jueves, 17 de noviembre de 2022

La Virginia: mitos y realidades de Sopinga y Nigricia

 




Caminos de hierro y agua.

A sus noventa  años Aurelia Moreno evoca los días en que barcos de mediano calado recorrían las aguas del río Cauca llevando y trayendo mercancías  en un surtido que iba desde las alpargatas de fique y los machetes para tumbar monte, hasta pianos alemanes que adornaban las mansiones de los nuevos ricos surgidos a la luz de un intercambio de bienes que incluían el transporte de café de exportación hasta el puerto de Buenaventura.

“Uno de esos  hombres era don  Francisco Jaramillo  Ochoa, dueño de tierras por estos lados, aparte de importador y exportador. Era tanta su riqueza que hasta tuvo un puerto propio para  recibir y despachar sus  mercancías”, dice Aurelia, diente de oro, tabaco ardiendo entre sus dedos índice y pulgar, la cabeza envuelta en un turbante rojo y amarillo que le da un aire de andar  envuelta en llamas.

Durante dos terceras partes del siglo XX por este puerto se llegaba a Medellín y a la costa Atlántica. También a Buenaventura, con todo el dinamismo económico y social que eso implica. Por  el  Mar Caribe y el Océano Pacífico cruzaron los barcos que transportaban el café, la quina y los minerales, al tiempo que acarreaban  los prodigios de la  Revolución Industrial desde Liverpool, Hamburgo o Marsella. La  Virginia estaba situada justo en un cruce de caminos de  tierra, agua y hierro: mulas, automóviles, trenes y barcos pasaron por aquí dando lugar a un mestizaje en el que los acentos  regionales, las músicas, las gastronomías y las prácticas religiosas daban lugar  a una manera singular de ver el mundo.

Entre los portadores de ese legado estaban los padres de Aurelia, Sinforoso Moreno y Carlina Marín.  Partieron desde Bolombolo, siguiendo la ribera del río Cauca allá por  1925, durante los años finales de la hegemonía conservadora. Sus únicos bienes eran un par de mulas,  un perro y un puñado de semillas de maíz  y frijol para plantar en algún recodo baldío donde pudieran armarse un rancho.

En estas tierras vino a nacer Aurelia, en  un mayo lluvioso de 1928. Después llegó una docena de hijos que se llamaron Fabiola, Edelmira, Genoveva, Magdalena, Ruperto, Oriol, Gildardo, Rocío, Miguel, Bernardo, Agustín y Belarmino. Con el paso de los años, excepto Aurelia, todos se dispersaron por los pueblos de la cordillera o se adentraron en las selvas del Chocó en busca de minas de oro, siguiendo la ruta de Pueblo Rico.

“Cuando mis padres llegaron encontraron familias de muchos lugares del país. De la costa, de Urabá, de Nariño, del Valle del Cauca, de los llanos y de los santanderes. Todos  se sentían atraídos por un lugar en el que era fácil moverse y hacer negocios. Mi papá contaba que por esos días se cruzaron con los primeros comerciantes turcos, llegados a Colombia  por el camino de Barranquilla y de  Buenaventura, que iban de pueblo en pueblo vendiendo telas. La mayoría de ellos se quedaron en Pereira y Cartago, formando familias con mujeres nacidas en esos lugares”.




 

 Para antes del tiempo

Pero  ya estábamos en la segunda década del siglo XX. El   de las revoluciones políticas, culturales y tecnológicas. Siglos atrás, por aquí se movían las tribus ansermas y apías que una vez chocaron con los conquistadores que seguían el camino desde  Santafe de Antioquia hacia las ardientes planicies del Valle del Cauca. A resultas de esa avanzada surgieron grandes haciendas que utilizaban esclavos como mano de obra fuerte y rendidora.

De esas haciendas escaparon  hombres y mujeres, formando los primeros enclaves cimarrones de la zona. Dicen los cronistas que fueron ellos quienes les dieron nombres como Nigricia y Sopinga a estos territorios que después  se llamaron La Bodega y La Virginia.

En esos anales se data a 1905 como el año del primer asentamiento con tintes de poblado. El ya mencionado Francisco Jaramillo Ochoa, acompañado de Pedro Martínez, Leandro Villa y Pioquinto Rojas lideraron  ese primer intento, que con el paso de los años daría lugar a  barrios bautizados con nombres como La Playa, San Cayetano, Restrepo,  Buenos Aires, Pedro Pablo Bello, Libertadores y Balsillas.

Por lo demás, muchos de esos barrios fueron fundados por  personas que llegaron  a trabajar en la construcción de la carretera que conduce a Medellín.

La misma carretera por la que se propagarían mitos como La mula de tres patas, El árbol  del terror, El pez dorado, San Juan pescador, Un  pez gigante, y La taconera,  la mayoría de ellos surgidos en el fértil y tantas veces trágico diálogo de los colonizadores con el río.

El pueblo y la ficción.

Para el escritor Bernardo Arias  Trujillo, Sopinga es el lugar  donde la mañana   ostenta “sus alas de colores en arcos luminosos”. En ese tono exaltado por la contemplación del paisaje  está narrada su novela Risaralda, el más visitado instrumento de ficción cuando alguien quiere aproximarse a la esencia de lo que ha sido La Virginia, tanto en su aspecto mítico como su  devenir histórico.

En esa encrucijada  entre la historia y la ficción se entretejen las vidas de Pacha Durán, Francisco Jaramillo Ochoa, Juan Manuel Vallejo y Carmelita Durán, los protagonistas centrales de esta historia en la que, siguiendo acaso la ruta trazada por José Eustasio Rivera en  La Vorágine, el paisaje deviene elemento central,  escenario y detonante de las grandes decisiones individuales y colectivas.

Intereses económicos y grandes pasiones se despliegan en un territorio donde La  Canchelo es  a la vez metáfora de esta tierra feraz y arquetipo de las mujeres que en la segunda década del siglo XXI van por  las calles calcinadas por un sol mordiente, mientras las nuevas  formas de la violencia aguardan agazapadas a la vuelta de cualquier esquina.

                                           Fotografía : Diego Val

Viejo farol que alumbraste mi pena

Desde estas mismas calles el ebanista Luis Ramírez creó para el mundo un cancionero capaz de narrar el desarraigo en muchos ritmos y en distintos idiomas. Anclado en La Virginia, donde hoy lo honran con una estatua erigida en el parque principal, El caballero Gaucho supo como nadie expresar el sentido  profundo de la  denominada Música de carrilera. En sus tonadas se recrea una épica de comerciantes ávidos y de  hembras indómitas. De antiguos cimarrones y de colonizadores que dejaron  sus tierras y partieron en busca de una aventura con nombre propio: La Virginia. Esa visión de hombres y mujeres  en perpetuo tránsito le dio material para sintetizar en unos versos el estado de alma de los andariegos para quienes la vida  toda es una carrilera: “Por ti dejé tras de mí/inciertos pasos/ el cariñoso hogar donde viví/ dejé mi tierra y mi plantío/ y el viejo tambo donde nací/ dejé mi raza y mi bohío/ todo lo mío / por verte a ti”.

 

El puente cuenta historias

Fue  el 24 de julio de 1928, el año en que nació Aurelia Moreno,  cuando se inauguró el puente Bernardo Arango, para  unir los municipios de Pereira y La Virginia, sobre las aguas del río Cauca.

Desde  entonces, esa estructura que hasta hace poco amenazaba ruina, ha  atestiguado en silencio  las transformaciones vividas  por la región y el país. Para empezar, su cableado de acero se agitó con los primeros indicios de una violencia política gestada en los tiempos de la Guerra de los Mil días, acrecentada  durante las pugnas entre liberales y conservadores, para reavivarse  en los años ochentas con el reinado de los narcos que encandilaban a las mulatas, compraban los mejores predios y   amenazaban incluso con  apoderarse de uno de los emblemas del más reciente dinamismo económico regional: el Ingenio Risaralda.

“Fueron esos los días en que ya no bajaban por sus aguas cardúmenes de peces sino cuerpos de personas asesinadas y a menudo mutiladas”, dice en su casa de La Virginia el poeta, ensayista, cuentista y maestro Hernando López  Yepes.  El  hombre tiene razones para saberlo: durante muchos años ha auscultado las pulsaciones secretas de su gente, al tiempo  que el olfatea el cielo y escudriña las aguas del río en busca de una señal renovadora.



Asegura que, hasta ahora, todo ha sido en vano. La Virginia pertenece  a la estirpe de los pueblos que aparecen en las novelas de Faulkner: estacionados en las orillas del tiempo y ahogados por un calor sin tregua, aguardan- igual que sus habitantes  sentados en  sillas de baqueta-  que la más leve brisa sea el anuncio de una nueva forma de redención.

Aparte de conectar dos poblaciones, al agilizar el intercambio comercial, el puente Bernardo Arango  facilitó el contacto con Medellín, uno de los centros de acopio para los  negociantes de Pereira y de los municipios de lo que hoy son los departamentos de Risaralda, Caldas y Quindío. Esas circunstancias empezaron a consolidar a Pereira como el gran punto  de operaciones comerciales, sentando las condiciones para que en  la década del sesenta se  crearan los mencionados departamentos.

Atravesando esas puertas llegaron a La Virginia Olinda y Miguel, dos nigerianos que adoptaron  esos nombres para hacerse pasar por  chocoanos llegados desde lo más hondo se la selva, según ellos desplazados por una nueva avanzada de colonizadores  paisas atraídos por el negocio de la madera y las minas de oro. Aurelia Moreno los recuerda bien.

“Eso fue por los días en que Fidel Castro llegó a gobernar a Cuba. Lo recuerdo porque al principio pensé que Olinda y  Miguel venían huyendo de ese país. Las únicas palabras que pronunciaban era buenos días y gracias. Como eran los guapos pa trabajar la tierra les dimos  albergue en una pequeña parcela que mis hermanos tenían en el camino hacia Belálcazar.

“Muy pronto descubrimos que eran grandes pescadores. Compramos anzuelos, sebos y atarrayas y los pusimos a trabajar en compañía: mitad y mitad de las  ganancias.  Trabajando  como pescadores se hicieron a unos ahorros y un día nos dijeron que seguían hacia Ecuador, en busca de unos familiares  que habían entrado por Brasil. Fue en ese momento cuando nos dijeron que eran nigerianos, pero yo todavía no alcanzo a  ubicar bien ese país, aunque mis nietos, bisnietos y tataranietos me lo muestren en internet. Por eso prefiero seguir pensando que eran cubanos”, sentencia Aurelia, diente de oro, tabaco ardiendo entre sus dedos índice y pulgar, la cabeza envuelta en un turbante rojo y amarillo que le da un aire de andar  envuelta en llamas.



De tantas sangres

Usted se sienta a tomarse un café o un refresco en un lugar céntrico de La Virginia y ve pasar el país entero: Negros  de Urabá expertos en sembrar y descuajar bananos. Baquianos de  Granada, Meta, exiliados en estas tierras donde todavía añoran los cánticos ancestrales a  la hora del  encierro del ganado. Descendientes de las madamas que un día se instalaron con sus cantinas, seducidas por el dinero que por momentos parecía brotar de una fuente inagotable. Campesinos de La Celia, Balboa, Santuario, Apía y  Belén, desterrados por la chusma y los “ Pájaros “ en los días turbulentos de la violencia liberal conservadora. Por eso se ven allá en lo alto los brazos  abiertos del Cristo de  Belálcazar, erigido a por los feligreses del  padre Antonio José Valencia en un intento por conjurar el horror.

Una nueva corriente de peregrinos  ha   llegado a estas tierras ardientes. La de los obreros que participan en la construcción de las Autopistas 4G a lo largo de ciento cuarenta y seis kilómetros. En este caso las vías conectarán las localidades de La Virginia y La Pintada. Las mismas que una vez estuvieron unidas por las aguas del río Cauca y por las líneas del ferrocarril  a partir de 1942.

Hace muchos años pasaron los días de gloria de empresas como La royal, Montoya y   Trujillo y la Compañía Cafetera de Manizales, que  se anticiparon en mucho a la  apertura del Ingenio Risaralda en 1973, apenas seis años después de la creación del Departamento.

También están lejos los días en que la Hacienda Balsillas, propiedad de Roberto Marulanda, fungía como un próspero centro de negocios  para inversionistas llegados de Pereira y Manizales.

En eso piensa Aurelia, masticando su tabaco y sorbiendo a tragos lentos  un vaso de jugo de mandarina.

Ignora  que a unas cuantas cuadras de su casa el poeta Hernando López Yepes se empeña, con paciencia  de orfebre, en tejer versos como éstos:

“Mi lora ha muerto/y me he quedado solo/el mundo que me imponen/ clava en mí su lanza/un  poco más arriba del costado.”


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=ArphFyyHJ6U

 

 

martes, 1 de noviembre de 2022

Querida pelota

                                                          




 

                  “Todo lo que sé de la vida

                   Lo aprendí del fútbol”

                               Albert Camus

 

En lo tocante al fútbol, debo ser el apóstata que más veces ha renegado de sus propias blasfemias.

He despotricado en todas partes contra el cartel mafioso de la Fifa y sus cada vez más frecuentes bellaquerías, como esa de cambiar los meses tradicionales del mundial, para satisfacer las exigencias de sus más recientes socios, los jeques cataríes.  He fustigado las componendas de empresarios, dirigentes, directivos, entrenadores, periodistas deportivos venales y canales de televisión que se inventan torneos a cada rato para vender publicidad y derechos de transmisión sin importar que los futbolistas terminen desechos por la cantidad de partidos jugados. He discutido con padres de familia parásitos que convierten a sus hijos en mercancías y los obligan a ingresar a escuelas de fútbol que surgen por todas partes, con la esperanza de transferirlos a una liga poderosa de Europa o a un club local que los proyecte hacia el exterior.

Pero todo eso se viene abajo cuando veo un grupo de niños- a menudo más de once por equipo- correr detrás de una pelota en medio de una polvareda o chapoteando entre el fango en medio de la lluvia.

Casi siempre las porterías están armadas con piedras o con la ropa de los jugadores. La pelota puede estar medio desinflada, pero cuando alguno logra escabullirse entre el coro de rivales que gritan “¡Cójalo, cójalo!”, como si se tratara de un ladrón callejero, siento que esos chicos se acercan sin saberlo a una forma de redención.

Aparte de eso, soy un devoto de los torneos de barrio y de vereda: los últimos reductos de quienes juegan por el simple placer de hacerlo. En ellos participan desde adolescentes flacos y talentosos como Cruyff hasta cincuentones de barrigas prominentes como el Maradona de su etapa final. En el entretiempo recuperan calorías atiborrándose de golosinas de sal. Si hace calor se hidratan con cerveza y si el frío arrecia lo hacen con aguardiente, ron o Whisky, depende del bolsillo de los oficiantes.

Porque lo único claro es que estos tipos son dichosos cuando se reúnen a oficiar el viejo rito de la pelota que, según cuentan los viejos cronistas, se remonta a los aztecas antes de la llegada de los europeos.

Me conmueve ver rodar un balón calle abajo y, una fracción de segundo después, la carrera de un niño que lo persigue como a un pájaro fugitivo, tratando de impedir el predecible y ruidoso final del muy esquivo bajo las ruedas   de un camión conducido por un miope o por un fulano que odia el fútbol.




Hace unos años me hice invitar a uno de esos torneos de veteranos gozosos. Se jugaba en una de esas canchas en las que el césped escasea en el área grande y se convierte en rastrojo en los lugares menos transitados por la tropa.  Después de tres partidos, mi saldo personal fue escuálido: ni un gol y un severo esguince de tobillo que me obligó a andar con muletas durante dos semanas.

El dictamen médico fue lapidario: “Mi amigo, usted ya no está para estos trotes; mejor dedíquese al futbolín o cómprese una consola de video juegos”, sentenció el matasanos. Soy de la era predigital y el futbolín siempre me pareció patético. Así que, en busca de consuelo, me dirigí como un peregrino a mi biblioteca y emprendí una selección de revistas y de libros que hablan de fútbol. Guardo como un tesoro un puñado de ejemplares de la revista argentina El Gráfico en sus días de gloria. En sus portadas me topé con viejos conocidos: esos locos geniales que fueron el arquero Hugo Gatti y el puntero derecho René Orlando Houseman o los hermanos Néstor y Héctor Scotta- de nombres homéricos-, goleadores en equipos distintos. También estaban el River de “El Beto “Alonso y “El Pinino” Mas o el Huracán de Menotti, ese cruce de futbolista, filósofo, poeta, militante comunista y fumador suicida.



A menudo, me encuentro con grandes jugadores que llegaron después al fútbol colombiano. Los arqueros Raúl Navarro, Alberto Pedro Vivalda o Juan Carlos Delménico; defensores como Óscar Cálics, mundialista en 1966; volantes talentosos de la estirpe de Jorge Hugo Fernández o goleadores de la talla de Corbatta, Prospitti, Devani, Lallana, Irigoyen o Palavecino.

Y a su lado los libros, claro, empezando por "Siento ruido de pelota", del uruguayo Diego Lucero; los  salmos de Vinicius de Moraes a su amado Botafogo y al gran Garrincha; Eduardo Galeano y su amorosa ironía política ; Osvaldo Soriano y sus impagables “Memorias del míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol”; Juan Villoro y su particular teofanía donde “Dios es redondo”; Martín Caparrós y su entrañable Historia de Boca Juniors titulada, así sin más, “ Boquita”.

Pero hay más: la novela "El miedo del portero ante el penalti”, de Peter Handke; las lecciones de táctica y estrategia de Johan Cruyff; las reflexiones de Albert Camus sobre su época de arquero; el reportaje de Ernesto Sábato acerca de su paso por las divisiones inferiores de Estudiantes de La Plata; los cuentos y ensayos de Jorge Valdano , puntero derecho de gran suceso en River, el Real Madrid y la selección campeona en México 86 , aparte de  algunas  crónicas del colombiano Alberto Salcedo Ramos.



Cuando se acerca la Semana Santa, las abuelas sacan del armario sus mejores vestidos negros o de medio luto; desempolvan su colección de camándulas y rosarios, preparan los cirios para la bendición del obispo y se aprestan para recibir la manifestación de la divinidad.

Siguiendo esa ruta yo, que también soy devoto, cuando se aproxima el mundial de fútbol desempaco mi pequeña colección de libros y revistas litúrgicos y me preparo para recibir en comunión a la querida pelota; no importa que los rufianes de la Fifa desempeñen tan bien su rol de mercaderes del templo.

Este año, por ejemplo, espero que el gran Lio Messi gane  al fin su mundial y descanse  en santa en paz en las playas de Barcelona.


PDT:

Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=-9f24o5V60k

 

 

lunes, 24 de octubre de 2022

Hijos del ruido

 

                                               



                                                 “Cmon feel de noize”

                                                 Canción de Slade (1973)

                                                 

Cada vez que escucho un mensajero oficial anunciando el inicio de una campaña para prevenir y mitigar los altos niveles de ruido que nos aquejan, pienso en la irremediable inclinación humana hacia las causas perdidas.

Controlar el ruido no es asunto de campañas y sanciones. Está en nuestra condición ser ruidosos. El ruido nos ayuda a escapar del silencio. ¿Y qué es el silencio, en últimas? Es estar a solas con nosotros mismos y eso ya de por sí es una experiencia pavorosa. Usted cierra los ojos, mira hacia adentro y lo que ve es el vacío, la nada, la negrura: pequeñas muestras gratis de la Gran Muerte, la definitiva. De inmediato corre a encender el televisor, la radio, el aparato de sonido, el teléfono, la computadora: cualquier cosa que lo   haga sentirse a salvo de ese encuentro con lo inexorable.

Por eso son cada vez más las personas que prefieren estar conectadas las veinticuatro horas a cualquier cosa, antes que correr el riesgo de abismarse en esas profundidades.

El gran arte siempre ha tenido un sesgo premonitorio. Es como si sus artífices pudieran ver más allá del aquí y el ahora. Recuerdo una película de 1976, dirigida por Sidney Lumet, protagonizada por Faye Dunaway, William Holden, Peter Finch y Robert Duvall. Su título en inglés es Network, traducida al castellano como Poder que Mata. Se refiere, claro, al poder de los medios de comunicación. En algún momento, uno de los personajes le dice a su interlocutor “El infierno acaecerá sobre la tierra cuando todo el mundo esté conectado”.

El personaje en cuestión dice estar citando a uno de los protagonistas de 1984, la distopía concebida por el genio de George Orwell, publicada por primera vez el 8 de junio de 1949.



He buscado en distintas ediciones en español y en inglés la frase mencionada y nunca he podido dar con ella. Le he preguntado a los oráculos de internet y, faltando a su costumbre, no responden ni media palabra. Hagan el ensayo y me cuentan si corren con mejor suerte.

A lo mejor es apócrifa, como tantas citas célebres de Borges. Eso poco importa: las citas apócrifas suelen ser las más certeras. Den una vuelta por el Antiguo o el Nuevo Testamento y verán. Lo esencial es que no sólo ya vivimos en el mundo prefigurado por el escritor británico, sino que pasamos de largo.  Piensen en el ritual cotidiano de ponerse los audífonos de un teléfono: es lo primero que mucha gente hace al comienzo de la jornada. Uno los ve en el transporte público, en la calle, en el trabajo o en el parque y se diría que están ensimismados en lo más hondo de sus pensamientos.

Grave error: están conectados a ese ruido imperceptible que fluye como una corriente que recorre el globo, se estrella contra una roca y desanda el camino en un ir y venir sin fin. En mis tiempos de profesor tuve una estudiante que faltaba a menudo a clases porque estaba tratándose con un especialista su adicción a la tecnología: si no estaba conectada era presa de la angustia y el pánico. Supe que le pagaba una fortuna al experto de marras. A lo mejor su negocio residía en que los pacientes no se curaran. Pero ese es un terreno que no quiero transitar ahora.

Quiero volver es al ruido. A esa necesidad de aturdirse para no escuchar los rumores que nos hablan desde muy adentro. A lo mejor nos advierten de cosas que no estamos en condiciones de soportar sin caer en los círculos concéntricos de la locura. Preferimos la locura que nos llega del mundo exterior.



Esa necesidad de ruido es la clave de la moderna industria del entretenimiento. Ese llamado constante que se nos hace para que nos volquemos hacia el espectáculo como droga. La oferta está diseñada para que cada quien encuentre la dosis justa a la medida de su desesperación.  De su tedio. De la certeza de que atravesamos el tiempo y estamos atravesados por él: esa convicción engendra la necesidad del pasatiempo. De ahí la constante renovación del portafolio: viajes, películas, gimnasios centros comerciales, deportes convencionales y extremos, conciertos, comidas, vestuarios, músicas y cultos religiosos.  Con seguridad ustedes se habrán fijado en el detalle: el formato de los cultos religiosos se parece cada vez más al de la industria del espectáculo.

Por supuesto, la incitación pasa por el hecho de que la gente esté siempre conectada.  El estímulo hacia el consumo y el derroche está anclado allí. Poco importa si se trata de ropa, música, sexo o tendencias ideológicas. El mecanismo es igual para todos. Tipos como Donald Trump o el presidente Bukele de El Salvador lo conocen muy bien.

El resultado final será siempre la alienación, la pérdida de uno mismo y, por lo tanto, de los otros. La enajenación de nuestra parcela de silencio, nuestro único paraíso posible sobre la tierra, como lo han advertido siempre los místicos y los grandes poetas.


Prefiero pensar que no todo está perdido. Que existe una manera de cerrar los ojos y mantenerlos así, sin sucumbir al tedio o a la desesperación, que al final resultan ser lo mismo. Que todavía podemos encontrar  atajos para atravesar el laberinto de las conexiones infinitas sin  morir en el intento.


PDT. Les comparto enlaces a dos bandas sonoras para esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=uTEGxVDHpGU

https://www.youtube.com/watch?v=QDPx1DzuK_s

 

 

lunes, 10 de octubre de 2022

La mirada de la bestia

 


 

La lógica de la guerra es simple y eterna: los políticos encienden la chispa, los militares y los medios de comunicación atizan el fuego, los empresarios hacen negocios  y, en el medio, combatientes y civiles  mueren destrozados por las bombas o enloquecen como única manera de soportar el horror.

 

Es un callejón sin salida que sólo puede conducir a  otro callejón sin salida. Un juego  de espejos enfrentados: el laberinto perfecto presentido por los poetas y soñado por una divinidad perversa. Dicho de manera más prosaica, por la máquina de matar que es , en últimas, toda forma de poder.

 

El escritor norteamericano Joseph Hellers se propuso desmontar las piezas de esa máquina para desnudarla en toda su brutalidad. Para ello, hizo de su experiencia en el frente material literario. El resultado es Trampa 22, una novela que desde su publicación no ha cesado de cobrar dimensiones legendarias. Estamos  en la Segunda Guerra Mundial. Desembarcados en Europa, los Estados Unidos de América reafirman  su dominio planetario con el noble pretexto de preservar la paz, la libertad y la democracia… aunque en realidad, como sucede  con todos los imperialismos, sus intereses apunten en otra dirección.

 

Los protagonistas de la historia tienen como base a Pianosa, una pequeña isla italiana  en el Mar Adriático, desde donde parten a cumplir las misiones rutinarias de toda guerra: destruir puentes y pistas de aterrizaje del otro bando, bombardear aldeas,  plantar banderas y capturar o matar enemigos para reforzar  las estadísticas de los altos mandos . En suma, la contabilidad de la muerte.




 

Todos los personajes son militares  y están desquiciados. Se llaman Cathcart, Aarfy, Korn, Dreedle, Joe el Hambriento Kraft, Jefe Avena Loca, Milo o Yossarian. Este último viene a ser la conciencia de todos los demás, atareados  como están en una pugna sin tregua con las  propias ambiciones que los conducen a luchas internas en las que el odio y la envidia suelen ser tan letales como el  enemigo que responde con baterías antiaéreas.

 

Luego de descubrir el absurdo de la guerra y su entramado de falsos ideales, empezando por la dañina noción de patria,  Yossarian decide que el único pretexto noble en las trincheras   se reduce a la lucha por la propia supervivencia. A  partir de ese momento tendrá que concentrar todas sus fuerzas  en  mantenerse  lejos del alcance del enemigo, de los superiores y de los compañeros de filas.  Eso para no hablar del combate con los demonios interiores: el sexo, el miedo, el resentimiento.  De ese modo comprende que el enemigo más letal no está en el otro bando sino en las entrañas de su propio contingente, en las  altas jerarquías del ejército, en el  poder abstracto que gobierna su país.

 

A su manera, todos han mirado de frente los ojos de la bestia y después de eso nadie vuelve a ser el mismo. Todos han sido tocados sin saberlo por la certeza del absurdo. Esa lucidez es lo más parecido a lo que Yosssarian siempre sospechó que era la locura.

 

¿ Qué hacer entonces  cuando uno está loco y todos los que le rodean también lo están? Simple:  fingir que se está cuerdo. Generales, tenientes, cabos, coroneles y soldados rasos van como almas en pena tratando de prolongar la vida un minuto, una hora, un día, acaso una semana y nada más. Después de tanto matar y ver morir, al fin han comprendido lo que ya sospechaban los viejos sabios: que la eternidad puede caber en un segundo.




 

Para alcanzar algo de sosiego apelan a los recursos ya conocidos: la oración, el sexo, el whisky barato, los escasos momentos de camaradería. Pero esos consuelos duran poco. Mientras su país perfecciona la máquina de matar, ellos se vuelven más cínicos, más escépticos, más crueles, con la crueldad amoral propia de la  gente enfrentada a situaciones extremas. Para ilustrarnos sobre los límites a los que conduce ese estado del alma, el narrador no ahorra descripciones como esta:

 

(…) Un chico con una fina camisa y unos finos  pantalones andrajosos salió de la oscuridad, descalzo. Tenía el pelo negro y necesitaba un buen corte, zapatos y calcetines. Su rostro era enfermizo, pálido y triste. Sus pies hacían ruidos suaves, horripilantes, chapoteantes en los charcos de la acera y su pobreza inspiró a Yossarian una piedad tan profunda que sintió deseos de machacar con el puño aquella cara pálida, triste y enfermiza porque le traía a la memoria a todos los niños pálidos, tristes y enfermizos de Italia que aquella misma noche necesitaban un corte de pelo, zapatos y calcetines. Le hizo pensar en todos los tullidos, en los hombres y las mujeres con hambre y con frío, y en todas las madres pasivas, atontadas y entregadas que aquella misma noche amamantaban a sus hijos con ojos catatónicos y las heladas ubres animales al aire, insensibles a aquella lluvia glacial. Vacas(…)

 

Todos esos seres también están sometidos por la Trampa 22, ese colosal aparato burocrático en el que cada uno de los eslabones de la sociedad es parte de una cadena que acaba por alienar a la gente de  si misma. ¿Pero qué es la Trampa 22? . Sorteemos la tentación fácil de decir que es un artefacto  de estirpe kafkiana. Digamos más bien que la Trampa 22 es la esencia del sistema.  Es una forma de sometimiento que se basta a si misma, como un  animal enloquecido que se muerde la cola. Veamos  el ejemplo que nos propone el narrador:  uno de los artículos del reglamento militar  establece que los combatientes tienen derecho a regresar a casa después de cumplir un número determinado de misiones… salvo que el superior inmediato o una instancia más alta decidan lo contrario, lo que quiere decir que el regreso no se producirá nunca, porque siempre habrá alguien  con potestad para incrementar hasta lo infinito el número de misiones. La novela abunda en trampas como esa.

 

Pero  es apenas un ejemplo. En la práctica, todas las acciones están determinadas por ese tipo de lógica. Por eso todos enloquecen : los militares, los civiles, los gobernantes que ni siquiera tienen control sobre sus decisiones, porque el poder es un mecanismo ciego que tritura cuerpos y almas en una secuencia infernal que sólo el desquiciamiento total puede conjurar. Eso explica que, de principio a fin, la novela sea un torrente de situaciones disparatadas y un desfile de personajes  alucinados. Esa es la otra trampa, en la que parecen haber caído tantos críticos y lectores: creer que el objetivo del relato  es provocar hilaridad a partir del encadenamiento   de  situaciones desopilantes. En realidad , lo que pretende es arrojarnos de pies y manos en el abismo de la guerra, en la dimensión precisa de sus pesadillas.

 

Para que no olvidemos el talante de esas pesadillas, el narrador  nos empuja a situaciones como esta, que nos describe la agonía de uno de los personajes:

 

(…) Pero Snowden siguió meneando la cabeza y señaló la axila con un movimiento de barbilla apenas perceptible. Yossarian se inclinó para mirar y descubrió una mancha de color extraño que atravesaba el mono justo por encima de la sisa del traje protector. El corazón le dejó de latir y a continuación le golpeó con tal violencia en el pecho que a duras penas podía respirar. Snowden estaba herido por dentro del traje protector. Yossarian le arrancó los automáticos y se oyó gritar desgarradoramente cuando las entrañas de Snowden rodaron hasta el suelo en un montón apelmazado y chorreante(…)




 

Eso es lo que deja la guerra. Toda guerra : despojos. Muertos definitivos y muertos vivientes. Yossarian lo entiende de esa manera :

 

(…) También él tenía frío, y temblaba sin poder controlarse. Notó que se le ponía carne de gallina al contemplar, desalentado, el macabro secreto que Snowden había desparramado por el sucio suelo. Resultaba fácil interpretar el mensaje de sus entresijos. El hombre es materia: en eso consistía el secreto de Snowden. Arrojadlo por una ventana y caerá. Prendedle fuego y se quemará.  Enterradlo  y se pudrirá, como cualquier otro desperdicio. Una vez desaparecido el espíritu el hombre es basura. En eso consistía el secreto de Snowden. La madurez lo es todo(…)

 

Y en eso consiste el secreto de esta novela: la risotada que surca sus  quinientas noventa páginas  nada tiene que ver con la risa dichosa de otras historias. Lo suyo es el furor  demoníaco de quien está obligado a mirar lo innombrable con los ojos  bien abiertos porque ha caído en una trampa mortal.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=7heXZPl2hik

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Quinchía, entre el oro y los quinchos



Con aliento Caribe

Con  su manera detallada y surcada de recursos literarios, el cronista Pedro Cieza de León da cuenta de la partida del conquistador Jorge Robledo desde la  población de Santafe de Antioquia, en las riberas ardientes del río Cauca, hasta llegar a las no menos calurosas tierras del norte del Valle, en  las orillas del río La vieja.

Con su pluma minuciosa Cieza de León nos acerca  a los padecimientos de  los conquistadores cuando  subieron desde el Cauca hacia unas tierras de neblina en las que los contornos de  hombres  y  cosas se desdibujaban hasta alcanzar la inconsistencia de   los fantasmas.

Habían llegado a las tierras de unos indígenas pertenecientes al pueblo Caribe, conocidos como los Guaqueramaes  y los Tapascos. Estos pueblos las habían  bautizado con el nombre de Guacuma.

Siguiendo la voz del narrador descubrimos que cuando Robledo y Badillo arribaron al poblado Tapasco de Chiricha descubrieron unos cercos de guadua agitados por el viento, en cuyos extremos destacaban cráneos humanos.

A esos cercos de guadua coronados por la imagen de la muerte los llamaron “Quinchos”, vocablo que acabó por convertirse en el nombre de una población clave en el poblamiento del occidente de lo que hoy es el Departamento de Risaralda.

 A su paso, las huestes conquistadoras oyeron hablar de ricos tesoros enterrados por los indígenas en cuevas naturales o en socavones cavados por ellos en los cerros  que circundan el lugar.

Esos relatos  perviven hasta hoy, cuando una nueve fiebre del oro amenaza el equilibrio ambiental de la zona.

“Nos vamos a quedar sin agua”, dice Alirio, un campesino  cincuentón que mira con aprensión como se multiplican  las formas de explotación minera en  sus territorios.

“Quiero forrarme de plata” declara Rigoberto Largo,  un hombre de acentuados  rasgos indígenas que sonríe y  muestra la que parece ser la prueba física de su voluntad de enriquecimiento: un diente de oro.

No todo lo que brilla es oro.



Así ha  transcurrido la historia de Quinchía desde el paso de los conquistadores europeos hasta el arribo de las empresas trasnacionales en el siglo XX: entre el miedo y la codicia. Entre el escepticismo y la esperanza.

Pero no todo lo que brilla es oro en esta población que se precia de levantarse  una y otra vez desde  sus propias cenizas.

Gabriel Guapacha es uno  de esos hombres fornidos y montaraces que un día abandonó el azadón y el  hacha para dedicarse a conducir  una motocicleta en la que presta un servicio de transporte informal hacia veredas como Mapura, La  Loma y El Callao.

De regreso a la cabecera municipal, Gabriel hace un alto en el camino para tomar un refrigerio en una fonda caminera. Una fotografía  en tono sepia  de El Caballero Gaucho preside el lugar, cuya decoración es, de hecho, una estampa de otro tiempo: una  lámpara caperuza para los frecuentes apagones nocturnos, un  mostrador en el que se exhiben cera para pisos de madera,  sal de frutas para el guayabo y la indigestión, agujas capoteras  para coser costales,  paquetes de cigarrillos, botellas de aguardiente amarillo, purgantes para animales, pastillas para el dolor de cabeza, botas pantaneras y condones.

Desde lo alto  de un mueble de madera reinan un computador portátil  y un tocadiscos marca Sanyo que luce como nuevo después de  medio siglo de uso. Los dos son los responsables de  que la música no pare de  sonar en esta fonda que ostenta el nombre de Pescador, Lucero y Río. Está ubicada a la orilla de una quebrada de aguas rumorosas de la que algunos vecinos sacan barbudos, corronchos y sabaletas.

En noches sin luna los bohemios  se plantan en la  puerta a contemplar las estrellas dibujadas sobre un  cielo límpido que  se encarga de remover el rescoldo de sus nostalgias.

Las canciones de Nano  Molina, Oscar Agudelo, Tito Cortés, Julio Jaramillo y Olimpo Cárdenas, humedecidas con unos tragos de aguardiente se encargan del resto.

Ese es el momento en que  Gabriel Guapacha enhebra la aguja de los recuerdos y empieza a tejer su historia.

“Todos mis antepasados recorrieron estas tierras al derecho y al revés en busca de fortuna. Mis abuelos Nicanor y Seferina tumbaron monte para sembrar yuca, maíz y plátano hasta convertirse en cultivadores de café. Mis papás   Genaro y Matilde se enterraron en los socavones en busca de oro. A veces lo encontraron y lo perdieron con la misma rapidez. Entonces volvieron a ensayar   la agricultura con nuevos productos: aguacate, lulo y mora, hasta que los bajos precios, las plagas y los especuladores acabaron con sus ilusiones”

A todo lo largo de su brazo y su antebrazo derecho, Gabriel luce un tatuaje de Nuestra  Señora del Perpetuo Socorro, que según él, lo ha salvado de todos los peligros imaginables en estos caminos

“Desde niño me he encontrado con toda clase de malandros: de día  y de noche. Me he cruzado con guerrilleros, paramilitares, traficantes de oro, ladrones de ganado y unas cuantas joyas más. Y siempre he salido sano y salvo para contar el cuento. Es que como la tierra de Quinchía es tan rica en recursos de la tierra y la minería, desde los tiempos de los conquistadores siempre ha atraído aventureros de todas partes del país y del mundo. Hoy nada más se vive una situación muy complicada.  Todo el mundo piensa en explotar pero a nadie se la ocurre aprovechar parte de esos recursos  para apoyar a los campesinos con sus cultivos o  patrocinar a las personas que trabajan con los adornos de oro. Cosas de esas que nos mejorarían la vida a todos en otros campos. Es que, como dice el dicho, no todo lo que brilla es oro.”.

En las rutas de la memoria

Diana Marcela Ladino  y María José Correa son las responsables de la biblioteca de  Comfamiliar Risaralda en Quinchía. Oriunda del municipio la primera y llegada de Antioquia la segunda, cada una a su  estilo ha encontrado  el modo de hacer de su labor cotidiana una ruta de aproximación al enorme legado histórico, social, económico y cultural de su comunidad.

Para   Diana Marcela, el incendio del templo parroquial y el  inmediato inicio de las tareas de recuperación expresa toda una parábola.

“Era casi la media noche del viernes 16 de noviembre de 2016 cuando  todos nos vimos sacudidos por el resplandor y las llamas que se veían salir del templo San Andrés Apóstol. Si al comienzo hubo pánico, en pocos minutos  el pueblo se unió en la tarea de ayudarles a los bomberos a apagar las llamas.  Y si al final el incendio destruyó el templo casi en su totalidad, lo bonito vino después: de  todas partes empezaron a surgir iniciativas para su reconstrucción. Apenas quince meses después, aunque todavía falta mucho trabajo, la gente empieza a ver cómo  ese espacio de oración y de encuentro  vuelve a la vida, como en el mito aquél del Ave Fénix”

Construida en el año de 1855, la iglesia tuvo varias reparaciones, algo que a Diana se le antoja un símbolo de lo que  ha sucedido con Quinchía  a lo largo de los años.




“Como  sucede con tantos municipios de la región, en  mi pueblo hemos tenido que pasar por cosas muy duras. Aquí cometió sus fechorías  el Capitán Venganza, durante la violencia entre liberales y conservadores. Después sería la gente del Epl, con el sanguinario Leyton a la cabeza. Más tarde   veredas enteras fueron arrasadas por los paramilitares, hasta la infamia de la llamada Operación Libertad, cuando el 27 de septiembre de 2003  unas ciento veinte personas fueron retenidas y acusadas de complicidad con las guerrillas. Después se supo que todo había sido un montaje, pero ya muchas vidas habían quedado arruinadas.  Esa es una injusticia que nuestra comunidad nunca olvidará.”

Entre las personas que  perdonan pero no olvidan está Gloria Eunice. Para la época de la Operación Libertad cursaba estudios de derecho en la Universidad Libre de Pereira. Ese día vio como un grupo de cuarenta policías  irrumpió en la casa de su abuelo materno, Gilberto Cano Bolívar. El viejo  se desempeñaba como concejal después de haber sido alcalde de la localidad.



“Se lo llevaron con las manos atadas a  la espalda con una soga, como a un criminal” diría Eunice después con el alma y la voz rotas por la humillación. “Mi abuelo, a quien  le decían Cachaco murió en 2015 a los 86 años y estuvo preso durante veintidós interminables meses. Cincuenta  y siete años de su vida los consagró al servicio público, y así le pagaron”.

Junto al drama de Cachaco los parroquianos de Quinchía  evocan otro igual de doloroso: el de José de los Santos Suárez, un campesino ciego a quien acusaron de fabricar explosivos para la guerrilla, aparte de brindarles alojamiento y comida.

Destrozado, José de los Santos murió en 2010, a los sesenta y dos años. Junto al suyo, también se recuerdan los nombres de Martiniano Manso- sí: Manso-, Wilfrey García, Arlés Ocampo, Eduardo Castro y Aldemar Tusarma, estos tres últimos asesinados.

En el pueblo todavía se comenta que los paramilitares del Bloque Simón Bolívar  participaron en algunos de estos crímenes.

“Pero, con todo y eso, en Quinchía siempre sabemos reconstruirnos, igual que en el caso del templo de san Andrés Apóstol”, sentencia Diana Marcela  ante un grupo de líderes comunitarios que aguardan turno para  utilizar los computadores de la biblioteca.



La palabra que sana

Cada vez que puede, María  José  Correa toma su maleta  llena de libros y parte en busca de un jeep o una moto que la lleven hacia alguna vereda donde siempre la esperan con un buen desayuno o un “algo”, un refrigerio que a veces parece otro almuerzo: es la forma como los campesinos le agradecen un ritual que ha mejorado en mucho sus vidas, en no pocos casos rotas por la violencia.

“La gente espera la llegada de María José y sus libros con una alegría que no pueden imaginar los que siempre han vivido entre las comodidades”, asegura María Elvia, una profesora nacida en Aguadas, Caldas, que ha  trabajado en regiones tan dispares de Colombia como el departamento del Cauca, el Quindío y Córdoba.

“Hay que vivirlo para comprenderlo”, dice  desplegando las páginas de un  libro titulado Los amores de Afrodita. Con sus historias les ayuda a los jóvenes de Quinchía a comprender sus propias vivencias del amor y la sexualidad.

 “Desde mi propia experiencia como maestra he podido ser testigo de la forma como el contacto con los libros, la música, las artesanías y los museos obra como un  elemento de sanación para las personas y las comunidades. Estoy convencida de que esa capacidad para la creación y para valorar las producciones del  espíritu es una de las cosas que les han permitido a los quinchieños sobrevivir  a tantos infortunios. Uno los ve y siempre  parecen salir más fortalecidos para el siguiente desafío”.

Recorriendo las calles y los campos de Quinchía al visitante no le faltarán razones para entender el optimismo invencible de María Elvia.



En la casa de Xixaraca


Xixaraca  era el dios del bien entre las tribus Anserma. Según los relatos de los pueblos aborígenes, la divinidad habitaba en la cima del cerro Karambá, hoy conocido como Batero. Por eso el Museo Arqueológico de Quinchía, ubicado en la Casa de la Cultura, lleva ese nombre. Pequeño, pero bien organizado bajo  patrones técnicos de conservación, el Museo de Xixaraca supone un viaje a los orígenes de  pueblos que desarrollaron valiosos avances en la explotación  de las minas de sal y de oro, así como en la orfebrería y la filigrana. De hecho, los artesanos que hoy se agrupan alrededor de varias organizaciones son herederos directos de esa tradición.

Y miren por dónde : para completar  el mito de Xixaraca y restablecer de paso el equilibrio cósmico, tradiciones  campesinas posteriores sostienen que en  la base del Cerro de Batero, en una cueva guardada por el diablo en persona, yacen tesoros de fábula enterrados por los europeos desde los tiempos de la conquista.

La  Historia local da cuenta de que el museo empezó a nacer en 1979, cuando un grupo conocido como Cabalonga, encargado de la parte  documental en el club científico del Instituto San Andrés se dio a la tarea de rastrear documentos y piezas de orfebrería entre las tantas que abundan en la zona.

Una década más adelante surgió un grupo ecológico liderado por Jorge Gómez, para la época gerente del Comité Municipal de  Cafeteros. A través de un trabajo conjunto con Fernando Uribe, director de la Casa de la Cultura, plantaron los cimientos de una memoria escrita en el barro, en el oro  y en las piedras de esta zona en la que abundan los apellidos Trejos, Largo, Bueno y Tapasco, para mencionar solo algunos de los grupos familiares ligados a esta población que a lo largo de su historia ha cambiado de sitio varias veces.

El signo de la errancia.

El  historiador Alfredo Cardona Tobón y el escritor Jaiber Ladino son, como quien dice, memoria viva de estas tierras. El primero desde el relato documental y el segundo mediante los recursos de la ficción, nos han aproximado al trasegar de unos hombres  y mujeres empujados montaña abajo y montaña arriba por la necesidad y por la ambición. O por el puro y duro desplazamiento forzado.

A través de sus relatos, el  lector puede asomarse a las múltiples formas de la errancia.




Con solo los títulos de los libros de Cardona Tobón y sus coequiperos el viajero puede armarse  una ruta que lo  lleve del pasado al presente y viceversa, en un perpetuo viaje de ida y vuelta:  Quinchía Mestizo; Ruanas  y Bayonetas; Indios, curas y maiceros; Los caudillos del desastre; Historia y Memoria. Guiado por la pluma de Cardona Tobón el visitante  inquieto puede enterarse de la  tozudez con que los curas se opusieron a la construcción de una carretera que conectara a Quinchía con el resto del país, convencidos de que por esa vía rudimentaria irrumpirían en la aldea todas las formas conocidas del pecado, empezando por la bíblica sodomía.

Transitando otros caminos en pos de idéntico objetivo, Jaiber Ladino  ha trasladado al mundo de la ficción poética  los  hallazgos acumulados en una infancia vivida en las tierras de los Ansermas, los Tapascos, los Irras y los Guaqueramaes. Si bien no aparecen de manera explícita, libros como Las aventuras de la Barranquero, Andago y  La línea K devienen claves para acercarse por otros linderos a  la cosmovisión que corría por la sangre a veces apacible y en otras turbulenta de sus mayores.

Allá en el rancho grande.

Es curioso: a los mercados donde comercializaban el oro y la sal  los indígenas de esta zona los llamaban “Tianguez”, un vocablo casi idéntico a “Tianguis”, los mercados populares que los fines de semana se toman la  Ciudad  de México en nuestros días.

Pero esa búsqueda nos metería  en un berenjenal que podría terminar en la letra de  un corrido como Allá en el rancho grande, que no para de sonar en la fonda Pescador Lucero y Río donde Roberto Guapacha dirime  los pleitos con sus nostalgias.

A  lo mejor las cosas empezaron cuando el dios del bien y el diablo se repartieron  las partes alta y baja del cerro. En esas fechas situadas  antes del inicio del tiempo podrían situarse los orígenes de lo que fue Guacuma y más tarde se convirtió en Quinchía.

La partida de nacimiento dice que  mediante ordenanza número  5 del 12 de marzo de 1919 el municipio cobró vida civil.

Pero ese ya es más un asunto de notarios. Porque  hoy  muchas cosas esenciales del pueblo siguen palpitando en un lugar del tiempo y el espacio ubicado entre el oro y los quinchos.

NOTA: este texto fue escrito en el año 2017.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Lc1v4QVYwTI