos campestres y las discotecas, todos ellos conectados por una red de avenidas y puentes  que todo lo hacen  parecer fácil, menos la existencia. En ese momento de transición se hizo necesaria la  palabra del cronista para recoger y recomponer los fragmentos esparcidos en múltiples direcciones tras el estallido globalizador, como una  manera de proponer reflexión sobre lo que estaba sucediendo.

Despuntando el año  2008, los habitantes de Pereira  nos despertamos con la noticia de del incendio de dos caseríos construidos con plástico y esterilla, bautizados por sus fundadores con nombres tan bucólicos como  “La Laguna y La Florida”. Por eso mismo, al principio muchos  pensaron que el incendio estaba localizado en el  parque natural de Los Nevados, hasta que un periodista complementó la noticia : los ranchos pertenecían a la comuna de Boston y estaban habitados por familias  de negros provenientes de El Chocó ¿Cómo? ¿ Hay negros en Pereira? Gritaron , entre sorprendidos y asustados, varios expertos de esos que   creen que  el mundo cabe en la pantalla del computador, ignorantes de que las llamas estaban sacando a la luz uno  de los muchos rostros que al entretejerse nos revelan las múltiples facetas de una ciudad que, como todas, está lejos de ser el territorio uniforme  y sin fisuras soñado por quienes conciben el mundo como un gigantesco mercado en el que la gente tiene que limitarse a consumir y desechar, dependiendo de cómo le vayan las cosas. Esa mirada olvida un pequeño detalle :  que mientras luchan por existir , las personas van construyendo lenguajes, códigos, mitos y símbolos que le dan sentido a la vida y por eso mismo  les permiten afirmarse en el mundo y comunicarse con los otros.  Tal vez por so, y a lo mejor sin ser consciente de ello, ocho días después del incendio, un cronista decidió contar  la historia de  “Los Calimenios”, un grupo de músicos negros desplazados por la violencia, que se ganan  la vida interpretando en las calles los ritmos de sus antepasados. Justicia universal, llaman algunos a eso.

Algunas de esas personas, las que hacen música y las que perdieron sus ranchos, se reúnen en una esquina de  Pereira donde funciona un negocio conocido como “La gran esquina del Chontaduro”. Allí escuchan canciones de la orquesta Guayacán o de Joe Arroyo, amenizadas con aguardiente Blanco del Valle, mientras evocan los atardeceres rumorosos del río Atrato. A veces, cuando tiene alguna conquista femenina entre manos, se hacen servir una porción doble de  jugo de chontaduro y borojó, una mezcla tropical famosa por sus efectos afrodisíacos, cuya fórmula secreta está rodeada de tantas protecciones como las establecidas por Coca Cola para su producto estrella

En medio de la euforia producida por la música y el aguardiente, uno de ellos cuenta que dos semanas atrás , a una cuadra del lugar fueron acribillados a tiros tres indigentes por un grupo de jóvenes que  viajaban a bordo de una camioneta último modelo. La noticia nunca trascendió a las páginas de los periódicos locales,  ni siquiera a las de aquellos  a registrar  crímenes y accidentes..

Esas esquinas donde pueden coincidir la maravilla y el horror son el escenario natural del cronista, como bien lo demuestra el músico panameño Rubén Blades en esa obra maestra del periodismo narrativo titulada Pedro Navajas. De su capacidad para aproximarse a ellas y desnudarlas sin violentarlas dependerán los alcances  de su propuesta que,  no sobra insistir en ello, tendrá que encontrar el equilibrio  entre lo estético, lo ético y lo político, si quiere contribuir de veras a esa reinvención de la ciudad y de la realidad misma, que se antoja  indispensable para comprenderla y , por lo tanto, para amarla mejor.


X

El camino desandado: el mundo según Heródoto

En la introducción de Los nueve libros de la Historia, según la traducción de María Rosa Lida, se lee : “Esta es la exposición de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso, para que no se desvanezcan con el tiempo los hechos de los hombres, y para que no queden sin gloria grandes  y maravillosas obras, así de los griegos como de los bárbaros, y, sobre todo, la causa por la que se hicieron guerra”.



Mas que una advertencia preliminar, la de Heródoto es una declaración de principios. Aquí no se menciona la presunción de verdad, tan cara  a  la preceptiva del historiador , y mucho menos se alude a la noción   de objetividad, gran obsesión y piedra angular de las casas periodísticas de nuestro tiempo. El autor ¿Cronista? ¿Historiador? ¿Fabulador? Recorrió el mundo conocido, que estaba situado entre la cuenca del Mediterráneo y los confines de la India. Sus biógrafos nos dicen que revisó documentos, conversó con viajeros, consultó testigos y  a partir de  esos fragmentos  armó sobre la marcha  ese  gran  mural de los tiempos antiguos que de repente nos sorprende con visiones como esta : “Todos los egipcios sacrifican toros y terneros puros, pero no les es lícito sacrificar las hembras, por estar  consagradas a Isis. La imagen de Isis es una mujer con astas de buey, tal como los griegos pintan a Ío; y los egipcios  todos a una veneran a las vacas muchísimo más que a todas las bestias de ganado. Por ese motivo ningún egipcio ni egipcia besaría a un griego en la boca, ni se serviría de cuchillo, asador o caldero de un griego, ni probaría carne de buey trinchado con un cuchillo griego” (  Editorial Oveja Negra, Libro Segundo. Página 87. Capítulo 41 ).

En ese párrafo podemos rastrear algunas de las  claves simbólicas de la religiosidad egipcia, que remiten al buey Apis como símbolo de prosperidad.  El relato nos proporciona  además algunos elementos para  comprender las estructuras  económicas de esa sociedad: un pueblo de pastores debe preservar las hembras del ganado si  no quiere sucumbir   al hambre. No contento con eso, el autor nos brinda un paralelo de las prácticas culturales  de griegos y egipcios, dos pueblos que,  junto a los persas se disputaron el dominio del mundo y , por lo tanto, de la Historia.

En el capítulo CXVIII del libro VIII se narra el siguiente episodio: en  uno de sus viajes de regreso a Asia, el rey  Jerjes, atrapado en medio de una tormenta le preguntó al piloto de la embarcación si había alguna manera de salvarse, a lo que este repuso : “ Ninguna, señor, como no haya medio de desembarazarse de estos numerosos tripulantes”. Cuentan que al oírlo dijo Jerjes : “ Persa, cada uno de los otros muestre ahora cómo vela por el rey : en vuestras manos está mi salvación”. Ellos, haciéndole reverencia, saltaron al mar y el barco así aligerado llegó a salvo al Asia. No bien desembarcó Jerjes hizo lo que sigue : por haber salvado la vida de su rey, regaló al piloto una corona de oro, y por haber causado la muerte de muchos persas le cortó la cabeza.

La anécdota resume lo que era el concepto de  justicia entre esos pueblos que, en su momento, expresaban los logros supremos de la civilización. En ese mismo tono  lleno de ironía  y de cuidadoso estilo, cada uno de los nueve libros nos pone en contacto con las costumbres, los modelos económicos, las pugnas entre monarcas, la vida cotidiana de esclavos y súbditos, las alianzas  frente al enemigo común, todo ello  relatado sobre el telón de fondo de los miedos y  supersticiones propias de comunidades  instaladas en el vórtice del pensamiento mágico ¿ se puede pedir algo más a un buen cronista?.

A pesar de que , dos mil años después de Heródoto, el mundo conocido de hoy se extiende  más allá de la galaxia y que los alcances de la ciencia y la tecnología  han logrado descorrer velos y cuestionar verdades que parecían inamovibles un siglo atrás, a medida que   se multiplican los descubrimientos se ensancha también el universo del misterio que, bien lo sabemos, es el padre natural de la curiosidad, esa fuerza que ha movido a  todo lo viviente desde los pantanos primordiales hasta la galaxia digital. Debe ser esa la razón por la cual, a pesar de que cada cierto tiempo alguien vaticina su extinción, la crónica reaparece  renovada, dispuesta a asumir nuevos lenguajes y a utilizar técnicas  que se  adapten al carácter cambiante de la realidad que le corresponde narrar.  Es lo que hace el argentino Martín Caparrós para transmitirnos la manera como en el mundo moderno conviven  el  carácter crispado de las grandes ciudades  con el ritmo de tiempo estancado de muchas poblaciones del interior o de aldeas africanas, cuyos habitantes  contemplan los fetiches de la tecnología como quien se asoma al espejo de agua de un lago encantado. 

Sucede con también con los relatos trepidantes de su compatriota Leila Guerriero sobre la abnegación de un grupo de expertos forenses que se empeñan en  desenterrar los huesos de cientos   de ciudadanos desaparecidos  durante las dictaduras, mientras el resto, empezando por la memoria oficial, se empecina en olvidar.  Escribe Guerriero, citando a una de sus  entrevistadas : “ A mi lo que me  sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver  que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el equipo. La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como esas. “Josecito”, decía, y tocaba los huesos. “Ay , Josecito, a él le gusta…”. La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice “¿Le puedo dar  un beso en la frente”? (Leila Guerriero-  Frutos Extraños.  Editorial Aguilar. Página 91- 2009

XI

Ahí está el detalle.


“ … Tan resignado estaba Pambelé a su papel de perdedor que cuando volvieron a programarlo en Cartagena le apostó a su propia derrota. Dos días antes de la pelea fue contactado por unos desconocidos que le  prometieron dinero si se arrojaba a la lona en el cuarto asalto. Y claro : aceptó  en menos de lo que canta un gallo. Lo que no imaginaba era que su adversario, Chico González, le arruinaría el plan. En el segundo round, sin que Pambelé le rozara un pelo, el tipo se tiró al piso. Torció los ojos, estiró una pierna.  El árbitro empezó entonces el  conteo fatídico : uno, dos…” (El oro y la oscuridad. Alberto Salcedo Ramos-  Editorial Random House Mondadori Página 57)

El escritor colombiano Alberto  Salcedo Ramos es el autor de ese libro  que ya es referencia   obligada para los estudiosos y amantes del periodismo narrativo :  El   Oro y la Oscuridad, un relato de ciento cincuenta y cinco páginas sobre los orígenes, ascenso y caída de una de las grandes leyendas del deporte colombiano, el boxeador  cartagenero Antonio Cervantes, conocido en su momento de gloria como “Kid Pambelé”. La obra es el resultado de una paciente investigación que se remonta a la infancia y juventud del boxeador. La descripción de la pobreza de  la familia nos ubica en la atmósfera   de marginalidad  y desesperanza donde, por lo general , surgen las grandes estrellas del deporte en los países subdesarrollados : barrios de calles sin pavimentar, con deficientes  o nulos sistemas de servicios públicos, carentes de escuelas y de cualquier  alternativa de recreación , de modo que  las únicas opciones  de supervivencia son el trabajo informal, el delito o  abrirse camino a puño o patada limpia en los terrenos del boxeo y el fútbol. Un día , un tanto empujado por el hambre y otros poco por quienes vieron en él  una posibilidad, decidió que lo suyo sería el boxeo. Al principio fue lo de siempre: el escepticismo, el rechazo, la burla, hasta que un a noche de octubre de 1972 en ciudad de Panamá se se le abrieron las puertas de un éxito que contenía en sí mismo  el germen de la futura destrucción. Lo que siguió es conocido y es común a muchos de  quienes llegan a la cima en la industria del espectáculo : dinero, autos, mujeres, viajes, derroche, alcohol, drogas…. Y , por supuesto, el comienzo del fin : una derrota, un intento de recuperación, el renacer de las esperanzas, el descenso a los infiernos y al final la burla y  el escarnio de quienes una vez los idolatraron. Como tantos otros , “Kid Pambelé” acabó convertido en un bufón callejero que en noches de delirio cree ser todavía el campeón mundial vitoreado por los fanáticos, asediado por las mujeres y adulado por los poderosos.

Con ese material, muchos  escritores pobres de recursos habrían construido un relato  con moralejas y mensajes edificantes al final sobre los peligros de no seguir el buen camino. De hecho, antes de Salcedo Ramos se habían escrito crónicas, artículos y reportajes sobre Pambelé, donde no solo se le censura y si no que  se le compara con Rodrigo “Rocky” Valdez, otro boxeador cartagenero que llegó a ser campeón mundial de  los pesos medianos en los años setentas del siglo XX y que logró amasar una considerable fortuna que hoy le permite vivir con holgura en cu ciudad natal. Pero  ahí está el detalle : para  Salcedo, la historia del boxeador es , en lo más esencial, una parábola sobre la fragilidad de la condición humana en cualquiera de sus aspectos. Por eso se  aproxima  a su vida con  el respeto y la prudencia de quien sabe que trata con  ese material delicado que es todo hombre enfrentado a la derrota. 



El escenario luce vacío,  los reflectores se han apagado,   el teléfono no suena, no hay fotógrafos a la vista, nadie solicita autógrafos y el sudor empieza a convertirse en algo pegajoso y nauseabundo que  preludia las muchas noches de  insomnio en  las que el único visitante será el olvido. Y para eso  y nada más está allí el cronista: para impedir,  mediante el precario pero irremplazable recurso de  las palabras, que esa pequeña epopeya se disuelva en la nada y con ella se pierda también una parte de  nuestra historia personal y colectiva. 

Por razones como esa, no puede  considerarse la crónica como un género  menor o como un subsidiario  de la gran literatura. Ni es mayor ni menor : es apenas otro género que, con  buena o mala fortuna  a conseguido rescatar , entre los escombros  de los siglos, las marcas que deja el tiempo en la piel de los hombres.


PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=yh744ic-wBY




 


jueves, 24 de diciembre de 2020

Mapa para encontrar a Macondo



La vida está hecha de tópicos. Sin ellos nos perderíamos en la inextricable trama de las causas y los azares.

La literatura, por lo tanto, se sostiene sobre una serie de tópicos multiplicados por partida doble: los del relato y los de la interpretación.

Uno de ellos sostiene que sobre la obra de García  Márquez  “está dicho todo”, olvidando de paso que toda gran obra funciona al modo de un salón de espejos enfrentados en el que las interpretaciones  se   extienden hasta el infinito: el del improbable número de lectores.

Desde la aparición de Cien años de soledad, la sola palabra Macondo y sus múltiples  sentidos geográficos y simbólicos le plantea un enigma distinto a cada lector.

Y apenas estamos en  el nombre del lugar  donde se desenvuelve la vida de unos personajes que   despliegan cada una su propio misterio: ¿Quién y qué son ese Melquiades, esa  Úrsula, esa Amaranta, ese José Arcadio, esa Remedios y en general toda la saga inabarcable de los Buendía con su sarta de prodigios y pesadillas?

El escritor Rigoberto Gil se propuso seguir los rastros de estas criaturas, a través de los muchos caminos propuestos por la obra de García Márquez: los de la Historia, los del mito, los de la leyenda, los de la poesía.

El resultado es un libro titulado La buena hora de la literatura colombiana en el siglo XX, publicado en 2019 por la Universidad Tecnológica de Pereira en la Colección Trabajos de Investigación.

Ducho en pesquisas literarias, el autor emprende un viaje de ida y vuelta a momentos clave en la evolución de la literatura colombiana.


Entre los ripios del romanticismo y el modernismo en el tránsito del siglo XIX al XX,  hasta llegar al diálogo con las literaturas del mundo, en especial la norteamericana, pasando por esa suerte de Patria Boba  en la que los políticos eran gramáticos y los poetas acuñaban a partes iguales versos y discursos, el autor de El laberinto de las secretas angustias traza un arco en el tiempo y el espacio, que obliga al lector a ubicarse en el territorio elegido por García Márquez para librar sus batallas.

De esa manera, comprendemos que la ruptura acometida por el creador de Macondo fue posible gracias a la batalla  librada  a contracorriente por  ensayistas y escritores como Baldomero Sanín Cano, Max Grillo, Jorge y Eduardo Zalamea.

Ellos y otros como Hernando Téllez, Jorge Gaitán Durán, Ernesto Volkening y Rafael Gutiérrez Girardot, sacudieron esa República de las Letras olorosa a sacristía y alcanfor desde los tiempos de la colonia, cuando la Iglesia Católica y el Partido Conservador se encargaron de recortar el mundo, hasta reducirlo a un decálogo de la cortesía y la doble moral.


Sin esos espíritus vanguardistas, a lo mejor se habría retardado bastante   ese momento de ruptura al que asistimos  en el último diálogo de El coronel no tiene quien le escriba, cuando el viejito militar, cansado de esperar esa carta que nunca llega, y hastiado de la cantaleta de su mujer,  ante le pregunta de ¿Y  mientras tanto qué comemos? Responde con una palabra que marcó un antes y un después en la historia de la literatura colombiana: Mierda.

Mucho tiempo después.

Fue tan audaz ese salto, que prefiguró lo sucedido tras la publicación en España de La mala  hora, donde la obra fue objeto de toda suerte de mutilaciones y de cambios inconsultos por parte de editores  mojigatos   y estreñidos por la censura franquista.

Para muestra,  en la página 208 de su libro Rigoberto Gil cita a Paula Andrea Marín, autora de una  publicación sobre la profesionalización del escritor en Colombia:

 Para  ilustrar su punto de vista, Marín enumera  nueve de esas expresiones, varias de las cuales se repiten en la obra: la palabra “puta” aparece diez veces, “mierda” seis, “eructar” cuatro. En fin: si a esta desacralización e inclusión del lenguaje popular en la obra literaria, se le agregan frases y oraciones cargadas de contenido ideológico y político como “turco guevón”: “turco de mierda”; “meterme a puta”; “metiéndoles el revólver por el culo”; “debe estar donde las putas”; “este es un tonto del culo”; “Policía-hijo-de-puta”; “barriga de su puta madre” o “eructó tres veces”, es comprensible que la recepción de  La mala hora, premiada en un concurso nacional por intelectuales de prestigio, fuera incómoda para una sociedad en la que, como bien lo sintetizara Luis Harss, predominan en su cultura dinámicas obsoletas, inspeccionadas por instituciones moralistas:  “Colombia es el baluarte de del conservadurismo católico, el  museo del tradicionalismo  político y el purismo literario. Sus escritores han sido académicos y gramáticos” ( 1966, 381).



Alguien dirá que  esas audacias ya abundaban, varios siglos atrás, en la obra de genios como Shakespeare y Cervantes o en los versos de poetas tan grandes como Don Francisco de Quevedo.

Pero qué le hacemos si, como bien lo advirtió el  a  menudo despreciado poeta Julio Flórez: Todo nos llega tarde/ hasta la muerte.

Rigoberto Gil decidió  ponernos al día, empezando   por la puesta en cuestión del más socorrido de los  lugares comunes en torno a la obra de García Márquez: el del realismo mágico, en realidad un embeleco forjado por académicos seducidos por la idea del buen salvaje.

Allí reside el valor de este ensayo: en 255 páginas que incluyen una copiosa bibliografía,  el autor nos recuerda que los pergaminos de Melquíades  son en realidad un mapa cifrado para encontrar a Macondo, entendido este   como una gran metáfora que nos devuelve, una y otra vez, al punto de partida: la pregunta por los inefables sentidos de la palabra escrita.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=QONT5GJHt0Y


miércoles, 16 de diciembre de 2020

Adán Buenosayres o el comienzo del fin del mundo




I

La fundación

—Ahí está Buenos Aires —empezó a decir—. Dos millones de almas... 

—Dos millones y medio —le corrigió Bernini, autorizado estadista. 

—Hablo en números redondos —gruñó Samuel—. Dos millones de almas que sostienen, la mayoría sin saberlo, su terrible pelea sobrenatural. Dos millones de almas batalladoras que ruedan aquí, se levantan allá, sucumben o triunfan, oscilando entre los dos polos metafísicos del universo. 

En la página 102 de Adán Buenosayres, la obra cumbre del escritor argentino Leopoldo Marechal, asistimos a este diálogo entre dos de los cientos de personajes que habitan esa novela enorme en su intención de abarcarlo todo:  la geografía, las clases sociales, las ideas, los prejuicios, las nostalgias, los sueños, los deseos y las pesadillas de sus personajes, que son a su vez los de la ciudad que los define.

Publicada inicialmente el 30 de agosto de 1948, Adán Buenosayres es, como toda gran obra literaria, una recreación  y una premonición. La recreación de un mundo que nace y la premonición del final que le roe las entrañas.

Dividida en siete partes o “libros” , la novela empieza por el final: la muerte y  funeral del protagonista, incluido el combate entre ángeles y demonios que se disputan su alma.

En esos libros narrados a veces en tercera persona y en otras a través de la voz del poeta  mismo,  afloran de vez en cuando algunas claves de su destino, esa palabra que gozara de tanto prestigio en otras épocas.

Un destino asociado siempre a una palabra mágica: Maipú, la remota tierra natal de Adán, su particular Ítaca.

En el entretiempo,  asistimos a la eterna confrontación entre el conquistador y el colonizado. Entre    el “progreso” y “la barbarie”.

El gaucho Santos Vega, expresión de lo presumiblemente autóctono,  y el legionario Juan sin Ropa, emisario de las huestes infernales. Del imperialismo a secas.





He ahí el péndulo que arrastra en una y otra dirección la existencia de los protagonistas.

Y todo siempre en tono de sátira, en la mejor tradición clásica salpicada de situaciones desopilantes.

Siete contertulios, entre los que se cuentan un poeta, un astrólogo, un filósofo y un matemático, emprenden una singular aventura:  trascender las fronteras urbanas para adentrarse en la  extensión insondable de la pampa  habitada por el silencio, esa  metáfora del infinito omnipresente en la poesía argentina.



 
De algún modo, presienten que los citadinos se atrincheran en sus barrios de malevos y aristócratas, temerosos de disolverse en la vastedad de la llanura.

El adentro y el afuera. Los dos polos metafísicos señalados por el filósofo de origen judío Samuel Tesler. La fuerza  ascensional que nos atrae hacia lo celeste y la gravedad telúrica que nos arrastra hacia el barro primigenio.

Antes de partir, participaron en una  tertulia del barrio Saavedra en la que se pasaba de lo divino  a lo humano y otra vez de vuelta con esa  facilidad sólo posible en la suprema lucidez o en el fanatismo extremo.

El preludio de ese viaje iniciático al fondo de la noche – o del alma humana, que es lo mismo-ocupa las primeras cien páginas de la novela.

En su propósito de abarcarlo todo, desde  su inicio, la novela es un torrente de imágenes, de metáforas, de dichos populares, de aforismos y sentencias pronunciadas por un creciente número de hombres y mujeres que, prosaicos o iluminados, tratan de asirse a las palabras con la esperanza de   que ellas los salven de  la disolución que es la impronta de esa ciudad fundada  primero por  Pedro de Mendoza en 1541 y luego por Juan de Garay, acompañado de 50 paraguayos, en 1580.

¿Qué sucedió entre una y otra fundación? Que la ciudad fue destruida por sus propios  habitantes como una manera de escapar a las constantes amenazas de los indígenas.

Ese dato histórico resulta ser clave para comprender la siempre renovada  encrucijada en la que se debaten los porteños. Un puñado de hombres  que abandonan sus tierras y cruzan el océano para   extraviarse en la nostalgia del que no acaba nunca de echar raíces en la nueva tierra.

Es la desazón que cruza de principio a fin las letras de tango.




Así se comprende que  mientras algunos personajes invocan  su origen europeo como seña de identidad, otros  apelen a la figura del criollo y el compadrito  como única manera de sentirse en tierra firme.

II
Los viajeros

Leopoldo Marechal nació en 1900. De modo que creció con un siglo caracterizado   en su país por sucesivas oleadas de inmigrantes expulsados de sus lugares de origen por hambrunas, guerras, pestes, totalitarismos o por el simple anhelo de mejorar las condiciones de vida. “ Hacer la América” era el equivalente del sueño americano entronizado después como gran motivación  para los habitantes de la periferia.

Vascos, gallegos, andaluces, catalanes, franceses, ingleses, judíos, italianos, rusos, sirios, chinos, japoneses hicieron de Buenos Aires  su tierra de promisión.

Por eso en las calles, barrios y esquinas donde transcurre la novela se dan cita apellidos como:Arizmendi, Pereda, Abdalla, Abrameto, Negri, Johansen, Chischolm y varias centenas más que le dan rostro y voz a una ciudad que por eso mismo no tarda en  verse inundada de ideologías, credos religiosos, utopías, mitos y toda clase de creencias forjadas sobre la marcha  con la urgencia de quien necesita sentir algo firme bajo los pies.

A todos los mueve “ la sed de los que están lejos del agua”, como bien lo precisa uno de los personajes.



 
Así los describe el narrador, trenzados en una de esas batallas cotidianas que constituyen el santo y seña de la ciudad:

Ubicado en la primera línea del redondel, Adán Buenosayres estudió a los combatientes. Allí estaban los íberos de pobladas cejas que, desertando las obras de Ceres, conducen hoy tranvías orquestales; y los que bebieron un día las aguas del torrentoso Miño, varones duchos en el arte de argumentar; y los de la tierra vascuence, que disimulan con boinas azules la dureza natural de sus cráneos; y los andaluces matadores de toros, que abundan en guitarras y peleas; y los ligures fabriles, dados al vino y la canción; y los napolitanos eruditos en los frutos de Pomona, o los que saben empuñar escobas edilicias; y los turcos de bigote renegrido, que venden jabones, aguas de olor y peines destinados a un uso cruel; y los judíos que no aman a Belona, envueltos en sus frazadas multicolores; y los griegos hábiles en estratagemas de Mercurio; y los dálmatas de bien atornillados riñones; y los siriolibaneses, que no rehuyen las trifulcas de Teología; y los nipones tintóreos. Estaban, en fin, todos los que llegaron desde las cuatro lejanías, para que se cumpliese el alto destino de la tierra Que-de-un-puro-metal-saca-su-nombre. Y estudiando aquellas fachas inverosímiles, Adán se preguntaba cuál sería ese destino; y era grande su duda. 

Como habrán notado ya, el lenguaje para describir este tipo de escenas es de estirpe homérica. Pero lejos está Marechal de incurrir en anacronismos. Su intención  es de índole paródica. Con ese recurso nos ubica  en un mundo donde los dioses- si existen- deben conformarse con la contemplación de  pequeñas escaramuzas entre vecinos.

Para reforzar el guiño, en uno de esos giros del  habla tan frecuentes en la novela, uno de los conversadores  exclama : “¡ Salve otoño, padre de la cursilería. Mostradme una hoja seca y soltaré automáticamente un lugar común!”

Poeta como es, Adán Buenosayres  sustituye en este caso la mirada de los dioses olvidados por los hombres. No por casualidad ha idealizado en sus versos a una muchacha  encarnada en un nombre: Solveig Admunsen ,  pero que en realidad no pasa de ser una entre la infinitud de prosaicas muchachas en flor que en el mundo han sido y serán:

El otro cuidado no lo afectaba en su condición de viajero sino en su naturaleza de amante, y el Cuaderno de Tapas Azules que había resuelto llevar a Saavedra lo embarcaba otra vez en laboriosas reflexiones. Porque, al leerlo, ¿se reconocería Solveig Amundsen en la pintura ideal que había trazado él con materiales tan sutiles? ¡Bah! No era eso lo que le interesaba en realidad, sino el conocimiento que mediante aquellas páginas haría Solveig de un Adán Buenosayres prodigiosamente desconocido hasta entonces. «Acaso, al descubrírsele de pronto aquel extraño linaje de amor, ella se le acercaría con los pies amorosos de la materia que busca su forma. Y sería en el invernáculo de su jardín y ante una muerte de rosas otoñales que ya nada les diría, porque...» 

Al tiempo que le lanza guiños irónicos a la antigüedad clásica- incluso se refiere el relato como una Argentinopopeya- el narrador hace lo propio con un romanticismo ya tardío. Lo que prima  en esas vidas es el  pragmatismo puro de  quien vive convencido de que en el próximo paso puede estar en juego su destino.




Para muestra va este párrafo:

Había por ahí cierto asaltante llamado Polifemo el de las orejas agudas, cuyo temible oficio era el de aligerar la bolsa de los caminantes gracias a un recurso tan simple y viejo como el hombre: la puñalada sentimental. Es de saber que Polifemo, el saqueador de almas, padecía una ceguera total originada, según los mitólogos, en ciertas demasías de sus antepasados. Pero, ¡guay del viandante que, menospreciando los ojos vacíos de Polifemo, se ilusionara con la posibilidad siquiera remota de sustraerse a su vigilia! Porque, habiéndosele negado a Polifemo todas las galanuras del mundo visible, sus orejas dominaban en cambio los ocho rumbos del universo audible, de modo tal que ni el mismo viento, así calzase los livianos chapines de su hermana la brisa, hubiera pasado junto al cíclope sin ser oído. Adán Buenosayres no habría intentado ese imposible si el artificio del ciego y su rebuscada teatralidad no le repugnasen hasta la indignación. Fácilmente podía eludir el sortilegio barato de aquella figura, con guitarrón y todo; pero estaba seguro de que una moneda suya enriquecería fatalmente los bolsillos de Polifemo, no bien la voz del gigante se la reclamara. Era necesario librarse de la conmoción visceral que le produciría la voz. ¿De qué manera? Evitando aquel grito irresistible. ¿Cómo? Deslizándose junto al ciego sin que lo advirtiera. ¿Mediante qué recurso? 

Fiel a su condición de poeta, es decir, de criatura suspendida entre el cielo y la tierra, Adán Buenos Ayres compensa la imposibilidad de lo celeste en “ el cuerpo selvático de Irma”, una muchacha ocupada en oficios domésticos o en la piel trémula de Ruth,  empleada de cocina que sueña con ser cantante lírica:

Ruth, la de «La Hormiga de Oro», retiró sus manos del sucio lebrillo donde un agua impura cubría dos platos y una fuente sin lavar aún. Reinaba en la cocina un espantoso caos de utensilios: aquí la olla impúdica exhibía su culo tiznado; más allá el cucharón y la espumadera se cruzaban fieramente como dos sables; en el brasero, la sartén llena de costras hacía un mudo relato de sus frituras pretéritas. Un terrible olor de boga frita en aceite rancio lo saturaba todo: las moscas engolosinadas hervían en el basurero y en las grasientas chorreaduras del mantel de hule. Sólo un puerro barbudo, tres ajíes brillantes y algunas papas terrosas, metidos en un cesto de junco, dignificaban la barbarie del ambiente con el rigor clásico de sus volúmenes y colores. Pero Ruth (justo es decirlo) no anclaba en aquellas vulgaridades terrestres: ¡bien distinto era el mundo en que discurría su intelecto mientras enjugaba sus manos (¡unas manos hechas para acariciar el torso aéreo de los silfos!) y abatía su frente al peso de quién sabe qué hondas cavilaciones! 

A diferencia de Don Quijote, nuestro poeta no necesita transfigurarlas. Todo lo contrario: es su condición rastrera la que le permite mantenerse firme en el quicio de su vida.
III

En busca de El hombre

Habíamos dejado a los siete aventureros de Saavedra en los extramuros de la ciudad. 

Apenas han dado los primeros pasos en la oscuridad cuando tropiezan con el cuerpo de un caballo muerto. Un caballo: el símbolo de la conquista. El medio utilizado para fatigar  hasta sus confines la extensión de la pampa y, de paso, exterminar a los aborígenes.

Ese propósito echa anclas en una visión del mundo basada  en la idea de que los europeos tenían una misión: la conquista, mientras los  nativos tenían un destino: la sumisión.

Porque, como  toda gran novela, Adán Buenosayres es también  un arte política en tanto desnuda una verdad: todo descubrimiento geográfico marca el comienzo de múltiples saqueos: de cuerpos, de almas y de  riquezas materiales. Sólo así se entiende la declaración de principios de Mr Chischolm : “ Sólo Inglaterra sabe colonizar. Es cuestión de estilo. ¡Rule Britania!”.

                                          Leopoldo Marechal


¿Qué buscan estos hombres empecinados en desafiar la vastedad de la pampa?  En la superficie, se dirigen a lo que dieron en llamar “ La casa del muerto”.  Pero el lector no tarda en advertir que en realidad buscan nada menos que a un hombre, al Hombre que reúna y defina el ser porteño. El Adán de cuyo barro participan todos los habitantes de la ciudad. La criatura primigenia capaz de ordenar tanta dispersión.

Pero el gaucho Santos Vega, que una vez fue símbolo de identidad, ahora es apenas una caricatura usada para engañar escolares. La razón es sencilla: no puede haber identidad entre tantas identidades.  De ahí la fascinación argentina por marginales y orilleros: ellos sí son auténticos. Moverse en los extremos de la vida les confiere esa distinción. Eso explica el tono épico   utilizado por el narrador para pasar revista a una pelea de verduleras.

Sin grandes mitos sobre los que asentarse, los buscadores apelan al Río de la Plata como metáfora. Así , uno de ellos exclama: “ El que no ha escuchado la voz del río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos Aires ¡Es la tristeza del barro que pide un alma!”.

IV
Al final las aguas convergen

Por esas y otras razones, Adán Buenosayres tiene asegurado su lugar en una lista corta de grandes novelas latinoamericanas. Escrita y publicada muchos años antes de Cien años de soledad,  exhibe  unos cuantos elementos en común con la obra de García Márquez. 

Mientras el escritor colombiano narra en clave mítica el principio y fin de un mundo rural (“ La  aldea encantada”, según definición afortunada de Fernando Cruz Kronfly), la novela de Marechal hace lo propio con esa multitudinaria convención de lenguas, pueblos y soledades que desfilan por las páginas de su libro  como  una procesión de desterrados.

Sobresale además, la omnipresencia del humor y la ironía para hacerles el quite a las tentaciones del  trascendentalismo y la solemnidad, tan caras  a toda una tradición literaria propia de este lado del mundo.

Por las páginas de una y otra circulan personajes disparatados, situados en la endeble y nunca bien precisada frontera que separa a los cuerdos de los locos. Con todo, cuando las circunstancias lo exigen, no tarda en aflorar en ellos una misteriosa forma de  sensatez.

Y está claro, el lenguaje. Un lenguaje que  a  veces alcanza los topes más elevados del castellano, sin perder la conexión  con la belleza del  habla popular, heredada del Siglo de Oro español.

Y lo último: en   las dos no hay posibilidad alguna de redención. Eso explica que a  ambas les venga tan bien el versículo del Apocalipsis citado por un personaje del argentino : “ Y el cielo será retirado como un libro que se arrolla”.


PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=7ktDGzek-7k

jueves, 10 de diciembre de 2020

Botas y pijamas



-Usted, que  lee tanto, ¿Por qué no viaja más?

La pregunta me la soltó un profesor de  literatura, así de sopetón, sin que alguna conversación previa viniera al caso.

-¿Y cuál es la relación? Le   repliqué .

-Simple: así podrá conocer de primera mano los lugares donde transcurren las novelas y los cuentos de sus autores favoritos.

-Si es por eso, el viaje sería inútil, le dije: ni el Dublín  de Joyce, ni la Praga de Kafka, ni el Berlín de Alfred Doblin, ni  el Chicago  de  Below, ni el Buenos Aires de Sábato, ni la Barcelona de Juan Marsé existen fuera de la topografía mental de esos escritores. 

Dicho de otra forma, esos nombres son convenciones para una puesta en escena que intenta cifrar las múltiples realidades que son una ciudad o un pueblo minúsculo, como en el caso de Faulkner.

Así las cosas : ¿ Es más  “real” Nueva York que Macondo o París que la Santa María de Onetti?

Estamos aquí frente al lector viajero-descreído que necesita  “ ver con sus propios ojos y tocar  con sus propias manos”  el inasible universo que los escritores le proponen.

Algo así como el Tomás del Nuevo Testamento.

-Así que déme una razón más sólida para emprender esa vuelta al mundo en no sé cuántos días, insistí.

-Mmmm… bueno. Por el gusto de conocer  lugares.


“ Conocer”, qué verbo tan ambiguo este, pensé, pero lo dejé pasar, porque se me antoja un argumento más sincero. En una época en la que el consumo constituye el único sentido de la existencia, consumir paisajes es apenas otra manera de estar vivo.

Por eso la gente colecciona selfies de los lugares visitados: es la única prueba palpable de que estuvieron allí. De lo contrario, el mundo sería más irreal de lo que  suele ser.

Incómodo, el profesor buscó en la cabeza una tercera pregunta, pero al final  se convenció de su inutilidad y se marchó calle abajo, mascullando  va uno a saber qué cosas.

Nunca le  he pedido a nadie que me explique su vida, y menos que me dé razones para ser cómo es : sería meterlo en un callejón sin salida.

Uno acepta a las personas o no las acepta y ya.

Por eso me produce gran desazón cuando me piden explicar  ese  asunto inexplicable que soy.



Aunque en esto de viajar o no viajar  es muy simple. Es cuestión de temperamentos.

Están los que, independiente de las motivaciones, viven siempre con las botas puestas, listos para echarse al camino.

Se trata del culo inquieto. Una variedad del Homo Sapiens que no se halla en ninguna parte y por eso va de un lado a otro buscándose con un ahinco propio de judío errante.

Son pues, los hombres de botas.

Y estamos los hombres de Pijama. Los que  sólo en la propia casa nos sentimos bien.  Hasta las sábanas de los hoteles de lujo se nos antojan ásperas en comparación  con la  suave dureza de nuestro colchón.

Lo bueno del asunto reside en que los dos especímenes nos necesitamos. Como sin  relato no hay viaje, el culo inquieto nos necesita para que escuchemos con paciencia la detallada descripción de sus aventuras, reales o inventadas.

“ Habla más que un perdido cuando aparece”, reza el viejo refrán. Y a su modo, el viajero  contumaz es una suerte de perdido que vuelve a casa para preparar su próxima gira.

Y los eternos empijamados necesitamos de las minuciosas y casi siempre hiperbólicas descripciones de los andariegos que juegan a ser  encarnaciones prosaicas de Ulises, el errabundo.

Esos floridos relatos nos ayudan a  vencer el insomnio : dar vueltas en la cama es nuestra manera de recorrer el mundo.

De modo que es sólo cuestión de equilibrio. Por mí , pueden partir cada día hacia algún lugar  distinto : aquí los estaré esperando con el oído atento y un café humeante en la mesa.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=MJF0dbZCVgQ

jueves, 3 de diciembre de 2020

Del silencio






DEL SILENCIO


En la alborada del alma

escuchamos  un gong eterno:

es el eco del propio corazón

que anuncia el tiempo de la vendimia,

de los besos no dados.


La hora del canto de las aves.


Ellas nos recuerdan con sus trinos

que el  silencio es anterior al mundo

y nos aguarda allá

muy al fondo de los  trabajos 

y los días.


-“En el principio era el silencio”-.


Si le prestamos atención

el sonido del gong

-persistente, eterno- nos enseña

que el camino a la iluminación

no es el de ida sino el de regreso.


Que no es en el mundo

sino en la propia casa

donde alienta la sabiduría.


De ahí la insistencia del gong:


Su paciente llamado

encierra las formas supremas del silencio.


Pereira, diciembre de 2020. Año de la peste.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Les39aIKbzE


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