jueves, 7 de mayo de 2015

Los abismos del sinónimo



                                                 
                                                            Para usted, señor censor

No sé si es de su autoría, pero el crítico literario colombiano Jaime Mejía Duque patentó la expresión “ Gregoquimbayismo”, para referirse a un particular modo del habla y la escritura utilizado por quienes se consideraban cultos en la región del Viejo Caldas . En realidad  se trata tanto de un vicio regional como nacional. La grandilocuencia, la adjetivación desmedida, el uso indiscriminado de adverbios para transmitir la sensación de  algo incontrovertible y el  artificio exacerbado  dieron lugar a un discurso inflado,  ampuloso y por lo tanto vacío: basta con cascar la superficie aplicando un poco de perspicacia y humor para que el edificio se derrumbe.


Los herederos naturales de esa corriente fueron los comentaristas deportivos  de esta región del país. Uno de ellos, Javier Giraldo Neira , todavía es capaz de utilizar expresiones como esta : “ Ortiz es un jugador rápido, veloz, vertiginoso, presto, presuroso, acelerado...” Por lo visto, el periodista cree que los sinónimos son algo así  como un martillo que al golpear una y otra vez  contra los muros de la realidad pueden conducirnos a una suerte de revelación : en este caso, las indudables cualidades de Ortiz, aunque para comunicarnos eso le hubiera bastado con la primera palabra de la lista. Por su lado, un colega suyo de nombre Carlos Antonio Vélez nos regala perlas como esta: “El futbolista golpeó el esférico con la extremidad inferior izquierda”. A mi modo de ver, a un oyente le resulta más cálido y cercano cuando le dicen  que pateó el balón con la zurda.
Trasladados a  los terrenos de la creación literaria esos vicios resultan letales. El buen lector  desarrolla una agudeza  mental que lo capacita para identificar el manierismo al primer golpe de vista. Sabe  cuándo   la frase y el párrafo siguen su  ritmo natural, como  el río que va creando su propio cauce y cuándo el autor se vigila  con ayuda de un reglamento y un manual para no caer en incorrecciones  que solo existen en su antología particular de prejuicios. Los casos más socorridos son los de las cacofonías y las palabras repetidas en el curso de una oración breve. Aterrorizados por el censor instalado en  algún lugar del cerebro, editores y autores corren en busca del diccionario  de sinónimos como quien se aferra  a un madero salvador. Ignoran que en ese tránsito corren el riesgo de despeñarse con todo y madero, sembrando  el texto de confusión y provocando el pánico de los escasos lectores.


El  peligro reside en que  no existen  palabras con significados  iguales- Isomórficas les dicen quienes estudian la lógica del lenguaje -. Cada vocablo tiene sus matices  particulares  y su propia dosis de ambigüedad. Basta con   asomarse a un término como ilusión. Esta palabra    lleva implícita  una sugerencia de engaño que no poseen otras como esperanza, anhelo, expectativa, sueño, legitimadas como equivalentes en muchos diccionarios. Luego, es mejor jugarse la carta de la cacofonía o la repetición que correr el riesgo del extravío: algo fatal para quien pretende comunicar ideas o contar historias. Al fin y al cabo, el secreto del diálogo consiste en que el receptor  perciba y comprenda  con exactitud y claridad lo que le quiso expresar el  emisor. En caso contrario, estaremos  frente a una de esas conversaciones entre sordos , que tanto gustan a los caricaturistas y  a los escritores de cómics.


Aunque ha perdido buena parte del poder de seducción de otros tiempos, el grecoquimbayismo  sigue vivo entre nosotros. Basta con echar un vistazo a  las revistas académicas y a muchos de los libros  que se publican. El rebuscamiento y la oscuridad parecen ser la norma en un alto porcentaje de esos textos. El truco de ser oscuro para parecer profundo encanta a muchos espíritus dispuestos a arrojarse al abismo del sinónimo , con tal de no ser acusados de violar- en el sentido literario y sexual de la palabra- alguna norma gramatical. Pero  es cuestión de elecciones. A diferencia de los poetas herederos de Guillermo Valencia, que hablaban de sacrificar un mundo para  pulir un verso, prefiero  salvar el sentido aunque caigan sobre mí los rayos y centellas del censor.

martes, 28 de abril de 2015

Eros y el caos




 Los grandes mitos fundacionales, incluido el judeocristiano,  afirman que en el principio era el caos. Más tarde, la sexualidad, sumada al poder político y económico, implantarán en el mundo una suerte de orden, de sentido.
Así, en lo individual todo se  reduce a un alguien  que quiere acostarse con otro. En esa búsqueda se desata una sucesión de dichas y desventuras sin cuento.  Muchos se reproducen y entonces la noria del eterno retorno vuelve a girar.
En el plano social un individuo o un grupo tratan de hacerse con el poder. Para conseguirlo desatan intrigas, traiciones, masacres, guerras. Llegado el día, el usurpador será suplantado por otro y la Historia habrá escrito un nuevo capítulo. Es  el antiguo relato de Eros y el caos. Poetas como Homero y Shakespeare sabían bastante  de  esos asuntos. Por eso volvemos a sus páginas una y otra vez en busca de una respuesta a nuestras incertidumbres.

Es  bien  sabido que la universidad, el campus, representan para muchos  algo así como una versión de la sociedad en pequeña escala. Asomarse a  sus aulas y a su complejo entramado de relaciones  equivaldría así a un  compendio de la vida misma.
Por esa razón, tantos escritores han hecho de la experiencia del aula universitaria, vivida en  la propia piel o en la  ajena,  materia de sus cuentos y novelas. Incluso , la industria editorial creó una etiqueta para referirse a ese tipo de producciones. Se trata de la “ literatura de campus”.
Puestos a clasificar, Mi unicornio  azul, la  obra  de Rigoberto Gil Montoya, ganadora del Premio Nacional de Novela de la Universidad de Antioquia en su edición de 2014 se ubica en esa categoría.
Son días de huelgas y protestas estudiantiles. El narrador, un hombre para quien las ansias sexuales comparten nicho con sus angustias  ante el poder devastador de los virus  informáticos, persigue  el aroma de la piel de Juliana, una estudiante activista  que, como todos los de su condición, confunde las ideas con un catálogo de consignas   aprendidas de memoria y recitadas con el mismo tono monocorde de quien repite  un mantra religioso. Es  más, según el hombre, la chica pareciera creer que “el sexo no hace parte de  la naturaleza de los seres políticos”, percepción desmentida por la relación nada velada que la muchacha  sostiene con un profesor mucho mayor que ella, en una reedición de la vieja ecuación entre sexo y poder. 


Mientras los  estudiantes   enfrentan a la policía con explosivos y frases prefabicadas, el narrador está al acecho de su presa. Eros y el caos se enseñorean así del campus. Al mismo tiempo, asistimos a una ácida diatriba  contra todas las sectas   imaginables  y sus lenguajes  empeñados en  escamotear la realidad tras su críptica banalidad: comunistas, fascistas, ambientalistas, emos, animalistas,feministas, conductistas, sicoanalistas, políticamente correctos y otros especímenes engendrados por la academia  van y vienen en agitación perpetua, aferrados  a sus  jergas  como si se tratara de maderos avistados en medio del naufragio de la época.  Ocupados  en bombardearse entre sí, son a su vez objeto de una perpetua dosis de ironía y acidez que  desnuda su patetismo en medio de batallas de pacotilla.
No es casualidad que Rigoberto Gil Montoya haya escogido como título de su novela el de unos versos del cubano Silvio Rodriguez : Mi unicornio azul, banda sonora de las ilusiones y frustraciones de varias   generaciones  de estudiantes y profesores universitarios que una vez se creyeron capaces de cambiar el mundo y hoy asisten al espectáculo de la propia podredumbre, sin más consuelo que los acordes de una vieja canción.


Mi  unicornio azul es, claro, un ajuste de cuentas del escritor con su propio tiempo. Pero es también un nuevo intento por hacer del lenguaje  un instrumento para descorrer el velo de la realidad y mostrarnos, aunque sea por un instante , el rostro de los patéticos esfuerzos por  darle un sentido a la aventura individual y colectiva de nuestro paso por el mundo.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=dnvVtkVaM84

jueves, 23 de abril de 2015

Los niños intocables




 Fui testigo de la escena en la caja registradora de un supermercado. La madre, una  atractiva rubia entrada en la treintena, empujaba el carro de la compra repleto de una variada gama de marcas. De repente, su  pequeño hijo , de unos seis años, corrió hacia la góndola más cercana y regresó con una de esas bebidas que, según los mensajes publicitarios, poseen propiedades chamánicas.
-¡ Maaami, maaami, cómprame esta! , ordenó el chico.
- No tenemos más plata, mi vida. Replicó, firme, la señora.
- ¡ Que me la cooompreees, quiero que me la cooompreees! Aulló el pequeño, convertido de repente en un emisario de las furias.
- ¡ Noooo, noooo y no!  Sentenció la mujer,  esgrimiendo sus tarjetas para pagar.
Fue entonces cuando el niño arrojó la botella contra  el piso, haciendo de paso añicos la paciencia de la madre. Los guardas de seguridad  del local no tardaron en llegar, obligándola a  pagar el importe de la bebida estropeada.


No  cuesta  mucho trabajo imaginar a ese chico, convertido dentro de veinte años en uno  de esos adultos  histéricos que, ante la tardanza en el servicio por parte de los meseros de un restaurante, o frente a los requerimientos de algún  representante  de la autoridad,  repiten  a gritos la  frase conocida por todos : “¿ Es que usted no sabe quién soy yo?”. Bueno, la verdad, nadie tiene por qué saber quienes son, pero están en todas partes como materialización de la soberbia  y la estupidez juntas.
Incapaces de encontrar la justa medida, parecemos solo capacitados para vivir en los extremos. En  el caso de la educación de los niños, pasamos de las más oprobiosas  formas de  castigo a la permisividad absoluta. Convertidos en víctimas perpetuas- de los padres, de los maestros, de los compañeros de juegos- los pequeños se volvieron intocables. Cualquier intento de reprimenda, por leve que esta sea, es objeto de  la mirada  inquisidora de una legión entera de justicieros.
El  resultado es una  variante  de  los seres humanos, definida no solo por la pertenencia a una clase social y económica, sino por una condición que los hermana: la idea de que  las demás personas fueron puestas en el mundo para  estar a su servicio.  Se ve en las relaciones profesor- estudiante,  jefe-subordinado, amado- amante y, por supuesto, padres- hijos. En esos códigos el otro deviene entonces un proveedor, alguien que debe estar siempre dispuesto a la satisfacción de mis caprichos.
 Y allí aparece una palabra clave para entender el estado de las cosas: satisfacción. El  niño  y el adulto proclives a las pataletas nunca están satisfechos : siempre sienten que el mundo les debe algo más : un producto, una ofrenda, un gesto de sumisión, pero siempre  algo más. Por eso confunden con tanta facilidad el servicio con el servilismo. A ese ritmo, acaban arrojando al suelo no solo el objeto que no les quisieron o no les pudieron regalar, sino la vida misma de los demás.
Quizás  con el fin de mantenerse despierta, toda  época  crea sus propios monstruos. Los nuestros,  gestados   en los hogares y perfeccionados en la escuela a través de una metódica falta de rigor y disciplina, van por el mundo haciendo de sus caprichos ley. Son los que en las encuestas de satisfacción- una suerte de plaga moderna- siempre responden que nadie los atiende bien. Va uno a mirar y  resulta que simplemente alguien no inclinó lo suficiente  la cerviz.


“ No consigo satisfacción/ no consigo reacción/ y lo intento/ y lo intento/ y lo intento”, cantaban  The Rolling Stones hace medio siglo. Si los buenos poetas cumplen muchas veces el papel de visionarios, quizá esa pareja  genial  integrada por  Jagger y Richards ya prefiguraba en esos versos las cosas que se avecinaban. En nuestro caso,  varias generaciones de intocables siempre  insatisfechos porque nadie supo  recordarles  a tiempo que todo tiene un límite.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=3a7cHPy04s8