miércoles, 8 de junio de 2011

Un par de razones


¿ Usted por qué mantiene un blog si es un dinosaurio que se niega a usar teléfono celular, con todo lo útil que es ese aparato?
La pregunta me la soltó a quemarropa, sin mediar saludo, un profesor de  álgebra que escribe versos despechados en sus ratos libres.  Digamos que como poeta es  bueno para explicar las ecuaciones  de tercer grado. El asunto es que, como me disponía a cruzar una congestionada calle céntrica,  si le prestaba atención corría el riesgo de engrosar las estadísticas de los ciudadanos distraídos  atropellados por el Megabus. De modo que me vi obligado a ignorarlo y a responderle  a través del artículo que ahora quiero compartirles a ustedes que, supongo, coinciden a pie juntillas con ese calificativo que me emparenta con las criaturas de  Parque Jurásico.
Así que voy a exponer un par de razones.  Me niego a usar  teléfono celular-o móvil, como dicen los que emigraron a España en las últimas dos décadas- no porque desconozca su utilidad en algunos casos extremos, como  encontrarse perdido en  una remota    selva del  Matto Grosso, por ejemplo. Mi aversión obedece  a que en los últimos años he ido perdiendo a queridos compañeros de tertulia por culpa del   aparato.  Peor que si se hubieran ido a la guerra  o  se hubieran ganado el baloto. Sucede que  uno se sienta con las personas, digamos a almorzar o a tomarse un café y ya no puede sostener  una conversación coherente- decir amena sería mucho pedir- porque cada cinco minutos la interrumpen para contestar  el teléfono. “ Perdón, Tavo”, me dicen con desgano y se retiran a contestar la llamada en un rincón. Pasados  otros cinco minutos regresan pronunciando una frase de ofensivo automatismo “ ¿ En qué ibamos? ¡Ah si... claro !” Eso para no hablar de los mensajes  a través de la  black berry. Usted puede  estar  diciéndoles que la muchacha deseada durante tanto tiempo acaba de regresar para complacer  al fin sus  fantasías o anunciándoles la muerte de su santa madre  y ellos no despegarán la mirada de la pequeña   pantalla mientras    asienten con la cabeza y responden con interjecciones del tipo ajá,mmm, aaahhh. Con ese estado de cosas lo mejor  es dejarlo así.
Con el blog  me  pasa  todo lo contrario. Sucedió que un día, por accidente o por decisión ,  en el periódico donde mantengo una columna me colgaron un texto sobre  Rodrigo Rivera, el ministro colombiano de la defensa, a propósito de sus piruetas políticas.  La primera tentación  fue armar una pataleta  y convertirme en mártir de la libertad de expresión. Pero el recurso me pareció artificioso de entrada pues, de  hecho, en internet es imposible la censura. Ni siquiera regímenes tan asfixiantes como el chino o el cubano han logrado impedir  que los disidentes se expresen a través de  estos circuitos. Fue asi como empecé con un artículo sobre el ministro, titulado “ Con otras palabras”. Pueden encontrarlo al comienzo de  este blog que , espero, tenga  la suficiente dosis de ácido como para hacer honor  a su nombre. Lo demás  son valores  agregados. El  hecho de  gozar de completa libertad  obliga a que la responsabilidad sea   también absoluta. Me refiero a la forma y al fondo. A la precisión de los datos,  al respeto  por los  interlocutores y al cuidado del estilo. Es como estar desnudándose en público cada semana. Y eso , a mi edad conlleva sus riesgos. Sospecho  que esa es la principal  razón por la que algunas mujeres que en otra  época de  mi vida llegaron incluso ¡Ay!  a desearme ignoran mi presencia   cuando nos cruzamos por la calle.
Espero que con estos párrafos haya conseguido tranquilizar al profesor que fatiga las aulas con su eterno   libro de Baldor bajo el brazo y de   paso a los pocos amigos que todavía me quieren, aunque   en los cada vez más espaciados encuentros me saluden con una frase  que mas parece una sentencia bíblica : “¡ Usted como no tiene un puto celular donde ubicarlo!”.

8 comentarios:

  1. Profe, a mi también me resolvió la inquietud.


    Saludos.

    Diana L. ortega

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  2. "Gus, por qué no consigue un bellaco celular?". Eso pensaba decirle algún día, pero leerlo en la red me calmó esa exhortación.
    Y los amigos estamos allí, a la espera de un feliz encuentro en Anarkos o en cualquier otro memorioso cafetín del centro.
    Saludo,
    Abel

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  3. Hola, Dianita ¿ si ve que este medio también es muy bueno para volverse a encontrar? me alegra mucho tener noticias suyas.

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  4. Querido Abelgomo. La ventaja de este medio es que uno no tiene que interrumpir al otro. Cada vez que lo desee puede volver al texto.

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  5. Disfruto enormemente con este tipo de acidez, gracias por la disciplina con la columna. Esto demuestra -una vez más- que problema no es la tecnología, sino el uso. Gustavo: Lo mismo sucede con el celu'. Sería bueno verlo y leerlo sorteando esos avatares también, que seguro suscitarían más de un buen texto.
    Saludos.

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  6. Por supuesto, amigo Olave. Lo mío es solo una arbitraria decisión personal, no una condena a lo que haga o deje de hacer el prójimo con sus aparatos que es también, por supuesto, otra decisión inalienable.

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  7. Apreciado Gustavo, ese para de razones me permiten decir que ud está más en el mundo escribiendo que los que solemos contestar la llamada del celular, no sólo ahorra ud todos los embelecos, dinero, agravios, entuertos y unas furias ni las tremendas con las compañías de celulares, sino que también las molestias de las llamadas indeseadas. En fin, largo trayecto ese el de vivir sin celular, pero al fin de cuentas creo que vive ud más tranquilo.

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  8. Apreciado John Harold. Y yo que pensaba que las empresas de telefonía celular- por alguna ignota razón nacidas muchas de ellas en las heladas y oscuras tierras de Escandinavia- habían sido puestas en el mundo por las divinidades para felicidad de los mortales, tal como lo hicieron con el Jardín de las Hespérides.

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