martes, 1 de octubre de 2024

Buenos, malos y feos

 



Los frecuentadores de las viejas salas de cine recordarán aquella película del gran Sergio Leone protagonizada por Clint Eastwood (el bueno), Lee Van Cleeff (el malo) y Elli Wallach (El feo). También tendrán presente la banda sonora compuesta por el maestro Ennio Morricone con el ya legendario aullido del coyote clamando al cielo en medio de la noche.

La etiqueta de Western simplifica más de la cuenta esta historia que en realidad es un brillante tratado de geopolítica. Cada uno de los tres fulanos- que se detestan a muerte- tiene en su poder un fragmento del mapa que permite ubicar el tesoro de doscientos mil dólares escondido en un cementerio durante la guerra civil. Así que tendrán que llegar a un acuerdo si quieren hacerse con el botín. Después ya verán qué se hace. Puede irse cada uno por su lado o pueden acabarse a  tiros: depende del humor con que amanezcan ese día.

El aullido del coyote es el llamado del poder. En otras culturas podrá ser el rugido del león, del tigre o el silbido de la serpiente. Pero en las culturas de las praderas norteamericanas habitadas por indígenas ahora en fuga tenía que ser el coyote.

La parábola de fondo de El bueno, el malo y el feo es entonces la de la negociación, el contrato social. Éste es, en últimas, el verdadero tesoro. Décadas más tarde Leone emprendería una variante del asunto en otra obra maestra suya: Érase una vez en América. Por eso, la película sigue siendo grande en medio de las miles de producciones mediocres que se hicieron sobre la conquista del oeste norteamericano.




Pero vamos por partes. En el principio fue la horda, la consigna de tierra arrasada y la eliminación del otro, del distinto, el forastero. Sus grandes símbolos fueron la lanza, el escudo y la espada. Milenios más tarde sería la noción del Derecho Divino de reyes y príncipes la encargada de conjurar las ineludibles turbulencias de toda comunidad… hasta que la ilustración echó por tierra esos valores, plantando la simiente de lo que sería la sociedad laica y su consiguiente expresión política: la democracia y la ilusión del gobierno de todos por la vía representativa. Pero faltaba un  buen trecho para eso. La humanidad tendría que asistir primero al derrumbe de los imperios y a la extinción de las monarquías, seguido de la instauración del capital y la tecnocracia como gobiernos planetarios, no sin antes sufrir la devastación de dos guerras mundiales. No podía ser de otra manera: si los flujos del dinero y la técnica se hacían globales, también tendrían que serlo las nuevas formas de exterminio.

Una vez consolidada la contabilidad de muertos y pérdidas materiales, los líderes de las potencias que se disputaban palmo a palmo la geografía del planeta tuvieron que admitirlo: era cuestión de supervivencia poner en marcha un nuevo Contrato Social, sobre todo después de que la bomba atómica nos dejó entrever el rostro del apocalipsis en persona. No fue difícil aceptar que, con todas sus limitaciones, la democracia representativa constituía un eficaz freno para la demencia desbocada.  Tenemos pues que el bueno, el malo y el feo tuvieron que sentarse a negociar.  Al final se repartieron el tesoro, es decir el mundo. Y la fórmula funcionó.




Hasta que se produjo el desplome del Imperio Soviético, socavado por la ineptitud y la corrupción de sus líderes, así como por las maniobras de las grandes corporaciones occidentales, incluido El Vaticano. En ese momento resultó claro que se precisaba de soportes legales y políticos distintos para los nuevos mapas de poder: la guerra de los Balcanes y la reanudación de viejos conflictos regionales dejaban sin piso la veleidad aquella de que habíamos llegado a El fin de la Historia. En realidad, la tantas veces enterrada y revivida idea de Marx sobre la inevitabilidad global del capital regresaba con todo su vigor.

La internet en particular y las tecnologías digitales en general vinieron a reforzar el concepto: habitábamos un mundo donde la velocidad y la inmediatez de todo alentaban la nueva deriva de los seres y las cosas. Una palabra se entronizó desde entonces en las conciencias: Flow. En medio de ese flujo se multiplican los asesinatos en serie, los casos de corrupción, los fundamentalismos de todo tipo, las “guerras relámpago” que pueden durar años, la especulación financiera y los mercados burbuja que estallan arrastrando consigo a millones de inversionistas. Y, detrás del telón, la mentira como combustible de la política.




Al entrecruzarse, todos esos factores acabaron por reducir la democracia a un mero formalismo. Exhausta y poco digna de confianza, todos la desafían, empezando por los políticos que se beneficiaron de ella: populistas de izquierda o derecha, libertarios, neofascistas, neocomunistas, fanáticos del mercado, publicistas y toda una fauna de apóstatas se han unido al coro.

Bastan unos cuantos ejemplos para ilustrar esa debilidad: el asalto al capitolio en Estados Unidos perpetrado por simpatizantes de Donald Trump, la invasión de la embajada mexicana en Quito ordenada por el presidente Novoa, la nueva masacre desatada en el cercano oriente, el fraude en las elecciones de Venezuela o la utilización de los aparatos de la justicia para neutralizar o eliminar rivales. Hemos llegado así a lo impensable unos años atrás: dictaduras democráticas o golpes de Estado blandos, según la manida definición al uso.

De modo que si aspiramos a rescatar algo en medio del desastre urge forjar un nuevo Contrato Social que le fije reglas del juego a este flujo incesante, a ese flow cantado por las nuevas músicas urbanas. El bueno, el malo y el feo tendrán que pactar un nuevo alto el fuego, antes de que uno de ellos o todos al tiempo aprieten el botón  del fin del mundo y esta vez de manera irreversible.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=K7PNC4pUffs

 

 

 

 

lunes, 26 de agosto de 2024

Si una noche el olvido

 



 

                        Va de suyo que debemos poner por escrito

                        nuestras meditaciones valiosas: si a veces

                        olvidamos lo que hemos vivido, cuánto más

                        lo que hemos pensado.

                                                        Arthur Shopenhauer

                                                        Parerga y Paralipómena

 

“Esa noche, el sujeto regresó al valle de la muerte”

“Me falta un libro, pensó al descender por las montañas hacia el cráter donde brillaban las ascuas que un viento tibio parecía avivar”.

Con esas dos frases termina La ciudad de los crepúsculos, la trilogía del escritor colombiano Gustavo Arango, publicada por Ediciones El Pozo en julio de 2024 y firmada en Oneonta (Nueva York) en junio del mismo año.

Eso de “descender hacia el cráter” es mucho más que una metáfora: es la síntesis de una aventura vital y literaria que a lo largo de mil quinientas páginas nos conduce a un viaje en el que la memoria del narrador intenta, con mayor o menor fortuna, resistir los embates de su más feroz enemigo: el olvido.

Imaginen un agujero negro que en lugar de energía cósmica engulle palabras.

Imaginen un hombre- que se refiere a sí mismo como “El sujeto”- empeñado en hacer de sus recuerdos transformados en palabras el alimento de ese monstruo.

Imaginen a “El sujeto” llenando desde edad muy temprana decenas, cientos, miles de cuadernos con los detalles de su vida, de sus vidas, desde los más triviales hasta los trascendentales, suponiendo que ésta última palabra tenga algún sentido en cualquier vida.

Por supuesto, aparte de insensata, la tarea es imposible. Siempre habrá una fisura, un olvido, una negligencia, una omisión que impidan completar el rompecabezas.

Pero la literatura está hecha justamente de eso: de insensateces y de imposibles: abran las páginas de El Quijote- para aludir a un tópico – y verán.




En el mundo de todos los días, en esta orilla que llamamos realidad, “El sujeto” podría llamarse Gustavo Arango, cronista, poeta y narrador. Los momentos decisivos de su vida han transcurrido hasta ahora entre El valle de la muerte, La ciudad de los crepúsculos y el anhelo de instalarse un día en El país del sueño. Tres vórtices de esa ilusión llamada espacio- tiempo en la que creemos existir.

Ah, un detalle: siempre quiso morir en Sri Lanka y se sabe que ya lo hizo una vez. De joven escribió, todavía en El valle de la muerte, una biografía de Julio Cortázar. Más tarde, en La ciudad de los crepúsculos, fue redactor en el mismo periódico donde al promediar el siglo XX, dio sus primeros pasos Gabriel García Márquez. Trasladado a El país del sueño se convirtió en profesor en la universidad de una ciudad situada un poco más allá de la nada. Pero eso fue mucho después.

A juzgar por lo que nos permite fisgonear mientras el relato avanza a veces al galope y otras en cámara lenta, como los astronautas en la luna, “El sujeto” es, en la realidad o en la ficción- nunca lo sabremos- un pichador compulsivo… o un desesperado sin remedio, que es lo mismo. Y ese no es un dato menor en La ciudad de los crepúsculos.

De entrada, los expertos en etiquetar los libros por géneros tendrán problemas: ¿Novela? ¿ Autobiografía? ¿Memorias? ¿Crónicas? ¿Aforismos? ¿Opiniones? ¿Todas las anteriores? ¿Ninguna de las anteriores? Bueno, si ustedes gustan de las etiquetas tendrán que leer el libro: es la única manera de hacerse a una idea.

Lo peor es que el narrador no da pistas. Lo que en principio parecen mojones resultan ser espejismos y el lector tendrá que seguir a tientas, armando su propia historia con las palabras ajenas si aspira a descender a ese cráter final… que bien puede ser un nuevo espejismo. Palabras que significan muchas cosas, recuerdos sin portador, letras de viejas canciones, alineaciones de un equipo de fútbol, títulos de viejas películas, nombres de actrices, fragmentos de libros amados, encuentros con seres que regresan del otro lado del misterio. En fin, mejor tratemos de proponer algún orden.

Me parieron y aquí estoy.

“Me parieron y aquí estoy “, dice una mujer flaca y preñada parada en una esquina en cualquier página de un libro de Juan Carlos Onetti, uno de los escritores amados del autor.  Esa declaración de principios bien puede servir para definir a “El sujeto” y su decisión irrevocable de hacer de la palabra escrita en todas sus manifestaciones su manera de estar en el mundo, su intento siempre renovado de descifrarse. A modo de mantra la viene repitiendo como un conjuro contra el infortunio desde que “El vendedor de fantasías”, como se refiere a su padre, fue asesinado a tiros en algún rincón de El Valle de la muerte. La pronuncia cada vez que se siente morir asfixiado en medio de un matrimonio que más parece una postal del infierno. Y la vuelve a repetir cuando la sala de redacción de El liberal, el periódico donde trabaja, se le revela como una trampa armada con intrigas y envidias.




“El pasado es un gigantesco rompecabezas que tiene casi todas sus fichas extraviadas”, leemos en la página 464 del segundo tomo de La ciudad de los crepúsculos. No es que estén desordenadas: están perdidas, acaso irremediablemente. De ahí el carácter demencial de la empresa propuesta. Si el pasado está extraviado, entonces habrá que inventarlo, palabra a palabra. Punto a punto. Coma tras coma. Silencio tras silencio.

Y es aquí donde el lector, que hasta ahora se ha limitado a espiar por encima del hombro la tarea del narrador, tendrá que emprender su propia labor: la de armar con los fragmentos que le entregan la urdimbre de una vida que es todas las vidas. Lo suyo, de aquí en adelante, será adelantarse, sospechar, adivinar los múltiples rumbos propuestos por los muchos autores que alimentan esas mil quinientas páginas que pugnan, estrujan, claman, imprecan, urgen, secretan y  a menudo desfallecen en su empeño por abrirse paso hacia no se sabe dónde.

Así que están todos invitados a este desfile de piezas desplegadas sobre una mesa de comedor, el escritorio de una oficina, una playa del mar Caribe o el viejo parque de una ciudad pequeña en El país del sueño.



                                               Clemente Manuel Zabala

La sala de redacción de El Liberal, donde ofició de artesano de las palabras un editor legendario llamado Clemente Manuel Zabala. Un lúcido columnista que se esconde detrás de un nombre que no es el suyo: Wenceslao Triana. El proyecto de un libro sobre el paso temprano de Gabriel García Márquez por ese periódico. La poesía intensa y silenciosa de Gustavo Ibarra Merlano. La voz de Manuel Zapata Olivella envuelta en el latido de un tambor africano. Los puños del boxeador Bernardo Caraballo que no se cansan de lanzar ganchos de izquierda al mentón de sus propios recuerdos. Las jornadas interminables del Festival Internacional de Cine de Cartagena, los gambitos de caballo de una ajedrecista y pianista llamada Adriana Salazar. Los acordes de Pink Floyd y cierta canción de Rafael Orozco.

Las piezas son muchas más: una edición del I Ching, crónicas, reportajes, cuentos, reseñas, poemas, viajes, novelas, sueños, recuerdos ajenos.  Ya les advertí que iba a ser difícil armar el rompecabezas. Uno está leyendo el palpitante relato del descubrimiento de unas piezas arqueológicas del llamado periodo formativo y de repente surgen en la alta noche fragmentos y alusiones a libros de cuentos, reportajes, novelas o proyectos narrativos de “El sujeto”. Bajas pasiones, El origen del mundo, Su última palabra fue silencio, Criatura Perdida o la ya citada Un ramo de Nomeolvides son apenas algunos de esos títulos.




Y de súbito, la ironía como una de las improntas del libro: “Pobrecito el guardián de la gramática, no es capaz de ser feliz.”

La fatiga de ser

Estoy cansado de ser yo. Ser yo me tiene mamado.

Fiel heredero del desaliento que cruza los libros de Onetti- no por casualidad su sello editorial se llama El Pozo- “El sujeto” sabe que, para sobrevivir hasta descender como Empédocles al cráter del volcán, todos necesitamos conjuros, sortilegios, mantras: el eterno retorno a la imagen de una mujer llamada Latour, que igual puede ser una forma de devoción o contumacia. La alineación del equipo de fútbol amado en otra época: navarromoncadamaturanacalicsortizretatgómezfernándezsantalónderocampaz.

Y, sobre todo, nombres, cuerpos, labios, besos, sudores, temblores, muslos, pechos, nalgas, pubis: formas de celebrar el milagro de estar vivos.

“Todo lo doy a cambio del deseo” escribió Julio Cortázar en uno de sus poco conocidos poemas. Poco importa si al regreso nos aguardan renovadas formas del cansancio.  Al fin y al cabo, el deseo y la fatiga son manifestaciones del hecho de estar vivos. Por eso en las páginas de La ciudad de los crepúsculos alientan todo el tiempo cuerpos soñados, deseados, poseídos, presentidos o inventados. Ese latido incesante es lo que hace soportable tanta desolación como la que nos sale al paso mientras leemos.

(…) Para qué querer ver el resto, para qué reventarse la cabeza imaginándolo, si está ahí, descubierto, en la cara, en cada pliegue y tonalidad de la piel de la cara, en cada saborcito y olorcito despedido por rinconcito, auuuhhuuummm aaaffff, respiración profunda para aspirar el aroma de la rosa humedecida, el aroma de tu rosa, olerlo, sentir tu mohito tibio, su musgosidad enervante, sususususurro de pliegues olvidados, uhhuummm…aaaffff, respirando, qué puede haber más íntimo que el olor, no hay  nada más íntimo que el olor, los ojos miran en la superficie de un cristal, el sabor viene de la superficie del agua, distante, remoto, el sonido tiene algo de inexistente, la piel sacude nuestra envoltura pero el olor nos invade, nos inunda, nos retrae, se mezcla de inmediato con nuestra sangre, por eso tu olor es el recuerdo de ti que más me trastorna(…)  Tomo II página 250.




Vistas las cosas así, La ciudad de los crepúsculos parece a ratos el trabajo de un escultor. Alguien empecinado en interrogar la piedra del tiempo para obligarla a confesar sus secretos acumulados a lo largo de los siglos o de la efímera vida de hombres y mujeres como los que cobran aliento en las páginas del libro. Almas en pena vueltas a la vida por el llamado de las palabras, como puede constatarse tras la lectura de una delicada crónica titulada Las cenizas de Orlando Contreras, sobre el funeral marino del célebre bolerista cubano. Y, en el silencio, los pensamientos se escuchaban como voces.

Contra todo pronóstico, el narrador se las arregla para que el rompecabezas de su vida y, en últimas, el de la vida de todos, empiece a cobrar forma. Puestos a utilizar tópicos, lo suyo es el libro de un viaje iniciático, con todos los elementos que el modelo exige: encantamiento, descubrimiento, horror, sanación y conocimiento de uno mismo, en este caso de “ El sujeto”. El encadenamiento se nos revela entonces con toda claridad. El valle de la muerte, La ciudad de los crepúsculos y El País del sueño trazan en el mapa el itinerario del viaje de un hombre  al fondo de sí mismo.

No es casual entonces que el relato nos remita a voces como las de Julio Verne, Edgar Allan Poe,  Melville, Malcom Lowry, Juan Carlos Onetti, Cortázar, Gustavo Ibarra y, claro, los obligados clásicos griegos y latinos. Cada uno a su manera propuso su propio viaje a los infiernos, de donde regresó con una pieza del rompecabezas infinito que es la literatura universal, desde el más anónimo hasta el más célebre de los escritores.

                                             Gustavo Ibarra Merlano

“¿Qué haces, Pasifae?” “Estoy tallando una vaca de madera”, escribe el sabio y cínico- ¿No será redundante eso de sabio y cínico?- Wenceslao Triana en una de sus frecuentes lucideces .  Así de simple es la clave: todo creador debe tallar su propia criatura anhelada. En el papel, en la piedra, en el lienzo, en el pentagrama: da igual. Poco importa si al final se desvanece en el aire, como todo, como todos. Al final de la lectura de La ciudad de los crepúsculos queda la certeza de que Gustavo Arango o “ El sujeto” y va uno a saber quién más han conseguido darle aliento a su propia vaca de madera, a su Neverland, a esa Sri Lanka a la que, con distintos nombres, todos anhelamos llegar .


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=I-cOD2x-qBs

 

 

 

 

 

 

 

 

                         

                                     

                                          

martes, 30 de julio de 2024

Fútbol en tinieblas

 




¡Auxiliooo!¡Ladrooones! ¡Nos robarooon! vociferan al micrófono los relatores deportivos y los acompaña un coro de dirigentes, empresarios, entrenadores, futbolistas y- los últimos pero no menos importantes-, cientos de miles de aficionados que apostrofan e insultan en todos los idiomas.

La razón de semejante pataleta es obvia: el equipo de sus intereses, y a veces de sus afectos, perdió, como por lo demás se suele perder en todos los juegos, incluido el de la vida.

Como todos sabemos, el blanco de los ataques es siempre un árbitro y, en tiempos más recientes, el VAR, ese aditamento tecnológico que, sólo en teoría, permitiría impartir justicia sin dejar lugar a dudas.

O al menos esa fue la idea que nos vendieron: el VAR como soporte de las decisiones arbitrales, cuyo resultado final redundaría en beneficio de un concepto manoseado hasta el hartazgo: la transparencia como fundamento de la ética ¿o era al revés?

En todo caso, el asunto siempre me sonó como el caso del ladrón que va a la policía a implorar justicia contra el fulano que acaba de birlarle lo que él mismo había robado minutos antes.

Porque ahí reside la clave de todo: los actores de la comparsa saben, pero fingen ignorarlo, que hacen parte del entramado mafioso de un cartel llamado FIFA cuyos dirigentes no se cansan de repetir, y en eso no se equivocan, que esa entidad es “La multinacional más grande del planeta”.




Y lo es, al menos desde que la televisión se perfeccionó y las transmisiones en directo les permitieron a los potentados dimensionar la magnitud de un negocio que no ha parado de crecer. Eso explica, por ejemplo, la multiplicación de torneos y torneítos en todos los lugares de la tierra: donde quiera que haya un ser humano sentado frente a la pantalla alienta un consumidor en potencia de cuantos productos circulan en el mercado; desde automóviles de lujo hasta discursos políticos o religiosos, pasando por gaseosas sin azúcar, licores sin alcohol, lociones para que ellas caigan rendidas o laxantes para alcanzar una cagada más placentera.

Eso para no hablar de los mundiales, unos campeonatos donde, en efecto, participaban los mejores, como esa selección Brasil de 1970, donde el único superdotado no era Pelé… aunque lo pareciera.

Fue después de ese mundial cuando se empezó a hablar de la “necesidad” de aumentar el cupo de dieciséis participantes a veinticuatro; luego a treinta y dos y, desde la llegada de Infantino, el capo que descabezó al no menos turbio Joseph Blatter, se insiste en que los participantes deberán  llegar a la descabellada suma de cincuenta y dos .  Al paso que van, pronto los competidores serán más de la mitad de los países existentes en el planeta. No se apuren: ¿Qué tal un partido Vietnam del Norte contra Islas Vírgenes?

Por supuesto, como sucede con todas las formas de pillaje, siempre habrá nobles pretextos para justificarlo. En este caso se habla de la “democratización del fútbol”, borrando de un plumazo el criterio de calidad para reducirlo todo a una ecuación financiera: más partidos igual a más derechos de televisión vendidos y por lo tanto más facturación en publicidad. El siguiente eslabón es fácil de predecir: si los aficionados dejan de acompañar a sus equipos porque pueden ver los partidos sin moverse de casa es problema de ellos. El resultado son esos partidos jugados con los estadios vacíos, un paisaje frecuente en América Latina, donde las empresas de televisión, conchabadas con empresarios, dirigentes y periodistas deportivos se inventan torneos de pacotilla con el fin de promocionar y vender futbolistas en Europa y en mercados emergentes controlados por magnates cataríes, chinos, rusos y japoneses. “La otra mitad de la gloria” le dicen con supersticiosa pompa a un embeleco de esos.




¿Y el juego? Preguntará un hincha atribulado al no encontrarlo, perdido en tinieblas como anda.

En realidad, la degradación ha sido vertiginosa. En sus orígenes el Football fue un entretenimiento de las élites coloniales inglesas, dueñas del tiempo libre para permitirse esos lujos. De allí nos vienen palabras tan entrañables como corner, orsai o penalti. Al trasladarse a América, se convirtió en fútbol y ese no es un detalle menor. Con la argentinización del vocablo empezó a bajar de escalón en escalón hasta que el pueblo lo hizo suyo y provocó la desbandada de los aristócratas. El simbolismo político y social salta la vista, al punto de que no es difícil imaginar a Karl Marx haciendo proezas intelectuales con el fenómeno.

Cuando el juego pasó a ser de los políticos el pueblo siguió siendo importante. Era el tiempo de los cracks indómitos y bohemios que hicieron del potrero su seña de identidad y la de quienes los seguían. Fue ese el momento cuando la televisión empezó a mostrarles a los europeos el valor de ese talento que se daba silvestre a este lado del mundo.  Reviviendo el viejo espíritu colonial, ingleses, españoles, italianos y a veces franceses, alemanes y portugueses se lanzaron a cazar los mejores ejemplares en el mercado. Así se fortaleció el poder de empresas como el Real Madrid, el Barcelona, el Manchester United y el Inter de Milán.

A partir de ahí los tiburones no han quitado el pie del acelerador. A ese ritmo crearon el mito del futbolista famoso y multimillonario vendido como modelo a millones de niños y jóvenes en el mundo entero. Es un negocio de doble vía. El monopolio de las estrellas garantiza la obtención de más títulos. De estos se deriva más atención mediática y por lo tanto más ingresos que permiten adquirir nuevas estrellas. El círculo de los poderosos se cierra así cada vez más.




A resultas de todo eso surgió el negocio de las apuestas. Poderosas empresas, entre ellas algunos equipos célebres, se hicieron con esa nueva veta del negocio, abriendo las puertas a otras formas  de corrupción de las que se lucran todos los componentes de lo que el eufemismo llama “la cadena productiva”: deportistas, representantes, dirigentes, empresarios, periodistas  y el resto de la fauna.

Con las cosas de ese tamaño, no sorprende que el viejo y conocido grito de ¡Al ladrón!¡ ¡Al ladrón!  se escuche cada vez con mayor insistencia en todos los estadios o desde los micrófonos. Poco importa si quienes imploran auxilio acaban de asaltar a su propia madre.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=7Ie4oL17Nwc

 

 



 

lunes, 15 de julio de 2024

Homo virtualis

 




Toda época se cree fundadora del mundo. Antes de ella estaban el vacío, el caos y las tinieblas bíblicas. Aquello de “caminamos sobre hombros de gigantes” funciona apenas para unos cuantos espíritus lúcidos y agradecidos. De ahí el prestigio infundado de las palabras inventor o  genio como si los seres y las cosas surgieran por generación espontánea, sin deuda alguna  con quienes los precedieron.

La llegada de internet dotó de un nuevo sentido al vocablo latino Virtualis, heredado del griego dinaton  a  través de Aristóteles. En su acepción original, dinaton quiere decir lo que tiene un principio de movimiento, de dinamis que permite hacer algo o experimentar algo. La virtualidad es entonces una potencia.

Cada nueva tecnología entroniza un lenguaje, una cosmovisión a medida que transforma nuestra percepción de las cosas. Un caso clásico es el robo del fuego por parte de Prometeo para entregarlo a los hombres. De inmediato ese acto modificó la valoración que los mortales tenían de sí mismos y los hizo capaces de enfrentarse a los dioses que, a modo de castigo crearon a Pandora y la hicieron portadora de todos los males.

Internet no podía ser la excepción. Entre tantas palabras y conceptos que nos ha deparado- entre ellos el viejo y conocido vocablo Avatar para no hablar del lapidario hater- una de las más utilizadas y abusadas es virtualidad o, para ser más precisos, realidad virtual. Hasta hace poco, esa realidad estaba ubicada en el futuro, en un mundo de ciencia ficción, pero con el talante vertiginoso de los cambios ahora está en el presente y muy pronto se situará en el pasado antes de sorprendernos con alguna otra novedad.




Al retornar al pasado la realidad virtual no habrá hecho otra cosa que volver al origen, porque, en últimas, los seres humanos no hemos hecho nada distinto a forjar mundos paralelos que después se traducen en  descubrimientos  científicos, religiosos, políticos, literarios, musicales o artísticos.

¿O qué son si no, las intuiciones de los pitagóricos acerca del número como lenguaje cifrado del universo? La célebre expresión “todo es número” es apenas otra manera de nombrar la virtualidad de la realidad… o la realidad de lo virtual, depende de cómo se mire.

Algo parecido puede decirse de la llamada “Literatura de ficción”, en la que me atrevo a incluir La Divina Comedia, del Dante, con sus universos paralelos de cielos e infiernos

Pensemos nada más en esa formidable expresión de la virtualidad sintetizada en el mito bíblico del  Paraíso Terrenal del Antiguo Testamento. Allí están cifrados-  siempre habrá una cifra, una clave- algunos elementos que siguen obrando en la mente y la conducta de millones de creyentes formados en las grandes religiones del Libro:  el pecado, la mancha, la culpa, el castigo y – lo más importante- la redención. Es tan poderosa esa presencia que hasta los más recalcitrantes ateos a menudo tienen que enfrentarla en silencio: los he escuchado hablar de esas cosas, aunque en principio no  reconozcan ese legado del cristianismo y lo oculten detrás del sibilino lenguaje freudiano

Como podemos ver, la realidad virtual es acaso nuestra más antigua y fiel compañera de viaje. Sólo que vestida con otros ropajes.

Y apenas vamos en el Antiguo Testamento. De ahí en adelante o más atrás según la perspectiva de cada observador, nos la encontramos en todas partes: en las cuevas de Altamira, en los mitos y leyendas de todos los confines de la tierra, en los libros de caballería, en las plegarias, en las canciones de los trovadores, en las imágenes de los místicos, en las ecuaciones de los físicos, en los poemas de todas las lenguas, en los discursos políticos. Llegados a este punto, vale la pena detenerse a pensar en un detalle: en últimas, los políticos en campaña les proponen a sus potenciales electores una virtualidad a la que deben votar si quieren hacerla realidad. Por eso al llegar al poder se ven ante la imposibilidad de convertir en hechos lo prometido y se desencadena entonces una oleada de decepción.




Así las cosas, en lugar de ser una criatura engendrada por la internet, lo que hizo la virtualidad fue migrar hacia ese universo, tal como lo han hecho tantas cosas de la vida: las viejas cartas convertidas en correos electrónicos, las obras de arte o las músicas de todos los tiempos circulando a través de canales como Youtube o de páginas web con millones de seguidores, el chismorreo cotidiano multiplicado en las redes sociales, las vanidades de siempre  asomadas a través de Facebook  o Instagram.

Les propongo entonces su propio viaje a través de la milenaria realidad virtual. Pueden hacerlo de adelante hacia atrás o viceversa; si así lo consideran pueden permitirse digresiones o fabricarse atajos. De esa manera, en algún recodo del camino a lo mejor los asalte la presencia certera de su familiar homo virtualis.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=pFS4zYWxzNA

miércoles, 19 de junio de 2024

Tila, Zweig y las cebras

 




En la saga de Las Mil y una Noches- o Las mil noches y una noche- como le gustaba decir a Borges, un cuento perfecto es un pasadizo lleno de trampas que al final conduce a una revelación, o al menos a una sorpresa. A ese recurso apela la princesa Scheherezade en su afán de salvar la cabeza, siempre a merced del alfanje del sultán.

 De ahí que se haya vuelto un tópico recomendarle al joven aspirante a cuentista leer con atención a Chéjov: nadie como él para depararle sorpresas al lector.

Los cinco cuentos que conforman el libro titulado La estación de las cebras, del escritor colombiano Mauricio Peñaranda, participan de esa condición: a lo largo del camino encontramos trampas, señuelos, encrucijadas, que al final nos deparan una sorpresa cuando no una revelación. Esas virtudes, aparte del alto nivel de la escritura, fueron reconocidas por el jurado que escogió la obra como ganadora del premio Colección de Escritores Pereiranos en su edición 2021.




Empecemos por el final: sólo en la última frase confirmamos lo que era apenas una sospecha forjada a partir de datos dispersos a lo largo del relato: que el hombre y la mujer que se suicidan el 21 de febrero de 1942 en un hotel de la población brasileña de Petrópolis no son otros que el escritor austriaco Stefan Zweig y su esposa Lotte. El título del cuento, El mejor taxista del río, sólo en apariencia es prosaico. En realidad el taxista que conduce a Zweig y a su mujer hacia el último puerto es el Caronte de la mitología griega. Después de todo, desde antes de morir Stefan y Lotte ya son almas en pena que vagan por el mundo en un exilio sin fin. Así, en la página 96 del libro el narrador nos permite asomarnos por un instante a ese paisaje de desasosiego:

De esa serie de viajes al interior del país surgió un libro escrito a petición del gobierno que resultó ser el más controvertido que pueda recordar. Le ofrecieron todas las garantías y recursos imaginables pero su sensibilidad no podía filtrar ni digerir esa multiplicidad de matices en medio de su tragedia interior. Así pues, no basta la trampa implícita en la belleza de tarjeta postal del paisaje brasilero: la tragedia, el desgarramiento interior de Zweig es la revelación que nos depara este cuento.




Tila

Después de las lluvias, cuando todo parecía olvidado, diluido en un propósito que no llegaría a consumarse, papá trajo a Sarí. Así empieza el primer párrafo de este libro   cuyo misterio aparece sugerido de entrada, porque el lector nunca podrá resolver el acertijo acerca de a qué universo pertenece Sarí: si al de los difuntos, al de los recuerdos o al todavía más inalcanzable de las almas en pena. Si la lluvia como presencia o como añoranza aparece en todas las instancias de la vida,  en el cuento  deviene metáfora, anuncio de algo por llegar que no se resuelve nunca… como la vida. El recurso a la poesía- el autor del libro es también poeta- se hace manifiesto a la hora de crear una atmósfera que ahoga y libera a partes iguales.  Tila lo cuenta así en su incapacidad para asimilar la al parecer inminente muerte se Sarí: Nos intimidaba la culpa. Su muerte nos cerraría el porvenir. Si ella se recuperaba significaba que la vida nos concedía una segunda oportunidad. En esos días adquirimos un hábito que de ningún modo nos había sido infundido: orar. Gestionábamos ante Dios como ante un tendero del que pretendíamos obtener una rebaja; sólo  que lo hacíamos de rodillas y llorando.

La boda

Si sobre los cuentos anteriores gravita siempre la angustia, en el titulado La boda hay una suerte de polo a tierra no exento de humor negro. La anécdota gira alrededor del célebre Maracanazo: la derrota de Brasil a manos de Uruguay en el mundial de fútbol de 1950 y lo que eso significó en la vida de millones de brasileños. El domingo 16 de julio de 1950, a eso de las 7: 30 de la noche, horas después de que los fuegos pirotécnicos se cancelaran en río, y de que Alcides Edgardo Ghiggia nos diera la estocada final anotándonos el que durante toda la vida recordaríamos como el gol del silencio, papá repuntó en casa de los abuelos maternos envuelto en un aura de pena y palidez.




Otra vez nos encontramos aquí con el aura de pena. Ese algo metafísico, esa densa niebla que envuelve a los personajes, porque lo de la derrota de Brasil es apenas el ropaje del dato esencial: papá debe casarse al otro día y ese ambiente de catástrofe habrá de acompañarlo hasta el final.

Palabras en el mar o la invención de la realidad

Como nadie le escribía, inventó los personajes que sufrirían por ella, inventó antiguos amantes, confidentes, amigos entrañables y enamorados sin esperanzas. Invertía las horas escribiéndose cartas que remitía desde una oficina postal cercana a su apartado del centro, y a los días iba a retirarlas con emocionada sorpresa, leemos en el primer párrafo de este cuento.

Visto así, el relato es un homenaje a la literatura, a su capacidad para poblar y repoblar nuestra soledad y aureolarla de un aire de fiesta que nos ayuda   a sobrevivir y convivir con los otros, aunque sean inventados.

En la estructura del libro, este cuento funciona a modo de tregua, de recreo, antes de enfrentarnos a la dureza del  relato que le da título a la colección: La estación de las cebras.

En este último la tragedia ya no es sólo humana: es también el sino de los animales confinados en un zoológico donde reinan el hambre y el abandono en medio de la tragedia de un país llamado Venezuela pero que puede ser cualquiera. En un juego de cartas cruzadas entre los hermanos Rodrigo y Luisa Fernanda, entreveradas con fragmentos del diario del padre que agoniza en medio de una enfermedad agravada por los juicios morales y el resentimiento de Mercedes, su mujer, los pasadizos secretos son más tortuosos que nunca: salvar la cabeza de la princesa Scheherezade   tendrá un precio más alto, el de la más pura derrota. En la página 71 del libro el diario del padre nos permite una muestra de ese paisaje. Refiriéndose a su esposa Mercedes escribe:

Para ella, la duración de mi vida no deberá exceder la duración de las vacaciones. A veces la sorprendo mirándome y comprendo que mide mi desgaste en términos de tiempo. Teme al contagio para ella y los niños. No se atreve a confesarlo pero sé que es así. Sabe que la posibilidad es remota si se toman las debidas precauciones, pero su temor es supersticioso e irreductible. Lo de la partida fue preparado por etapas. Ya no deja que los niños me hablen del otro lado de la ventana.

Ya adultos, Rodrigo y Luisa Fernanda releen el diario y tratan de asomarse a la sima del abismo abierto entre sus padres. Al mismo tiempo, Rodrigo hace de la salvación de las cebras una misión que consiste sobre todo en curarse a sí mismo y a quienes lo rodean.

 Bien sabemos que el olvido en vida es una prefiguración de la muerte definitiva Y los protagonistas de esta historia lo saben muy bien.  Así se desprende de este fragmento del diario:

Esta soledad, por fuerza, debería entregarme lo mejor del recuerdo, aunque siento que todavía no estoy preparado para los vaivenes de la memoria. No puedo estar conforme. ¡La vida ha pasado tan pronto! No hay mucho que recordar. Todo estaba por hacerse y se destruyó. Se resquebrajaron las ilusiones de quienes me amaban, y aquí estoy, sin mayores perspectivas para hablar de la muerte, sin una vida siquiera vivida a plenitud, sin mucho que contar, salvo que Mercedes fue mi novia del colegio, y quien nos separa… mi único amor.



El carácter incompleto, trunco de toda vida. Allí reside la clave de estos cinco cuentos en los que la tensión nunca decae, otra condición indispensable para que el relato llegue a buen puerto. La destreza narrativa de Peñaranda, su proximidad a la poesía, crean una atmósfera común que le da cuerpo al libro, independiente de su diversidad temática. Esa es la garantía de que entre Tila, la lluvia, las cebras, las cartas de una mujer a sí misma y el suicidio de Zweig y Lotte aliente una recompensa impagable: el acceso aunque sea por unos pocos segundos a la  esencia del misterio.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=cPnAXCrQY2o

 

 

 

miércoles, 5 de junio de 2024

Hijos de Cadmo

 



 

En los mitos griegos más antiguos el héroe Cadmo mata al dragón y siembra sus dientes en la tierra. De éstos nacerán los guerreros que más tarde fundan la ciudad de Tebas en la que Cadmo será rey. Es la misma Tebas donde la esfinge cifra el destino de Edipo y de su trágica saga.

Al contrario de China, donde el dragón es un mito solar, la imaginería cristiana asocia el dragón con lo nocturno y por ese camino deviene, al lado de la serpiente y del fabuloso basilisco- nacido de un huevo de gallina empollado por un sapo- símbolo del demonio, del pecado, es decir, de los poderes terrenales contrarios al topos uranos, a la civitas dei de que hablará más tarde Agustín de Hipona. Cabalgando en esa dirección los bestiarios cristianos alimentan un catálogo en el que abundan las alegorías y las imágenes que hacen de los animales representaciones que oscilan entre el mal puro y lo numinoso. De hecho en el Nuevo Testamento tres de los evangelistas están acompañados de igual número de animales: león, águila y buey.  A su vez, en el libro del Apocalipsis, el dragón que escupe fuego es la bestia misma, el sumo sacerdote de las huestes infernales.

Esta breve introducción nos ayuda a adentrarnos en las 334 páginas de la novela Sortilegio, del escritor Julián Andrés Gómez Pineda (Manizales, 1977), obra ganadora del premio de novela Ciudad Pereira en el año 2021. Especialista en el medioevo europeo, profesor de literatura clásica en la Universidad Tecnológica de Pereira, es además autor de la novela El ocaso de la locura, ganadora del mismo premio en 2014.

Esa sólida formación hace de Sortilegio una novela muy bien escrita. Con un brillante manejo de la lengua española propia del siglo XVI, época en la que se desarrolla la historia de los protagonistas, el autor nos conduce de a poco  hacia el centro cada vez más intrincado de  un bosque que es a la vez metáfora de la vida interior de los  personajes y trasunto histórico de la expansión imperial de  España en lo que algunos historiadores llaman La Conquista de América. Al modo del mito de Ariadna, la tarea del lector consiste en llegar al punto exacto donde las brujas ofician sus encuentros con el  Gran Cabrón,  el  Príncipe de las tinieblas, el fornicador de verga helada, el engendrador de  íncubos y súcubos, el forjador de una estela de horror que, transmitida de generación en generación, aún alienta en lo más oscuro de nuestros  insondables temores.




Lo que veas, escríbelo en un libro

Ese es el mandato al que obedecen los escritores  de todos los tiempos. Porque en medio de las turbulencias propias de una época, sólo las historias sobreviven. De modo que Casiano, el narrador de la novela atiende el mandato y se da a la tarea. Debe completar la obra iniciada por  Angelus de quien, antes que continuador, se siente un doble.

Todo empieza en Santiago de Compostela, en una Galicia donde la humillación agobia a su familia empobrecida y en otro tiempo próspera. Es el tiempo de las grandes empresas marítimas y Casiano se embarca en una nave maltrecha y plagada de ratas en la que no tardan en cundir el hambre, la desconfianza y las enfermedades.  El capitán es Pedro de Heredia, quien ha reclutado a una panda de perdularios sin nada que perder, entre los que se  cuenta Arcesio, tío de Casiano. En un mundo que se desploma, donde la fructífera convivencia entre árabes, judíos, cristianos y descendientes de visigodos es cosa del pasado es mejor hacerse a la mar. Además, las noticias sobre fabulosos reinos donde   los caminos están empedrados   con oro avivan la imaginación de unas mentes de por sí enfebrecidas.

Pero volvamos atrás, al   temprano relato de los recuerdos de Casiano en la casa materna; en la página 35 de la novela – o de su manuscrito, si lo queremos ver  así- nos cuenta que:

Despierto con sobresalto y me incorporo como llevado por un impulso involuntario. Esa horrenda imagen de una anciana bruja me acecha en mis pesadillas. Seco el sudor de mi frente, y recuerdo muy bien a mi madre recitando las doce verdades, atrapando a la bruja que había escapado de la estancia donde dormía mi tío; yo era aún un niño, y no creía en tales historias (aún hoy me cuesta dar crédito a estas cosas, creo que son sugestiones de la mente), pero lo recuerdo muy bien, tanto que esas doce verdades se quedaron grabadas en mi mente.




A partir de ese momento, Casiano y los otros protagonistas de la historia tendrán que volverse duchos en conjuros, porque el mal se agita en el aire a todas horas (ese es el verdaderos sentido de la imagen de la bruja volando en su escoba) y Dios  se empeña en mirar  hacia otro lado:  las prácticas  de la Inquisición parecen más propias de una mente infernal que  de  un tribunal inspirado en la justicia divina. Pero eso es propio de la época: quienes están más lejos de la gracia a menudo son los propios monjes encargados de invocarla, como lo aprenderá Casiano apenas  desembarcado en el Nuevo Mundo, que poco tiene de nuevo, a juzgar por la manera como los aborígenes adoran a su propia legión de  dioses  y  demonios, que a menudo se confunden con el panteón de los recién llegados.

Al enterarse de que su tío Arcesio va a ser embarcado como prisionero,  el joven Casiano decide cometer un delito y hacerse capturar como garantía de que así será enviado también a las tierras de ultramar. Como todos, Arcesio está atrapado en la urdimbre del espíritu de la época, es decir, de la creencia en las prácticas brujeriles. De hecho, en la nave viaja también la bruja  Candelaria, una presencia que cruza de principio a fin las páginas del manuscrito.

Mi tío Arcesio piensa que soy tonto. Cree que no sé lo que le ocurre, pero lo sé mejor que nadie. Una noche llegó ebrio como de costumbre, venía de la fonda. Entró en el granero mirando como si alguien lo persiguiera, yo pude verlo desde la ventana del cobertizo. Bajé apresurado y por el  güeco de la puerta roída lo vi todo: se palpaba las partes masculinas y decía : “ Dios mío santo y poderoso, la folla ¿ adónde se ha ido?” y se tocaba desesperado porque no vía su miembro… y luego salió dando tumbos, con su mano agarrando un viril inexistente, porque según parecía, lo había perdido en la cama pública de doña Tigresa; y ansí como vino se fue, a rogarle que le devolviera lo que era suyo, lo supe porque el mesmo me lo dijo luego.




Capaz de   despojar a los hombres de su miembro viril mediante sortilegios heredados  a lo largo de las generaciones, la bruja se nos revela así como lo que en el fondo es: la gran metáfora de la rebelión contra el dominio masculino pues, ¿ Qué es un hombre sin su viril, sin  su verga, sin su consentido instrumento de goce y reproducción? Si durante el día  el macho la sojuzga y  condena al silencio, la noche , la sombra lunar , es el reino donde  la hechicera restablece el equilibrio del mundo.

Leído así, no es casual que el manuscrito- o la novela- esté precedido de una cita del Malleus Maleficarum o Martillo de las Brujas, el manual redactado por el Tribunal de la Inquisición- o por el mismísimo demonio, dirán algunos- para identificar, perseguir, condenar y ejecutar a herejes y apóstatas, perros, hechiceros y fornicarios:

“Y qué debe pensarse entonces de las brujas que desta manera reúnen, a veces, órganos masculinos en grandes cantidades, en ocasiones veinte o treinta miembros, y los ponen en un nido de aves, o los encierran en una caja, donde se mueven como miembros vivos, y comen avena y trigo, como lo vieron muchos y es cosa de información común?”

                                                                         Malleus Maleficarum, II, 30





 

Por lo pronto, la bruja Candelaria hace méritos para atraer sobre su persona el martillo del tribunal cuando recomienda:

Para mandar el alma de un difunto sobre alguien, para atormentarle o hacerle enloquecer, o matarle, hay que hacer varias cosas. Primero hay que salir a media noche, y en un recodo donde se junten tres caminos, esperar una perra en celo; cuando llegue la perra hay que arrancarle algunos pelos. Se pone la caldera al fuego y en dos partes de sangre de cerdo nonato se agrega nuez moscada, castaña, oliva negra y jengibre. Mientras el conjunto suelta el aroma debemos agregar tres ratas negras nacidas en luna creciente, estas ratas representan las personas innombrables, Quando se agregan las ratas hay que abrir la ventana para que entre el éter noturno hasta la caldera y entonces se agrega grasa de difunto, que se tiene siempre en un frasco disponible.

 

Una vuelta por Babel

A estas alturas, sobra decir que Sortilegio es una novela erudita, entendida esta palabra no como el despliegue  pretencioso de datos,  sino en el sentido de amplitud y profundidad, condición necesaria para abordar los fenómenos.  Gracias a esa erudición podemos aproximarnos a la esencia de un mundo donde los descubrimientos científicos y la expansión por tierra y mar conviven con las más tenebrosas prácticas en las que la bruja Candelaria o el monje Rubicundo, ambos prosélitos del demonio Abduxuel son discípulos aventajados. De ahí que, aparte de la voz del narrador, de los narradores, la obra  sea toda una estela de voces: la del tío  Arcesio, la de Pedro de Heredia, la de los aborígenes, la del árabe suicida Abderramán, descendiente de Boadbil, el último rey moro de Granada, la de la bruja Candelaria. Pero, además, están los murmullos del pasado,  las maldiciones y conjuros que  se escuchan en el bosque o resuenan entre las paredes del monasterio. Para muestra, en la página 243 leemos estos versos finales del Auto de fe contra los fornicadores Bonifacio y Sofía:

¡Cumplid buenos verdugos la sentencia!,

El santo inquisidor se ha pronunciado,

Esquilo agora mesmo estas ovejas,

Y dellas el pecado  hemos purgado.

Oíd aquestas místicas sentencias,

Dictadas de los gran iluminados:

A aquestos que son duros de testuz,

La Iglesia les ha hundido el arcabuz.

Los duros de testuz, los réprobos, herejes y apóstatas mencionados en el Martillo de las Brujas. Los alzados contra todas las formas de poder secular, empezando por el eclesiástico. Entre los bosques de Zugarramurdi  y los del altiplano donde los jefes chibchas se disputan a muerte el control del reino se escuchan los gritos de guerra y los lamentos de los torturados, de los  sorprendidos en conjura o de los moros, cristianos y judíos entregados a los goces del cuerpo, a la celebración de la vida. En este último punto, el virtuosismo del narrador se nos presenta en la voz de Angelus:

Yo, Angelus, Recaudador de las Memorias de la Orden, el más pecador y sucio de todos, quando puse por vez primera mi masculino  atributo en las carnes rosadas y lúbricas de mi amada, caí en éxtasis o visión extática, porque un demonio llamado Abduxuel, vino a mí mientras en las entrañas de mi amada hundía mi miembro a holgura, y mientras jadeaba, este demonio me sacó de mi cuerpo, por arriba de mi cabeza, llevándome a un sitio muy quieto donde tuve muchos y variados deleites jamás pensados, y luego puso su boca de cinocéfalo en mi oído, mientras con una de sus garras me sostenía la cabeza y habló de modo muy claro en hebreo antiguo, y lo que él me dijo se copió en mi memoria de manera prodigiosa en las letras hebreas(…)

El  párrafo anterior está fechado en el año de 1457 ,a poco menos de cuatro décadas de la llegada de los españoles (andaluces, gallegos, catalanes, aragoneses, murcianos, y otros tantos) a  las tierras regadas por el Río Grande de la Magdalena. A completarlo dedicará su vida el joven Casiano, por mandato de Dios o del Diablo, da igual. Porque, como se desprende de la última frase del libro, los íncubos y los engendros son   solo un sortilegio.


PDT les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=70pPE9cQ74w&list=PLgUDJQUxv4hx7JDVHuzJdlbwNem3VtahR