jueves, 7 de septiembre de 2017

Los atletas descalzos






“¿Cómo así? ¿Es que los futbolistas eran pobres?”

La perplejidad del joven estudiante de secundaria era sincera.

Para él, igual que para  casi todos sus compañeros de generación, lo usual es que los deportistas sean ricos, tengan modelos tan famosas como ellos en su catálogo de amantes y conduzcan automóviles  solo permitidos a magnates  y mafiosos hasta un par de décadas atrás.

La pregunta surgió cuando les compartí  las anécdotas sobre mis encuentros mañaneros con Jairo Arboleda, Osvaldo  Calero y Hernando García, tres viejas glorias del Deportivo Pereira  de los años setenta del siglo anterior.

Los dos últimos ya están muertos. Les sobrevive El maestrico Arboleda, quien de vez en cuando aparece por ahí recibiendo un homenaje o dirigiendo algún equipo en apuros.
  
El cuento es que me los encontraba a las cinco y treinta de la  mañana en el paradero de buses. Yo esperaba el bus del colegio  mientras ellos aguardaban la ruta urbana que los llevaba al lugar del entrenamiento.



“¿Y ninguno tenía auto?”

No. Ninguno  tenía auto. Es más: ni sumando los sueldos de los tres habrían podido reunir  para comprar un cacharro de segunda mano.

Estábamos  en un taller de crónica, de modo que decidí  rememorar unas cuantas historias tomadas de los tiempos cuando la práctica del deporte era un fin en sí misma o, en el más extremo de los casos, una manera de honrar el lugar de origen.

Ustedes ya saben: el amor a la camiseta, a la ciudad o al país. Esos valores románticos de los que casi nadie se acuerda.



Para empezar, les relaté las hazañas de Rubén Darío Gómez, “El tigrillo de Pereira”, un corajudo ciclista que hizo temblar a los legendarios Ramón Hoyos y Cochise Rodriguez, disputándoles las etapas por carreteras sin pavimentar, cruzando riachuelos sin puentes y escalando montañas imposibles a lomo de unas pesadas bicicletas que hoy harían sonreír a  esos súper campeones habituados a la fibra de carbono, a las camisetas térmicas, al manubrio aerodinámico y otras sofisticaciones.

Pues bien, El tigrillo vino a tener casa propia cuando el padre Valencia, un cura idealista y fanático de los deportes, lideró una campaña cívica para recaudar dineros con ese fin, les dije.

Todos se miraron extrañados: crecieron viendo esos programas de televisión donde les muestran a los espectadores las mansiones de  Lionel Messi o de Cristiano Ronaldo. Para ellos el deporte no es un asunto de sangre, sudor y lágrimas. Todo lo contario: es una suerte de ábrete sésamo con línea directa hacia la fama y el derroche sin límites.

Inútil hablarles de los millones de niños y jóvenes que no logran dar el salto y son abandonados todos los días a una deriva que casi siempre termina en las mafias de la trata de personas.



Entonces les tracé un mapa de la miseria donde los sueños de futbolistas y boxeadores se confunden: Tumaco, Buenaventura, Quibdó, Apartadó, Carepa, Turbo, Cartagena, Turbaco, Soledad, Barranquilla, Santa Marta, Pescadito, Riohacha.

En las márgenes de esos lugares generaciones enteras  intentan abrirse camino a  patada o a puñetazo limpio en una batalla sin tregua que casi nunca  tiene la recompensa soñada.

Entre esos miles, el futbolista Juan Guillermo Cuadrado ha conseguido hacerse a un lugar en las élites. Por eso se le ve tan alegre en la televisión.



Porque en la televisión reside la clave de todo. Los  deportistas multimillonarios aparecieron cuando los magnates de  ese medio descubrieron el filón. Los fanáticos del deporte, y en especial   del fútbol, son un mercado  en constante crecimiento y  siempre dispuesto a la seducción. Si usted transmite los juegos en directo, los anunciantes tendrán a su alcance una masa de consumidores  a su entera disposición.

Y el  negocio se disparó. Por eso  los monopolios televisivos inventan torneos distintos todos los días.  Cada juego es una nueva factura por derechos de transmisión, por publicidad y por las transferencias internacionales de  los deportistas  expuestos en esa vitrina.

Y como  sin  artistas no hay negocio,  es apenas natural que los triunfadores ganen duro y de paso hagan que los hinchas se olviden  de los perdedores.



Pero esa es la vida, dirá usted.

Y si, tiene toda la razón.

Porque así es la vida, florecen esos sitios web donde le cuentan a la gente cuántos polvos se echó el deportista famoso durante la última temporada, incluyendo los nombres y las fotografías de las chicas invitadas a la juerga.

Y ese tipo de información también vende.

Pero por ahora intento explicarles a estos muchachos que no siempre fue así.

Es más: hoy los futbolistas pobres y desconocidos exceden en número a los ricos y célebres.



Entonces,  viene en mi ayuda la imagen de Omar Orestes Corbatta. Un argentino  borrachito y genial que llegó al Deportivo Independiente Medellín en los años sesenta.

Cuentan que  era una proeza obligarlo a usar botines: se acostumbró a jugar descalzo en los potreros de su país. Por eso sabía poner la pelota  lejos del alcance de los rivales y pegarle con la potencia de un martillo.

Un día lo invitaron a jugar en Colombia y el hombre se embarcó en un avión.  Total, iba a seguir haciendo lo suyo: jugar fútbol, beber y marcar goles.

Ni siquiera preguntó  cuánto se iba a ganar. Ni falta que le hacía: era analfabeto.

Solo sabía sumar goles y gambetas, les  dije a los muchachos.

A esa altura del taller me miraron con aire de fastidio: a ellos les inquieta que la justicia “persiga” a sus ídolos Cristiano y  Messi.



Les digo que, no contentos con las cifras devengadas, los tipos le roban  el pago de los impuestos a la sociedad que los hizo millonarios.

Pero  eso sería meterse en las arenas movedizas de la ética.

Y con ellos eso sí que no.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 31 de agosto de 2017

El enciclopedista





 ¡Llegó el enciclopedista! Gritaba mi mamá Amelia desde la cocina cuando el último día del mes sonaba el timbre de la puerta a primera hora de la mañana.

Mi vieja que hoy,  a los ochenta y dos años, no tiene idea de quienes fueron Voltaire o  Diderot, lo llamaba así: El enciclopedista.

Se trataba de don Manuel Carrillo, el señor que le vendió cuatro tomos de una enciclopedia de tapas azules, en los que empecé a  resolver los enigmas que se abrían ante mí como un océano sin orillas.

Don Manuel entraba, se tomaba un café  mientras aguardaba el pago y lanzaba al aire su sartal de frases mágicas, como si él por su cuenta y riesgo fuera el autor de los descubrimientos:

-          La  aurora boreal es  provocada  a partir de electrones generados por las radiaciones solares.

-           Yugoslavia era en realidad un puñado de repúblicas unificadas a la fuerza por el mariscal Tito.

-           La División Azul fue un contingente enviado  por el general Francisco  Franco en auxilio de Hitler durante la invasión a  la Unión Soviética.

-           El  matemático Georg Cantor postuló la idea de los números transfinitos.

-          Los diamantes son una forma del carbón.

-          En Australia los conejos llegaron a ser una plaga que devoró miles de hectáreas de cultivos.

-           Zenón formuló la paradoja de Aquilles y la tortuga.



Yo lo escuchaba embelesado. Don Manuel resumía para mí lo que hoy se conoce como la sociedad de la información y el conocimiento.

Para entonces, mi mamá salía con su fajo de billetes arrugados, el hombre se despedía con un alarde de buenos modales y desaparecía hasta el siguiente fin de mes.

Crucé la adolescencia en un diálogo perpetuo con los prodigios de esa enciclopedia.  Cada vez que una nueva duda asomaba en el horizonte me hundía en  esas páginas llenas de ilustraciones y fotografías. 

No había preguntas del  reino de este mundo  que no tuvieran su respuesta allí: las del otro mundo podían esperar.

Contemplándome así de ensimismado, mi madre se preguntaba a ratos si lo de la enciclopedia había sido de veras una buena inversión.



Años más tarde, cuando descubrí quienes habían sido  en realidad los enciclopedistas, me resistí a  creer que superaran en sabiduría a don Manuel.

Por eso conservo como un tesoro esos cuatro tomos de páginas  amarillas frecuentadas cada vez más por familias enteras de ácaros.

Debe haber muchos misterios aún no resueltos agazapados en sus páginas.

Pero además está el asunto de la fidelidad. Aunque por razones de  agilidad y precisión me abandono cada vez  con mayor frecuencia  a los poderes de Google,  esos  gordos volúmenes conservan su aura encantadora.

Igual que La Biblia, Las mil y una noches y los versos de Pombo.



Todavía hoy imagino a los redactores de enciclopedias como una cuadrilla de gnomos hurgando en las entrañas de la tierra. De repente   destella ante sus ojos la luz verde, roja o azul de una piedra diminuta: es una idea, un concepto recién acuñado, una palabra precisa que el hombrecito llevará en su viaje de regreso a la superficie para ofrendarla a los humanos.

De esa manera el horizonte se hace más amplio: una secuencia infinita de ventanas se abre dejándonos frente a nuevas preguntas  por resolver.

Entonces comprendo por qué la palabra ventana es tan cara al mundo de la Internet.

Un solo click y el mundo se expande un poco más hasta tocar los bordes de la nada, esa expresión suprema de  lo que es y no es al mismo tiempo.

Los navegantes de la red conocen muy bien esa sensación: cuando creen haber  encapsulado el infinito en una palabra o en una imagen ésta se desvanece  un segundo después.



No queda otra salida que dar el siguiente paso como quien intenta cruzar, saltando de piedra en piedra, un río  desprovisto de orillas.

Son las mismas piedras sobre las que he venido saltando desde que mi madre compró al fiado los cuatro tomos de la enciclopedia.

Parado en la mitad del río, evoco a don Manuel Carrillo y recuerdo que ya nadie puede  ganarse la vida  vendiendo  esos librotes. Su oficio ha desaparecido, como el del buhonero o el afilador.

Tal vez por eso me hace tan valioso el recuerdo de mi madre gritando desde la cocina cuando sonaba el timbre al llegar a fin de mes:

¡Llegó el enciclopedista!

PDT  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada