jueves, 26 de abril de 2012

Postales I




                                                                                     Para alias Matador
Hace años
        No sé cuantos
A la sombra de  un árbol de guayabas
Lo comprendí:
Para ser dichoso en este mundo
Me bastan tres cosas :
Un camino
Una gorra
Un  palito para apoyar mis huesos
Y de paso ahuyentar a los perros energúmenos.

Lo demás son máscaras para sobrevivir en la jungla.

Pero aclaro:
No me  interesa vender la idea:
Los caminos podrían  llenarse de gente ruidosa
Y proclive a sembrarlos de basuras.

Además
La oferta y la demanda
Encarecerían los precios de gorras y  palitos.

Eso sí:
A quienes en busca de su dicha
Cruzan fronteras
Y viajan a remotos confines de la tierra
Les agradecería  me enviaran a vuelta de correo
O a su regreso a casa  trajeran:

Mate de la Argentina
Ron de las Antillas
Rock de Londres y Nueva York
Cuartetos de Mozart desde Viena
Mulatas de Brasil
Jamón  serrano de España
Libros de todas partes
Amaneceres del Titicaca
Mezcal de México
Vino tinto de Chile o  Francia
Bailarinas de papel de China
Y camisas floridas de Nigeria.

A mi pequeño camino,
Gracias por los cantos rodados.
A los viajeros, buen viento y buena mar
Aunque al final se olviden de mí  y no me envíen nada
Amén.

jueves, 19 de abril de 2012

La era del hielo


En  la historia reciente de Colombia, Carlos  Lleras  Restrepo fue un político  conservador que se las arregló   para fungir como liberal, mientras  ajustaba las tuercas  del Frente  Nacional, una componenda armada entre los dirigentes de los dos partidos que dominaron  al país   durante la mayor  parte del siglo XIX , la totalidad del XX y lo que va corrido del XXI, aunque lo hagan disfrazados  bajo otras banderas.
Casi cincuenta años después uno de sus descendientes, amparado  en su condición de ministro   estrella del gobierno Santos, se encargó de poner   en marcha un engendro que, en el colmo del servilismo, medios de comunicación y periodistas se encargaron de promocionar como  Ley Lleras 2.0 que después mutó a  Ley TLC. Se trata de un instrumento legal que, de golpe, puede devolvernos a la época que precedió a la masificación de Internet  como herramienta de democratización del conocimiento, o incluso mucho más atrás.  El pretexto, como siempre, está  rodeado de un aura noble: Defender  la  propiedad  intelectual  y con ella  el derecho de los creadores a beneficiarse de los réditos de sus obras.
El primer problema reside en que no nos están diciendo toda la verdad.  Para empezar, y siguiendo la vieja constante del imperialismo económico y cultural,  de lo que se trata en realidad es de cuidar los intereses de las corporaciones dueñas del mundo, que desde un comienzo vieron en Internet la tierra abonada para plantar un negocio de dimensiones nunca vistas. En un  planeta donde la educación se consolida cada vez más como la única herramienta decente de promoción social para un sector mayoritario de la población, limitar el   uso de la red representa de hecho un cierre de puertas  para quienes vieron allí la oportunidad para acceder al conocimiento en libertad. Al menos eso fue lo que nos dijeron los profetas de la aldea global: Que Internet aboliría por fin las  fronteras, dando  paso a un territorio en el que los ciudadanos podrían materializar  el  sueño de la democracia, es decir, igualdad de oportunidades de acceso al   bienestar  amasado por el conjunto de la sociedad. Pinocho no lo hubiese hecho mejor.
Uno no sabe  si la confusión del texto de la ley es deliberada para despistar al ciudadano  o si obedece a una suerte de torpeza  congénita. Lo  único claro es que  la letra se corresponde en cada uno de sus puntos con las imposiciones del  Tratado de Libre Comercio suscrito con el gobierno de los  Estados  Unidos después de una década de mendigarlo en los escenarios más insospechados.  A  esta hora, no sé  por ejemplo si remitirlos a ustedes a un enlace que nos ayude  a ampliar el contexto de la reflexión puede convertirme  en un delincuente tan peligroso como los que en las películas de James Bond ponían en riesgo la seguridad nacional de los Estados Unidos y sus satélites durante los años de la Guerra Fría. Y estamos hablando de los mismos países que han saqueado al planeta durante décadas sin que nadie se atreviera a decir esta boca es mía.
En la Edad Media europea  los monasterios operaron como auténticos centros de poder cuyos dueños se arrogaban el derecho a decidir qué información podía circular y qué parte de ella representaba un peligro para los soberanos  del cielo y de la tierra. Por lo visto, en Colombia estamos en trance de retornar a esos días.  Hoy por ejemplo soy un devoto seguidor de la revista digital El Puerco Espín, cuyos textos  insolentes y contestatarios comparto con algunas personas cercanas. La verdad,  sospecho que a la vuelta de unos meses no podré volver a hacerlo sin perjuicio y todos nos privaremos de esa ventana  por la que aprendimos a ver el mundo de otra manera.¿Las razones?  Supongo que las tendrán bien ocultas los artífices de esta aberración rebautizada como Ley TLC que, duchos como son en doblar la cerviz y menear la cola, no se detuvieron a pensar en sus implicaciones. Una de ellas puede ser que en menos de lo que canta un gallo usted y yo, más otros cuarenta millones, nos descubramos  navegando en contravía de las corrientes  que surcan el planeta y de paso remitidos  sin fórmula de juicio a la mismísima era del hielo por obra y gracia de  unos legisladores diestros en transitar los terrenos del absurdo.

jueves, 12 de abril de 2012

Joderás a los enfermos


No es lo que ustedes se imaginan. Hoy no hablaré del ciudadano atribulado por el sistema de salud, concebido  para hacer del dolor y la fragilidad  de los humanos un colosal negocio. Se trata, si se quiere, de un asunto no por doméstico menos importante: El enfermo sitiado por su numerosa-  y ruidosa- parentela.
En  buena hora, algunas clínicas del país lideran una campaña  educativa para tratar de reducir al mínimo-  a sus justas proporciones, diría un  difunto ex presidente- la exasperante costumbre nacional de desplazarse en gavilla, familia política incluida,  hasta las habitaciones de los hospitales, como si en lugar de un sitio donde un inerme mortal se debate con su deleznable condición física, se tratara de un veraneadero al que se trasladan con su fardo de chismes e impertinencias. Créanme:  A algunos solo les resta  llevar linterna y sombrero de explorador, porque viandas no les faltan. Hay que verlos  consumiendo comida chatarra  al pie de la cama del enfermo para entender la completa dimensión del despropósito.
“Es un mal latinoamericano. Como  usted bien sabe, somos un pueblo  bastante proclive a disimular la falta de  sentimientos con  la exhibición histriónica de los mismos”, me dijo un adusto profesor  mexicano al que le compartí mis inquietudes. Latinoamericano, colombiano o universal, el cuento es que los achaques pasajeros o letales de un simple conocido parecen desatar en muchas  personas una verborrea  hasta entonces contenida, que las convierte en un abrir y cerrar de ojos en especialistas  en enfermedades   catastróficas, consejeras  espirituales y mensajeras de ocasión que llegan con las tribulaciones del  mundo justo  cuando alguien quiere aprovechar la oportunidad  para  desconectarse de él  ¿ No enseñan los sabios antiguos que la enfermedad es, en últimas , una suerte de metáfora a través de la cual  un individuo que ha permanecido  volcado  hacia el mundo pretende regresar a lo más secreto y esencial de sí mismo? De allí se desprende que  las necesidades de un enfermo están más cerca de la intimidad y  del silencio que de  la  efervescencia  de una caterva  parlanchina capaz de impertinencias como la siguiente : “ ¡ Dios , Santo! ¡Cómo está usted de flaco y amarillo, don Edison! ¡ Así se puso un primo mío  dos días antes de morir!”
Un amigo sacerdote- que también los tengo, no crean- me recordó que  visitar  a los  enfermos es una de las obras de caridad que más réditos  dan a la hora de los trámites para entrar  al cielo. A  partir  de ese día me convencí de que algo  anda muy mal en la justicia celestial que, por lo visto, precisa con urgencia de una actualización. La verdad,  me parece  una arbitrariedad que alguien gane indulgencias importunando  a un prójimo que ya tiene suficiente con las jeringas, el olor a desinfectante, los antibióticos y los alimentos despersonalizados que sirven  en esos lugares, como   para que, además, tenga que soportar  el inoportuno desfile de ese curioso cruce de turista, chismoso y buen samaritano que a falta de una  mejor manera de pasar el tiempo se consagra a humillar con su buena salud y su aspecto rozagante a los que  yacen en lo que las novelas románticas llamaban “ El  lecho de enfermo”.
Una de las letras más patéticas del cancionero popular  latinoamericano ostenta el elocuente título  de "La cama vacía". En ella, la conciencia  culpable del narrador revive a través de una carta los últimos instantes de un amigo recién muerto, amargado por el abandono de los que un día fueron sus camaradas. Cada vez que la escucho me entra la  sospecha de  que el pobre difunto nunca tuvo que padecer  esa versión prosaica de las invasiones  bárbaras que son las visitas de parientes y  amigos en los hospitales. Con seguridad, no tuvo que vérselas con la calculada  expresión de lástima   y preocupación que algunos llevan puesta cuando se deciden a cumplir con esa obligación. No lo supo, porque en ese caso su carta de despedida hubiese contenido una  buena dosis de gratitud. La gratitud de quien sabe que uno solo debería  visitar a los enfermos cuando puede hacer algo útil por ellos, como donar un órgano o pagar la cuenta, por ejemplo. En caso contrario, lo mejor es regalarlos  con una buena dosis de ese silencio distante y  cálido que, bien lo sabemos, es la forma suprema de la complicidad.

miércoles, 4 de abril de 2012

La ley del silencio


Lo he mencionado  en artículos anteriores: Un periodista no es   un promotor turístico  ni un amanuense del poder. O  al menos no debería serlo. Su único partido- si es imprescindible tomar alguno- debería ser el de la vida, con su impredecible carga de dichas y horrores. Al fin y al cabo, la esencia de su oficio consiste en contar historias, buenas historias. Y cuando se trata de contar, las cosas no siempre resultan ser amables, dada la condición general de la existencia. Pero eso ya es otra cosa. No es asunto del periodista si al correr las persianas del cuarto donde duerme el soberano se levanta un olor a podrido.
El domingo 5 de febrero, durante  una jornada del fútbol profesional colombiano en su versión  2012  sucedieron en dos estadios del país algunas cosas  que pusieron a prueba esa condición. En la ciudad de  Ibagué  las barras bravas   de los equipos en contienda se enfrascaron en una batalla por el robo de la  insignia  de una  de ellas,  que para los fanáticos  equivale al santo sudario de los católicos. A su vez en Pereira un grupo de aficionados invadió   el  campo de juego al parecer  como respuesta a la provocación de algunos policías que, según algunos testigos, habrían golpeado  al primer hincha que saltó a la cancha. Hasta allí no hay nada nuevo en realidad. Las trifulcas entre las barras de fútbol han pasado a formar parte del paisaje urbano en las tardes de domingo de muchos países, incluido Colombia.
Ese mismo domingo, los noticieros de televisión registraron en detalle  lo acontecido en las dos ciudades. No dejaron de lado  las  expresiones retóricas de los funcionarios que anunciaron investigaciones exhaustivas y castigos ejemplares. En medio del  escándalo  empezaron a circular amenazas anónimas contra los periodistas del Canal 81  de  Telmex, que registraron lo sucedido y lo compartieron con algunos colegas. Aunque suene absurdo, eso tampoco  es novedad: las amenazas a los periodistas son moneda  corriente  en los países del  tercer mundo, o  en vías de desarrollo, como prefieren llamarlos las  modas al uso.
Tan preocupante como lo anterior, resultó la reacción de un sector de la dirigencia deportiva, de algunos voceros del gobierno local y, peor todavía, de unos cuantos  periodistas  que se dedicaron a  cuestionarle a   unos profesionales y al medio  para el que trabajan el simple hecho de cumplir con su deber : informar sobre los hechos.  “La ropa  sucia se lava en casa”  sentenció un dirigente, apelando a la simplicidad bobalicona de los refranes para dejar en el aire la idea de que el problema no es la violencia en los estadios si  no las personas que informan sobre ella y sus protagonistas.  “ No  podemos hacerle ese daño a la ciudad saliendo a  contarle lo que pasó a todo el país”, dijo otro más allá, preocupado porque lo invertido  en vender el cuento de que somos algo así como la sucursal del paraíso terrenal podía venirse abajo con la controversia desatada. “Tenemos que solidarizarnos con el equipo”, clamó  un comentarista radial, incurriendo de paso      en una grave confusión ética: solidaridad no es sinónimo  de complicidad.Eso para no hablar de lo que significa  esa visión de las cosas en términos prácticos: no es  eludiendo la naturaleza de los problemas como se  empieza a resolverlos. Todo lo contrario, el punto de partida para superar una dificultad reside en el reconocimiento de su existencia.
Existen  varias explicaciones para esa actitud. La  primera de ellas, que el poder en sus distintas manifestaciones se acostumbró  a ver en  los medios  y en los periodistas meros apéndices de sus oficinas de  comunicaciones, dedicados a magnificar sus logros y a minimizar sus yerros. En la contraparte, los primeros  optaron por el fácil  y muchas veces lucrativo recurso de aplaudir, menear la cola y apelar a la ley del silencio como una fórmula fácil para  no meterse en problemas. Justo en la mitad quedan las  audiencias  consumidoras de información, confiadas en lo que los medios les dicen para tratar de formarse algún criterio sobre lo que pasa en el mundo. El gran problema empieza cuando constatamos que todos  a una: empresas informativas, periodistas y dirigencia nos acostumbramos a vivir, como en el comercial de marras, en el lugar equivocado

jueves, 29 de marzo de 2012

El ruido y el furor


Con una beca de creación otorgada por el Ministerio de la Cultura, el grupo teatral El  Paso se aventuró en el montaje de una versión libre de Ricardo III, de William Shakespeare. Se trata del que es tal vez el más devastador abordaje literario a  la naturaleza del poder,  visto como resultado de un complejo entramado de pasiones capaces de destruir  todo lo que encuentra en el camino. Así que estamos hablando de palabras mayores. Para empezar, el concepto de versión libre en el teatro ha servido tanto para enriquecer y ampliar el universo de la propuesta original como para estropearlo por completo. Y a fe que  los integrantes de El Paso han conseguido lo primero. Lograron darle un toque contemporáneo  a   la obra del poeta inglés, sorteando el riesgo de caer en la caricatura o en la banalización. Primer punto a favor. Pero el segundo es todavía  más importante: con su puesta en escena consiguieron atraer la atención sobre la  obra de un artista que, como corresponde a todos aquellos  cobijados bajo la etiqueta de clásicos, son más  citados que leídos. En este caso, volver a Shakespeare  es regresar  al nudo mismo de la condición humana. No existe una sola faceta de la existencia que haya escapado a su agudo y mordaz escrutinio. El mito amoroso enfrentado a las contradicciones de clase en Romeo y Julieta.  La fuerza  creadora y destructora de  los instintos en  Otelo. La pregunta por el sin sentido de todo en Hamlet. La codicia sin límites en El  mercader de Venecia. Los malentendidos y juegos de intereses que  gravitan sobre la institución familiar En El rey  Lear y, por supuesto, la que nos ocupa hoy, que nos invita a seguir el errático y tortuoso camino de  Richard Gloster, atrapado en esa forma suprema de locura que es la búsqueda, conquista y defensa del poder en   todas sus manifestaciones. Búsqueda  que, en el últimas,  se resume en una frase  afortunada del poeta Darío Jaramillo Agudelo: “ El  poder es el poder de matar”.
 Revisitar a Shakespeare es desandar un camino que nos remite tanto a los relatos homéricos como a las tradiciones celtas, al ciclo de mitos artúricos, a  las leyendas  árabes y al romancero medieval.  Desde luego, también circula por sus versos la idea cristiana  de la culpa y el castigo.  Al fin  y al cabo,  fue en sus feudos donde se produjeron las disputas que al final dieron lugar a la reforma anglicana. Eso para no hablar de las revoluciones  que desencadenó su irrupción en el universo literario. No exagera el  crítico Harold Bloom cuando afirma que todos los caminos de la literatura conducen a Shakespeare. En esa medida, la vieja discusión acerca de  si  el fue realmente el autor de  sus obras   resulta tan banal como inútil .Qué  más da  si su copiosa producción está allí   para  ayudarnos en la  tarea de entender- si tiene alguno- el sentido de  nuestro tránsito por la tierra.  La  fuerza centrípeta de sus ideas es tal que, así como en música se habla de variaciones para referirse a la recreación emprendida por un compositor sobre la base de  una  partitura ajena, en el campo    que nos ocupa podríamos decir que la literatura moderna constituye en la práctica una infinita suma de  variaciones a la obra del poeta.
Tengo viva en la memoria la imagen alucinada de un Al Pacino entregado  en cuerpo y alma a revivir el espíritu de ese rey jorobado a quien sus contemporáneos describieron con aspecto de sapo. Algunos de ustedes  recordarán también la película. Se trata de En busca de Ricardo III. En ella , el actor que encarnó a otro obsesionado con el poder, Michael Corleone en la saga de El Padrino, más que a un recuento biográfico se dedicó a explorar las pulsiones más secretas  de ese hombre que no dudó en exterminar a buena parte de sus  familiares y allegados con tal de alcanzar sus propósitos. Por ese camino nos devolvió  a una de las certezas más recurrentes de los sabios antiguos: que la historia se repite, no por alguna  ley indescifrable del destino, si no porque está amasada con la materia misma de que estamos hechos los humanos. Es decir, una suma de anhelos, miedos  y ambiciones sin medida. Mientras  la volvemos a inventar no hacemos nada distinto a poner una vez más en escena la intuición del  genio de Strafford : que la vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furor.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Buenos muchachos


En  1969 pasaron más cosas  en el mundo de las que podía resistir un corazón solitario. Para empezar, tres astronautas  norteamericanos pusieron pie en la luna, poniendo el colofón a esa carrera espacial diseñada como  respuesta de los líderes políticos de su país al fracaso de la invasión a Cuba  y al malestar generado por las atrocidades cometidas en Vietnam. El festival de Woodstock supuso  el principio del fin de la sociedad prometida por los profetas de la era de acuario.  El submarino amarillo de  The Beatles   hacía agua por los cuatro costados. A pesar de las promesas de apertura, la segregación racial se hizo más brutal que nunca en distintos lugares de Estados Unidos y en el territorio entero de Sudáfrica. Para entonces el  rock and roll era al mismo tiempo  banda sonora y válvula de escape de las enormes  energías que se concentraban en distintos lugares del planeta. En medio del huracán estaban  The Rolling  Stones, un grupo de ingleses  dotados de enorme talento, que se apropiaron de los ritmos negros, de la poesía de Rimbaud y  Baudelaire, así como de las consignas  políticas  que desafiaban a la religión  basada en el consumo y el derroche. En  1962, haciendo honor a su nombre tomado de una vieja canción de folk blues, se pusieron en marcha sin otro propósito que pasarla bien y de paso  conmover a las buenas conciencias temerosas de perder la tradición, la familia , la propiedad y con ellas la virginidad indefendible de sus hijas. I can get no satisfaction, I can get no reaction... and   I try … and I try , era el grito de batalla que resumía el sentimiento de frustración experimentado por  una generación que atravesó la década alentada por las promesas de amor y fraternidad  consignadas en   las  canciones de The Beatles. Alguien tenía que ofrecerles  una respuesta a esos jóvenes que ya no lo eran tanto y que se enfrentaban a la vida adulta con  un vacío entre las manos como único legado  y con la certeza de un  colosal fraude instalada en el corazón.
El gran problema residía en que los Stones  tampoco la estaban pasando bien. El guitarrista Brian Jones,   uno de los fundadores de la banda, había muerto  ahogado en la piscina de su casa  después de una  temporada de conflictos con sus compañeros de aventura. Para  acabar de completar, durante el  festival de Altamont, organizado por Jagger y sus alegres pillastres, se produjo la muerte del joven negro Meredith Hunter, al parecer acuchillado por un integrante de los Hells Angels, los legendarios motociclistas  contratados para garantizar  la seguridad en el evento. Los forjadores de leyendas urbanas insisten todavía en que algo tuvo que ver con el hecho  el estado de ánimo  desatado por la interpretación de Simpathy for the  Devil, una de las mejor logradas en la historia del grupo.
Lo demás es leyenda blanca, negra o rosa, dependiendo de las circunstancias y del humor de los músicos, que  de allí en adelante serían poco menos que otra pieza en el engranaje  de la industria del espectáculo. Títulos como  Brown Sugar ( el nombre callejero de la  heroína), Love  in Vain,  Paint it Black o Gimme Shelter, al lado de las ya citadas  Simphaty for the Devil y ( I can get no ) Satisfaction  nos dicen bastante sobre el carácter  depresivo de unas canciones que retrataban  al dedillo el paisaje de   desastre  que sucede a toda utopía. El mundo de los setentas tomaría otros rumbos  y  el camino de regreso a  no se sabe donde estaría salpicado por las que el poeta Joaquín Sabina llama “cenizas de revoluciones”.  Desde entonces Mick  Jagger,   Keith  Richards, Charlie Watts, Bill Wyman y Ron Wood parecen más una sombra de si mismos dedicada a  engrosar sus cuentas bancarias  y a saciar el apetito voraz de los empresarios del disco que un grupo de creadores capaces de ponerle música de fondo a los anhelos y frustraciones de más de una generación.
El año 2012 llegó con el anuncio de una avalancha de  libros, biografías, recopilaciones, películas   y conciertos dirigidos a celebrar los 50 años de la banda que estremeció al mundo en 1962. Puros fuegos de artificio para ocultar lo esencial: que la llama de la pasión  se apagó   hace muchos años. Sin embargo, entre el rescoldo de antiguos  fuegos todavía es posible  recuperar unos cuantos versos y unos riffs de guitarra , suficientes en todo caso para plantar este tributo a  los que, a pesar de todo, siguen siendo unos buenos muchachos.

jueves, 15 de marzo de 2012

Mentiras a medias


 Las arbitrariedades cometidas contra la prensa por el presidente Correa de Ecuador, así como las acciones de su par Hugo Chávez en  Venezuela suscitaron enérgicas y justificadas protestas por parte de  editorialistas y columnistas de los medios de  comunicación en Colombia. Era lo menos que se debía hacer, pero ¿Qué hay  de la propia casa?  Porque  si bien en nuestro país  ni el ejecutivo ni el legislativo  han alcanzado,  al menos en tiempos recientes, los extremos de los mandatarios vecinos, otra cosa muy distinta   sucede con los poderes electorales y  económicos, diestros en estrangular periódicos y estaciones de radio a través  de la compra directa o del manido recurso de utilizar la pauta publicitaria para neutralizarlos cuando empiezan a volverse incómodos.
Empecemos por el poder económico del mismo Estado en el orden local, regional y nacional. Es bien  sabido que en institutos, corporaciones autónomas, alcaldías y gobernaciones los recursos de publicidad se asignan dependiendo del grado de  sumisión que medios y periodistas hayan  expresado durante las campañas electorales. Por ese camino estos últimos aprendieron   rápido que cuando el patio se calienta es mejor dirigir la mirada hacia otra parte, hincar la rodilla en tierra y esperar la bendición del soberano, que en este  caso llega en  forma de contratos de publicidad. Fue   así como nació  un engendro que gravita entre la genuflexión sin pudores y el periodismo  extorsivo. Si el gobernante  es pródigo será objeto de toda suerte de alabanzas y sus yerros serán considerados asuntos menores. En caso contrario se  dirigirá toda la artillería contra la más irrelevante de sus acciones. El resultado son esas publicaciones que pasan de la adulación suprema a la bilis sin medida, dependiendo del tamaño de los favores recibidos. Las primeras víctimas son, desde luego, el rigor, la autonomía y el sentido crítico  como  condiciones necesarias para conservar los límites mínimos de la decencia. Vista desde esa perspectiva, esa forma de  coartar la libertad de expresión es tan atroz  como la utilizada por  Correa, Chávez, Ortega, Castro y los regímenes totalitarios que les sirvieron  de modelo.
Puestos a competir, los capitales privados no se quedan atrás.  Es más: sus métodos superan con creces a los utilizados por  los gobernantes y legisladores. Después de todo, mantienen la chequera siempre a mano, sin necesidad de pasar por los formalismos propios del sector público. Todavía está fresco en la memoria lo sucedido con la revista  Cambio, cuyas denuncias tocaron de cerca la entraña de grupos económicos vinculados a  El  Tiempo. Suerte  parecida  corrió la  columnista Claudia López cuando sus dardos  rozaron intereses relacionados con los dueños de casa. Puestos  a revisar episodios  más  lejanos encontraremos que el drama de la familia Cano al frente de El Espectador empezó justo cuando su unidad investigativa se dio   a la tarea de hurgar en la olla podrida de los banqueros de  entonces que,  como los de ahora, constituían uno de los sectores más parasitarios  y rapaces de la sociedad. A propósito, el más conspicuo representante de estos últimos  en el país, Luis Carlos Sarmiento   Angulo, no cesa en su empeño  de hacerse con el control del periódico que un día perteneció a la familia presidencial. Quiero estar en primera fila para ver cómo abordan editorialistas y redactores  la información relacionada con el infinito tejido de intereses del banquero.  Habrá que ver la interpretación que se le da para entonces al asunto espinoso de la libertad de opinión.
“¿Por qué  llamarla crisis si es un robo monumental?” se  cuestiona el periodista  Matt Taibbi en su libro Cleptopía. Su pregunta alude al tratamiento dado por los medios de comunicación del mundo al colosal desfalco protagonizado por los sectores inmobiliario y financiero.  Desde la distancia, me atrevo a hilvanar  una respuesta: muchos de ellos  estaban vinculados de manera directa o indirecta con los implicados en   los delitos. De modo que, ante la obligación de informar, no encontraron una salida distinta a la de contar  verdades a medias.  Y  ese recurso resulta muchas veces más dañino que una mentira completa. Por eso, mientras Chávez y Correa  censuran a la prensa en sus países, los colombianos haríamos bien en recordar el sentido del viejo proverbio hebreo: “Cuando veas que están rasurando a tu vecino, pon tu barba en remojo”.