viernes, 14 de mayo de 2021
Discurso falaz
martes, 11 de mayo de 2021
El truco de la cola
lunes, 3 de mayo de 2021
Colombia en su punto de quiebre
En el tenis, como en la vida, existe un momento de quiebre, una jugada que cambia el curso de los acontecimientos para bien o para mal.
Match point, le llaman a ese instante.
Los colombianos asistimos hoy a nuestro propio punto de quiebre.
Contemplando las imágenes de los destrozos ocasionados durante las recientes jornadas de protesta iniciadas el 28 de abril, uno advierte de entrada dos planos de una misma realidad : los hechos y los síntomas.
Los primeros, expresados en atentados a bienes públicos y privados, pertenecen a la esfera del delito y deben ser investigados y penalizados como corresponde a nuestro ordenamiento jurídico, por desacreditado que esté.
En eso todos estamos de acuerdo, porque nos permitiría dilucidar de una buena vez la identidad de los autores de los destrozos y a quienes obedecen:
¿A la extrema izquierda, renuente a cualquier tipo de opción pacífica? ¿ A la extrema derecha, proclive a sembrar el caos para presentarse después como redentora? ¿ A agencias del Estado interesadas en deslegitimar la protesta y justificar el uso de la fuerza?
Lo segundo no es menos importante. Según nos enseña la historia, la violencia y la anarquía no surgen por generación espontánea. Son el resultado de la frustración, la desazón y la impotencia acumuladas durante años, décadas y siglos en las entrañas de una sociedad. Después de todo, habitamos en uno de los países más desiguales y corruptos del mundo. Hemos sido desgobernados por unas castas que han sustituido nociones como solidaridad y justicia social por la más cómoda y barata práctica de la caridad… pagada con recursos de la sociedad, claro.
En eso somos expertos: en privatizar las ganancias y socializar las pérdidas.
Tantas miserias acumuladas solo pueden conducir a la desesperanza, que es el paso previo a la desesperación. Y una sociedad desesperada se enfrenta un desafío : o convierte esa desesperación en energía creativa y transformadora o se entrega en cuerpo y alma al primer mesías que le ofrezca la redención. Y el pasado nos enseña que, independiente de su filiación ideológica, en política los mesías solo pueden conducirnos al abismo. Asomados al abismo, las etiquetas pasan a un segundo plano: conceptos como izquierda o derecha se desvanecen.
Varias veces lo he compartido con ustedes: cada cierto tiempo, cuando necesito tomarle el pulso a la ciudad, calzo mis botas de siete leguas, empaco un botellín de agua, una fruta , un tentempié y me voy a recorrer las zonas marginadas de Pereira y Dosquebradas , empezando por una barriada de trabajadores de la construcción, recolectores de café, empleadas de oficios domésticos y rebuscadores callejeros llamada Los Pinos, ubicada en la parte alta de una ladera. De ahí en adelante siguen Galaxia, Villa Carola, Estación Gutiérrez,La Mariana, El Martillo, Camillo Torres, Santiago Londoño, Otún y El Balso.
Cruzo el puente y emprendo la travesía por los extramuros de Pereira. Me encuentro con un paisaje similar en el que solo cambian los nombres: Charco Negro, Villa Santana, Tokio, Monserrate, Intermedio, Las Margaritas, La dulcera, La Churria, El Dorado y hasta un conglomerado de miseria con nombre de politiquero : barrio “ Luis Alberto Duque”.
Un año así y otro también, allí se han asentado desplazados por la violencia provenientes de distintas regiones del país, con notoria presencia de población indígena y negra. Entre ellos, y de espaldas al Estado, han tejido lazos de solidaridad que les permiten sobrevivir en medio de la indolencia de una sociedad inclinada a pensar que las cosas que no le duelen a ella no existen.
El problema empieza por ahí. No sólo existen: es allí donde se incuban la rabia y la desesperación que un día estallan y se traducen en destrozos. Justo en ese momento, los privilegiados claman por protección del Estado frente a los bárbaros, momento en que el ejército es lanzado a las calles. Y cuando eso sucede… revisen bien los libros de historia y verán.
En esas barriadas he visto muchachos de dieciséis años consagrados al delito; me he tropezado con ancianos de cuarenta, estropeados por largas jornadas de trabajo duro a la intemperie; me he topado con niños milicianos armados de changones; he encontrado pequeños de cinco años arruinados de por vida por la desnutrición. En suma, una población desprovista de cualquier forma de conciencia política y por lo tanto inerme frente al llamado de delincuentes y caudillos, que casi siempre son los mismos.
Ese mundo está allí en permanente ebullición. Sólo que “ los ciudadanos de bien” no los ven: andan demasiado atareados entre la casa, la oficina y el centro comercial. De hecho, este último constituye el centro de su pequeño universo.
Sucedió el 9 de abril de 1948, hace ya setenta y tres años. “ La chusma” como llamaban las élites de entonces a los pobres, empujadas por un instinto primigenio de supervivencia, se arrojaron a las calles y sembraron el caos en una ciudad que se preciaba de ser “ La Atenas suramericana”. Ahora ya no se les llama chusma sino terroristas, pero están impulsados por la misma furia contenida.
Ese es nuestro punto de quiebre hoy. El retiro del proyecto de reforma tributaria muestra que el pragmatismo político y electoral primaron sobre los aspectos técnicos y económicos. Pero la crisis sigue ahí. Todavía estamos a tiempo de convertir la inconformidad y el malestar en energía transformadora. Tenemos líderes brillantes, propositivos y de mentalidad abierta para emprender la tarea. Pienso en hombres como los exministros Alejandro Gaviria y Juan Luis Mejía o en Pablo Felipe Robledo, que fuera Viceministro de Justicia y Superintendente de Industria y Comercio Pero existen muchos más. Nuestra tarea es buscarlos. De lo contrario, seguiremos a merced de los tenebrosos personajes que ladran en la televisión y las redes sociales. A esta altura del juego, no podemos confundir sus aullidos con un designio histórico.
Ese es el tamaño de nuestro desafío.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=0LLIkGUwIr4
lunes, 26 de abril de 2021
No nos toquen los huevos
“ A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Esa es quizá la alusión más antigua a la obligación de tributar que cobija a todas los integrantes de una sociedad, entendida esta como grupos de personas reunidas alrededor de una estructura de poder.
Lo que diferencia la clase y alcance de los tributos es el criterio y los instrumentos utilizados para justificarlos y hacerlos valer. En la antigua Grecia existió un impuesto llamado Eisphorá, que gravaba a los más ricos. A su vez en Roma, César Augusto, considerado el primer gran estratega fiscal, diseñó un modelo denominado Portoria. Como su nombre lo sugiere, estaba enfocado a cobrar una tasa impositiva al ingreso y salida de productos por los puertos.
Salvo algunos fundamentalismos, en general se acepta que no ha existido ni existe sociedad alguna que pueda vivir sin impuestos. Son el oxígeno que permite mantener en marcha el aparato del Estado y satisfacer las demandas de los distintos grupos sociales y económicos.
En realidad los conflictos empiezan por las implicaciones políticas de las decisiones tributarias, entendida la política en su mejor sentido, es decir el campo que se ocupa de la gestión de lo público.
De cómo se oriente esa gestión y del momento para hacerlo, depende el mayor o menor grado de aceptación de los impuestos entre esos grupos sociales.
Dicho de otra manera : ¿Cuándo y en qué medida tocan a los ricos? ¿ Cuándo y en qué medida a los pobres? ¿Y a las clases medias?.
Entrados en el caso actual de Colombia, los impuestos nunca han formado parte de un proyecto de sociedad, porque ni siquiera ha existido tal proyecto. Son más bien recursos desesperados de coyuntura: una guerra, una emergencia, un déficit fiscal. Por eso, en tiempos de campaña los aspirantes a gobernar se abstienen de afrontarlos en toda su dimensión. A la hora de reclamar el voto juran que no habrá más impuestos.
Como nos enseña la experiencia, cuando acceden al poder las cosas se tornan de otro color.
No ha existido entre nuestros políticos una posición directa y clara frente al modelo tributario, como sí ha sucedido en Australia, en los países nórdicos y en la Gran Bretaña y los Estados Unidos antes de la era Reagan- Tatcher, que arrojó por la borda el patrimonio social forjado durante siglos, dejando las cosas más esenciales en manos de un mercado voraz y sin medida ética.
No está pues en discusión la importancia de los impuestos, mucho menos en un país signado por altas tasas de evasión y fraude fiscal entre los sectores más pudientes.
Y es ahí donde reside una claves del actual debate, enturbiado por un entorno marcado por la pandemia de la Covid-19 y las exigencias sanitarias, sociales y económicas que de ella se derivan.
Para algunos de los economistas más influyentes del siglo XX y lo que va corrido del XXI como J. M Keynes, Paul Samuelson y Thomas Piketty, la razón última de un modelo tributario racional está centrada en la distribución de la riqueza y en la irragación de sus beneficios a todo el cuerpo social.
Pero sabemos que entre nosotros conceptos como Justicia social o redistribución del ingreso han sido marcados con la etiqueta descalificadora de comunistas y subversivos.
Eso explica que las sucesivas reformas respondan más al imperativo de enfrentar una crisis fiscal que a la expresión política de la responsabilidad social que nos compete a todos. Colombia se parece así al Simón El bobito de la célebre fábula, empecinado en la absurda, agotadora e inútil tarea de abrir un hoyo en la tierra para tapar otro.
De semejante manera de abordar las cosas sólo puede derivarse una cadena de contrasentidos. Ante la intención de gravar con impuestos a productos tan esenciales como el huevo, la nutricionista Clara Puerta me da por teléfono su respuesta lapidaria: “ Las carencias en el consumo de leche y huevos en la temprana infancia pueden provocar lesiones cerebrales degenerativas capaces de ocasionar un cretinismo de por vida”.
Se evitarían 287.671 casos de enfermedades derivadas del consumo de azúcar.
Se podrían prevenir 21.237 muertes por la misma causa.
Los recaudos por ese impuesto alcanzarían los 99.6 billones de pesos.
Sin embargo, la realidad nos dice que se pretende gravar los huevos sin tocar a las bebidas azucaradas.
La razón es obvia: son las empresas productoras de esas bebidas, propiedad de grandes conglomerados económicos, las que patrocinan las candidaturas a la presidencia , al congreso y otras corporaciones de índole local y regional.
Como si no bastara con eso, el nombramiento de un ministro exige su aprobación y el cabildeo ante los legisladores es una práctica constante.
Imaginar una reforma tributaria con el sentido y el alcance que le dieron los economistas mencionados unas líneas atrás se convierte entonces en una quimera.
De ahí que los colombianos no encuentren alternativa distinta a la de lanzarse a las calles en medio del punto más alto en esta nueva escalada de la pandemia. Después de todo, está última pasará mientras los efectos de la reforma pueden afectarlos por el resto de sus días.
Así de simple es el asunto : a esta altura del camino, no queremos que nos toquen los huevos.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=5R5I9Bhoaz0
miércoles, 21 de abril de 2021
Daños colaterales
Cuatro semanas atrás, durante una visita a Colombia para tratar la situación de los venezolanos en el país, una funcionaria de ACNUR utilizó la expresión“esperanzosa” para referirse a las expectativas generadas tras la promulgación del Estatuto Temporal de Protección de Migrantes por parte del gobierno colombiano.
Desde luego, la señora quería decir esperanzadora. Sólo que se vio obligada a adaptar la palabra a la gramática de su lengua nativa. Hasta ahí todo va bien : así funciona el uso de los idiomas aquí y en cualquier parte. Recordemos la forma como nuestro lenguaje coloquial convirtió el inglés watchman en guachimán o el Round point en rompoy. Así se enriquecen y transforman las lenguas de la tierra.
Pero una cosa son las transformaciones naturales y otra muy distinta el arribismo expresivo. Ya me imagino al esnob de coctel hablando de una obra esperanzosa, tal como muchos tecnócratas utilizan hoy el verbo aperturar en lugar del humilde abrir, recepcionar en sustitución del útil y claro recibir, internación para decir ingreso o visualizar, en remplazo del más preciso ver.
Eso para no hablar de los abusos perpetrados por el periodismo deportivo, donde en lugar de usar el viejo y preciso marcar se apela ahora al confuso y feo referenciar. “El defensor referenció al delantero rival”, recitan y las audiencias se sumen en el estupor, ante la imposibilidad de entender lo que les quisieron decir.
Y se supone que la clave de la buena comunicación es la claridad que conduce a la comprensión.
Esas cosas nacen de la necesidad de vérselas con un organismo vivo y palpitante como es el lenguaje. Pero siempre estaremos transitando los límites del absurdo cuando los usos no corresponden a la necesidad sino a la pose o a la voluntad de manipulación. En este último caso, en lugar de enriquecerse el idioma se empobrece. No sé quien fue el primer tecnócrata al que se le ocurrió utilizar el verbo socializar en sustitución de expresiones tan diáfanas como divulgar, hacer pública o compartir una información.
En todo caso, por esa ruta hemos llegado a la tontería de decir que vamos a socializar con una persona, cuando en realidad queremos aludir al dichoso acto de conversar, charlar o botar corriente, para utilizar una expresión rica y cara al habla coloquial.
Hasta aquí las cosas parecen meramente anecdóticas. Pero si uno se detiene a pensar, sin darnos cuenta las palabras empiezan a transitar por el peligroso terreno de los eufemismos, ese recurso consistente en manipular el lenguaje para ocultar la realidad. Eso lo saben los demagogos, los publicistas, los jefes de propaganda oficial y los gurús.
La historia del niño en el cuento de Hans Christian Andersen El nuevo traje del emperador, el único que se atreve a decirle al rey que está desnudo, es bastante ilustrativa al respecto y debería marcar la pauta para quienes trabajamos con las palabras .
Pero no. De un momento a otro confundimos la sobriedad y la elegancia con hipocresía, asepsia y corrección política.
¿Recuerdan la expresión “ daños colaterales”?. Hagamos memoria: la frase surgió en el mundo de la guerra y fue acuñada para aludir a las secuelas letales de invasiones y combates en la población civil y en sus lugares de residencia. Da igual si se trataba de una aldea vietnamita perdida entre arrozales o de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki devastados por el infierno nuclear.
Lo grave es que periodistas, medios de comunicación, políticos y ciudadanos cayeron en la trampa y empezaron a recitar la frase, despojando así al horror de sus hondas implicaciones éticas.
De igual modo los nazis redujeron el exterminio sistemático de judíos a algo tan impersonal y abstracto como La cuestión judía. A su vez, el estalinismo forjó el concepto de Realismo socialista para confinar el arte al terreno de la propaganda oficial, mientras el maoísmo chino acuñó la sugestiva etiqueta de Revolución Cultural para esconder lo que en realidad fue una especie de lobotomía colectiva dirigida a despojar a la gente de su autonomía y sentido crítico para ponerla al servicio de una ideología.
Llegados a Colombia , el caso más ilustrativo es el de los asesinatos cometidos por integrantes del ejército a instancias del ejecutivo, bautizados con manifiesta intencionalidad de ocultamiento bajo el nombre de falsos positivos. Esta última frase es tendenciosa, ambigua y distrae a quien la pronuncia y la escucha del drama humano implícito y de las repercusiones legales de esos crímenes.
En esa misma dirección, siguiendo la línea de su antecesor y guía, el presidente Duque y sus asesores de propaganda decidieron borrar las masacres que desangran cada día el mapa de Colombia, reduciéndolas a la condición de asesinatos colectivos, lo que marca una sutil y esencial diferencia, que confunde al consumidor pasivo de información.
Sumo y sigo. Cada día los biempensantes forjadores de la corrección política nos asaltan con una nueva frase o vocablo enfocados a hacernos creer que las pesadillas políticas y económicas desaparecen con solo cambiarles de nombre. Expresiones como afro, trabajadora sexual, adulto mayor y habitante de calle, para mencionar solo cuatro de las más utilizadas, sugieren un cambio en las condiciones de vida de las personas. Condiciones que en muchos casos no han hecho nada distinto a empeorar.
Y llegamos a la cima del listado: el llamado lenguaje incluyente, de obligado uso en algunos sectores. Aparte de alargar las frases y afear el estilo, nada aporta eso de hablar de los ingenieros y las ingenieras, de los amigos y las amigas, los abogados y las abogadas, los rinocerontes y las rinocerontas. Más allá de la paranoia militante, nada agrega esa absurda enumeración. Después de todo, cuando se dice ingenieros se incluye a las mujeres, los gays y a toda la amplia gama de la diversidad de quienes ejercen esa y todas las profesiones.
Por estas fechas , cuando se habla del Día del Idioma, bien vale la pena hacer un alto en el camino para reflexionar sobre los daños colaterales que toda esta ordalía aséptica y farisea le ocasiona a nuestro principal instrumento de comunicación.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=WKElu2GiAl8
miércoles, 14 de abril de 2021
De la memoria
DE LA MEMORIA
Los recuerdos:
hilos de tiempo
que nos surcan en todas direcciones.
De norte a sur
de la cabeza al sexo,
a los dedos de los pies.
De oriente a occidente
del corazón, al meñique, al anular.
A la luz o en lo oscuro
nos agitan, nos aquietan
nos limpian, nos enturbian.
Y al final nos dejan varados
en las arenas movedizas
del instante.
Pereira, marzo de 2021. Segundo Año de la Peste.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=jR_Q7NbLzyU





















