En el lenguaje callejero- que sigue siendo el más certero de los inventados hasta la fecha- una “cuchibarbie” es algo así como una mujer que se niega a toda costa- y a todo coste- a aceptar los designios de madre natura. Es decir que las criaturas vivientes, desde los protozoarios hasta el Homo Sapiens, pasando por todas las fases intermedias, nacemos, crecemos, envejecemos, nos deterioramos y morimos. Tan simple como inapelable es el asunto.
Sin embargo, las damas en cuestión se gastan fortunas enteras, incluyendo las de sus parejas, en cirugías, liposucciones, gimnasios, ropas, menjurjes y medicamentos que al final del camino no las pueden salvar del encuentro definitivo con un espejo que, como en el mito de Blanca Nieves, ya no les responderá que son las más bonitas, no porque tenga una inclinación especial hacia la crueldad sino porque la vida es así y no tenemos otra. Recordemos que en la mitología, y en esa otra forma del mito que es la poesía, el espejo es la metáfora más precisa de la conciencia.
Estamos pues ante la vieja pregunta por la identidad que, así en lo individual como en lo colectivo, nos obliga a afrontar el desafío de lo que somos o de lo que pretendemos ser. Sin esa pregunta no podemos recorrer ningún camino, por breve y humilde que sea. La figura de la dama de marras surgió en una de esas discusiones en las que se lanzan interrogantes sobre nuestras improbables señas de identidad como región y como país a propósito de una de tantas modas empresariales, que en este caso recibe el nombre de “City Marketing”. Alguien recordó la vieja anécdota bohemia donde se explica el problema de la identidad latinoamericana con el argumento de que entre nosotros los ricos quieren ser ingleses, los de la clase media gringos y los intelectuales franceses, mientras que los pobres quieren ser mexicanos.
En la reunión que nos ocupa, la “Cuchibarbie” se llama ciudad región y todos los esfuerzos están encaminados a disimular sus imperfecciones para poder ofrecerla en los mercados del mundo. Es decir, nadie quiere afrontar la solución de los problemas que, tercos como son, se escurren entre las costuras del vestido. Por eso acabamos creyendo que un periodista es algo así como un promotor publicitario o un relacionista público que debe ocuparse, según la retórica al uso “solo de las cosas buenas y de mostrar nuestra buena imagen dentro y fuera del país”.
La dificultad reside en que, como en el cuento de Blanca Nieves, el espejo acaba por decirnos la verdad y empieza a hablarnos de legiones de desempleados, de miles de rebuscadores callejeros, de deserción escolar, de una pequeña y mediana industria bastante maltrechas, de un sector comercial que contribuye cada vez menos a dinamizarlas, de niños ejerciendo la prostitución en las calles, de violencias que se multiplican y de ciudadanos que buscan en el mapa un lugar hacia el cual escapar en procura de mejores oportunidades.
Siguiendo con la imagen, en este caso las cirugías y unguentos se llaman subsidios, auxilios y demás artificios inventados para que no nos fijemos en lo ineludible : el fracaso de un modelo de desarrollo que multiplica las inequidades- y las iniquidades- al que por eso mismo le gusta tanto utilizar palabras como progreso, transformación, oportunidades y otras arandelas que intentan disfrazar la decadencia hasta ahora irremediable de nuestra “ Cuchibarbie”.






