lunes, 19 de enero de 2026

Hombre de palabra

 



 

El 20 de julio de  1921 un hombre  remite desde Pereira, Caldas, Colombia, una carta dirigida a Anatole France y Henri Barbusse, directores del grupo Claridad en París. El  primero  es el autor de libros como La isla de los pingüinos, los dioses tienen sed  y La rebelión de los ángeles, que le valieron el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. El segundo fue un escritor, periodista y militante comunista francés autor de libros como Infierno, Bajo Fuego y Stalin, un nuevo mundo visto a través de un hombre.

En el tercer párrafo de la carta leemos:

Así como vosotros, yo me dirijo con fervoroso entusiasmo hacia la hermosa París en busca de vuestras ideas para alimentar mi pensamiento, encauzarlo y contribuir a la realización de vuestro querer inmensamente filántropo, que os preocupáis por el porvenir intelectual hispanoamericano.

Para entonces París era todavía el sueño dorado de intelectuales y artistas en todos los confines de la tierra. Obtener su bendición equivalía a tocar el cielo. Pereira en cambio era una ignota aldea perdida en las montañas colombianas, refundada en 1863.

El remitente de la carta, publicada en El bien social, era un señor llamado Eduardo Martínez Villegas. La pregunta obligada es: ¿Qué hacía este hombre carteándose con dos celebridades reconocidas en medio mundo?. Una buena respuesta podría ser que, contra toda apariencia, en Pereira también pasaban cosas por esos días. Y sí que pasaban. Ese 1921 llegó el Ferrocarril de Caldas a la región y con él se tendió un puente entre la aldea y el mundo que permitió acceder tanto a los recientes desarrollos tecnológicos como a las producciones literarias, cinematográficas y musicales del momento. Justo en ese   año, el 20 de junio, empezó a circular el periódico La Patria, con sede en Manizales pero con gran incidencia en Pereira, al punto de servir de modelo a posteriores publicaciones locales como El Diario, El Impacto, El Imparcial y a revistas como Variedades o Lengua y Raza. La ciudad ensayaba pues lo que un siglo más tarde se llamaría Globalización.




De modo que Martínez Villegas estaba como quien dice conectado, para utilizar una palabra cara a   estos tiempos de internet y redes sociales. De esa inquieta conexión  con el mundo surgió una obra crítica que la colección Destiempo recoge en su tercer número  bajo el título de Textos Recuperados. Porque de eso se trata: de hurgar en viejos baúles y sobre todo en ese  sorprendente baúl que es la memoria de las personas para traer de vuelta producciones que llevaban décadas sepultadas en algún cuarto de san Alejo.

En el texto de presentación del libro el poeta e investigador Mauricio Ramírez Gómez escribe:

La muerte de los escritores se asemeja a un naufragio. Con su desaparición, sus pertenencias y las versiones sobre ellos se dispersan en todas las direcciones. A veces, sólo se salvan algunos fragmentos y anécdotas que se replican de generación en generación. La mayoría se convierten en nombres sin sentido, en los periódicos y revistas, porque quienes los leyeron y admiraron, en su época, desaparecieron también. Tal es el caso de Eduardo Martínez Villegas, reconocida figura intelectual de Pereira durante las primeras tres décadas del siglo XX.

Martínez Villegas produjo entonces su obra en el tránsito de la aldea hacia una población un poco más grande que se asomaba, insomne, a los prodigios y  acontecimientos que sacudían al mundo, entre ellos la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique que tanto impactaran a France y Barbusse, los escritores a quienes se dirige en su carta.




Más  adelante, en esa misma presentación, Mauricio Ramírez cita un texto publicado por Abelardo Restrepo Vélez en el periódico La Tribuna  donde afirma que: “Los ensayos sobre León de Greiff, Rafael Maya, Daniel Samper Ortega, Miguel Rasch Isla y Francisco Rodríguez Maya publicados en Mundo al día, El Gráfico, Universidad y Cromos, revistas estas que son carteras de gran autoridad, no sólo en Colombia sino también en América, revelan al espíritu investigador y al escritor infatigable que ya tiene asegurado un puesto de honor en el templo de las bellas letras y una página de gloria esculpida en la conciencia de las generaciones vivas”.

Con esas presentaciones, ya podemos adentrarnos en los textos de Martínez  Villegas para tener una muestra de sus propósitos y alcances, así como de su estilo. En una reseña titulada Libros Colombianos, publicada en El Gráfico de Bogotá en octubre de 1928, el autor escribe a propósito de Eduardo Nieto Caballero:

“Por sus frutos los conoceréis”, dijo el Cristo, y este apotegma del primer socialista que intentó establecer entre los hombres la igualdad,  habla muy bien de los libros de Eduardo Nieto Caballero por quien hubiera querido hacer un estudio exacto de su personalidad vista por sus tres esenciales aspectos: como ciudadano, como amigo y como hombre de letras. Yo lo he estudiado con paciente imparcialidad a través de cinco o más de sus libros y en todos aparece el hombre de un temperamento acorde con lo que de él dicen sus amigos y aun sus adversarios más encarnizados, sobre todo los pocos que poseen la rara virtud de la entereza espiritual que permite, sin violentarse moralmente, reconocer los méritos ajenos como aislando, en cierto modo, la persona que los posee, de su ambiente”.


                                                       Emilio Correa Uribe

 Ese tono sostenido se percibe en sus notas críticas sobre Eduardo Castillo, sobre la poesía colombiana del momento, así como sobre autores pereiranos de la índole de Emilio Correa Uribe, Carlos Echeverri Uribe, Julio Cano o el influyente Benjamín Tejada Córdoba, pereirano por adopción. La sobriedad, el elogio sin servilismos resaltan como impronta de una escritura que hoy sentimos contemporánea porque no hace concesiones a los vicios literarios al uso.

Al final de estos Textos Recuperados encontramos esta nota publicada por Lisímaco Salazar en El Diario de Pereira donde, con motivo de la muerte del escritor el 10 de mayo de 1929, rinde tributo a una vida y obra que, para bien de nuestro patrimonio cultural y literario, la colección Destiempo acaba de presentar en su más reciente publicación:

La muerte, esa cosa invisible, esa única verdad de que podemos envanecernos los mortales, ha tronchado, como una tempestad, la vida de un hombre, la vida de un artífice, la vida de un arbusto corpulento que empezaba a fructificar. Pero ¿qué de raro es esto? Cuando hablamos de esa única verdad, es porque todo- y todos- habremos de caer al peso de su guadaña.

Eduardo Martínez Villegas vivió en este mundo treinta y ocho años, pero dejó para sucesivas generaciones de lectores más que un puñado de textos que hoy le permiten al lector asomarse a una singular visión de las cosas en la que a cada paso se reafirma su condición de hombre de palabra.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada :

https://www.youtube.com/watch?v=Nb-WpYtRNI4

 

 

lunes, 5 de enero de 2026

La dura irrealidad


 


          


         Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia

           para plagar de miserias a América en nombre de la libertad.

                                                Simón Bolívar

El presidente Donald Trump inició su carrera política en un reality show. Y ese no es un dato menor: ese formato de entretenimiento postula mundos paralelos a los que la gente se va a vivir a modo de sucedáneo de una realidad que se le antoja difícil, cuando no insoportable y llena de acertijos. El problema es que, a  larga, esa irrealidad resulta tanto o más dura que la de todos los días.

De los realities salen actores, actrices, cantantes, bailarines, activistas y cientos de figuras públicas. Ya no se necesita pasar por una escuela de teatro, un conservatorio o una academia de canto donde la disciplina y el rigor demandan un constante esfuerzo de inventiva y persistencia. A tono con el vértigo de los tiempos todo es rápido y ya, al mejor estilo del mundo express. Así las cosas,  el mundo ya no es el teatro donde los dioses medían sus fuerzas sino el espectáculo donde todo se consume con tiempo apenas de pasar al siguiente acto.

A los políticos de estos tiempos, con Trump a la cabeza, les fascina esa inmediatez aureolada de una sensación de eficiencia que cautiva al receptor de información. Por eso su reino es el de las redes sociales donde el reenviar y el me gusta multiplicados hasta el delirio impiden la necesaria pausa para pensar y tomar decisiones. Las vibraciones de TikTok suplantan al pensamiento. A la izquierda o a la derecha del espectro político se da el mismo fenómeno.  Eso explica que los gobernantes ya no necesiten a su lado grandes consejeros o sabios que les sugieran el rumbo a seguir. En su lugar cuentan con equipos completos de expertos en imagen y redes sociales.

Es la era de los tipos que parecen duros y contagian con su aire de comerse el mundo. Sus maneras alimentan el depredador acobardado que todos llevamos dentro. El reciente secuestro de Nicolás Maduro por parte de Trump y sus fuerzas de seguridad es una prueba clara de esas prácticas. Rápido, quirúrgico y con un formato perfecto, nada tiene que envidiarle al más exitoso de los realities o series de Netflix. A propósito, sospecho que alguien ya está escribiendo el guion de La Operación Maduro, con preventas que pronto empezarán a operar en la bolsa.




Pocas personas en el mundo- salvo sus cómplices y favorecidos- estarán a esta hora dispuestas a defender al ex supremo y ahora suprimido gobernante venezolano. Los fraudes electorales, las violaciones a los derechos humanos, la persecución a los opositores, el derroche y la corrupción anulan de entrada cualquier tentativa en ese sentido.

Pero de ahí a postrarse de rodillas y saludar con aplausos la invasión- porque de eso se trata: de una invasión- media un trecho muy grande. Amparado en su discurso de Make America Great Again Trump puso en marcha en Venezuela una prueba piloto  que no dudará en replicar cuando los juegos de poder que representa consideren de su interés algún lugar de la tierra. En este y otros casos, si renunciamos al pensamiento crítico pasaremos por alto, como lo han hecho tantos, que estamos ante una violación   de los principios del Derecho Internacional.

En este último aspecto reside la clave de todo. Cuando de bellaquerías se trata los pretextos nobles abundan: defensa de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos o del Estado. Es decir, los mismos valores que tipos como Trump, Milei o Bukele están destruyendo en sus propios países. Las motivaciones, claro, son otras: petróleo, tierras raras, agroindustria, minería, recursos hídricos o posición estratégica en el mapa. La vieja codicia imperialista se reinventa cada vez que la dinámica del sistema lo requiere. De las repúblicas bananeras o cafetaleras gobernadas por tiranos iguales o peores que Nicolás Maduro consentidos por Estados Unidos hasta  los caudillos de hoy sólo media una cuestión de ropaje y tecnología. Visto así, el lenguaje bravucón de Donald Trump, tan celebrado por las derechas en el mundo, en nada se diferencia del I Took Panamá pronunciado por Theodore Roosevelt ante el congreso de su país después de la invasión a Colombia.




“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, dice un viejo proverbio latino citado por Sebastián de  Covarrubias en 1611. Encandilados por el reality  Maduro que copa todas las audiencias desde el pasado 3 de enero, bien haríamos en volver   a esa sencilla forma de sabiduría para recordar que mañana bien podríamos ser nosotros. El pretexto es lo de menos. 


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Iz6svH0jWWI



viernes, 12 de diciembre de 2025

Wilmar Vera después del infierno


 


En el sueño o en la vigilia las pesadillas acontecen en la eternidad. De ahí deriva su carácter ominoso: al ubicarse fuera del tiempo carecen de principio y fin, al menos mientras duran. Quien las padece no tiene donde esconderse.

Los datos- siempre los datos- nos dicen que el profesor universitario, historiador e investigador Wilmar Vera Zapata fue detenido por miembros de la Sijin el 8 de junio de 2012 mientras impartía una de sus clases. Se le acusaba de ser el instigador del asesinato del excandidato al Concejo de Pereira, Alexánder Morales, con quien se había asociado en lo que parecía un promisorio negocio de explotación de carbón en La Jagua de Ibirico, Departamento del Cesar, previo aporte de cincuenta millones de pesos por parte del profesor.

Al final el negocio no se concretó, pero a pesar de eso el excandidato nunca devolvió el dinero. Para la Fiscalía eso configuraba suficiente indicio, aparte de las declaraciones de Carlos Andrés Velásquez, el sicario que disparó contra el joven político.

Con esa materia se tejió la pesadilla de Wilmar Vera Zapata, avivada por las presiones de la familia de la víctima y de un sector de los medios de comunicación regionales que empezó a hablar de " la captura del asesino" sin disponer de prueba alguna sobre la culpabilidad del acusado.

En un intento de exorcizar esos demonios, Vera Zapata escribió y publicó el libro ¡Soy inocente!, Crónica de un falso positivo judicial. En realidad, el eufemismo falso positivo debería ser reemplazado por la palabra abuso. Para demostrar el tamaño de ese abuso y las consecuencias en su vida privada y profesional, el autor se dedica a aportar pruebas y testimonios a lo largo de las 247 páginas de esta obra prologada por el prestigioso periodista Alberto Donadío y presentada por el también periodista y editor Abelardo Gómez Molina.




 

“El que afirma prueba”, sentenciaron los jesuitas en tiempos de la Inquisición. Y si no encontraban pruebas las inventaban a la medida de sus intereses. Así llevaron a miles de inocentes a la hoguera. Hoy las hogueras se atizan a través de los medios de comunicación, las redes sociales y el eterno chismorreo que vuela de boca en boca.

 

Estar preso es vivir muerto.

Las cárceles son bodegas donde el mayor dolor no es solo estar privado de la libertad sino ser consciente de que los minutos y las horas pasan sin destino, van a ninguna parte. En especial si uno es sindicado.

 

Con esa serenidad, claridad y lucidez inicia Wilmar Vera el relato de su paso por el infierno. A pesar de que su condición de periodista le permitió percibir más de una vez la podredumbre del sistema judicial en particular y de los aparatos del poder en general, la certeza de su inocencia le dio fuerzas para continuar la lucha aun en los peores momentos de desaliento, esas formas del desasosiego que impregnan los días y las noches a lomos de una rutina perversa.




 

La jornada diaria es regulada y planeada de tal forma que cualquier desvío de su discurrir definido es una verdadera novedad. Puede ser que abran la celda más tarde, que se demore la repartición de la comida o que realicen el encierro a destiempo, pero las horas y los días se vuelven una sucesión de repeticiones calcadas una de la otra, tanto que en algunos momentos no se sabe qué día es, ni qué diferencia hay entre una semana y la otra, o entre un mes y otro, dice el narrador y uno siente que de esas repeticiones está hecha la materia del infierno.

 

Su destreza como cronista le permite mantener ese tono a lo largo de todo el libro. Ya se trate de su propio sufrimiento o de los testimonios de otros  compañeros de cárcel. Pero detrás de la aparente calma el lector siente el tumulto de años, meses, semanas, días, minutos y segundos con el que los mortales medimos nuestro paso por el mundo y que para el prisionero se traducen en una pesadilla sin final.




 

Falso positivo judicial: curioso y aséptico nombre para una trama de componendas, dilaciones, sospechas convertidas en pruebas. En el fondo se agita el drama real del propio acusado, de su esposa Ángela de, su hija Manuela y de sus padres obligados a mostrar fortaleza en medio del abatimiento. El periodista Abelardo Gómez lo sintetiza así en uno de los párrafos de su presentación:

 

Sacamos conclusiones apresuradas, confiando en que la Justicia se daría cuenta del error cometido y que, en pocas semanas, si mucho algunos meses, saldría exonerado tras valorar la contundencia de la verdad. Tarde comprendimos todos,  ese mismo año y de la forma más absurda, que era víctima de un montaje de fuerzas muy poderosas que necesitan disfrazar sus actos desviando la atención hacia un chivo expiatorio.

 

“Error, “Verdad”, vocablos que pierden su sentido y adquieren otro cuando los intereses en juego manipulan el lenguaje en su propósito de generar confusión.

¿En qué plano se ubica la “verdad” y a qué normas obedece? ¿Dónde, en qué mundo le compensan al acusado las consecuencias de un “error” que erosiona parcelas enteras de su vida? Ya sabemos que, sobre todo, la justicia es un instrumento en manos del poder político y de todos los poderes. Por eso, monseñor Óscar Arnulfo Romero decía en sus sermones que “La Justicia es como las serpientes: solo muerde a los que van descalzos”. Por lo visto, Wilmar Vera Zapata andaba descalzo cuando se vio envuelto en esa urdimbre que amenazó con hacer trizas su vida y la de los suyos. Por fortuna para ellos, la solidaridad afloró desde distintos frentes. En ese trance tuvo además  la compañía de los libros, de algunos amigos que se manifestaron incondicionales y sobre todo una fe que le brotó de no sabe dónde y que le permitió, en compañía de sus asesores, desmontar, una a una , las piezas con las que fue armada esa celda enorme en la que transcurrieron (¿ Transcurrieron?) veintisiete meses de su vida con sus días de infamia y sus noches de insomnio, a las que no fue ajena una saludable dosis de ironía como la que aflora en la página  218 de su libro con este título impagable: “ Una feliz navidad (?) canera”.


   PDT. les comparto enlace  a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=FN5oLBXiNvM&list=RDFN5oLBXiNvM&start_radio=1

 

 

 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Deslumbrado y confuso

 


 


Al menos para mí la conversación tuvo un acento delirante. El hombre, llamado Adrián, me invitó a un café en un concurrido lugar del centro de Pereira con nombre de arrabal: El Cafetín. Las paredes, decoradas con fotografías de viejas glorias del tango y el bolero, hacían más notorio el contraste con el monólogo -   yo apenas hablé- que se inició.

He compuesto más de quinientas canciones con Inteligencia  Artificial, dijo a modo de preámbulo, con un brillo de suficiencia en la mirada. Estoy haciendo los trámites para patentar mis derechos ante Sayco y Acinpro, añadió y despachó el café de un  sorbo para pedir otro al instante. Por lo visto, se avecinaba una peligrosa combinación de adrenalina y cafeína.

Previendo que el asunto iba para largo, me acomodé en la silla y pensé que era demasiada alharaca: El Caballero Gaucho, compuso- mal contadas- más de un millar de canciones en su fértil carrera como cultor de la música popular, constituyéndose en algo así como la banda sonora de los habitantes del Eje Cafetero colombiano y del área de influencia de la llamada colonización antioqueña. Devoto como soy de su cancionero, me dije en silencio: me cago en la Inteligencia Artificial

Como bien sabemos, Sayco y Acinpro, una suerte de criatura bicéfala, es la entidad que en teoría vela por los intereses y derechos de los compositores y autores colombianos, en el entendido de que uno es el que escribe la letra y otro el encargado de componer la música, aunque a veces resulte ser la misma persona.

¿Si las canciones son escritas por una Inteligencia Artificial, cómo puede alguien patentarlas con nombre propio y a nombre de quién quién se interpone la demanda en caso de plagio o sospecha del mismo? Era la pregunta que rondaba mi cabeza.




Por lo visto, aparte de compositor prolífico, Adrián también puede leer la mente del interlocutor, porque sin fijarse en gastos se lanzó a explicar, mientras yo ponía, según  escriben los novelistas  gringos, ojos como platos.

El asunto es así: yo escribo las canciones, que pueden ser en distintos géneros como bachata, bolero, balada, pop, despecho y muchos otros. Cuando la letra está lista le solicito a la Inteligencia Artificial que componga la música y le especifico el ritmo. El paso siguiente es la búsqueda de un intérprete adecuado para cada género. Luego viene la comercialización a través de alguna o varias de las plataformas existentes. Para eso debo pagar primero a la empresa dueña de la Inteligencia Artificial; sin ese requisito no puedo iniciar la monetarización. Así dijo: monetarización.

A esas alturas, la escena parecía sacada de una película de Buster Keaton pero con mucho ruido: las conversaciones de los parroquianos, la voz de Felipe Pirela o Agustín Magaldi y el entrechocar de platos y pocillos de porcelana se sumaban a Adrián haciendo sonar sus “composiciones” en un teléfono móvil de alta gama. Al menos debió elegir un lugar silencioso para hacer su revelación- pensé- pero tampoco dije esta boca es mía. El peso de tanta información nueva era demasiado para mis pobres entendederas.




Es norma de derecho y de convivencia presumir la buena fe de las personas. Demos por sentado entonces que Adrián es el autor de las letras de sus canciones y que puede volverse billonario vendiéndolas en un mercado en permanente expansión. Según el mismo me explicó, ya existen instrumentos para verificar su “autenticidad”. Aceptado este punto surgen otras inquietudes sobre quién es entonces el “autor” de la música y los arreglos, quién el intérprete y el productor. De ahí se deriva otra pregunta por los derechos y beneficios.

Como pueden ver, he abusado de las comillas, pero no hay ironía en ello. Es el reconocimiento de mi ignorancia. Sé que la noción de autor es poco menos que un anacronismo cuando un fulano puede solicitarle a un programa la composición de una sinfonía que, en un guiño a Dvorak, podría titularse “Sinfonía del Nuevo Mundo”… pero con dobles comillas.

Siguiendo esa ruta, igual puede decirse de nociones como “original”, un concepto siempre puesto en entredicho por la maestría de algunos falsificadores. Es bien conocido el caso del holandés Han van Meegeren, que le vendió una de sus “obras" de Vermeer al mismísimo Hermann Göring durante la ocupación nazi a los Países Bajos. Es de resaltar que la compra estuvo precedida por análisis de conocidos “expertos” que refrendaron su “autenticidad”.




Por hoy dejemos a las útiles comillas en paz. Soy consciente de que, como siempre a lo largo de la historia, los humanos estamos ante un umbral, viva expresión virtual del infinito universo en expansión. Después de todo, igual que la rueda fue y sigue siendo una extensión del pie y el hacha una extensión de la mano, la Inteligencia Artificial es una expansión de la mente del hombre. Dicho de otra manera, un artificio que, como todos los anteriores, puede ser usado con fines buenos o malos. Por lo pronto, deslumbrado y confuso, espero que Adrián, el autor de canciones, pase a engrosar la lista de billonarios que surgen cada día en esa tierra de nadie y de todos llamada Internet.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=w772GXG5LnE&list=RDw772GXG5LnE&start_radio=1

 

lunes, 10 de noviembre de 2025

Tan viejas como el mundo

 




Cocina fusión. Música fusión. Ropa fusión. Arte fusión. Como si acabaran de inventar el concepto, las modas al uso hablan de fusiones por todas partes. Es más: todo lo in exige su dosis de fusión; incluso las llamadas uniones interraciales caben en ese concepto.

En realidad las fusiones de todo tipo son tan viejas como el mundo. De hecho, la vida sobre la tierra es el resultado de múltiples fusiones que dan lugar a una vida nueva. Incluso las cosas llamadas inanimadas son el resultado de una cadena de  encuentros. Pero como el mercado se alimenta de novedades, los expertos propagaron la fantasía de algo que bien podría expresar el espíritu de los tiempos. Por eso ahora todos quieren fundirse en un abrazo cósmico.

Bien sabemos que la gran creación humana es la cultura en la más precisa acepción de la palabra, es decir, la de cultivo, que alude al acto de escoger y preparar la tierra, desbrozarla, abonarla, sembrarla y dedicarle todos los cuidados hasta obtener una buena cosecha. El logro de los objetivos sería imposible- cómo no- sin las fusiones.

El Diccionario de la Lengua Española presenta varios significados para el vocablo  fusión. Uno de ellos habla de fundición, derretimiento, aleación, amalgama. Otro alude a unión de intereses, ideas o partidos. Y uno más se refiere a unión, unificación, asociación, vinculación y anexión. De modo que el mandato de madre natura es claro: criaturas de todos los tiempos y países, fundíos.

Abstracciones aparte, cuando las abuelas confeccionaban colchas de retazos con cuanto trapo encontraban a mano estaban fundiendo materiales destinados a adornar la cama y a protegerse del frío. Cuando se trasladaban a la cocina a preparar el sancocho para la numerosa prole, tomaban un plátano de aquí, una yuca de allá, una papa de este lado y un pedazo de carne- si lo había- y se consagraban a la preparación del milagro apuntaban en la misma dirección. De hecho, la palabra sancocho quiere decir mezcla, reunión: de ahí el profundo sentido comunitario de ese plato típico colombiano. Algo parecido sucede con platos tan emblemáticos para el fundamento de las nacionalidades como la paella en España, los tacos en México o los frutos de mar peruanos. En últimas, se trata de una reunión que alimenta a partes iguales el cuerpo y el alma.




En el campo de la música, el concepto cobra un nuevo vigor, si nos atenemos a que no existen músicas puras como lo quisieran los nacionalistas y regionalistas extremos: cada ritmo, cada vertiente es el resultado de un encuentro que de golpe nos lleva siglos atrás. Cuando el compositor checo Antonin Dvořák  (1841-1904) vivió en Estados Unidos entre 1892 y 1895, período en el que dirigió el Conservatorio Nacional de Música de Nueva York, quedó tan impactado por las músicas religiosas de los negros- el  gospel y los spirituals-, que bajo su influencia acabó por componer la más célebre de sus obras: la Sinfonía N° 9, más conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo.  Es bien conocido el caso de Felix Mendelssohn (1809-1847), que a pesar de su  célebre aversión por las músicas folclóricas, al final resultó tocado- en el sentido literal- por el sonido de las gaitas escocesas después de nueve viajes a Gran Bretaña.




Llegados al siglo XX, el surgimiento de la Salsa entre los sectores latinos de Nueva York resulta más que ilustrativo. Si el encuentro inicial entre las músicas indígenas y negras del Caribe con los ritmos europeos dio lugar al rico paisaje sonoro que caracteriza a Cuba, República Dominicana, Puerto Rico,  Jamaica, México, Panamá, Venezuela y la  Costa Atlántica colombiana, su amalgama con las músicas norteamericanas alumbró el fértil y colorido panorama de una cultura hecha con retazos de los pueblos llegados del mundo entero. Por eso, a pesar del tinte comercial que fue clave en el surgimiento de Fania Records, el término salsa, en cuanto alude a la mezcla de  varios ingredientes, tiene un peso integrador que expresa a cabalidad el fenómeno cultural implícito en los movimientos migratorios.

Algo parecido sucedió con el nacimiento del rock. Si bien por comodidad algunos lo datan en los años cincuenta del siglo XX, en realidad debemos remontarnos mucho más atrás. Cuando escuchamos con atención una obra como la Sinfonía N° 1 de Gustav Mahler (1860-1911), conocida como Titán, no tenemos que forzar mucho el oído para   descubrir una descarga de rock que nada tiene que envidiarle a lo mejor de Metallica, para poner un ejemplo.

Pero hay más: mucho antes de los movimientos por los derechos civiles que lucharon contra el racismo en la década del sesenta, los ritmos blancos y negros de Norteamérica habían conseguido fundirse hasta derribar barreras que hasta entonces parecían insalvables. Fue el cruce entre el folk y el country blancos con el gospel, el blues y los spirituals el que finalmente engendró una de las más poderosas corrientes musicales de la última centuria. Basta con escuchar a Sister Rosetta Tharpe (1915-1973) armada de una guitarra eléctrica, para identificar en sus acordes el germen de ese ritmo que no tardaría en dividirse en una diversidad de corrientes tan fértiles que obligó a los estudiosos a inventar toda suerte de etiquetas para nombrarlas: rock & roll, sicodelia, rock progresivo, rock sinfónico, hard rock, metal, punk y unas cuantas más.




Como la vida misma, las fusiones no pueden detenerse: hacerlo resultaría mortal. Sobre sus espaldas gravita el peso de la existencia toda. Poco importa si hablamos de comida, de pintura, de arquitectura, de sexo, de baile, de literatura o de religión. No sé ustedes, pero tengo la certeza de que sin la presencia de los árabes en España  y sin la llegada de los españoles a América, no se hubiera presentado el encuentro con el espíritu de Las Mil y una Noches y, por lo tanto, hubiese resultado imposible una obra como Cien Años de Soledad.  Fue ese diálogo lo que permitió esa Sinfonía del Nuevo Mundo Literaria que cambió la manera de vernos a nosotros mismos. Como podemos ver, más allá de estrategias publicitarias, las fusiones son tan viejas como el mundo.


   PDT. les comparto enlace  a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=-88l-M0KgkI&list=RD-88l-M0KgkI&start_radio=1

 

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Cultura y política

                                               Piedra del sol



Una ronda periódica por los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, no tarda en conducir al visitante a una certeza: el propósito manifiesto o velado de los poderes de despojar a las personas de su cultura, vale decir, del soporte mismo de su existencia. El concepto de alienación adquiere aquí su dimensión precisa. Un ser despojado de sí mismo queda en manos de las fuerzas que todo lo controlan en su propio beneficio y en detrimento del individuo y la sociedad.

Poco importa la naturaleza de esos poderes: políticos, religiosos, económicos o familiares, al final da lo mismo. El truco no tiene misterio. Basta con manipular el lenguaje. Despojar las palabras de su sentido y otorgarles uno distinto para provocar la confusión. En ese punto la mente clama por un guía, una fórmula que la conduzca al camino correcto. En ese momento aparece el mesías, el gurú, el caudillo o el coach, para utilizar un vocablo caro al mundo de la administración. Al carecer de mirada crítica la persona está inerme y acaba engrosando las filas de cualquier ejército de salvación.

Los políticos, así como los expertos en mercadeo y publicidad lo tienen claro: huérfana de su propia cultura una sociedad puede ser sometida a un reimplante en el que ese poderoso aliento vital   es sustituido por la pura demagogia, por la promesa de ese mundo feliz del que hablara Aldous Huxley en su novela. Así pues, se trata de extirpar la Cultura con Mayúsculas para remplazarla por una cultura chiquita a la medida de los intereses en juego. Peor aún: por una caricatura de sí misma que la convierta en objeto deleznable. Logrado ese propósito, el camino queda abierto para todo el que quiera colonizar esa tierra de nadie.




El siglo XX fue pródigo en ejemplos: mientras el estalinismo quiso imponer el “ realismo socialista” como fórmula  para poner el arte al servicio de un modelo totalitario, la China de Mao acuñó el eufemismo “ Revolución Cultural” para disfrazar un plan que condujo al hambre, el atraso y el exterminio.

Por su lado, la Alemania Nazi se sacó de la manga un improbable pasado heroico que no solo negó de plano la validez histórica de los otros pueblos sino que hizo de su aniquilación física y moral un propósito colectivo.

Cuando les llegó el turno, los   ganadores de dos guerras mundiales hicieron de la propaganda poco menos que un arte mayor. Tenían razones de sobra. No solo contaban con los viejos periódicos sino que tenían la radio, el cine, la televisión y , entrado el nuevo siglo, el universo infinito de internet. No fue difícil convencer al mundo de que el consumo y el derroche eran las únicas formas de trascendencia en este mundo. Cuando el “American way of life” se hizo planetario, incluso en el llamado mundo socialista el terreno estaba listo para un nuevo advenimiento: el reinado de las grandes corporaciones encargadas de proporcionar las condiciones de bienestar. El resultado ya había sido previsto por algunos pensadores desde mediados del siglo XX: el debilitamiento e incluso la desaparición del Estado- Nación como modelo de organización social y con él la democracia misma en tanto instrumento de legitimación. De ahí la erosión de entes como la Organización de las Naciones Unidas y  la Organización de Estados Americanos, que  jugaron un importante papel como negociadores en tiempos  de la Guerra Fría. Sin criterio y por lo tanto sin pensamiento crítico para tomar distancia de la multiplicidad de fenómenos que los asedian, los ciudadanos- otro concepto en trance de revisión- se mueven en una deriva en la que creen ser dueños de  su destino, al modo de esos surfistas convencidos de que gobiernan las fuerzas del oleaje parados sobre una tabla.






A esta altura del camino el desafío consiste en restituirles el valor a las cosas: no es la política la que crea la cultura por decreto, sino esta última la que fundamenta las acciones políticas enfocadas a transformar la sociedad. No son los influenciadores- el último detritus de la llamada sociedad de masas- los que  determinan las decisiones de la gente.  Aunque no lo parezca todavía hay tiempo. El gran patrimonio de la cultura que nos hace humanos está ahí, vivo y palpitante.   Alienta en las literaturas orales y escritas. Se agita en las músicas que se  fusionan y reinventan como lo hicieran los ritmos negros y anglosajones que con su diálogo engendraron  un fenómeno tan potente como el rock, banda sonora de  la luchas por los derechos civiles, desencadenadas  luego de la Segunda Guerra Mundial. Habita en los barrios, en las calles y en el vocerío de las grandes ciudades. Se insinúa en los coloridos murales que brotan  en las paredes como imprevistas plantas tropicales.

 Vale la pena tenerlo en cuenta: no es precisamente MTV la creadora de los ritmos latinos. Fueron éstos los que permitieron el florecimiento de esa corporación. No son las llamadas “Industrias Culturales” y sus mercados diseñados a medida las creadoras de mundos perdurables. Es al revés. Si lo entendemos así comprenderemos que todavía tenemos tiempo de retomar el control del propio destino y eso implica recorrer un camino distinto al postulado por la banalidad de los medios de comunicación. Contra toda apariencia, el mundo no son sólo caudillos, predicadores, influenciadores y Youtubers.

Basta con permitirse un momento de lucidez para entender y asumir que la relación  orgánica entre cultura y política debe fluir en otra dirección, hacia el terreno donde pervive lo humano como inalienable condición de la existencia.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=9qCBCSz1DeY&list=RD9qCBCSz1DeY&start_radio=1

 

 

viernes, 10 de octubre de 2025

Luis Tejada, el peatón suspendido

 




Nunca un perezoso escribió con tal disciplina como Luis Tejada Cano. Nunca un perezoso, amante de los arrullos de la abrigadora cama, engendró tal río de palabras en tan corta vida: antes de los 27 años de edad publicó 654 notas en varios medios, más algunas otras perdidas para siempre. Nunca un perezoso se atrevió a tanto, a eso de tener la cama como lugar de creación literaria, mucho menos si se desciende de laboriosas cepas católicas antioqueñas que tienen el trabajo como sino. Nunca un perezoso. Nunca.

                                Abelardo Gómez Molina


A lo anterior habría que añadir que nunca nadie había definido la vida y obra del cronista- filósofo- ensayista Luis Tejada como el editor y periodista  Abelardo Gómez Molina en su texto de presentación del libro Luis Tejada 100 Años, breve eternidad de un cronista, publicado por la Universidad Tecnológica de Pereira  en la conmemoración del centenario de la muerte del escritor colombiano, ocurrida el 17 de septiembre 1924, en plena Hegemonía Conservadora, dato  éste último que  ofrece una clave para entender el espíritu iconoclasta, libertario e incluso comunista de  Tejada.

En su  breve ensayo titulado Un chestertoniano anclado en los Andes Gómez Molina desvela la que considera evidente influencia del escritor británico Gilbert K. Chesterton en la obra literaria de Luis Tejada. La fina ironía, la capacidad de síntesis y lo elegante del estilo son para Abelardo la muestra viva de la atención que el cronista les prestó a Chesterton y a otros escritores universales en una época en la que comunicarse con el mundo demandaba una gran dosis de tenacidad… así permanecer acostado fumando pipa fuera una de las consignas de Tejada, como bien lo expresa en el texto de tributo a los zapatos   donde se autodefine como El peatón suspendido. Igual podría haber sido El caminante acostado: el sentido es el mismo. Para Tejada la quietud siempre fue una forma del viaje, porque este último acontece en realidad en la imaginación.




El ensayo de Abelardo Gómez hace parte de un panóptico en el que ocho voces comparten con los lectores su aproximación a la obra de quien sigue siendo considerado, con sobradas razones, el más importante cronista colombiano hasta nuestros días.  Cien años después de su muerte, sus textos, tan difíciles de encasillar, nos resultan contemporáneos, lo que comporta el doble mérito de trascender el lenguaje ampuloso propio de la república conservadora y de eludir las jergas academicistas a las que seguimos siendo tan proclives en el propósito de ser oscuros para parecer profundos.

Los autores de los ensayos que preceden la selección de crónicas y viñetas de Tejada son Mauricio Ramírez Gómez como prologuista (Luis Tejada en Pereira), Mariluz Vallejo (Nuevas lecturas sobre el cronista Luis Tejada), Gilberto Loaiza Cano (Luis Tejada, escritor de paradojas), el ya citado Abelardo Gómez Molina (Un chestertoriano anclado en los Andes), Edison Marulanda Peña (Luis Tejada, un educador sentimental), Franklin Molano Gaona (Un ocioso y juguetón Luis Tejada. Oda a “El humo”), Gleíber Sepúlveda (Tejada y el espíritu de las cosas) y Rigoberto Gil Montoya ( Suenan timbres en el vecindario de Tejada y Vidales).

Claro, preciso, conciso y bello. La sucesión de adjetivos es necesaria en este caso, porque define el estilo de Luis Tejada. Su reino es el de la luz, sin concesiones al alarde  retórico o a la tentación oscurantista.  Esas características son las que nos señalan los autores de los ensayos de presentación, ya se ocupen de datos esenciales en la biografía del autor ( el  árbol genealógico Tejada Cano que lo marcó  en su formación literaria y política, su fascinación por el alma de las cosas, su devoción por la poesía que se refleja en cada uno de sus textos, los encuentros claves de su vida, su decisiva residencia en Pereira, su  historia de amor y su matrimonio con Julieta Gaviria) o de su papel en  la literatura colombiana de comienzos del siglo XX y su influencia en el resto del siglo.




Para empezar, en la obra de Luis Tejada la frontera entre periodismo y literatura se difumina, lo que la hermana con un contemporáneo suyo como Roberto Arlt (1900-1942) que dio cuenta de la Buenos Aires cosmopolita en sus Aguafuertes Porteñas que, como las Gotas de Tinta de Tejada, fueron publicadas en principio en los periódicos.  Igual de asombrosa resulta su proximidad con las Crónicas Berlinesas de Joseph Roth (1894-1939). La voluntad de síntesis, la ironía y la siempre dispuesta ternura hacia los personajes y su trasunto vital crean una proximidad con el lector que lo hacen sentir en familia. De ahí que los textos de Tejada, como los de Arlt y Roth sigan siendo jóvenes.

El libro de 242 páginas publicado por la Universidad Tecnológica de Pereira ofrece un valor adicional: presenta un compendio de voces contemporáneas de Luis Tejada que ayudan a ubicar su obra en su contexto de tiempo y lugar en lo que concierne a la historia, la política y la cultura.

Jorge   Zalamea Borda, José Antonio Osorio Lizarazo, Sixto Mejía, Germán Arciniegas, Antolín Díaz, Eme Zeta (Emilio Correa Uribe), Alberto Machado L., Luis Vidales, Adel López Gómez, Eduardo Caballero Calderón, Hernando Téllez, Néstor Gaviria  Jaramillo, José Mar y Lino Gil Jaramillo son los nombres de quienes con su pluma rindieron tributo a Tejada, tanto a su obra como al don de su amistad y a la manera como influyó en sus vidas.

En ese sentido, vale la pena destacar lo escrito por Emilio Correa Uribe en su titulada Carta sin sobre, firmada con el seudónimo de Eme Zeta y dirigida a Julieta Gaviria, la viuda de Tejada:

A doña Julieta Vda. De Tejada: 

Distinguidísima amiga Julieta: El generoso obsequio que usted me hizo en la tarde de ayer, precisamente en la víspera de cumplirse el aniversario de la muerte del inolvidable Luis Tejada, me llena de entusiasmo y de orgullo, porque usted —tan buena y noble amiga de todos los tiempos— me hace depositario de su álbum de crónicas, de su pipa, compañera inseparable del malogrado camarada y de las pocas producciones que Luis dejó inéditas y que, poco a poco, iremos entregando a los lectores de El Diario. Claro está, señora y amiga, que yo me siento bien satisfecho con el encargo gentil que usted me hace, pero créamelo también que me considero merecedor de este tributo de amistad porque el recuerdo cariñoso del hermano Luis florece perennemente en mi vida y no ha de apagarse, se lo aseguro a usted, sino cuando la misma vida se cierre sobre la desolación de lo Inevitable y de la Inevitable.




De esa dimensión fue la impronta dejada por Luis Tejada en la vida de sus amigos. Es la misma que deja en el lector la aproximación a los textos que aparecen en este libro  publicado por la Universidad Tecnológica de Pereira y que llevan títulos como Las transformaciones de la madera, San Antonio y yo, La Vieja, Las muchachas bonitas y el suicidio, Interpretación sentimental del libro, Las campanas, Reflexiones de un cronista recién casado o Julio Flórez.

De esta última bien vale la pena reproducir un fragmento:

En un reciente artículo sobre Julio Flórez dice Eduardo Castillo que si se hiciera un plebiscito sobre cuál es nuestro primer poeta, saldría vencedor Guillermo Valencia.  Un plebiscito ¿entre quiénes?, ¿entre los intelectuales? Indudable mente, los intelectuales son apenas una minoría restringida Y probablemente  extraviada, o al menos, polarizada hacia cierto sentido convencional de la Belleza, excesivamente literaria para ser verdadero. Más allá de los intelectuales, hay una muchedumbre inmensa y sencilla, cuya capacidad de emoción no ha sido pervertida por los efímeros convencionalismos literarios; y para esa muchedumbre que, después de todo, puede estar en lo cierto, el poeta ideal no es, seguramente, el pulido parnasiano, el aristocrático fabricador de frases oscuras y perfectas; para ella, el poeta ideal es el cantor simple y terrible que sabe interpretar en palabras sinceras los sentimientos más humanos, y por lo mismo, más universales eternos.  Julio Flórez fue ese cantor ideal, fue el poeta en la acepción más pura y esencial de la palabra; el hombre que improvisa, el divino juglar trashumante que entona y rima sus quejas sacando los temas de su propio corazón, igual al corazón de todos. Sus versos no deben ser escritos ni leídos; sus versos sólo deben cantarse, subrayándolos con la música de la lira, o de la guitarra si queréis, esa lira popular. Sí, sus versos deben cantarse, como en la poesía primitiva, la única y verdadera poesía. 

 La poesía como un bien colectivo: Es toda una poética, una declaración de principios donde Tejada resume su concepción de la escritura y de la vida misma. Quien visite o revisite sus crónicas respirará todo el tiempo ese aliento que marcó para siempre el devenir literario de un país que- por uno u otro camino-ya nunca más pudo vivir a ajeno a su legado ético y estético.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Ngmc2rotJ0c&list=RDNgmc2rotJ0c&start_radio=1