jueves, 18 de junio de 2015

Los dioses de la ira




 Finaliza la segunda década del siglo XX.  Franz Biberkopf acaba de abandonar la cárcel donde  cree haber purgado el asesinato de su amante y  se dispone a ser un hombre nuevo: “Bueno y limpio” , según se dice a sí mismo al pisar tierra firme. En ese momento cree entrar al reino de su redención personal. Pero la vida, o el destino, como lo llaman algunos, le deparará otras cosas, entre ellas un camino de regreso a los infiernos empedrado con sus buenas intenciones.
Estamos en el Berlín  de entreguerras. Alemania no acaba de curarse las heridas dejadas por la primera guerra  mundial y ya se prepara para recibir las estocadas de la segunda. En las calles  todo es un derrumbar de viejos  edificios, mientras  el estrépito de las  máquinas excavadoras   prefigura el rostro de la ciudad  moderna. Sin embargo, algo siniestro alienta entre las banderas de comunistas, nazis y otros  movimientos políticos   que van  y vienen   por las calles agitando el aire con  sus consignas y amenazas. Franz Biberkopf  opta por ignorarlos y decide emplearse en un oficio de  vendedor de periódicos, que considera  puede ser el primer peldaño para su nueva vida. Pero algo falla. La vida... o el destino lo pondrán en en contacto con  los bajos fondos de la ciudad, entre los que medra  un  delincuente apellidado Reinhold, vinculado a redes de ladrones, asaltantes, estraperlistas y proxenetas.


Creyendo hacerle un favor a  ese amigo, que se revelará después como su peor enemigo, Biberkopf es arrojado de  un auto en marcha y en el accidente perderá su brazo. Aparte de exconvicto,  desde ese día será también el manco Franz, que va por las calles  como una herida ambulante: expulsado del paraíso vagabundea  en compañía de la serpiente  que ha descendido del árbol del bien y del mal y  envenena  los sueños  de los hombres.
De ese cruce de caminos: el de la historia y el de los individuos, se ocupa la novela Berlín Alexanderplatz, del escritor alemán Alfred Döblin. A primera vista puede ser otra obra etiquetada bajo el sello de novela negra: el desfile de asesinos,  soplones, policías, putas y ladrones resulta bastante sugestivo. Pero, aparte de gran escritor, Döblin es un médico que en el ejercicio de su profesión ha  experimentado su propio  viaje a ese reino donde los hombres se debaten en la eterna batalla perdida con la muerte. Por eso mismo el narrador,  lejos de ser un testigo impasible, viaja    al lado de los personajes y asiste incluso como   mirón impúdico a  la exhibición de las funciones más primarias de sus cuerpos.


“No hay que darse importancia con el Destino. Soy enemigo de la fatalidad. No soy griego, soy berlinés”, afirma la voz interior   de uno de los protagonistas y se echa a las calles donde las rutas de trenes son en realidad líneas de la vida y la ciudad toda la palma de una mano en la que se hacen y deshacen las pequeñas y terribles anécdotas de unos seres que se aferran al  frágil y fugaz consuelo del sexo antes de despeñarse en un abismo en el que no hay   dios, a pesar de que a veces creen sentirse acompañados por ángeles guardianes... que los abandonan al  llegar la hora decisiva.
Es el momento en  el que descubren que los dioses de la ira alientan en el propio corazón de los mortales.  Lo confirma   Franz  cuando Reinhold, no contento con asesinar a la mujer  con la se sentía feliz, se las arregla para  acusarlo del crimen y entonces la noria vuelve a girar. El antihéroe de la novela de Döblin ha olvidado el undécimo mandamiento: no dejarse deslumbrar. Por eso está enganchado otra vez al tren del desastre, condenado  a escuchar por toda la eternidad la sentencia de un ratón sabio, hijo de sus delirios, que resuena en sus oídos como el legado de un heraldo de la lucidez: “ El  hombre es un animal odioso, el mayor de los enemigos. La criatura más repulsiva que existe sobre la tierra, peor aún que los gatos”.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 11 de junio de 2015

El anacronismo del ser



 Sin mediar  palabra, el tipo se aproximó a la mesa de la universidad donde disfrutaba un café y me espetó a la cara: “ Somos una multinacional y tenemos algo importante  para usted”. Acto seguido abrió un maletín con un logo en el que se adivinaba un pájaro volando de revés y se  sentó sin pedir permiso. Supongo que las agresivas políticas de ventas de su empresa autorizan esa suerte de  intrusiones en la vida del prójimo. Ya lo sabemos: “El fin justifica los medios”. 


Sobra advertir que su abordaje resultó  un fracaso: estoy vacunado contra los efectos de la publicidad, el mercadeo, las fuerzas de ventas y otros organismos peores.  De modo que el  sujeto decidió emigrar a la mesa contigua, donde cuatro muchachas de piernas bronceadas y pechos operados  escribían mensajes de texto en las pantallas de sus teléfonos.
A salvo de la invasión alienígena y proclive como soy al ocio pensativo,  le dediqué los minutos restantes a reflexionar sobre algunos aspectos curiosos del suceso. El primero ya es habitual : muchas personas  omiten esa parte tan  refrescante de la convivencia que es el saludo : lo consideran una antigualla, así como una pérdida de tiempo y van al grano. Es más: si uno los  saluda no le responden.
El segundo aspecto conduce a meandros más inquietantes. Sí se fijaron bien, el fulano prescindió de su nombre, lo que no es un asunto menor  “ Somos  una multinacional”, dijo,  en el mismo tono lapidario con que- según los cronistas- los demonios del Antiguo y Nuevo Testamento dicen “ Somos legión”.


 Entonces empecé a comprenderlo : la  antigua voluntad de disolverse en una masa, en un   cuerpo  compacto que  brinde seguridad, como el ejército o la iglesia, se desplazó en estos tiempos hacia la figura de las  grandes corporaciones. Si su alcance es planetario, mayor será la sensación  de invulnerabilidad. De  ahí  el fervor supersticioso que inspira el concepto de globalización ¿ Se han fijado  en el sentido último de expresiones tan cotidianas como “ Tomar el control del televisor”'?  Bueno, por ahí va el asunto:  quien pasa los canales del cable y en cuestión de minutos  va de China a Madagascar y de California a Manchuria sucumbe con facilidad a la ilusión de tener el mundo entero en las manos.
Pero aferrarse a ese tipo de certezas conlleva riesgos mortales. Durante  un minuto imaginé  la escena : el tipo que renunció a su nombre  y se  define a sí mismo como el fragmento  infinitesimal de una empresa de talante  global es llamado un viernes a las  cinco de la tarde a la oficina de su jefe inmediato ( Boss, le dicen los  anglohablantes). “Señor X,  después de un análisis a sus habilidades y competencias hemos concluido que su perfil no se ajusta a los nuevos desafíos corporativos. Así que hemos decidido contratar en su remplazo al joven Y. Puede pasar a partir del lunes por sus prestaciones.”. Ni siquiera la compasiva palmadita en la espalda( otra antigualla) y entonces “todo lo sólido se desvanece  en el aire”- para copiar una afortunada frase de Karl Marx- o , como decimos por estas tierras : todo se fue al carajo. La sensación de seguridad se ha hecho trizas. Un sudor frío recorre la  espina dorsal del ahora ex exitoso. “¿ Qué les diré  a  mi madre, a mi mujer, a mis hijos, a mi amante- moza le decimos  en Colombia a esa figura entrañable-, a mis amigos, a mis vecinos ?" En su curiosa jerga, los  expertos en desarreglos de la conducta dirán que nuestro hombre ha perdido la autoestima.


Pero los dioses no abandonan a sus criaturas. A modo de recompensa por  la  repentina pérdida, mientras   examina en el espejo del ascensor  - que ahora es en realidad descensor-  su rostro desencajado, acontece el milagro : el tipo del maletín y los malos modales recuerda de súbito que tiene un nombre: podría  ser James Cristiano, para rendirle tributo a la divinidad bifronte que reina en el cielo de los televisores por estos días. Y detrás de todo nombre hay una historia. Alegre a veces,  casi siempre amarga. Y detrás de cada historia se esconde  ese anacronismo  resumido en  el verbo ser. Lo cual no es poco cuando un hombre se enfrenta a la tarea de reinventar el propio destino.

jueves, 4 de junio de 2015

Tumbas y socavones




 Como es habitual, los medios de comunicación se dieron el gran festín informativo con la muerte el 13 de mayo de los mineros en Riosucio, Caldas, una región de explotación aurífera desde los tiempos de la colonia.
Fieles   al manual, respondieron con gran diligencia a las clásicas preguntas del  qué, quién, cómo, cuándo y donde.  Para no  perder audiencia frente a sus competidores registraron en detalle las pequeñas historias de las víctimas. Algunos, incluso , fueron más allá y se excedieron en  la exhibición de imágenes escabrosas. Nada nuevo en realidad.
Un primer y significativo detalle:  de entrada las noticias sobre la tragedia fueron confinadas  a las  secciones judiciales, lo que no es un asunto menor. Todo lo contrario: resume con creces la noción que tenemos acerca de los dramas del prójimo , es decir, un mero señuelo para atraer consumidores  de información.


Y entonces  todo se disolvió en el aire. El drama empezó a perder interés. En últimas , es  como si no hubiera pasado nada.
Pero pasó y sigue pasando, no solo en  Ríosucio, sino en toda la  geografía colombiana, asaltada por una nueva fiebre del oro, con todos los ingredientes propios de ese tipo de fenómenos :  migración interna de campesinos empobrecidos, llegada de aventureros urbanos, destrozos ambientales, conformación de mafias orientadas a monopolizar la parte grande de los beneficios. Y tragedias, muchas tragedias.
Jhony, así a secas, es un minero nacido en la zona, que  ha hecho hasta lo imposible por cumplir todas las exigencias de ley para ejercer el oficio. Pero   en esa voluntad residen casi todos sus problemas y los de quienes, como él, intentan ganarse la vida en  este trabajo  seductor y riesgoso. Para empezar, ni siquiera existen conceptos claros que permitan diferenciar entre minería legal   e ilegal o entre minería formal o informal. De ese modo, nunca se sabe a cierta  si se está cometiendo un  delito   o solo se transgrede una norma. A la luz del derecho, ese no es un aspecto a pasar por alto de buenas a primeras.


Pero lo peor viene después. A pesar de que el gobierno colombiano dice tener las cosas claras,  los ministerios del ramo no han podido ponerse de acuerdo acerca de la ruta a seguir. Por eso , el ministerio  del trabajo impone unos requisitos cuyo cumplimientos depende  la atención a las exigencias del ministerio de minas... que a  su vez exige constancias  expedidas por el primero. Es decir,  que el ciudadano dispuesto a acatar las leyes encuentra el primer obstáculo en los organismos encargados de facilitarle las cosas. Eso para no hablar del rol nunca claro de las Corporaciones Autónomas Regionales, encargadas de la gestión ambiental, otro componente clave en la explotación minera.


Pero hay  todavía más. Según declaraciones de Johny, cuando intentan tramitar  el  documento de identificación  tributaria no  pueden declarar la minería como su ocupación. Se  les registra entonces como comerciantes, ambigua expresión que a la luz del orden jurídico los deja en una tierra de nadie. Lo anterior  paraliza la gestión de una cuenta bancaria... condición previa para la obtención del mencionado documento tributario.
Como pueden ver, a estas alturas uno empieza a sentir vértigo. Aparte del riesgo permanente de  acabar  la vida en un socavón que de repente se convierte en tumba colectiva, los mineros colombianos  deben enfrentar otra clase de extravío : el de los laberintos burocráticos que no conducen a un  lugar distinto al de los viejos  mecanismos de corrupción que exigen dinero a cambio de desenredar la cadena.


Por esas y muchas otras razones, resultaría saludable que el debate sobre la situación de los mineros colombianos pasara de las páginas judiciales a las secciones de información política, económica y de opinión. Esa  es una buena manera de recordarle  al gobierno nacional, así como  a sus agentes locales y regionales, que las enormes riquezas  derivadas de la minería  exigen  acciones legales en correspondencia  con los sacrificios de quienes se ganan  la vida o la pierden en los socavones.