viernes, 28 de enero de 2022

Javier Amaya: historias de ida y vuelta


Primer viaje


Toda vida es un viaje de ida  y vuelta, aunque al final no se regrese y, en el fondo, sólo demos vueltas alrededor de nosotros mismos.

De esos viajes nos hablan dos libros del escritor, historiador y académico  Javier Amaya( Pereira, Colombia, 1956), emigrado a Estados Unidos  hace cuatro décadas, en una de esas oleadas de exilios que siempre  tienen múltiples razones. Se trata Crónicas desde Seattle (2004), selección de 166 páginas prologada por Gustavo Álvarez Gardeazábal, en la que convergen crónicas, reportajes , entrevistas, reseñas y artículos de opinión publicados en distintos medios independientes desde mediados de los años ochenta.

El otro título corresponde a la novela El fusil para qué, del año 2006.

Amaya es, además, autor del libro Cuentos de amor y distancia (2001) y de la biografía del médico y líder político comunista Santiago Londoño Londoño, publicada en 2020 con el título Santiago Londoño Londoño, el hombre y la leyenda.

A través de las crónicas asistimos a momentos claves en el devenir del mundo, luego de la caída del Muro de Berlín,  el fin del imperio soviético y la consiguiente entronización de una idea sobre la que el capitalismo tardío y sus expresiones políticas  afirmaron su control planetario. Según esa teoría, la historia habría terminado,  de acuerdo  con lo planteado por el profesor Francis Fukuyama en su célebre y  a menudo mal interpretado libro titulado El fin de la Historia.

Porque pronto confirmamos que, lejos de haber terminado, en muchos lugares de la tierra la historia ni siquiera había comenzado, como se desprende de los análisis del escritor  Javier Amaya cuando se  aproxima a los grandes conflictos que afloraron y se intensificaron en el mundo al finalizar el siglo XX y a lo largo del XXI.

Las guerras y los procesos de paz en Centroamérica, truncos todos, si uno se atiene a la turbia realidad  actual en El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala. La doble moral de la guerra contra las drogas impulsada por los norteamericanos, que al final sólo ha conseguido incrementar la rentabilidad del negocio, y con ella los niveles de corrupción y violencia en los países productores y distribuidores. El eterno  dilema de Colombia, atrapada en  un conflicto interno que todas las partes involucradas han sabido  aprovechar para sus intereses  particulares, ya sean políticos, económicos o militares.

Dando  un giro al mapamundi, la mirada de Amaya nos lleva a  Oriente Medio, agitado siempre por la codicia de las potencias globales, que  atizan el fuego de viejos conflictos tribales para disimular sus verdaderas razones: el control de los recursos petrolíferos y la situación estratégica de la región. Ligada a eso, va la necesidad de inventarse un enemigo que remplace al extinguido comunismo como justificación para  trazar líneas  de política exterior en consonancia con las nuevas maneras de  ver el mundo: la tan citada aldea global sobre la que los Estados Unidos y sus aliados ejercen pleno control, a través de la combinación de todas las formas de lucha: políticas, económicas, culturales y  militares, todo ello soportado  en un sofisticado aparato  de propaganda elevado a  la enésima potencia por los avances de las tecnologías   digitales.


Acaso para equilibrar un tanto las cargas, en Crónicas desde Seattle encontramos un par de reseñas sobre arte y literatura. Una sobre la obra del pintor mexicano José Luis Cuevas y otra sobre  Del amor y otros demonios, la novela Gabriel García Márquez.


Toda propuesta  periodística debe incluir,  de una u otra manera, las voces de los protagonistas. En el caso de este libro encontramos, entre otras, las de la guatemalteca Rigoberta Menchú y el sudafricano Nelson Mandela, ambos  reconocidos en distintos momentos con el Premio Nobel de Paz. También aparecen el escritor mexicano Carlos Fuentes y el político colombiano Lucho Garzón. Con ellos, Javier Amaya teje este caleidoscopio de textos que nos ayuda a entender lo sucedido  en el mundo  durante el último medio siglo.


La realidad en clave de ficción




Ya nos lo han advertido muchas veces : a menudo la  ficción constituye la mejor manera de aproximarse a la realidad. O, mejor dicho, a las realidades que , en el caso de Colombia, están marcadas por aquello que el escritor José Eustasio Rivera supo precisar tan bien en el título de su novela La Vorágine. A su vez, Javier Amaya  le dio a su novela  un título que, de entrada, ya es político : El  fusil para qué. Como puede leerse, el narrador  no formula  pregunta alguna que le deje un resquicio a la esperanza : lo suyo es la certeza de la decepción frente a toda vía de lucha armada. La  falta de signos de  interrogación nos habla de un mundo  donde las utopías revolucionarias no tardaron, como en todo tiempo y lugar, en   conducir hacia amargas  realidades.

Después de todo el paso siguiente a toda revolución es la reacción.

La historia es sencilla: un grupo de hombres y mujeres, alineados en uno y otro bando- al final da igual a cuál pertenecen-, viven, sueñan y mueren en una guerra cuyo escenario puede ser Colombia o algún otro país del tercer mundo. Ramona, Preciado – cuyo nombre de guerra es Martín- y Eva en las filas de la guerrilla. Tinieblo, el general Contreras y algunos políticos en el bando del gobierno y sus fuerzas de seguridad.



Todo sucede alrededor de un lugar  llamado Barrancal. Una ciudad tan real y tan imaginada como pueden serlo la Santa María de Juan Carlos Onetti o el  Yoknapatawpha County de William Faulkner. En últimas, los límites entre esos mundos son apenas convencionales. Lo importante es el destino errático  y trágico de estos personajes que se mueven por el mundo empujados por fuerzas que los superan : la fe  en las utopías revolucionarias o la defensa a ultranza del establecimiento y sus poderes.

En cualquier caso, estas criaturas de ficción participan de algunos códigos de la llamada novela negra. Siempre conspirando y espiándose unos a otros, frecuentan prostíbulos y bares  ubicados en   extramuros sórdidos. Su mundo es la noche.  Es en esas horas cuando se  pueden dar los encuentros esenciales: los que les revelan las cartas marcadas de la vida y la muerte.



A lo largo de las 148 páginas de la novela se nos entregan algunas pistas que nos ayudan a ubicarnos en el tiempo y el lugar del relato. La toma de una  embajada por guerrilleros que que se cuelan en una fiesta de diplomáticos vestidos  como cantantes de un coro. La  entrada del narcotráfico como fuente de corrupción y traiciones. Campesinos sin convicciones políticas atrapados entre la intimidación de uno y otro bando. Políticos jugando a la eterna ruleta de intereses personales disfrazados de búsqueda del bien común. Y, sobre todo, el idealismo de una generación que, ilusionada por el triunfo de la Revolución Cubana y aupada por la propaganda llegada de China y la Unión Soviética, no dudó en  regar con la propia sangre y la ajena las montañas de la que creían una patria.

A modo de colofón, una suerte de declaración de principios que  Ramona le inculca a  Martín en los días de su iniciación en la guerra, después de entregarle su pistola Smith & Wesson: “Debes grabarte dos reglas de oro: la primera, no apuntarla a nadie,  a menos que decidas disparar. Y la segunda, no halar nunca del gatillo aunque te hayan dicho que está descargada, a menos que decidas disparar . Puedes salvar la vida de tus compañeros y la tuya propia, mientras no olvides las reglas, que al final se reducen a una”.



Así de sencillo y terrible es el asunto: los sueños y la vida de estas personas enfrentadas penden de la decisión de   halar o no el gatillo.  Es la guerra, dicen algunos. Es el absurdo, piensan otros. Con todo, al final de la novela  el narrador deja entrever un destello de esperanza: Preciado y Eva, una campesina que se hizo su amante durante una de sus visitas a la montaña,  escapan hacia el exilio en  un país desconocido, cuyo nombre,  más que un lugar geográfico, es una promesa de redención.

A lo mejor todavía  estén a tiempo. Al fin y al cabo, son sobrevivientes y comparten una especie de conjuro, resumido en cuatro  palabras: El fusil para qué.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=-gc-19xAfag





viernes, 21 de enero de 2022

Corazón delator




                                          “…  Entonces llegó el hada protectora

                                           Y viendo que Pinocho se moría

                                           Le puso un corazón de fantasía

                                            Y Pinocho sonriendo despertó…”


                                                Canción infantil.

                      

                              

                                                              


En  muchas sagas de mitos y leyendas, el héroe trata de apropiarse de las virtudes  asignadas por los humanos a los animales. La valentía del león, el olfato del lobo, la osadía del águila, la sagacidad del lince. Uno de los casos más citados en la historia es el de Ricardo I de Inglaterra, hijo de Leonor de Aquitania , conocido como “ Ricardo Corazón de León”.

Supongo que en ese siglo XII ni al más iconoclasta de los hombres se le hubiera ocurrido llamarlo “ Ricardo Corazón de Cerdo” , sin correr el riesgo de ser detenido y atravesado  por la espada de  los esbirros del soberano.

Al fin y al cabo el cerdo fue siempre objeto de desprecio. No sé de cultura alguna en la que se le haya adorado como al gato, el toro o la serpiente, según se desprende de relatos orales y escritos. Así,  en Homero, la maga Circe convierte a  Odiseo y sus hombres  en cerdos, dejando claro el concepto que tenía de  unos y otros.

Asimismo, en los libros del Génesis y el Levítico se prohibe a los hebreos el consumo de  la carne de ese animal, por  considerarla  impura y símbolo del pecado. De igual manera, la ortodoxia católica utilizó la  palabra marranos para referirse a los judíos conversos. De modo que en ninguna parte el cerdo sale bien librado.


Al menos hasta el viernes   7 de enero de 2022, cuando el mundo se enteró de que cirujanos de la Universidad de Maryland, en Estados Unidos, habían conseguido trasplantar el corazón – modificado genéticamente- de un  cerdo al cuerpo de un hombre de 57 años llamado David Bennet. Al momento de publicar esta entrada el paciente seguía vivo.

El punto de partida lo marcó el doctor sudafricano Christian Barnard, quien practicó el primer trasplante de corazón en una clínica de Ciudad del Cabo el 3 de diciembre de 1967. Aunque el paciente sólo vivió  18 días, la intervención marcó  un antes y un después en el camino de la ciencia médica.  Pasados 55 años de ese acontecimiento se practican de manera habitual trasplantes de órganos- no sólo de corazón- de humanos a humanos.


En el caso del corazón de cerdo, la fecha clave se remite a 1996, cuando empiezan los trasplantes experimentales de corazones  de cerdo modificados genéticamente al cuerpo de seres humanos.

Por lo visto, nos toca empezar a revisar el estigma que nuestros paradójicos atavismos habían arrojado sobre la figura de este animal: de un lado lo concebimos como símbolo de suciedad, al tiempo que nos damos descomunales banquetes con su carne, sobre todo en las fiestas de final y comienzo de año. De paso, me cuentan que el caricaturista Matador anda atareado  tratando de modificar  sobre la marcha su concepto gráfico que asocia la figura del actual  presidente de Colombia con un cerdo: con el prestigio recién adquirido del animal  quedaría anulado el efecto político de  la  caricatura porcina.


Sospecho también que la culpa anda rondando la conciencia de uno de mis vecinos, especializado en la matanza herodiana de cerdos durante la temporada navideña.  Desde el 7 de enero lo veo con el ceño fruncido, profundas ojeras y un tono cada vez más bilioso en la piel. Creo que padece insomnios prolongados, preferibles en todo caso al sueño: apenas se duerme lo asaltan pesadillas en las que los aullidos de un cerdo agonizante torturan sus oídos como trompetas del juicio final.

Pero son sólo conjeturas mías: a lo mejor al hombre le hicieron  una cirugía en la que le trasplantaron el corazón de un animal llamado  jefe paramilitar.  Si es así, eso lo volvió insensible al dolor de cualquier ser vivo. Su  angustia sería fingida, aparente:  una pose dictada por la corrección política.


Desde Darwin, nos acostumbramos a hablar del mono como nuestro pariente más cercano. Pero el parecido resultó ser más superficial de lo que pensábamos : puras monerías.  En realidad  , si juzgamos por la similar estructura  y funcionamiento de los órganos internos,  nuestro familiar más cercano es el cerdo. De modo que , como hacen en oriente con las vacas, haríamos bien en  empezar a reverenciarlos y a pedirles disculpas por las vejaciones a las que los hemos sometidos a lo largo  de los siglos. Una buena dosis de  perdón y olvido sería saludable para todos en este momento. De mi parte, ya separé cita en un consultorio atendido por veganos  y vegetarianos.

Nunca es tarde y nada se pierde, reza el refrán.

Al fin y al cabo nadie está exento de que en cualquier instante- como en las canciones románticas- después de un trasplante  de urgencia su corazón se vuelva delator.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=jad11Q-ZCyw







martes, 11 de enero de 2022

Walter Benjamin y el hombre como alegoría






Exiliado en Portbou, en  el Mediterráneo catalán, y degustando a plenitud su propia extinción, el filósofo  Walter Benjamin ( Berlín, 1892, Portbou, 1940) contemplaba y padecía el desplome de un mundo que soñó con el mejoramiento constante de los instrumentos forjados por la razón y sus  hijas naturales: la ciencia y la técnica.

Desde Aristóteles hasta la Revolución Industrial, pasando por el Renacimiento y la Ilustración, la historia parecía de veras conducir hacia nuevas conquistas en el terreno de la filosofía, la ciencia y la política como soportes de un mundo mejor.

Pero todo se vino abajo. El arco había empezado a descender con las revoluciones de la segunda mitad del siglo XIX, continuando con la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio Austrohúngaro, hasta de desembocar en el cataclismo de la segunda gran guerra que redujo a cenizas el viejo sueño humanista.

Como todo gran pensador de su tiempo, Walter Benjamin se  encargó de tomarle el pulso a los acontecimientos. Para lograrlo, estableció unas líneas de estudio que le permitieron fijar el  método adecuado para orientarse en un mundo marcado por la confusión.





Esas líneas, a las que volvió una y otra vez a lo largo de su obra están ancladas en unas ideas básicas que desarrollaría hasta su máxima potencia: la multitud como  enseña de lo moderno, la pérdida del aura de la obra de arte a resultas de su reproducción técnica, el flaneur como hijo de la Revolución Industrial y el advenimiento de la mercancía como superstición, al punto de que los objetos devienen alegoría de asuntos tan esenciales para las motivaciones humanas como las ideas de felicidad, bienestar, libertad y prestigio.

El hombre de la multitud

Federico Engels fue uno de los primeros en advertirlo con toda claridad: el rebaño humano  que invadía las calles de Londres rumbo al trabajo en fábricas, almacenes y oficinas, o en busca de esos mismos trabajos, trenzaba con sus pasos una urdimbre en la que era posible adivinar por igual ambición y desesperanza. En suma, el destino del hombre urbano que abandonaba los valores del mundo feudal.

La impronta de esa nueva especie de hombre es la insolidaridad, la indiferencia ante el dolor y las angustias de quienes comparten con él la incertidumbre propia de los nuevos tiempos. Para Engels, incluso en las colmenas y hormigueros se dan formas de reconocimiento y cooperación ausentes por completo en los habitantes de la city.




A su vez, en su célebre texto titulado El hombre de la multitud, Edgar Allan Poe da un paso más y se da  de bruces con otra manifestación del mismo  fenómeno: la soledad de quien anda y desanda las calles una y otra vez, sin encontrar respuesta a su llamado. Ni una mirada, ni una palabra, ni un gesto. Todos van abismados. Incluso las iglesias han sido abandonadas en tanto fuente de consuelo. De ellas sólo sobreviven las formas de la piedra, olvidadas de Dios y de los hombres.

Pero falta todavía un nuevo giro: el del paseante, el flaneur que deambula sin propósito aparente, porque ya ni siquiera alcanza a ser testigo de lo que pasa: es un átomo más en el organismo de la multitud.
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Las flores del mal

La obra del poeta Charles Baudelaire (1821-1867), se convirtió en la más valiosa compañera de viaje de Benjamin en su intento por descifrar algunas de las claves de esa nueva clase de hombre. Situado por fuera del sistema sin dejar de gravitar a su alrededor, Baudelaire hace de la transfiguración poética del outsider su buque insignia. Es  su manera de sortear los meandros de una urbe que se le antoja un  mar turbulento que todo el tiempo arroja desechos a sus orillas. Esos desechos, tanto objetos como personas, venían a materializar el concepto de reificación postulado con tanta claridad por Karl Marx, otro de los grandes estímulos para el pensamiento de Walter Benjamin.

El poeta iba y venía en su barca como un ángel de la soledad, un satanás, un rebelde,  un Lucifer en el sentido más preciso de la cosmovisión cristiana. De ahí su vindicación literaria de figuras tan ilustrativas de la ciudad como la prostituta, el  trapero ( reciclador) el borracho y el criminal. Todos ellos caros a las huestes proscritas del capitalismo en tanto amenazas latentes para el ciclo de la producción y el consumo.

En su calidad de testigo, Baudelaire es para Benjamin el flaneur por excelencia, el infatigable caminante urbano que desdeña los viajes hacia tierras remotas tan codiciados por muchos artistas, porque le sobra y basta con las calles, con esos pasajes y vitrinas nacidos de la Revolución Industrial que los necesitaba para exhibir sus mercancías y ponerlas así en contacto con la mirada y el bolsillo  de su más reciente expresión: el consumidor. El espíritu viviente de la moda como lo viejo siempre nuevo que viene a ser otra de las  improntas de la modernidad.

El objeto y la alegoría

En su muy estudiado aparte de El Capital titulado La mercancía, Karl Marx se encarga de analizar en detalle las connotaciones económicas, sociales, políticas , espirituales sicológicas y culturales de los objetos producidos en masa. Fabricados en principio tanto para satisfacer necesidades materiales como expectativas de distinción social, los objetos se convierten ,  merced a la publicidad  y el mercadeo, en auténticos fetiches y por eso mismo en entidades capaces de despertar el deseo, la admiración y la codicia. Mediante ese mecanismo se crean las necesidades artificiales que tan bien ha sabido explotar el capitalismo en su fase tardía.

De todos es conocida la manera como las catedrales fueron desalojadas para trasladar los feligreses a los centros comerciales, donde pueden alcanzar una trascendencia fugaz a través de la contemplación extática  y  la consiguiente adquisición de mercancías.



Siguiendo los pasos de Marx, W. Benjamin advirtió en el nacimiento de los pasajes las primeras formas del Centro Comercial moderno y de sus visitantes como nuevos peregrinos urbanos. Es así como la mercancía se transmuta y empieza a convertirse en alegoría de las eternas pasiones humanas. Pero todavía hay más: el hombre mismo, en tanto consumidor, se  transforma en alegoría de sus propias fuerzas motrices, llevando al límite la idea de cosificación y alienación planteada por Marx. El automóvil como símbolo sexual  constituye desde comienzos del siglo XX  la suprema materialización de esa idea: el hombre-cosa se disuelve en las formas de la máquina y se hace uno con ella.




¿ El fin de la obra de arte?

El paso inevitable para Benjamin lo conduce a formularse la pregunta decisiva:  ¿ asistimos a la extinción de la “ obra de arte” tal como la imaginamos hasta finales del siglo XIX?. El filósofo alemán nos recuerda que, para la tradición occidental, la obra de arte estaba revestida de un  carácter mágico, religioso y por lo tanto irrepetible. La aparición del artista en una convergencia de espacio- tiempo dotaba de entrada a su obra de un aura, algo intangible pero con valor concreto.

En principio sólo los muy ricos( príncipes, papas, reyes) podían permitirse el lujo de tener una obra “ original” en sus catedrales y palacios. Acceder a la contemplación de esas obras suponía una deferencia de parte del poderoso. Quienes asistían al descorrimiento del velo podían sentirse así ungidos.




Pero, con la consolidación del capitalismo, las obras de arte salen al mercado y con ellas aparecen las figuras del intermediario y del falsificador en serie. De esa manera los nuevos ricos pueden poseer una pintura o una escultura que parece pero no es, porque carece del aura exclusiva del “original”. Liberados a las potencias del capital, los productos artísticos empiezan a ser reproducidos en serie.  A partir del desarrollo de la litografía y la fotografía asistimos a una nueva situación: no es que la obra parezca pero no sea, como pasa con la falsificación. En este nuevo mundo de la reproducción técnica en serie la obra es pero no es.

En su primera época, muchos de quienes poseían litografías y fotografías de cuadros célebres en sus casas no se tomaban la molestia de advertir al visitante de que no se trataba del “ original”. ¿Para qué habrían de hacerlo si ya era imposible precisar la diferencia? Al producirlos en serie la tecnología los privó del aura a todos por igual.

Alcanzado ese punto, resultaba ineludible que todos los valores sobre los que se asentó occidente  durante más de dos mil años “ se desvanecieran en el aire”, tal como lo anotara Marx en su célebre sentencia que ha inspirado a tantos pensadores de ahí en adelante.

Las múltiples formas de ese desvanecimiento alentaron la vida y obra de Walter Benjamin, hasta que él mismo se disolvió en el aire un 26 de septiembre de 1940 en su refugio del Mediterráneo catalán.

Había conseguido escapar de los nazis, pero no de sus propios demonios.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=uzjYQuDPi9Q

viernes, 24 de diciembre de 2021

De ver pasar: la ciudad y sus signos vitales








Blow- Up es una película de Michelangelo Antonioni fechada en 1966 y protagonizada por el actor David Hemmings. En su relato, Thomas es un célebre fotógrafo de modas que, hastiado de la frivolidad de ese mundo, decide echarse a  las calles de Londres en busca de imágenes que contengan algo de vida. Un día toma una fotografía en un parque de la ciudad. Cuando la revela en el cuarto  oscuro, tiene la sensación de que, detrás del primer plano, ha captado un asesinato. 

Para estructurar la historia, el guionista se basó de modo bastante tangencial en un cuento de Julio Cortázar titulado Las babas del diablo.

Una dimensión insospechada de la realidad irrumpe  y produce un quiebre, un corte en lo que se suele llamar el hilo de los acontecimientos. La fotografía cobra vida propia y empieza a contarnos una historia: la de la ciudad y sus signos vitales.

Ignoro si el escritor Rigoberto Gil vio la película, pero su libro titulado De ver pasar tiene mucho de eso: de las rupturas en el flujo de lo cotidiano, captadas casi siempre al azar por el lente de una cámara… o, bueno, de un teléfono celular.

El recurso es sencillo: dejarse seducir por una entre las muchas imágenes dejadas  por la vida a su paso y , a partir de ella, construir un relato que puede ser ficción o no.

El París de la segunda mitad del siglo XIX vio nacer la figura del Flaneur, esa suerte de  explorador urbano que vaga empujado por el azar de su instinto- en este caso centrado en la mirada- y va registrando los pliegues de  la ciudad como quien descorre una cortinilla y se asoma a lo siempre insospechado del mundo.


Fue el filósofo Walter Benjamin quien, basado en la poesía de Baudelaire, señaló al Flaneur como hijo del capitalismo industrial. Este singular caminante ya no es el peregrino que va de aldea en aldea, sino el  husmeador de pasajes y vitrinas, esas cajas mágicas donde las cosas se exhiben a la espera de un consumidor. De algún modo el Flaneur expresa sin saberlo ese estado de cosas que Karl Marx bautizó con el nombre de  Fetichismo de la mercancía, abordado a profundidad  en uno de los apartes de El Capital.

El autor de De ver pasar hace lo propio en el mundo fragmentado y globalizado del capitalismo tardío. De entrada, lo advierte en el primer párrafo del texto titulado El ojo que piensa: “ No es fácil caminar y pensar al mismo tiempo. El cuerpo se fatiga si lo obligamos a concentrarse en dos ejercicios complejos. Ambos exigen voluntad, concentración; ambos validan un ritmo arcano que se liga con la memoria: ese fardo de realidades que teje los años en imágenes delgadas. Solo que, al restaurarlas, les damos volumen y profundidad”.



La obsesión por ese “ fardo de realidades” no es nueva  en Rigoberto Gil. De hecho, es una constante en su obra ensayística y de ficción. En un libro titulado Guía del paseante,  que de muchas maneras  prefigura De ver pasar, lo resume en una frase certera : “el solitario es un caminador”.

Y ese  no es un detalle menor: quienes caminan en grupos están todo el tiempo distraídos por la cháchara de los otros. Su mirada  aparece mediada por las intenciones y gustos de  sus compañeros. Y se   precisa una profunda relación con la soledad para ser un caminante, un explorador tanto rural como urbano.

Así que el autor de esta selección de textos( a veces son viñetas, en otras se trata de crónicas o ensayos  breves, unas cuantas son ficciones y en la mayoría de los casos un cruce incestuoso de varios géneros) se nos revela ducho en soledades, es decir, en miradas íntimas sobre lo público  que casi nadie advierte.

Estamos entonces ante un mirón de las calles. O un voyeour, si prefieren esa palabra, con todo y las connotaciones sexuales que el concepto acarrea.

Porque la mirada es, ante todo, goce, insinuación de la desnudez velada por las prisas de la vida diaria en cualquier ciudad.


En total son treinta y siete textos, publicados inicialmente en el periódico Ciudad Cultural y en el portal web  La cebra  que habla. En ellos, como corresponde al talante de los tiempos, el escritor plantea un  viaje de ida y vuelta entre lo local y lo global. En ese recorrido encontramos  relatos como los del soldado mutilado en alguna de las guerras de Colombia, junto a  estampas de la zozobra a la que fue arrojada la especie humana tras la irrupción de la Covid- 19. A su lado, convive el vistazo a una Nueva York presentida en las páginas de sus grandes escritores o en la locura  visionaria de esos que nuestra indomable torpeza califica de excéntricos. En buena hora la Universidad Tecnológica de Pereira decidió publicar este libro (noviembre de 2020). Porque la internet, tan llena de ventajas a la hora de agilizar y multiplicar la circulación de las obras, alienta al mismo tiempo la más inapelable forma del olvido : la de cientos de  miles de millones de palabras, de imágenes , de  ideas, de relatos  que se  anulan unos a  otros en su infinita procesión



En suma, quien se asome a sus 232 páginas se hará  a su vez cómplice de  esta dichosa- y a menudo dolorosa- irrupción  de una realidad que siempre  participará de la condición del caleidoscopio en su fragmentación y multiplicidad.

En esa realidad a menudo alucinante acontece nuestra condición de viajeros  sin remedio… aunque estemos confinados en casa.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Y6thDNGf7Os





lunes, 20 de diciembre de 2021

Vanas gentes : la soledad es comarca limitada





Los buenos libros de poesía suelen ser breves. Cuando dan con el tono preciso, su brevedad se traduce en intensidad.  Son como esos licores que se deben degustar a sorbos cortos, de modo que el espíritu del poema recorra de a poco los sentidos del lector hasta depositarlo en la más pura claridad.

Eso pasa con el libro Vanas gentes, del escritor quindiano Juan Aurelio García. Son veintidós poemas que , sumados, no alcanzan el centenar de páginas publicadas bajo el sello de El Impresor , diseño de Stella Maris y prólogo de Nelson Romero.

El primer poema, titulado Al amable lector, es una advertencia: De parte del poeta/le quiero recordar y declarar/pero a las buenas/ que desocupe la soledad/ esos dominios/ donde suele pasearse como  un emperador. De ahí en adelante, el tono será ese : el de la interpelación al lector en particular y al poeta en general. Está claro que, para serlo de veras, el escritor necesita de un lector. Por más que parezca un lugar común, a menudo se olvida esa condición elemental. En su defecto, se postula la idea del poeta refugiado en su casa de cristal, consagrado a escuchar el eco de su propia voz.

Para refutarlo,  Vanas gentes nos recuerda que la poesía es, ante todo, comunión. Ya sea dicha en las plazas o recitada en “ la noche oscura del alma”, la palabra poética es un conjunto de signos que sólo adquieren pleno sentido en el oído del lector. Porque en sus comienzos la poesía fue eso: ritmo, música. No importa si, a partir de la creación de la escritura, la asociamos con el ojo y con la lectura silenciosa. Sin el ritmo, es decir, sin el latido del corazón , el poema es letra muerta.

Y Juan Aurelio Garcia lo sabe. En el poema titulado Recital el autor se pregunta: Yo no sé para qué viene el poeta/ si no baila ni llora/ni tampoco se despeina/o si al menos no adivina/ a santo de qué/ viene a remover tanta ceniza.  En Sueño de gloria, otro de los poemas del libro, nos dice con fina ironía: Ojalá pudieran los poetas/ser como los cantantes/ cultivar fama y echarse a dormir. Y continúa: Hacer giras que los lleven / en el ocaso/ a esos pueblecitos que faltaron en la agenda/ donde con mayor vigor se les imita/ y se les aplaude/ como a los viejos héroes.

F. Hölderlin 

Como a los viejos héroes. La  pregunta por el rol del poeta y por el sentido de sus palabras alienta en cada uno de los versos. Es la eterna sensación de extrañamiento del poeta en un mundo que siempre le será hostil, aunque de vez  en cuando lo aplauda. Ya se preguntaba el gran Hölderlin tres siglos atrás : ¿ Y para qué ser poeta en tiempos de penuria? Para disimular esa condición de extrañeza, el escritor puede ocultarse en el traje del burócrata- uno piensa en Pessoa- que se atrinchera  detrás  de un escritorio para pulir sus versos. O eso nos sugiere la voz de Juan Aurelio García cuando escribe: Nunca se podría afirmar que roba tiempo/que entre la redacción de una queja/propia de su oficio/ y la revisión con tachaduras/que le practica a un formulario/ se le cuele un haikú o un epigrama.

F. Pessoa


Vanas gentes los poetas, se nos recuerda a cada instante. De ahí la obstinación en títulos como La ascensión del poeta, A los poetas vergonzantes, Los poetas loteros, Letra muerta y el ya mencionado Sueño de gloria.

Vista así, adquiere pleno sentido la cita de don Francisco de Quevedo que encontramos al comienzo del libro: Se les perdona todo lo que han escrito/ se les agradece no haber escrito más.

Eso explica también el tono coloquial de quien interpela: la pregunta sería imposible si el autor  adopta un tono de superioridad que, de entrada, anule sus propósitos. Lo coloquial es aquí un recurso, una manera  de comunicar, no mera llaneza del lenguaje. Al contrario, la preocupación formal es una de las constantes del libro. Para muestra , estos versos del poema Alabado sea Dios: Parece ser que los poetas de talla menor/ viven del aplauso/ es decir/ del agua y del sol/ como las flores / O sea que nuestros poetas son como las flores/ como esas flores baratas/ besitos de novia las llaman/ que a montones nos regala un buen día de sol/ y que están a un tiro de piedra/ de nuestras calles sitiadas por el trópico.

Las flores, el más socorrido de los lugares comunes, devienen aquí recurso tanto estilístico como argumentativo: en el primer caso señalan  el ripio como elemento distintivo de la mala poesía. En el segundo parece enhebrarse una plegaria, cara a la tradición cristiana: Señor, señor, perdónalos porque no saben lo que hacen.

A mi modo de ver- y de leer-, ese es el corolario del libro : que, para bien o para mal, las vanas gentes están allí como elemento indispensable para diferenciar el trigo de la cizaña, cuestión que nos devuelve a la sentencia de los viejos sabios: nada es gratuito en este mundo. Por eso, aun los peores son necesarios para mantener el equilibrio en el  universo. 


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=4nLp2WKgocU

martes, 14 de diciembre de 2021

Hay vida en las tablas

                                Fotografía:  Juan Felipe Díaz


Hasta el día en que, uno a uno, los gobiernos del mundo empezaron a decretar confinamientos por la pandemia de Covid- 19, la palabra cuarentena, igual que el vocablo peste,  hacía evocar siglos remotos, relacionados en nuestra imaginación  con tiempos de oscurantismo  y dominio de la superstición.

En cualquier caso, nos resultaba imposible ubicarlas en el presente, y mucho menos en el futuro.

De modo que todo fue como un mazazo repentino. De un momento a otro estábamos encerrados en casa- incluso los que no la tienen fueron llevados a la fuerza a “ hogares de paso”- sin saber muy bien lo que nos aguardaba en lo inmediato.

Como una reacción refleja, nos aferramos al recurso de Internet, una suerte de divinidad  profana que nos salvaría del aislamiento y la parálisis.

Fue así como empezamos a hablar de clases virtuales,  de teletrabajo, de la “nueva familia”, de nuevos usos de las redes sociales y hasta de liturgias y funerales transmitidos a través de la internet.

Según los que investigan esas cosas y hacen encuestas para todo, el intercambio sexual a través de las  pantallas se incrementó hasta el delirio.

Al comienzo el asunto funcionó como solución desesperada. Sobre todo para los artistas de la música y el teatro supuso la posibilidad de mantenerse en contacto con los públicos.  Incluso, a pesar de que  en un principio se ofrecieron funciones gratuitas, al poco tiempo se encontró la manera de cobrar para mitigar en algo las necesidades   de supervivencia.



Empecé a sospechar que la cosa andaba mal cuando me sentí a ver un juego del alicaído Barcelona. Desde luego, las tribunas estaban vacías, como correspondía a las  medidas tomadas. Al promediar el partido, el inefable Messi marcó uno de esos goles suyos que lo hicieron favorito de los dioses. Siguiendo un viejo instinto,  El diez  corrió  hacia las tribunas dispuesto a celebrar y se encontró con una viva estampa de la desolación : nadie   respondió a su alegría con gritos, cantos, tambores y agitar de banderas azulgrana. Desconcertado, miró a sus compañeros y estos no sabían si abrazarlo o no. Después de todo, corrían el riesgo de ser sancionados, ya no por el juez central, si no por  las autoridades sanitarias.

Desde ese día decidí no  ver más partidos de fútbol hasta que  el  público- es decir, la fiesta, -volviera a las  graderías.


Al fin y al cabo, el deporte es puesta en escena , ritual revestido de profundos simbolismos. Tanto, que escritores, poetas, filósofos, sociólogos y antropólogos se han encargado de mostrarlos y cantarlos  en detalle. Fue  Elías Canetti quien señaló que  durante el partido el público- los feligreses- le dan la espalda a la ciudad y  centran toda su atención en el ritual que los deportistas- sacerdotes-ofician en la cancha. Es así como se produce la transmutación del caudal de energía positiva y negativa acumulada  durante  la semana.

En el espectáculo como ceremonial, el gol deviene acto de comunión, igual que los gestos y palabras del oficiante en la misa o del actor en el teatro.

Así que, durante la primera fase del confinamiento,   deportistas y aficionados se extrañaron por igual. Poco importó que las empresas de  radio y televisión, ansiosas por recuperar el ritmo de sus ganancias, apelaran a la farsa del sonido ambiente pregrabado, con el fin de crear la ilusión de la ceremonia en vivo. Pero sucedió como en  las malas comedias norteamericanas enlatadas para televisión, que utilizan risas pregrabadas con el fin de estimular la hilaridad del público, pero siempre les sale al revés : el truco  provoca  desconcierto y acentúa la sensación de ridículo.


Fue en ese momento cuando mi hija, que estudia artes  escénicas y desde su niñez profesa una genuina devoción por el teatro, me recordó la similitud.

"Pasa igual cuando   transmiten una  obra de teatro por internet", me dijo. "Uno prepara la obra, ensaya, se   equivoca, acierta, repite el ensayo, hasta que se aproxima un poco a lo deseable. El director , los técnicos y los tramoyistas cumplen con lo suyo y los actores saltamos a las tablas convencidos de que lo estamos haciendo bien… hasta que alguien  prende la cámara y la magia se desvanece.  La  diferencia  es elemental: la obra se prepara para ser puesta en escena frente a un público presencial, que al final aprueba o reprueba. Al contrario,  la cámara crea una distancia, que de inmediato enfría la atmósfera y paraliza las emociones, algo vital para que la obra salga bien. Lo resumo: una obra de teatro  al frente de una cámara no es teatro sino televisión. Por eso el público se desconectaba tan rápido durante las funciones virtuales".

En este punto de su reflexión, pensé en la expresión entre perpleja  y abrumada del pobre Messi y de sus compañeros:  su rito era oficiado en el centro mismo de la nada. O lo que es lo mismo: para nadie. Por eso entendí  tan bien cuando, al anunciarse el retorno a las clases presenciales, mi hija empacó sus maletas y salió a toda prisa para su universidad. 

Después de  una espera que se le antojó interminable, al fin  hay vida en las tablas.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=4TN9x3M23GY


martes, 7 de diciembre de 2021

Me siguen, luego existo

                                   La fama


En tiempos de la antigüedad clásica el concepto de fama estaba relacionado con el de prestigio. De hecho , en el Libro IV  de La Eneida  de Virgilio se la concibe como La voz pública, engendrada por la Tierra  después de Ceo y Encédalo. En las imágenes más conocidas, aparece dotada de numerosos ojos y bocas. Tiene, además, la capacidad de volar con  gran rapidez.   A menudo se la asociaba con actos heroicos  en beneficio de los humanos.

Sin embargo, como tantas divinidades, tiene su lado oscuro y  en ocasiones aparece como un monstruo, un mal cuya capacidad de propagación lo hace más letal que cualquier otro.

Famosos por sus gestas fueron Moisés, Cristo, Alejandro de Macedonia, Cleopatra, Marco Polo o Cristóbal Colón, para mencionar sólo seis entre las grandes celebridades de la Historia.

                                   Cleopatra

Todos ellos contaban con numerosos seguidores que se encargaban de acrecentar su  aura de leyenda. Ese concepto, el de seguidor, ligado a caudillos y líderes religiosos se remonta entonces  a los comienzos de la Historia. En muchos sentidos, surgían por la combustión espontánea de grupos sociales empujados por su fuerza expansiva  o por una necesidad de trascendencia.

El famoso les daba así sentido a sus búsquedas.  En contraprestación, La voz del pueblo lo  elevaba a  tronos terrenales o celestiales.

Con el paso de los años, y tras el advenimiento de los medios masivos de comunicación,  la noción de fama y de famoso se desdibuja y degrada hasta  convertirse en sinónimo de algo o de alguien que aparece de manera repetida en las portadas de las revistas o en los programas de televisión.

Internet lleva esa transformación hasta límites no sospechados. En este caso, famoso es aquel que trabaja para multiplicar su imagen en las redes sociales. Ya no se necesita de una voz colectiva que reconozca y valore sus méritos:  con algo de tiempo y habilidad, el  famoso o aspirante  a serlo puede encargarse de esa tarea.


El fulano puede ser a la  vez su propio asesor de imagen, su jefe de prensa, su publicista y su jefe de mercadeo

Da igual si lo que  dice  o hace es bueno o malo en el sentido ético o moral de la expresión. Es decir,  que su valor intrínseco resulta insignificante. La idea de prestigio, que en un comienzo tuvo una connotación positiva , se disuelve. El público ya no necesita de criterios- algunos dicen que nunca los tuvo- para calificar si una acción política, un libro, una canción, un espectáculo  o un deportista están revestidos de belleza, de calidad, profundidad, armonía o contenido. Viejos principios que , durante siglos, ayudaron a ubicar los actos humanos en dimensiones que  contribuían  a comprender y evaluar los aportes de individuos  y grupos sociales al devenir de la humanidad.



Fue así como los factores cualitativos fueron remplazados por los cuantitativos. Ya no importa por qué siguen al héroe. Sólo interesa  saber cuántos lo siguen.

Son esas cifras las que le dan peso y densidad existencial en el cuerpo de la sociedad: Me siguen, luego existo, es la curiosa ley que rige esos dominios.

¿ El resultado? Al consumidor de información le resulta cada vez más difícil diferenciar entre buenos y famosos.

Pero Internet ha servido también para denunciar infamias, corruptelas y abusos  que en otras épocas eran  silenciados con facilidad, dirán muchos de ustedes. Y les asiste toda razón.

Pero el asunto hoy es otro.

Si las acciones del héroe o el famoso contemporáneo  son beneficiosas o dañinas resulta irrelevante, con tal de que le permitan incrementar el número de  sus seguidores. Por eso  puede tratarse de un asesino como Popeye el Sicario, el futbolista de una liga de élite, un cantante mediocre  salido de un Reality Show, el demagogo consagrado a alimentar el pánico entre sus seguidores para ofrecerse como redentor o  una actriz dedicada a propagar sus chismes de cama entre las audiencias.

El truco es simple: usted sólo debe encontrar la manera  más rápida de que la gente digite Me gusta o Reenviar. De ahí en adelante el fenómeno  se alimenta de sí mismo, soportado en el principio de rebaño, tan conocido en el reino animal al que pertenecemos los humanos.

Cuantas más  personas pulsen los iconos acordados, más individuos se sumarán al cardumen. Así de fácil se construyen partidos políticos, glorias del deporte, fetiches del mundo del espectáculo, pastores de sectas religiosas… o grupos de exterminio. Porque en este singular universo hay para todos los gustos. Al fin  y al cabo, el secreto consiste en que algo o alguien se convierta en tendencia hasta hacerse viral, dos palabras caras  al mundo de las redes sociales.

No es difícil adivinar el paso siguiente. Cuando el número de seguidores supera ciertos límites, el famoso se convierte en una vitrina. Muchas empresas lo buscarán para promocionar  productos  y servicios en sus redes. Entonces su codicia aumentará y buscará nuevas maneras de generar tráfico en Internet: la ecuación puede elevarse hacia cotas demenciales.



Andrés Botero, periodista amigo, se preguntaba- y me preguntaba- qué diablos podía explicar  el fenómeno de influenciadores- así les dicen- como La Liendra o Epa Colombia, cuyo  número de seguidores no para de multiplicarse. “¿ Cómo se entiende semejante estupidez?”.  Me dijo un día, al borde de la  desesperación.

“No hay misterio”, le respondí. “Es la vieja y conocida estupidez humana. Sólo que elevada hasta la exasperación. Y, como el universo, es infinita”-  le salí al paso. “Así que no desespere: ya vendrán tiempos peores”.


PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=eRQ3irjdpDw