jueves, 27 de junio de 2013

Del árbol de la belleza




Los cínicos lo han repetido tanto que siempre se está al borde de creerles: no son estos tiempos para la poesía y menos para la poesía amorosa, nos dicen. Estoy convencido de lo contrario: precisamente porque escasea , la palabra poética es hoy más necesaria que nunca. La precisamos en medio del reinado de la vileza y el fraude, sobre todo cuando el decálogo del sálvese quien  pueda sustituyó al principio de solidaridad  y el intercambio de secreciones como  epigrama del rito del consumo acabó por suplantar  a lo que un día se llamó  comunión de las almas.

“ El amor es tan valioso a causa de su escasez en el mundo. Por eso  cuando lo encontramos debemos procurar que dure lo más posible”  declaró una vez el premio Nobel de economía Paul Samuelson. En esa dirección apunta el libro de poemas  titulado Todos los días tu piel, del médico y escritor Juan Guillermo  Álvarez Rios. Tuvieron que pasar más de veinte años  desde la publicación de  Las espirales de septiembre  para tener entre las manos un nuevo libro de su autoría. Se trata de un centenar de poemas  sembrados con paciencia de viejo campesino,  alimentados con la tenacidad de un muchacho enamorado  y cosechados del árbol mismo de la belleza.

Siempre ha sido la poesía un fruto difícil. Está hecha de silencios, de largas cavilaciones, de breves momentos de lucidez y prolongados desencuentros con la palabra. Porque el del poeta es un trabajo dirigido a encontrar  la palabra precisa para nombrar el mundo: el de afuera y el de adentro. Quien escribe versos es un  cazador  solitario  en busca del vocablo  capaz de conjurar  la verborrea y las estridencias que ocultan la esencia de los seres y las cosas. Y  Juan Guillermo Álvarez tuvo desde muy temprano el talante del cazador. Lector de la gran  poesía universal supo afinar los sentidos para diferenciar  la joya del abalorio. “ Soy un ladrón de la belleza”, escribe , para agregar luego: “No sé como es esto de agradecer por lo robado”. Pero en realidad si lo sabe: su último libro es un sumario de agradecimientos a los dones recibidos, empezando por el impagable  hecho de estar vivo. “Porque  un sabor preciso nos descubrió los labios” afirma en  un verso fácil de convertir en canción. Pero  no es fácil como resultado de una fórmula , sino porque su obra entera está hecha de esa forma de música resultado del encuentro feliz entre las búsquedas del hombre y las resonancias del mundo. Su oído ha sido afinado tanto por los clásicos como por el mejor rock and roll de todos los tiempos. Por  momentos ese ritmo se expresa en  saltos mortales que dan vértigo: la guitarra de Jimmy Page se empeña en desnudar un corazón  herido.  Unos pasos más adelante todo es sosiego: los violines de una cantata de Bach anuncian la hora de la tregua.

 No hay poesía amorosa sin musa: la de nuestro poeta alienta en cada uno de sus versos. Puede cambiar de nombre, de edad o de color de piel, pero en últimas es la misma y única mujer  con muchos rostros. En ocasiones será la estrella de  los marineros. En otras hará las veces de sangrante herida pero en una u otra circunstancia  para el poeta es siempre la dadora de belleza. Y no hay belleza sin dolor, como nos lo recuerda  Álvarez en estos versos: “A diez pasos la belleza, otra/ Siempre y siempre la misma/ esta vez liberada y liberadora/ Gracias a la magia de otro rostro/ Me quita esa disnea, me regala/Otro bouquet  y me empuja/A viajar los pasos necesarios para sobrevivirla”.

Sobrevivir a  la belleza. Qué mejor destino para un poeta. Contra el lugar común,  ni el poeta ni el místico buscan  incendiarse o disolverse en la visión  de su divinidad. Lo que esperan es convertirse en  otro para  emprender el camino de vuelta  y alumbrar con su hallazgo el destino de otros hombres. Esa es la esencia del mito de Prometeo: un hombre se hace grande robando el fuego a los dioses  para entregarlo a sus semejantes. Solo así adquiere el derecho  a un lugar en los recintos de la poesía que, bien lo sabemos , es la fundadora del mito. En el último poema citado el autor da las gracias “ Por el imborrable aroma de los nísperos/Porque sé que usted sabe que  era cosa de vida/ Esto de robármelos/ Esto de  ir de su piel a su hueso/ Dios le pague”
No sé si exista  manera de agradecer una palabra pronunciada a tiempo. Como tampoco existe moneda para pagar el precio justo del pan temprano. Pero después de leer su libro, Juan Guillermo, Dios le pague. 

miércoles, 19 de junio de 2013

Códigos de guerra


                                                          Ilustración de Pablo Calle

La vieja imagen del periodista consagrado a fatigar las calles en busca de historias ha sido reemplazada por  la de un grupo de personas sentadas en una sala de redacción, a la espera de que el mundo y sus avatares irrumpan en la pantalla del computador o se  manifiesten a través de las vibraciones de sus tabletas y teléfonos digitales.
En ese punto se centra hoy la discusión acerca del presente y futuro de los periodistas y los medios de comunicación, sobre todo cuando algunos expertos auguran que no tardarán mucho en ser suplantados por las redes sociales y su capacidad para generar oleadas envolventes de información.
No suscribo esta  última tesis. Al contrario, pienso que la calidad, la velocidad y el tamaño de la información nos obligarán a cualificar los criterios y por ese camino a no confundir las herramientas con el producto: por eficaces que estas sean no conducen a parte alguna sin los buenos oficios del orfebre, en este caso el periodista. En esa medida ni Internet ni los otros valiosos recursos tecnológicos podrán sustituir a las fuentes verificables y mucho menos al trabajo de campo, es decir a ese territorio palpitante donde el investigador se enfrenta a la vida  y sus protagonistas.
Por esas razones resulta tan gratificante encontrarse con trabajos de grado como el presentado por Laura Sánchez Largo, joven estudiante de periodismo de la Universidad Católica de Pereira. Su título es Cuando salí de Cuba, un reportaje donde recrea las condiciones  de vida de los presos por el delito de rebelión en la cárcel de Bellavista, ubicada en  el Área Metropolitana de Medellín.
Motivada por la convergencia de los diálogos de paz con las guerrillas y la crisis del sistema carcelario en Colombia, la  narradora emprendió la tarea de contarnos, desde las entrañas del penal, las visiones de mundo, los juegos de poder y las luchas por la supervivencia de un grupo de hombres que protagonizan tras las rejas su propia versión de la historia de Colombia.

                                                     Laura Sánchez Largo

En tiempos de facilismos  y de la religión del “corte y pegue”, Laura Sánchez se sumergió durante varios domingos en los pasillos de la cárcel de  Bellavista y desde allí recreó para nosotros con  aguda mirada y fina escritura la manera como se reproducen en el interior de las cárceles los códigos de un país en guerra: el equilibrio de poderes entre guerrilleros y paramilitares, la conquista de privilegios, los negocios particulares en un sistema donde hasta el aire vale plata  y las  inconsistencias y corruptelas del aparato de justicia nos son presentadas echando mano de las viejas y efectivas técnicas del periodismo narrativo.
Cuando salí de Cuba es también una muestra de los intentos por abordar el conflicto armado  sin los maniqueísmos de la secular división entre buenos y malos. Para ello la autora se apoya tanto en la definición legal de preso político, rebelde o insurgente, como en el manejo que los organismos internacionales  y  las asociaciones de derechos humanos les dan  a esos conceptos y a la manera como repercuten en la información sobre el conflicto. Pero ante  todo están las historias, obtenidas de la  voz misma de los protagonistas, que  en este caso se llaman Nilson, Alirio, Luciano o Damián, hombres   que gravitan entre el idealismo , el pragmatismo, la arbitrariedad y la contumacia : por eso mismo  ilustran tan bien  una cierta manera de ser colombiano.
En la escena final del reportaje asistimos a una suerte de alegoría: hartos de consumir una magra dieta de  agua con apio, un grupo de reclusos decide sacrificar la enorme rata que habían adoptado como mascota. A modo de protesta la cuelgan en el bongo o comedor del patio. Suspendido de  una cuerda el cadáver del animal parece resumir muchos episodios de la reciente y remota historia de Colombia. Es por eso que textos como este le devuelven a uno la esperanza en el periodismo como recurso indispensable para contar, pensar  y comprender la realidad. La Universidad Católica de Pereira está en mora de  crear las condiciones  para que este tipo de trabajos sean divulgados y conocidos más allá de las aulas y no se reduzcan a la mera condición de requisitos para optar a un título profesional.




jueves, 13 de junio de 2013

El hombre oxidado




No resistí la tentación de contarles la historia de mi encuentro con El hombre oxidado. Como bien saben ustedes, caminar por las montañas  equivale para mí  a la misa dominical de muchos mortales. En mis recorridos suelo cruzarme con personas que piden  alguna cosa: agua, pan, orientación sobre la ruta, la hora o un simple saludo.
En esta ocasión fue distinto. Era una de esas mañanas luminosas que le hacen honor al nombre anglosajón para el día domingo: Sunday. El hombre  estaba de pie junto a la puerta desvencijada de su finca y me pidió que le diera una mano para empujar su auto renuente a encender o a dar cualquier señal de vida mecánica. “Debo hacer una diligencia y el maldito no responde”, dijo a modo de explicación. Era un tipo de unos sesenta años, de figura estilizada y buenos modales, con la característica nariz roja de los borrachines por vocación. En el cuello lucía una profusión de collares que bien podían hablar de un pasado hippy o de una reciente conversión a las causas ambientalistas.
Fue así como entré a  la casa de El hombre oxidado. Mi primera impresión fue la de una pieza floja en los goznes del tiempo. Por las grietas del patio de cemento se asomaban unas minúsculas plantas de flores amarillas,  animadas por una curiosidad recién descubierta. En un cobertizo que alguna vez  fue albergue de gallinas devenido mausoleo de objetos domésticos se apilaban sillas de mimbre,  sofás despanzurrados, maletas con sellos de aduana de países remotos, sombreros de plumas sin plumas, neveras portátiles, libros de hojas marchitas como mariposas disecadas, aparatos de radio, guantes de beisbol y pelotas de baloncesto.
Este hombre viajó mucho y un día se apeó  o alguien lo abandonó en esta estación fuera del tiempo y el espacio, pensé  mientras empujaba, en un esfuerzo inútil, su viejo  Dodge de los años setentas  que  gemía entre estertores de latas como un  enfermo desahuciado.
Vencido, me ofreció un vaso de agua a modo de recompensa. Atravesé   la sala, presidida por  una máquina de escribir marca  Olivetti  y una colección de  discos de vinilo en la que sobresalían la Primera Sinfonía de Brahms, el Sticky Fingers de  The Rolling Stones y El violín de Becho, de Alfredo Zitarrosa. Instalados en la cocina rehusé sentarme en una silla metálica  que amenazaba ruina y me concentré en la visión de una enorme nevera con aire de ballena encallada,  sobre la que reposaba un horno de microondas  cubierto por una capa de óxido que  le daba aspecto de armadillo.  De vuelta a la sala me detuve ante una colección de ejemplares del Almanaque Mundial en  cuyos mapas todavía figuraban países como Abisinia, Yugoslavia  o El Congo.
Pero todavía me esperaban sorpresas. De una de las paredes colgaba un calendario detenido en el mes de marzo de 1993. Tal vez  fueron los días en que, por alguna razón, mi anfitrión se deslizó fuera del sistema o este lo expulsó a él por alguna falta, un vicio o una pasión secreta. Fue por esa época cuando decidió abandonarse al mismo ritmo  irrevocable de sus objetos domésticos, me dije. Entonces comprendí: lo que en principio confundí con bronceado era en realidad una pátina de metal que lo acercaba a la condición de escultura antigua, quizás uno de sus secretos anhelos.
Cuando le devolví el vaso  vacío después de beber un agua con sabor a herrumbre vi en  el dedo anular de su mano derecha el resplandor dorado de una sortija matrimonial. El único objeto   a salvo de la capa metálica que parecía constituir el ADN de la casa. Algo adivinó en la expresión de mi rostro, porque me paralizó con el fulgor de sus ojos acuosos invitándome  a no formular preguntas personales. Le pedí ayuda  para empujar mi carro, fracasamos en el intento, lo recompensé con un vaso de agua y eso es todo, me decían esos ojos detenidos, como la casa misma, en un paisaje remoto. De modo que  le agradecí el agua, lamenté no haber sido de mucha utilidad y seguí mi camino, imaginando las múltiples circunstancias que pudieron  haber llevado a El hombre oxidado a echar anclas para  siempre en esta grieta del tiempo.

jueves, 6 de junio de 2013

Azarosos destinos




El  veinte de agosto de 1940, mientras la muerte y el horror se enseñoreaban del planeta disfrazados de Segunda Guerra  Mundial, los destinos de dos  hombres se  cruzaron de manera irreversible en una casa de Coyoacán, México, un país sacudido a su vez  por las reformas nacionalistas emprendidas por  el presidente Lázaro Cárdenas.
Uno  de los hombres, Liev Trotsky había encontrado en  ese país de dioses sanguinarios, pieles mestizas y sabores ardientes el refugio negado en otros lugares de  la tierra , luego del destierro decretado por su antiguo camarada Josef  Stalin.
El otro, Ramón Mercader, un español nacido en la rebelde y arrogante Cataluña, había librado en el frente Republicano  una batalla perdida de antemano contra  las huestes de Francisco Franco. En el momento de su encuentro final, el  exiliado soviético tenía en la mano un papel y un lápiz con el que pretendía corregir sin fortuna un fallido artículo de prensa escrito por el catalán. Este último, blandía un pico de alpinista que una fracción de  segundo después descargaría con toda la fuerza de su odio sobre el cráneo del que  fuera comandante del  Ejército Rojo durante los días de la guerra que implantó durante varias décadas el evangelio marxista sobre la tierra.
A partir de esa imagen,  empujadas por una fuerza  centrífuga, se desencadenan las historias que conforman la novela El hombre que amaba  a los perros, del cubano Leonardo Padura, un escritor conocido hasta entonces por la perfección de relojero de sus relatos policíacos.
Algunos la asumen como una fatalidad y entonces le dan el nombre de destino. Otros la  conciben como algo contingente y prefieren  llamarla azar.  En el fondo da lo mismo: cuando esa fuerza se desata la vida de un individuo o de una sociedad acaba arrastrada hacia el centro de una vorágine que, a falta  de un nombre mejor, optamos  por llamar historia, con mayúsculas o minúsculas. Depende de las circunstancias. En  el relato que nos ocupa, estas últimas convirtieron a Trotski en  víctima y a Mercader en victimario. Sutilezas aparte,  podemos aventurar una conjetura:desde el comienzo había algo de premonitorio en  el apellido del asesino.
Contra toda apariencia, los protagonistas  de la novela tienen algunas cosas en común. Ambos aman a los perros y encuentran en ellos formas de nobleza  impensables en los humanos. Los dos viven una experiencia errante y errática responsable en buena  medida del desenlace de sus vidas. Pero, ante todo,  los dos creían con fervor  religioso en la promesa de justicia social implícita en la doctrina comunista que muy temprano, al materializarse, se revelaría como un infierno solo comparable en la historia moderna  a la pesadilla desatada por los nazis. Sin conocerse, un cisma los convirtió  en enemigos: mientras Trotski adivinó  muy pronto   el absolutismo, la megalomanía y el horror agazapados en la magra figura de Stalin y luchó hasta el final de sus días para detener  su avance, Mercader fue un devoto creyente en los postulados del estalinismo hasta una fase tardía de su vida.
Justo en medio de esas dos vidas  arrastradas por las contradicciones  y vilezas de la política real, asistimos   a la aventura vital del narrador, un escritor amargo que presencia  y padece en la propia piel el derrumbe de  otra utopía: la de la revolución cubana, convertida en un cenagal de miserias, silencios, fugas, destierros y mentiras, mientras la dirigencia responsable de ese desastre parece vivir en otro mundo. Atrapado  en un presente  que abarca los años finales del siglo XX y los comienzos del XXI Iván- así se llama el hombre que acaba de perder a su esposa y malvive corrigiendo una  revista de veterinaria- recrea ante nuestra mirada el nacimiento, pasión y muerte de un sueño social y político devenido, como todas las ilusiones humanas,  simple caricatura de sí mismo. Solo que en este caso la caricatura no mueve a risa. Han sido tantos los engaños, el miedo y el dolor acumulados durante medio siglo, que solo removiendo las cenizas de un drama como el protagonizado por Trotski y Mercader es posible llegar al día siguiente  atizando en  el rescoldo de los relatos ajenos la dosis de calor apenas necesaria para calentar los propio huesos.

jueves, 30 de mayo de 2013

Letras de cambio




Al  escritor Euclides Jaramillo Arango, autor entre otros textos de  un libro titulado “¡Terror!: crónicas del viejo Pereira, que era el nuevo” se le atribuye una frase destinada a caracterizarnos como sociedad. “A los pereiranos las únicas letras que les interesan son las letras  de cambio” le dijo un día al profesor Jaime Ochoa en   medio de una tertulia.  Su reflexión aludía, claro, a nuestra proverbial indiferencia- cuando no desprecio absoluto- frente a las producciones intelectuales.
Décadas después la sentencia en cuestión se volvería premonitoria. Por enésima vez Jaime  Ochoa acaba de recibir notificación perentoria, para que devuelva  el espacio del antiguo Palacio de Rentas Departamentales, ubicado en  la carrera 10 con calle 17 de Pereira, donde  funciona  con carácter provisional el centro de documentación conformado por miles de libros publicados en la región  a lo largo de más de un siglo y recopilados con  paciencia de lector  devoto durante toda su vida por el profesor. No sobra advertir que los ejemplares fueron adquiridos con dinero de su bolsillo y organizados durante muchas horas de trabajo, sin una remuneración distinta a la de su fervor por la palabra escrita.
El centro de documentación es un espacio abierto a lectores, investigadores, profesores, estudiantes, académicos o simples curiosos, atendido por el propietario de los libros en el tiempo que le dejan libres sus obligaciones como maestro. Cuando se produce  un cambio de gobierno se repite la situación: en cumplimiento de sus atribuciones los nuevos funcionarios  revisan los documentos y expiden un oficio conminando a Jaime Ochoa a marcharse con sus libros  a otra parte. Entonces se reinicia una peregrinación por despachos oficiales atendidos por burócratas despistados, así como por las sedes de los  medios de comunicación en busca de una  fórmula de salvación para su patrimonio  bibliográfico, fórmula que siempre resulta provisional.
Desde hace  cuatro años, cuando empezó de manera formal el tránsito hacia la celebración del sesquicentenario   de Pereira, la palabra memoria se convirtió en parte de la retórica oficial, al punto  de que está  en marcha un programa denominado  “Cápsulas de la memoria” cuyo nombre fue tomado de un producto mercadeado por el periódico El Tiempo unos años atrás.. El vocablo reaparece cada vez que se menciona la necesidad de hacer un  alto  en el camino para inventariar los bienes materiales y culturales edificados  hasta el presente y a partir de allí trazar una ruta de viaje en el corto, mediano y largo plazo.
Que la memoria es clave para inventar y consolidar un destino individual y colectivo  resulta algo evidente. Sin embargo esa lógica no opera en el caso del Centro de Documentación. Todo lo contrario:  en lugar de asumir los libros como  parte  irrenunciable de nuestro patrimonio, a sucesivas administraciones locales y regionales se les volvió un problema su conservación y difusión. Y ni siquiera se trata de un edificio generador de grandes costos. Es apenas una habitación donde conviven, apretujados, títulos como  Las andariegas, de Alba Lucía Ángel;  Las espirales de septiembre, de Juan Guillermo Álvarez; El laberinto de las secretas angustias, de Rigoberto Gil Montoya; Los hijos del agua, de Susana Henao o El río corre hacia atrás, de Benjamín Baena Hoyos, para mencionar  solo algunos entre los centenares de títulos alojados allí.
Don Euclides Jaramillo Arango acabó exiliado en Armenia, donde pudo desarrollar a plenitud su trabajo literario y periodístico. Además  participó en la creación de instituciones académicas tan importantes como la Universidad del Quindío. En sus textos  nos legó un fino humor capaz de conmovernos hasta nuestros días. Al profesor Ochoa, quien – ironías de la vida- es además miembro de la Academia Pereirana de Historia, no le resta salida distinta a la de recorrer las calles, tocar puertas muchas veces  protegidas con doble cerrojo, desahogar su impotencia con el primer contertulio que se le cruce en el camino y  convencerse de que, a fin de cuentas, la realidad acabó dándole la razón a don Euclides.

jueves, 23 de mayo de 2013

Estrellas fugaces




La conversación se la escuché a dos periodistas deportivos de la nueva era, es decir, mejor enterados de los avatares de las ligas europeas que de las peripecias de los equipos locales.
-  ¿Qué  será del destino de  Frank Rijkaard? Preguntó el más veterano, con la sobradez de un curtido profesor dispuesto a pillar a su pupilo en  una  incongruencia.
-  Hmmm ¡Murió para el mundo! Replicó, lapidario, el muchacho, orgulloso de sus rápidos reflejos.
Aguijoneado por la ambigüedad de la respuesta me di a la tarea de buscar en Internet la fecha del deceso de ese rendidor mediocampista y entrenador, responsable  en buena medida de la gestación del más glorioso ciclo del Fútbol Club Barcelona en toda su historia.
Encontré muchas cosas, entre ellas asuntos relacionados con la vida privada del futbolista que no nos conciernen. Lo más parecido a una muerte era su destitución como entrenador de la selección de Arabia Saudita, en un desenlace apenas comprensible : algo  va de la magia  de Ronaldinho a la rudeza secular de los nómadas del desierto. Leí acerca de sus orígenes en el legendario Ajax y de su paso por clubes modestos hasta arribar  al no menos célebre Milán de Arrigo Sacchi. Supe de la resistencia inicial por parte de la fanaticada  del Barcelona hasta su entronización en los altares después de conquistar dos  ligas y una copa  de campeones.
 Rijkaard está vivo. Maltrecho, pero vivo, quise advertirles a los discutidores. Pero, por lo visto, andaban  bastante ocupados  confeccionando una larga lista de muertos vivientes en el mundo del deporte. En ese  curioso obituario destacaban los nombres del brasileño Adriano- el goleador, no el defensor- el argentino Ariel Ortega y el colombiano Giovanni Moreno- Gio le decían, con exceso de confianza para mi gusto-. También nombraron al  boxeador Mike Tyson y  al ciclista Santiago Botero. En  un salto mortal pasaron del deporte al cine y entonces la pregunta  fue dirigida a los fantasmas de Al Pacino,  Robert De Niro y Sigourney Weaver  juntos.
Por lo visto  estos tipos no saben que la gente envejece, se cansa y, para acabar de completar, muere, musité para mis adentros.  Que  el suyo era un diálogo meramente  retórico resultaba secundario. Me  inquietaba más constatar, por enésima vez, lo que filósofos, poetas y ensayistas  vienen  advirtiendo desde  comienzos del siglo pasado: los  medios de comunicación acabarían muy pronto  imponiéndole a la  vida de todos los días una realidad fabricada con recortes de periódico, noticias de radio, imágenes de cine y televisión, portadas de revista y cables oficiales. Desprovistos de sentido crítico, los consumidores de información no dudan así en mudarse a  un mundo diseñado de antemano que si bien les arrebata cualquier indicio de identidad personal los recompensa con la tranquilidad de no tener que formularse preguntas. Dentro de esa lógica quien no aparece en el mundo forjado por los medios está muerto. Peor aún:  no ha existido nunca, como el pobre Rijkaard, despojado de su gloria virtual  y luego desterrado a un olvido real.
Al más mediático y artificioso de los artistas modernos, el norteamericano Andy Warhol, se le atribuye una perturbadora profecía: un día, cada habitante de este planeta tendría derecho a sus quince minutos de fama. El anuncio ya se cumplió con creces. De hecho, hoy se fabrican inmortalidades por encargo a la medida de los sueños y frustraciones  de los demandantes. Una ronda por YouTube nos revela  la existencia de una curiosa fauna: cantantes sin voz, bailarines sin sentido del ritmo, pianistas incapaces de diferenciar una nota blanca de una negra o  realizadores de cine sin idea de cómo contar una historia. Todos a una se la jugaron  a esa  nueva forma del paraíso perdido que es el reconocimiento... o la burla ajena. No importa si eso nos garantiza la exposición a una cámara   o un micrófono, formas supremas de la eternidad en el reino de lo deleznable. La moda doméstica del Karaoke es una de las variables de esas prácticas. Privados  de cualquier posibilidad de realizar en el anonimato nuestros más secretos anhelos parecemos condenados al simulacro. A esa caricatura de existencia que se enciende y apaga en una frontera donde ya no es posible identificar dónde termina la farsa y dónde empieza la vida.

jueves, 16 de mayo de 2013

Alertas tempranas




Lo leí el mismo día  en dos cables distintos. En  la ciudad de Armenia, Colombia, decidieron patrocinar  la cirugía de orejas a una  niña abrumada, según sus padres, por el matoneo de sus compañeros de colegio.  ¿La  razón? El tamaño de su apéndices era generador constante de burlas. Mientras esto pasaba, en Cali, a tres horas de distancia , una adolescente optó por el suicidio ante la  negativa o la imposibilidad  de los suyos  para asumir los costos de una cirugía de senos.
Una  sociedad preocupada por su presente y su futuro  debería  recibir esas noticias  como alertas tempranas sobre algo muy peligroso incubado en sus entrañas. En  el primero de los casos el mensaje no podría ser más errático: en lugar de  educar  a las personas  en el fortalecimiento del carácter para que puedan asumirse a si mismas bajo  cualquier circunstancia  optamos por intervenir  su cuerpo para adaptarlo a las  exigencias del mercado. A ese paso,  estaríamos  a las puertas de una forma de eugenesia peligrosamente cercana a la postulada  por los nazis. Ya imagino al coronelote de turno obligándonos  a formar en fila contra la pared: narizones, estrábicos, dientes de conejo, chapines, orejones y en fin, toda la suma de la humana imperfección  impelida  a endeudarse o a  recurrir a la mendicidad pública con el fin de   someterse a una restauración  perentoria de la propia fisonomía. Desde ya hago  un llamado a la rebelión : feos y contrahechos de todos los países ¡unámonos!
Bromas  aparte surge una pregunta  más delicada: ¿cuál es el papel de la educación formal y de la orientación de las unidades  sociales  básicas entre nosotros? No es necesario dar muchas vueltas para entender que a largo plazo resulta más saludable educar  a la gente  en el respeto a la singularidad de los demás que modificarle la fisonomía a una persona para ponerla a salvo de la atarvanería ajena. Si le otorgamos patente de Corso a esta última cada padre de familia  se verá empujado a negociar sus riñones en el mercado negro de órganos para salvar  a sus vástagos de la inquina del prójimo. Un dato adicional: como vivimos en el tiempo de las víctimas y los traumas podríamos estar   frente un callejón sin salida. Por definición, la naturaleza es la gran bromista universal y todo el tiempo está produciendo piezas defectuosas para recordarnos  nuestro carácter contingente  y de  paso engrosar las cuentas de los cirujanos plásticos.
El drama de la chica caleña resulta todavía más alarmante: el suicidio como herramienta extorsiva para alcanzar  propósitos que además no son hijos de la necesidad sino de la alienación. La jovencita en cuestión quería ostentar un par de tetas como las de su compañeras mayores... que a su vez  pretendían emular  a  las modelos del cine y la televisión …, que a su vez..., pero mejor  paremos aquí  porque acabaríamos abismándonos en recintos muy  remotos de la condición humana y animal.
Educados en la religión del consumo los publicistas y expertos  en mercadeo se convirtieron en los nuevos sacerdotes y guías espirituales de las masas:definen gustos,actitudes, tendencias y, lo más grave de todo, criterios de valoración de los seres y las cosas, un papel hasta hace algunos años reservado a la ética o al bien vivir que llamaban los antiguos. El resultado de todo esto es un desbarajuste de resultados predecibles. Cada día se  multiplicarán los casos de personas agredidas  porque sus rasgos no corresponden a los dictados del mercado. Su  respuesta no se dará desde  la templanza, esa anacrónica virtud desterrada al cuarto de los trastos inútiles. Nada de eso : de hecho ya tenemos especialistas en reformar cada parte del viejo y resistente esqueleto. No importa si eso implica endeudarse hasta los cojones. Al fin y al cabo,  como lo han repetido tantos, en nuestro mundo ya lo importante no es ser, sino parecer.
Ustedes ya conocen mi fotografía: nada que ostentar, en todo caso. Sin embargo así he conseguido amar y ser amado hasta esta altura del camino. Por eso mismo no estoy dispuesto a someterme  ni a someter a los míos a esa sofisticada forma de esclavitud enfocada a responder, no a nuestros anhelos más profundos, sino al juego de  pulsiones y miedos creados a la medida de los intereses de un modelo por completo ajeno a los asuntos más entrañables de la existencia.