lunes, 19 de julio de 2021

El señor de las historias



“ Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, advierte de entrada, en una suerte de declaración de principios, el narrador de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera que resume en el mismo título la historia de un país que, en el siglo de las nanotecnologías, sigue debatiéndose en su propia insensatez.

Seguir la estela de esa vorágine con sus causas, protagonistas y consecuencias fue el propósito vital y profesional de Germán Castro Caycedo, el escritor que el pasado 15 de julio dejó este mundo a los 81 años, legándonos una veintena de libros en los que recrea los múltiples  y  contradictorios rostros de esta tierra donde habitamos.

“ Lo importante en la crónica periodística son los acontecimientos y sus protagonistas. Nosotros somos apenas los narradores de esas historias”, le oí decir alguna vez en una charla con estudiantes universitarios hijos del siglo XXI, con su riesgosa carga de inmediatez y fugacidad.

El  periodista como contador de historias , es la definición que mejor le sienta a este escritor. Nada más y nada menos que eso: allí estaba afincada la propuesta de un hombre que conocía de primera mano los peligros de convertir al periodista en una estrella del espectáculo informativo. Lejos estaba Castro Caycedo de esa dictadura de la técnica y los datos que no tardó en  reducir al periodista a un rol de notario donde la vida es suplantada por las cifras.

Para alcanzar su objetivo de abarcar de la mejor manera esa realidad, Caycedo eligió la crónica- o la crónica lo  escogió a él- como el género más adecuado, el que  permite aproximarse mejor a un mundo inasible y cambiante. Quería acercar el oído a los latidos del corazón de esa Colombia amarga que no para de matarse desde los tiempos de la Patria boba.

El resultado- veintiún  títulos, centenares de artículos  de prensa y un programa de televisión llamado Enviado especial- queda  disponible para quienes quieran  aproximarse a su manera de sentir y narrar el país. Porque Castro Caycedo fue, al lado de hombres como Alfredo Molano, uno de los escritores que hicieron suya una intuición de los conspicuos cultores del género como Juan Gelman, Elena Poniatowska y Riszard Kapuściński : que en una buena crónica convergen a partes iguales la ética, la política y la estética.


Se entiende aquí la política en el más amplio y fecundo sentido de la palabra: y lo es  no sólo por ocuparse de  cosas de interés público, sino porque acaba por desvelar asuntos que ponen al  desnudo el entramado en  el que los intereses de los poderosos acaban por afectar la sociedad y, en no pocas ocasiones, por destruirla.

Para alcanzar esa meta, el periodista debe contar bien, en las acepciones  ética  y estética del término. En el primer caso, el cronista debe contar con una base fuerte de valores que le confieran al tiempo respeto por los protagonistas y lo pongan a salvo de los juegos de intereses que rondan todo acto humano, empezando por los propios.  Además, debe documentarse bien y bucear profundo, fundado en la convicción de que las cosas nunca son lo que  parecen.  Por añadidura, ha de hacer  uso de todos los recursos del lenguaje con el fin de forjarse un estilo   que le permita reconstruir con palabras  el insasible y cambiante curso de las acciones humanas.

Sólo así podrá cumplir a satisfacción  su tarea de contador de historias o, para decirlo con la frase afortunada de otro grande,  el argentino Tomás Eloy Martínez, de “ sismógrafo de la sociedad”. 

Entre todos los títulos que conforman la amplia bibliografía de Germán Castro Caycedo  hago una elección personal y, por lo tanto, arbitraria. Los considero síntomas narrados de nuestros males: Colombia amarga, Mi alma se la dejo al diablo, La bruja  y El Karina. En el primero de ellos, el todavía joven reportero se hace al camino para  rastrear en llanos y montañas los rostros a menudo dolientes de ese país  que nunca aparece en los medios  de comunicación… salvo que aporten algo a la estadística de muertos. En su recorrido, el autor   aborda un bus en Pereira y viaja hasta La Celia y Balboa, en límites entre Risaralda y el norte del Valle. Allí descubre- y nos cuenta- que los odios heredados de la violencia liberal- conservadora siguen cobrando su cuota de víctimas varias décadas después de pactado el Frente Nacional.



Lo que el  escritor nos dice es de por si esclarecedor: los poderosos que  atizaron el fuego y sembraron el horror en los campos un día se fueron a las costas del Mediterráneo español y acordaron- entre paella y champaña-  el fin de la contienda. Pero los campesinos anónimos no se enteraron y siguieron exterminándose en las calles y veredas de municipios como La Celia y Balboa: para ellos la pesadilla no había cesado.

En Mi alma se la dejo al diablo,  un hombre  calca en la realidad los pasos que Arturo Cova , el personaje de La Vorágine , recorrió en la ficción : los de  la violenta avanzada colonizadora movida por formas de codicia en las  que sólo han cambiado los motivos. Si en un caso fue el caucho, en el  otro son los minerales preciosos o el tráfico de  un producto tan lucrativo como letal: la cocaína.

Karl Marx escribió una vez que “la historia se manifiesta primero como  tragedia y luego se repite como farsa”.  ¿Qué es, si no, lo narrado por Germán Castro en las páginas de La bruja? No se  menciona su nombre, pero el virtuosismo del autor  nos permite adivinar la identidad  del presidente de la República que utiliza vehículos oficiales para  volar hasta Fredonia, un pueblo cafetero del suroeste de Antioquia, donde pretende identificar, con ayuda de la bruja Amanda, las claves de su errático destino público y privado. Igual cosa hacen otros políticos de la época. Pero lo que el escritor quiere mostrarnos, en  últimas, es el tejido de factores  que hoy constituyen el soporte de una sociedad corrompida hasta los huesos: la política, el narcotráfico  y la violencia.


El Karina  nos ubica en otro de los ángulos  de ese cuadrado. Un fallido desembarco de armas para el grupo guerrillero M-19 deja al desnudo una urdimbre de la que participan rescoldos de viejas utopías revolucionarias, sumados al feroz pragmatismo del tráfico de armamentos y drogas. Si cruzamos los hilos de las cuatro obras en mención nos hallaremos frente  a las raíces de nuestras violencias crónicas. Sumadas ,  pueden ser un buen punto de partida para tratar de comprender un país que, transcurridas dos décadas del siglo XXI, sigue buscándole un sentido a su turbulenta historia.

“¡Silencio, que va a empezar el señor de las historias!”, pedía mi madre antes de sentarse a ver Enviado especial, el programa  de Germán Castro Caycedo que marcó un hito en  el  discurrir del periodismo televisivo en Colombia. Quizás esa frase resuma el mejor tributo que se le pueda brindar al maestro, ahora que se fue a vivir “ al barrio que hay detrás de las estrellas”.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=y5ggC26V_kg





















martes, 13 de julio de 2021

Austerlitz, los rostros del dolor



(…) “Aquel día, Austerlitz, después de que hubiéramos dejado nuestros puestos aventajados en la  terraza y paseado por el centro de la ciudad, habló largo rato de las huellas del dolor que, como él decía saber, atraviesan  la historia en finas líneas innumerables. En sus estudios de la arquitectura de las estaciones de ferrocarril, dijo cuando, a últimas horas de la tarde, cansados de tanto andar, nos sentamos en un café del Mercado de los Guantes, no podía quitarse de la cabeza el tormento de las despedidas y el miedo al extranjero, aunque esas ideas no formaran parte de la historia de la arquitectura” (…)

En eso consiste esta historia, titulada simplemente así: Austerlitz. En una búsqueda infatigable de las huellas del dolor de un individuo  y de un pueblo entero, con la esperanza de hallar alguna forma de redención. Entre despedidas y miedos se despliega una madeja de relatos que a veces se parece mucho  a los delirios de una mente agobiada por la fiebre.

Es 1939. La humanidad, proclive a los juegos de horror, se apresta para arrojarse a su próximo abismo: la Segunda Guerra Mundial.

Alguien  advertirá que sobre esa guerra ya ha dicho todo. Pero no es cierto: nunca podrá decirse todo acerca de una pesadilla, porque siempre habrá grietas inesperadas,  velos por descorrer. El escritor alemán W. G.  Sebald lo sabe muy bien. Por algo  creció en medio de las desgarraduras dejadas por esa devastación.

Por eso emprende  la escritura de Austerlitz, el relato de un intento fallido de  ajustar cuentas con la historia y su expresión más frágil: la memoria personal y colectiva.

Un grupo de niños de origen judío es  embarcado por sus padres y parientes que los conducirán siempre a occidente, hacia destinos inciertos: no se sabe qué país ni que familias los acogerán, pero en todo caso el oeste es la única ruta de salvación. De cualquier manera, es preferible ese destino al muy seguro final de sus progenitores: la deportación, el destierro, el confinamiento y el exterminio en algún campo de concentración.

Para alcanzar su propósito los nazis tienen bien aceitados los engranajes de la máquina. Tienen claro que , en su caso, el crimen es apenas otra forma de la estadística.


Uno de los niños ocupantes de esos trenes es Austerlitz. Ya adulto, en los años sesenta del siglo XX,  el narrador se lo encuentra de casualidad en una estación de trenes de Amberes, Bélgica.  Han transcurrido dos décadas desde el final de la guerra, aunque en este caso “ final”  es apenas un decir, porque una cosa es la guerra en tanto episodio histórico y otra muy distinta como devastación personal y social : las heridas nunca acaban de sanar, aunque cada quien busca la clase de redención que , según reza el lugar común, prodiga el olvido.

Para entonces , luego de atravesar su infancia en condición de adoptado por una pareja de viejos galeses roídos por el fanatismo religioso, Austerlitz se ha hecho historiador de  la arquitectura.  Como todos los de su profesión, sospecha que los edificios y monumentos tienen muchas cosas que contarnos acerca de quienes ordenaron su construcción: la soberbia, la codicia, el miedo a  perder el poder, el afán de humillar a otros y la ilusión siempre trunca de ser recordados por toda la eternidad.

En cada una de sus columnas, sus techos, sus salones de reunión, sus escalinatas, en  la profundidad de sus  fosos defensivos puede leerse el relato cifrado de la insensatez humana.

                                        Paisaje de Gales

Austerlitz y el narrador entablan una relación, aunque  a lo mejor no sea esa la expresión adecuada para definir un diálogo plagado de sobresaltos, interrupciones, miedos, malentendidos y silencios. Siempre hay un velo, una desconfianza. Es la desconfianza en los alcances de la propia memoria y el miedo a que el pasado vuelva.

Y el pasado es una despedida interminable en una estación de trenes, la sucesión de paisajes que en realidad son países donde se hablan lenguas incomprensibles.   Pero el pasado es, sobre todo, la ominosa presencia de lo innombrable en la casa de su familia de acogida, cuyos dueños han decidido tapiar la vivienda y de paso tapiarse a si mismos en un abismo de silencio que no tiene fondo.

Ya adulto, Austerlitz se hace al camino en busca de algún rastro de los suyos, de sus improbables orígenes. Por  lo  pronto , su apellido le brinda una vaga pista. Siguiendo la punta de esa urdimbre  de edificaciones, rostros, voces y rumores llega un día a Praga, el lugar de donde , igual que sus padres, salió desterrado aunque en  dirección opuesta.

Esa búsqueda lo conduce hasta Theresiensdadt,  gueto  ubicado en un pueblo minúsculo de  la antigua Checoslovaquia llamado Terezín, que en los días más brutales de la guerra fue sede de un campo de concentración disfrazado de centro de veraneo por el comando de las SS con el propósito de representar una farsa ante una comisión de la Cruz Roja : la de una comunidad  judía bien alimentada, feliz y esperanzada en su futuro. Cuando lo comisión partió, los nazis desmontaron la escenografía y los prisioneros volvieron a sus respectivos círculos del infierno.


El viajero no tarda en comprobar que  Theresiensdadt fue el último destino de su madre Agata antes de disolverse en la nada.  En ese punto  situado fuera de la  geografía y del tiempo, aprende un montón de cosas: la primera, que el exterminio   perpetrado por los nazis no fue tanto una expresión del mal en abstracto, sino la materialización de uno de los sueños dorados del capitalismo: el aprovechamiento al límite de la energía humana para convertirla en capital acumulado. También descubre que la identidad puede hallarse en el entramado de símbolos y convenciones que rigen la vida de una comunidad- lo que llamamos una cultura- tanto como  en los más profundos pliegues de nuestro inconsciente, en nuestra más pura animalidad.

Al final, de regreso en  París, cansado  de buscar y de buscarse, perdido ya el último rastro de su padre, el protagonista de esta historia terrible tiene un último rapto de lucidez, tan cierto como inútil: que el pasado nunca queda atrás,  y que en realidad nos acecha allí  adelante, en un recodo del camino, para asestarnos al fin el golpe de gracia.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada https://www.youtube.com/watch?v=XNSsv86lsok


martes, 6 de julio de 2021

El hogar de las palabras


 

                                              El vicio de meterlo por delante

                                             lo inventó Genoveva de Brabante,

                                            el vicio de meterlo por la cola

                                           lo inventó san Ignacio de Loyola.


                                             Creación colectiva en un café de Bogotá

                                             Década  del sesenta




Las palabras son nuestra casa. Habitamos en ellas como en el propio cuerpo. Las palabras van delante nuestro a modo de lámparas para  iluminar la noche oscura del alma y de la historia.

Pueden ser saetas o bálsamos.  Hieren o sanan. Salvan o condenan.

Tengo una imagen que forma parte del tesoro de mi infancia: cuando andaba de chispa, mi abuelo Martiniano apagaba la vitrola de su fonda campesina en la vereda El Tigre. Durante un buen rato , o el resto de la jornada, se silenciaban las voces de Los trovadores de Cuyo, de Agustín Magaldi, de Antonio Tormo, de Pedro Infante o de El caballero  Gaucho. 

Los parroquianos sabían que ese breve silencio era el preludio de un ritual.  Con la concurrencia expectante, el viejo se trepaba a una silla de vaqueta y con su voz pausada y grave enhebraba, una tras otra, historias que hacían olvidar a los campesinos sus dichas y desvelos de amor.  Sus relatos hablaban de perlas descubiertas en el vientre de un pez, de brujas , espantajos y difuntos vueltos a la vida.


Años más tarde, descubrí que algunas las tomaba de un libro de tapas negras con letras doradas titulado Las mil y una noches. Otras las   había recogido durante su peregrinación como vendedor ambulante de sombreros aguadeños. Unas cuantas se las sacaba de la manga: las inventaba sobre la marcha a medida que la clientela se entusiasmaba y pedía más.  No pocas veces los sorprendían las primeras luces del amanecer en esa ceremonia cuyo final nadie quería perderse.

                                    Ilustración  de Las mil y una noches


Aun   a riesgo de  severos castigos, el niño que fui espiaba  a través de una cerradura que  daba a la trastienda.

Había mucho de sagrado en todo eso. El abuelo era el oficiante y sus clientes los feligreses. Al finalizar la ceremonia, los vecinos aplaudían y partían hacia sus casas  con un no sé qué de luminoso en la mirada. Era el fuego de las palabras o mejor, para ser fieles a la etimología,  del hogar,  de la hoguera de las  palabras.

No  por casualidad los hombres primitivos se sentaban a contar historias alrededor del fuego. Era su manera de recrear los misterios de la vida.




Desde que descubrí los goces de la literatura no ha dejado de sorprenderme la cantidad de veces que aparece la palabra fuego como metáfora en poemas, cuentos, novelas, ensayos y canciones. Desde la zarza ardiente en el Antiguo Testamento, hasta las leyendas sobre las salamandras , pasando por los poemas de Octavio Paz y Robert Graves, el lenguaje es fuego que enciende, purifica y renueva el mundo.

Eso para no hablar de esa otra forma de la poesía que  es el cancionero popular, donde abundan los incendios y sus inevitables cenizas como imagen suprema de la experiencia amorosa.

Es allí, en el lenguaje del pueblo, donde se desencadena el milagro. Donde las palabras brotan como haces de chispas  que nos ayudan a comprender el mundo y  a nosotros mismos. De ahí lo inútil que resulta insistir en la improbable barrera entre  la lengua “ vulgar”- la del pueblo- y la lengua “culta”- la de las élites-. Es decir , entre las palabras de la calle y las de quienes detentan el poder, sea éste económico, político, religioso o cultural. De ahí el temor de los cenáculos ante lo vulgar: su vitalidad puede dinamitar los cimientos que soportan el trono.

Eso lo supieron siempre las viejas castas sacerdotales. Por eso inventaban jergas  abstrusas: para aislarse detrás de muros sólo en apariencia inexpugnables.


Más tarde, en los centros de poder social, las palabras devinieron corsé, tejido de eufemismos para ocultar la verdad última: que desde el comienzo de los tiempos los reyes de la tierra andan desnudos.



Imagino el estupor y el posterior  sentimiento de liberación cuando, en medio de una conversación de salón o en una sesión de magistrados, un réprobo pronunció por primera vez la palabra culo, en lugar de trasero o posaderas.  El más escondido y, por lo tanto, el más deseado orificio del cuerpo humano, salía por fin a la luz, provocando en el auditorio un delicioso gritito de espanto.

“ Espantar al burgués”. Ese fue el propósito inicial de los primeros surrealistas, antes de que  sus actos se convirtieran en simple juego de pirotecnia publicitaria.

Y eso es lo que  ha hecho siempre, acaso sin proponérselo, el habla popular: espantar al burgués y de paso, mantener vivo el lenguaje como la más portentosa creación del hombre. La que nos permite al fin ser humanos.

Al principio,  claro, se espantan y tratan de refugiarse en su cementerio de palabras “ cultas”. Pero muy pronto, atraídos por la luz que los alcanza desde el exterior, se agitan como polillas y revolotean alrededor del fuego. Muchos se incendian y perecen en el intento, pero los que sobreviven acaban por fundar una lengua nueva sobre las cenizas de la anterior.


La historia nos dice que cuando los grandes poetas incorporan lo popular a una lengua moribunda la transforman y le permiten dar un salto hacia delante. Lo hicieron  Dante y Petrarca con el italiano, Shakespeare con el inglés o Cervantes y Quevedo con el castellano. A esas formas moribundas les insuflaron el idioma de la calle, el de las tabernas, el de las verduleras, los titiriteros, las putas, los malandrines y los marineros. Por esa vía, las llevaron a otra dimensión. Por eso las únicas “lenguas muertas” son las que se cierran sobre sí mismas y  se niegan al contacto con los aires nuevos.  Los viejos monjes encerrados en sus buhardillas con la ilusión de ponerse a salvo del pecado son la imagen más precisa de esa voluntad de no estar en el mundo que, bien lo sabemos, es también pecado y carne.

Siempre me ha producido fascinación  saber cuándo surgen, dónde se gestan, cómo se moldean las nuevas palabras. Muchas nacen del encuentro  entre pueblos distintos: bien visto, es otra forma de la sexualidad. Cuerpos que se funden para dar a luz organismos nuevos. Eros hecho verbo. Otras nacen por necesidad de adaptarse a los cambios y descubrimientos. Unas cuantas nacen porque sí o porque no hay otras.


Una cantidad no menor es acuñada por los jóvenes para delimitar territorios y marcar frontera con el mundo de los adultos que es, en últimas, el de todas las   formas de poder. Son las que subvierten el orden y anuncian mundos nuevos en el campo de la política, las creencias o la sexualidad.

Así, cuando alguien conjugó por vez primera el verbo “ pichar” ( “coger” en México y Argentina, “follar” en España, “ o “culiar” en  Chile y  algunas zonas del caribe) desafiaba de entrada estructuras de poder basadas en la asepsia y la hipocresía. Con  la precisión que lo caracteriza, el idioma inglés- no sólo el  “slang” de los marginales- nos ofrece un ejemplo claro: hay un abismo entre el elusivo, ambiguo y abstracto “ To make love”  y el certero, honesto y por lo tanto más humano “ To fuck”.

El lenguaje popular descorre velos , disipa eufemismos, socava falsedades. Se entiende  así la inicial aversión de las élites hacia las expresiones “ vulgares”. Pero su potencia es tal que muy pronto las hacen suyas. Basta recordar lo que hizo el cantante Juanes con la palabra “ chimba” o el director de cine Víctor Gaviria con el lapidario “ gonorrea”. En el primer caso, la utilizan cada vez que quieren expresar disfrute, incredulidad o resistencia frente a algo. En el segundo conjugan las  formas últimas del desprecio.

Y pensar que, años atrás, los mayores los consideraban vocablos malditos, como lo son todos los que abren puertas y ventanas para que nos asomemos a la vastedad del mundo. Ese mundo que es nuestro único hogar y al que alimentamos todo el tiempo con el fuego del verbo.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Ckulz6XTXnw

miércoles, 30 de junio de 2021

Zweig o el difícil oficio de vivir




                         Hacer todo el bien que sea posible, amar la libertad

                         por encima de todo, y aun cuando fuera por  trono,

                         no traicionar nunca a la verdad.

                                                      Beethoven (Hoja de album,1792)

                                                       Citado por Romain Rolland.


Para una época despojada de valores y principios como la nuestra, resulta difícil comprender la dimensión precisa  de un escritor como Stefan Zweig.

Su honestidad artística y vital, su confianza en las fuerzas del espíritu,  la coherencia entre vida y obra  se  antojan extraños en un mundo de artistas hinchados por el mercadeo y la publicidad y, por lo tanto, prendados de sí mismos. Es tanto su nivel de postración que, de vez en cuando y para tranquilizar la conciencia, firman manifiestos colectivos en señal de protesta por alguna causa y con eso ya se sienten redimidos de toda responsabilidad.

Luego vuelven a lo suyo: la lucha incesante por obtener la bendición de los grandes centros de poder cultural: revistas especializadas, críticos, academias, premios, cenáculos. Esa tarea absorbe todas sus fuerzas y les impide atender las grandes convulsiones de su tiempo, las que forjan el destino de todo gran artista.

Igual que Robert Musil, Joseph Roth, Heimito von Doderer, Thomas Mann y Franz Kafka, Zweig presintió desde muy temprano el tañido de las campanas que anunciaban los infiernos por venir:  los de la glorificación y el reinado del fanatismo y los totalitarismos, expresados en dos guerras mundiales, la de 1914 y la de 1939 . Había nacido en Austria en 1881  y crecido en la etapa final del Imperio Austro-húngaro, el de las últimas dinastías de los Habsburgo y eso por si sólo bastaba para marcar el espíritu de una generación.

La estructura social y política de las monarquías sedujo siempre por su ilusión de eternidad y, por lo tanto, de estabilidad y seguridad. Salvo alguna intempestiva guillotina, los reyes suelen durar muchos años. Los criterios de sucesión están definidos con el carácter inexorable de un designio divino. Además, del trono hacia abajo, todos tienen asignado su lugar:  consejeros, ministros, áulicos, ayudantes de cámara, clérigos, artistas y amantes.



                                       Grabado del centro de Viena

Quienes ocupan la parte más baja, sienten que están  guiados por una figura paternal  y sabia,  bajo cuya sombra nada deben temer.

Así que nunca hay mucho de que preocuparse.  Salvo una hambruna, una guerra o un cruento cisma, el futuro siempre se antoja  previsible.

Pero es sólo una ilusión. Allá afuera, lejos del reino, la sociedad sigue su curso. Las aguas subterráneas se agitan y enturbian.  Sólo los hombres más lúcidos intuyen que algo anda mal. Un día, alguien advierte que el rey anda desnudo y entonces afloran las primeras grietas.

Quien puede mirar  a través de esas fisuras no tarda en presentir el advenimiento de una revolución, algo que representa una  amenaza mortal para el reino, pues  tarde o temprano acaba por hacer trizas el sistema de valores  vigente.

“ Todo lo sólido  se desvanece en el aire” escribió Karl Marx al respecto, con su agudo sentido de la historia.

Con frecuencia es bastante tarde cuando la gente advierte que el mundo empieza a  moverse bajo sus pies.  Para dar cuenta de ese momento, Stefan Zweig escribió su obra  El mundo de ayer, Memorias de un europeo. Pero decir Memorias, así a secas puede ser una fuente de equívocos: con algunas excepciones, ese tipo de libros suelen ser  meros rodeos alrededor del ego del artista.

Para  Zweig en cambio,  un libro de memorias debe ser una bitácora de viaje. Por eso advierte de entrada : “ Si en algún momento hablo de mi éxito como escritor, lo hago para que el  lector tenga una idea  precisa de las alturas desde donde fui arrojado, en un intento por despojarme de mi condición de hombre y de escritor. Es decir, de testigo, protagonista y narrador de mi tiempo”.

Acto seguido, le  consagra  546 páginas (Acantilado, edición 1976) a la recreación minuciosa de los momentos esenciales de su vida, desde sus días de infancia, juventud y madurez, en un intento siempre afortunado de mostrarnos las claves de un mundo que, como  el suyo, acabó por desintegrarse en mil pedazos, llevándolo a una errancia perpetua que sólo alcanzó el sosiego con su suicidio en Petrópolis, Brasil,  en 1942.

El libro  abarca ciclos que corresponden a los de la vida del narrador. Una infancia y juventud en los que la música  y la literatura fueron una presencia constante. La familiaridad con los  grandes maestros, entre los que destacan Rilke, Hofmansthal y Richard Strauss. Los primeros intentos de escritura  y los instantes de arrobamiento.

Pero también están las zozobras de todo joven: los asaltos de la sexualidad en una sociedad encorsetada y sometida a grandes controles sobre el cuerpo. La consiguiente  doble moral de los adultos. La puerta de escape hacia la prostitución o la aventura nocturna hacia el cuarto de la criada.

Luego vendrían los momentos decisivos: la afirmación del propio ser, expresada en la firme decisión de no someterse a ninguna  forma de poder que lo acompañó hasta el final, se hizo carne en su propia existencia, traducida en la lucha integral por ser un hombre: toda una declaración de principios expresada en el compromiso con su tiempo.

Y su tiempo fue el de una Europa  destrozada por dos guerras mundiales, cuya principal víctima fue el espíritu, el fundamento de todo sistema de valores que pretenda hacer vivible y dichosa la existencia. Es decir, una ética, un soporte moral. Por eso se  sintió hermanado con un espíritu como el del escritor francés  Romain Rolland, Premio Nobel en 1916, con quien  compartió  una  cosmovisión  resumida en una idea: “ La única guerra que vale la pena librar es la guerra contra el odio”.

El mundo de hoy a duras penas concibe la ética y la moral como una suerte de reglamento a cumplir para atender las convenciones de la sociedad. Para hombres como Zweig eran  el soporte vital, su razón de ser en el mundo. De ahí la dolorosa desgarradura en que se convirtió su vida cuando comprobó que las guerras eran la confirmación de una vieja sospecha: la voluntad latente de destruir todas las formas del espíritu, dejando sólo su cascarón. Es decir, la materia inanimada. La máquina.


Por eso mismo escribió con su acostumbrada lucidez : “ Todo avance de la técnica, por prodigioso y benéfico que sea al principio, envenena y destruye una parte irrecuperable de lo humano”. La utilización de ametralladoras  y gases en  la Primera Guerra Mundial, los campos de concentración y el epílogo del exterminio nuclear en la segunda acabaron por darle la razón.

Fiel a sus principios, Zweig nunca dio su espíritu a torcer. Este  hombre que, con insaciable curiosidad, recorrió el mundo  entero admirando las diferencias entre los pueblos pero también las cosas que los hermanan, supo desde siempre que los imperios pueden destruir todo menos la cultura. Las lenguas, la música, los relatos, las creencias religiosas, los mitos y las formas de convivencia echan raíces tan profundas , que  a pesar de   las mutilaciones  padecidas,  con el paso del tiempo acaban por retoñar.

Eso explica que ni los nazis, ni los soviets ni los otros imperios del siglo XX pudieran extirpar la cultura de los pueblos invadidos y, a la larga, esa fue y será su perdición.

                                             Stefan Zweig

¿ Qué pensaría el escritor hoy, cuando la gran  cultura ha sido suplantada por minúsculas culturas de masas que alienan en lugar de liberar las conciencias; cuando toda forma de lucidez entra en suspensión y cuando los artistas sólo piensan en atender las demandas del mercado?

Por eso mismo resulta  tan refrescante volver a las páginas de  El mundo de ayer, allí donde el espíritu de Zweig y  de los grandes como él sigue alentando para decirnos  que incluso hoy, cuando el valor de las cosas ha  sido reducido a su precio en el mercado, la esencia del acto creador se agita en alguna parte para recordarnos que no todo está perdido.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=IFPwm0e_K98

lunes, 21 de junio de 2021

La pandilla salvaje


                                                             



Al principio el fútbol soccer fue para los norteamericanos un juego exótico practicado por negros en las repúblicas bananeras y por los imperios  competidores que  reproducían al calco el  viejo modelo colonial: los grandes clubes de Europa importaban futbolistas en condición de materia prima del espectáculo, mientras   el tercer mundo exportaba jóvenes talentos en busca de fama y redención económica.

Fue después del Mundial de México 70- el de Pelé y su banda de genios- cuando las grandes corporaciones vieron el filón y se dieron a la tarea de hacerse con una parte del botín.

El escenario se antojaba  perfecto : miles de millones  de espectadores en el mundo, cautivos por la magia de los deportistas , sentados frente a la pantalla del televisor constituían un  canal expedito para vender productos, servicios, ideas, prejuicios, valores y antivalores.

Como quien dice, el mundo en la palma de la mano.

Muy pronto se pusieron en camino. En diciembre de 1970 crearon un equipo artificial con un nombre ambicioso y premonitorio: El Cosmos de Nueva York. Disponían de dólares a manos  llenas para contratar grandes figuras. Así lo hicieron. Tentaron y  vincularon jugadores que habían brillado en México: el mencionado Pelé, el elegante defensor alemán Franz Beckenbauer y el goleador italiano Giorgio Chinaglia, entre otros.

                                                            

                                        Chinaglia, Pelé y Beckenbauer

Al mismo tiempo, la multinacional Pepsi - contrato multimillonario de por medio- se hizo con la imagen de “ O Rey” Pelé para promocionar su campañas corporativas.  Fue así como el muchacho nacido  en una barriada marginal del pueblo de  Tres Corazones en su natal Minas Gerais se convirtió en la marca alterna del producto que competía con Coca- Cola por el control de los mercados.

Los cálculos funcionaron tan bien que, veinticuatro  años después y sin tradición futbolera, los Estados Unidos organizaron su primer mundial de fútbol : el de 1994. El mismo del que expulsaron a Diego Maradona cuando el rebelde jugador se atrevió a denunciar los atropellos cometidos por la Federación Internacional de Fútbol Asociado  (FIFA)  contra los futbolistas, al obligarlos a  disputar partidos a mediodía en  estados tan calurosos como Texas en pleno verano del hemisferio norte. Necesitaban hacer coincidir los horarios con el inicio de la noche  en Europa y la madrugada en oriente con el fin de garantizar audiencias para sus transmisiones.

Poco importaba si los jugadores caían extenuados, si sufrían dolores de cabeza o delicadas  lesiones provocadas por la deshidratación o la tensión muscular a altas temperaturas.

Desde luego, nunca reconocieron que la expulsión de  Maradona obedeció a su posición beligerante. Para eso contaban con su inagotable reserva de doble moral. Cuando se hizo necesario apelaron - ¡ Oh descubrimiento!- a una  muestra de laboratorio en la que se comprobó la vieja  adicción del jugador a la cocaína , algo conocido y admitido desde su paso por el Nápoles italiano cuando la Camorra-  el cártel mafioso de la zona- era dueña del equipo: los mismos dirigentes le suministraban su dosis “ gratuita” , con tal de que les animara la carpa y desviara de paso la atención sobre los graves problemas de violencia, pobreza y corrupción que aquejaban a la sociedad.


Así pues, lo que fue represión pura y dura se disfrazó de indignación moral y defensa del juego limpio: ellos, que nunca han jugado limpio desde que se consolidaron como un estado supranacional, capaz de imponer sus intereses sobre los de los pueblos y sus gobiernos.

Basta un ejemplo, casi olvidado hoy por los colombianos:  en la parte final de su gobierno, Andrés Pastrana desgobernaba un país sumido en el caos y  el desconcierto, tras el fracaso de una nueva tentativa de paz con la guerrilla de las FARC. Corría el año 2001. Poco antes del inicio de la Copa América en el país, un grupo armado secuestró en límites con el Chocó al dirigente pereirano Hernán Mejía  Campuzano, vinculado  al Deportivo Pereira, a la Federación Colombiana y a la Confederación Suramericana de Fútbol, ahora llamada Conmebol.

                                     Andrés Pastrana y la silla vacía

Para entonces ya estaba al frente  de esa entidad el paraguayo Nicolás Leoz, caro a la entraña de Hernán Mejía. Cuentan las fuentes de la época  que el llamado perentorio de liberación por parte de Leoz a Andrés Pastrana no se hizo esperar :  o el gobierno colombiano consigue la liberación inmediata de Mejía Campuzano o  no hay Copa América en Colombia.  Y  Pastrana necesitaba ese torneo para aliviar un tanto las tensiones  sociales y económicas y de paso limpiar en algo su imagen de líder burlado por las guerrillas 

¿El resultado? El dirigente fue liberado con una rapidez  inusitada para los antecedentes de indolencia e ineptitud de las autoridades  nacionales. Hoy, dos décadas después, se desconocen los mecanismos y términos que condujeron a la liberación de Mejía.

Al final, Colombia ganó esa copa con un gol del defensor Iván Ramiro Córdoba, en un torneo deslucido por la deserción de algunas selecciones temerosas, como hoy, de viajar a un país desbordado por la inseguridad y el malestar social.

                                                            

                                           Ivan Ramiro Córdoba

El omnipotente cartel de la FIFA y sus filiales habían ganado otro partido, esta vez en el terreno de la geopolítica.

Y la aplanadora continuó su marcha. Por esos días, la televisión había unificado al planeta y se había hecho parte de un entramado de clubes de élite, empresarios- “ Traficantes de piernas”, los llamó el escritor uruguayo Eduardo Galeano- entrenadores, dirigentes, canales especializados, periodistas deportivos, futbolistas, multinacionales y otros agentes  coordinados por la FIFA a todos los niveles.

En  ese  mundo los negocios alcanzaron cifras tan demenciales, que ya en 1997 el club Atlético de Madrid  había pagado   3000 millones de pesetas ( alrededor de unos cincuenta millones de dólares de la época) por el delantero italiano Christian Vieri. Fue  tanto el impacto , que hasta el Papa Juan Pablo II , tan alejado de todo lo que no fuera política, se atrevió a decir que pagar esa suma por un simple futbolista era un pecado  mortal, mientras profesionales tan importantes para la sociedad como médicos y maestros ganaban una miseria en rincones apartados del planeta.

Pero “ negocio es negocio”, dijo el gringo, y siguió alentando su codicia. El siguiente objetivo era apoderarse por completo del cartel con todas sus ramificaciones.  Para lograrlo apelaron- cómo no- al viejo truco de la falsa moral. Dijeron que la FIFA era un nido de corrupción y sólo los Estados Unidos podían salvarla. Unos cuantos movimientos y pusieron  fuera de circulación al suizo Joseph Blatter y su camarilla… para  reemplazarla por otra peor en cabeza de su favorito  Gianni Infantino.

Con bastante rapidez, éste último  movió todas las piezas: modificando los reglamentos, se sacó de la manga una  Copa América extra celebrada en 2016 que, desde luego, se jugó en territorio norteamericano. De paso, Infantino se presentó en sociedad como el nuevo zar del fútbol mundial.

                                                              

                                      Gianni Infantino

Las denuncias sobre corrupción se olvidaron pronto : las jugadas sucias afloraron de nuevo cuando se adjudicó el Mundial 2022 a Catar, un país del Golfo Pérsico sin ninguna tradición en el fútbol pero rebosante de dólares para dar y convidar. Hasta cambiaron el mes tradicional de  celebración del torneo para ajustarse a las demandas de los jeques y sus socios. En ese carrusel importa tan poco el juego, que desde un comienzo  se anunció la construcción de estadios  que serán demolidos después del  Mundial: los especuladores  precisan de esos terrenos para levantar más rascacielos y centros comerciales.

Faltaba un epílogo a la altura: tenía que llegar la pandemia de Covid-19 para poner en las cosas en su sitio, tal como sucedió con los otros asuntos de la vida.

En América Latina, un continente sitiado por la miseria, la violencia y un creciente malestar colectivo, las federaciones- después de un receso impuesto por la emergencia sanitaria- reiniciaron los torneos locales y continentales. A partir de ese momento, han obligado a equipos y deportistas a desplazarse de un lugar a otro del continente, a pesar de  que las cifras de contagios y muertes siguen creciendo. El caso más patético fue el del tradicional club argentino River Plate, forzado a jugar partidos con muchachos de las divisiones menores y con un jugador de campo lesionado en condición de arquero.

¿ La razón?  Había que cumplir contratos de  televisión, publicidad y mercadeo para no incurrir en pérdidas, demandas y sanciones económicas.

Así pues, la Copa  América 2021, que en principio debía jugarse en Argentina y Colombia, acabó por realizarse  en Brasil, un país sacudido como ninguno en el continente por las denuncias sobre corrupción, violencia y por un  irresponsable manejo de la pandemia por  parte de sus autoridades.



La Conmebol no se hizo  rogar y cedió con prontitud la localía a Bolsonaro y sus  agencias de poder. Igual que Pastrana en Colombia veinte años atrás, el gobierno de Brasil necesitaba del fútbol para distraer durante unas  semanas las tensiones sociales que no dejan de acumularse, agravadas por la creciente multiplicación de contagios. El presidente no se iba a dejar amedrentar por “ una simple gripizinha” , como ha definido la pandemia, a caballo de un discurso eugenésico y racista, que insiste en que   el virus mata “ sólo” a los  viejos y los enfermos- según él una carga para la sociedad- mientras los futbolistas “ jóvenes, saludables y con preparación  atlética” no corren mayores riesgos, aunque de regreso a casa puedan contagiar a  familiares, amigos y vecinos.

Para desventura de los  brasileños, no había corrido una semana de partidos, cuando el número de  jugadores contagiados ya había superado el medio centenar. Tal fue el impacto, que el boliviano Marcelo Moreno Martins, perteneciente a una liga  sin mayor peso en el juego de poderes continental, se atrevió a levantar la voz, igual que Maradona  en el mundial de 1994. “ A la Conmebol sólo le interesa el dinero.  No le importa para nada la vida de los futbolistas”, sentenció, luego de un brote de contagios en su seleccionado.

Hasta ahora no se sabe de sanciones, pero ya encontrarán la manera de castigar la osadía. Después de todo, la única tabla de valores de  todas las pandillas salvajes que en el mundo han sido, “Business is business”,  sigue hoy más vigente que nunca.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=IC_DXciO3DU

miércoles, 16 de junio de 2021

Nuevas fiestas de locos




Finalizada la devastación de la Primera Guerra Mundial, cuyo epílogo fue la llamada Gripe española, el mundo no tardó en abandonarse  a una década de regocijo y despilfarro conocida  como Los locos años veinte,  dotados de  un fondo musical que los llevó a ser  bautizados también con el nombre de La era del Jazz.

Derroche y desenfreno fueron las características de esos días, recreados en novelas tan memorables como El gran Gatsby, del escritor  norteamericano Frances Scott Fitzgerald, llevada al cine  cuatro décadas después, con Robert Redford como protagonista.

Luego vendría el ascenso de los  nazis al poder y su inevitable consecuencia: la Segunda Guerra Mundial, una carnicería perpetrada dentro del más puro espíritu racionalista,  que se prolongó durante seis años, entre 1939 y 1945.

 Semejante ritual de muerte tuvo su contracara en los  años sesenta del siglo XX, cuando  una generación entera se dedicó a consagrar la vida en una puesta en escena que incluyó al rock and roll, las drogas más diversas y  la libertad sexual,  hasta alcanzar su máxima expresión en el Festival de Woodstock, una orgía de tres días celebrada entre el 15 y el 17 de agosto de 1969, un mes después de la llegada del hombre a la luna, como si faltara  un elemento mitológico para completar la fiesta.

                                                                            


Ese tipo de festejos son tan antiguos como la humanidad. Son parte del equilibrio de fuerzas necesario para mantener en marcha el ritmo de la  vida. Son una reedición de la dualidad sobre la que forjamos nuestro estar en el mundo: blanco- negro, frío – cálido,  bien- mal, creación- destrucción y así en una saga infinita.

Para muestra van dos ejemplos : si nos remontamos a la Historia clásica encontramos  las Saturnales de la antigua Roma,  fiesta dedicada   a Saturno, una divinidad agrícola y, por lo tanto , de la fertilidad y renovación de todo lo viviente. Celebradas  cada año entre  el 17 y el 23 de diciembre en coincidencia con el solsticio de invierno en el hemisferio norte, las  Saturnales restituyen el viejo simbolismo de la vegetación que muere durante los días más fríos para renacer después con un nuevo giro del carro del sol.

Para variar, música, vino y sexo caracterizaban el ritual. De modo que la consigna sesentera de droga, sexo y rock and roll no constituye una novedad, como tampoco lo es el de muchachas, música y trago de nuestras  fiestas  campesinas de hoy.

Siglos más tarde, ya instalados en la cristiandad, surgirían las Fiestas de los locos, parodias de la liturgia en las que clérigos, diáconos y sacerdotes se tomaban algunas iglesias  desde el comienzo de las fiestas de navidad hasta el Día de Reyes. El epicentro de todo era el primer día del año, razón por la que se conocen también como fiestas de las calendas.


Danzas al ritmo de  canciones disolutas, máscaras, disfraces, consumo de carne y vino, juegos de azar y  todo tipo de violaciones al canon hicieron que en el año de 1444 los doctores  en teología de la facultad de París enviaran  una carta a todos los prelados de Francia   en un intento de anular la costumbre.

Como nada ni nadie puede detener las fuerzas de la vida, el previsible resultado   de la prohibición fue la clandestinidad. Una de las  salidas al dilema fue la institución del carnaval, una fiesta de los sentidos realizada siempre antes de la cuaresma. “ El que peca y reza , empata”: así resumió el habla popular esa forma de restaurar el equilibrio entre los poderes de la vida y la muerte.




Esos antecedentes deberían ayudarnos a entender la inutilidad de las cruzadas desatadas por los moralistas  contra quienes en tiempos de la pandemia de Covid-19, desafiando no sólo al virus sino a las leyes, se lanzan a las calles en busca  de lugares donde encontrarse para celebrar el milagro de estar vivos. No son las amenazas  de contagio ni la machacosa repetición de las cifras de muertos las que han de detenerlos.  Si las cosas fueran así , habríamos renunciado al sexo  desde la irrupción del Sida, y ahora estaríamos a puertas de la extinción como especie. Pero  sucedió todo lo contrario: el  innegable asedio de la muerte sólo consigue avivar los  impulsos de placer. La vieja sentencia  latina de Carpe Diem, Toma la flor del día,  cobra así nuevo vigor.

El anatema con el que se  conoce  a esos réprobos es el de “Indisciplinados sociales”, un concepto  por lo demás  bastante atractivo para todo tipo de fundamentalismos  culturales, políticos y religiosos. Mientras eso sucede, lejos de lo que podamos  esperar,  al menos a corto y mediano plazo la pandemia no dejará gente más lúcida y cauta.  Por lo visto , las cosas parecen apuntar en otra dirección : una nueva oleada de derroche y desenfreno, en una edición siglo XXI de las viejas Saturnales y Fiestas de los locos.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=JaaT_HRb4GU


miércoles, 9 de junio de 2021

Noticias del fin del mundo




                      

                                          “El abismo no tiene biógrafo”
                                                                 María Negroni


¿Cuál es mi mayor deseo en esta  vida? Se pregunta el joven soldado, tez pálida, bigote incipiente, veinte años apenas.

Y él mismo se responde: una muerte corriente, un infarto, un cáncer, un golpe, un balazo quizás.

Ese era su mayor anhelo, después de haber mirado  de frente los muchos rostros del horror nuclear.

Un mes atrás fue obligado a alistarse en las filas de los  que iban a “imponer el orden” en Chernóbil, luego de la explosión del reactor nuclear el 26 de abril de 1986, a la una, veintitrés minutos y cincuenta y ocho segundos de la madrugada.

El momento preciso en que volvimos a tener noticias del fin del mundo.

“Poner orden” en una reacción atómica en cadena: he ahí la primera muestra del absurdo que rodea las acciones del poder en todas las épocas y en todos los lugares del mundo. Parece una broma pero era en serio. Ese fue el primer anuncio de los jerarcas del  fin del imperio soviético, con Gorbachóv a la cabeza.

Aquí no  pasa nada, era el mensaje. Peor aún: durante mucho tiempo le hicieron creer a su pueblo y al mundo que hasta las peores manifestaciones  de la catástrofe, entre las que se contaban los abortos, los bebés con malformaciones,  la leucemia, los cuerpos despellejados, los animales muertos y los alimentos contaminados eran un asunto pasajero.

                                                          


Todos a una, los gobernantes, los políticos, la prensa, la academia se proponían lo imposible: ocultar que en Chernóbil se había abierto una escotilla del infierno. Pero era y es imposible ocultar una mancha nuclear que se esparce por los confines de la tierra , dejando a su paso una estela de muerte y desolación.

La escritora bielorrusa  Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, se consagró a seguir el rumbo de esa estela. Visitó campos devastados, se coló en clínicas donde agonizaban los sobrevivientes, habló con sus familiares, entrevistó a científicos y hasta consumió alimentos contaminados en la búsqueda de algo que se pareciera a la verdad.

O al  menos a una verdad en medio de tanta propaganda, de tanta mentira, tanto del lado soviético como de sus contradictores en el mundo.

El  resultado de ese viaje es el libro Voces de Chernóbil, Crónica del futuro, una obra coral que conjuga lo mejor de la literatura y del periodismo narrativo para entregarle al mundo el testimonio de quienes un día se acostaron confiados en el futuro y se despertaron en medio de una pesadilla de la que era imposible despertar, porque ya estaban despiertos.




El libro es una polifonía en la que se conjugan el miedo y el amor, el dolor y la esperanza, la indolencia de los burócratas y la solidaridad de la comunidad, las ambiciones personales y la compasión por el prójimo.

Como en toda situación extrema,  en Chernóbil afloró lo mejor y lo peor de la condición humana.

(…) “Modernismo… Postmodernismo. Por la  noche  me sacaron de la cama por una  urgencia. Llego al lugar. La madre está de rodillas junto a la camita: la criatura se está muriendo. Y oigo la súplica de la madre: “ Quería, hijito, que si esto ocurría, que fuera en verano. En verano hace calor, hay flores, la tierra está blanda. Ahora es invierno. Espera  aunque sea hasta la primavera.”(…)

La gente narra y se desahoga, o eso cree.  La escritora escucha  y cuenta  para  que los humanos no olvidemos que somos parte de un solo organismo gozoso y doliente a la vez.

O eso espera ella, al menos.

A lo largo de 406 páginas Svetlana Alexiévich nos conduce de la mano por los entresijos de una tragedia que, nos advierte, tiene una diferencia esencial con la de Hiroshima y Nagasaki. En éste último caso el objetivo era aniquilar a un pueblo y sentar  un precedente de dominio: anunciar el advenimiento de  un nuevo imperio. La ciencia y la técnica como instrumentos del mal.

                                                          
                                          Svetlana Alexiévich

 En Chernóbil, como en tantos otros centros nucleares, se hablaba todo el tiempo de los buenos usos del átomo, de sus bondades para la producción de energía sana y útil.

Sin embargo, algo falló. La ineptitud, la arrogancia, la burocracia se conjugaron  para  desatar el desastre. La muestra gratuita de lo que nos depara  el futuro. Eso es lo que nos dice una de las voces de Chernóbil, la del maestro de formación profesional Nikolái Prójorovich Zharkov:

(…) “ Desde mi punto de vista, somos material para una investigación científica. Un laboratorio internacional. En el centro de Europa. De nosotros, los bielorrusos, de los diez millones de personas, más de dos millones viven en tierras contaminadas. Un laboratorio natural. Todo está listo para anotar los datos, para hacer experimentos. Nos vienen a ver de todas partes del mundo. Escriben  tesis doctorales. De Moscú, de Petersburgo. Del Japón, de Alemania, de Austria…Se están preparando para el futuro”(…)

Un país entero convertido en una  concentración de cobayas, de sujetos de prueba para tratar de conjurar lo que se avecina: un apocalipsis nuclear que  se advierte en los ojos de los sobrevivientes : cristales  ardientes  en los que se refleja el bullir de la reacción atómica en cadena.

En el fondo del drama avistamos la irrevocable fragilidad de la condición humana. Seres hasta ayer plenos de  ilusiones, de proyectos, de ambición, convertidos de repente en objetos radiactivos a los que todos quieren eludir.  “ Olvídese de  él.  Lo que  está ahí en la cama no es su marido: es un objeto altamente radiactivo”, le dice el médico a una esposa devastada. No hay que culparlo. De tanto tratar con el desastre desarrolló una especie de coraza protectora  que resulta  fácil confundir con el cinismo.

Historias como parábolas.

Cada voz es un monólogo que aspira a ser diálogo para dar cuenta de la entera dimensión de  la  tragedia, así en lo individual como en lo colectivo. Por eso, el testimonio del operador de cine Serguéi Gurin, ostenta el siguiente título: Monólogo acerca de cómo San Francisco de Asís predicaba a los pájaros.

(…) “ Caminos rurales. Polvo. Yo ya había comprendido que no era simple polvo, sino polvo radiactivo. Guardaba la cámara para que no se ensuciara; había que cuidar la óptica del aparato. Era un mayo seco, muy seco. Cuánta porquería tragaba, no sé. Al cabo de una semana se me  inflamaron los ganglios. En cambio, economizábamos película como si fueran municiones; porque el primer secretario del Comité Central, Sliunkov, debía presentarse en el lugar. Nadie te anunciaba de antemano en qué lugar iba a aparecer, pero nosotros mismos lo adivinamos. El día anterior, por ejemplo, cuando recorrimos una carretera, la columna de polvo se levantaba hasta el cielo, y al día siguiente ya la estaban asfaltando : ¡dos o tres capas!” (…)

Como en todas partes, en Chernóbil el  poder quería  ocultar el tamaño del desastre. Velar la prueba de sus  responsabilidades. Sepultarla bajo capas de asfalto… aunque con ellas quedaran también enterrados cientos de miles de pájaros muertos : los pájaros de san Francisco de Asís envenenados por la radiación.

Han pasado  35 años desde ese  26 de abril de  1986. La naturaleza herida sigue engendrando terneros de dos cabezas, niños sin ano ni riñones, zanahorias monstruosas, insectos descomunales. Pero el mundo aprendió a olvidar.  A lo mejor es puro instinto de conservación. Pero también puede ser una forma refinada de la indolencia, expresada en  la frivolidad de los paquetes turísticos  que ofrecen visitas guiadas a Chernóbil como a un parque temático del Apocalipsis.

Quién sabe. De cualquier  manera, vale la pena volver cada cierto tiempo a las páginas del libro de  Svetlana  Alexiévich. En ellas podemos redescubrir qué tan cerca estamos de esos viejos, de esos niños, de las viudas, de los huérfanos, de los vecinos que una mañana de abril se despertaron en las entrañas del infierno atómico.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=CM9xN333iKo