jueves, 25 de abril de 2013

Humores prohibidos




Como buenos hijos de un país de gramáticos, al final rectificaron: “quisimos decir otra cosa, el propósito del proyecto no es ese, el texto resultó mal redactado”. En resumen, el  ponente de  la iniciativa  liderada por los congresistas  Juan Manuel Campo Eljach, Diego Alberto Naranjo Escobar y Augusto Posada negó que la idea contemplada en el proyecto de ley 001 de 2012 tuviera entre sus objetivos imponer alguna forma de censura o prohibición al ejercicio de la parodia o imitación de personajes públicos como forma de expresión política y artística.
Pero los temores quedaron en el aire. Después de todo habitamos un país donde cada cierto tiempo algún vocero de la caverna más oscura  sugiere la posibilidad de revivir el delito de opinión como mecanismo de control de las conciencias críticas y con él las distintas expresiones  de ese  liberador ejercicio de salud mental y social que es el humor,desde las caricaturas hasta los más lúcidos aforismos.
Ustedes conocen la escena. “¿Acaso no sabe quién soy yo?” le grita el político, el empresario, la actriz, el músico o el deportista célebre al representante de la autoridad cuando lo sorprende  en alguna irregularidad o a sus  colaboradores cuando no lo atienden con la reverencia que cree merecer. Todos ellos padecen de un mal peligroso: carecen del sentido del humor y la ironía.  Por eso se toman demasiado en serio a si mismos. En otras palabras, olvidan su frágil condición mortal, su carácter de briznas susceptibles de ser borradas por el más leve temblor del aire.
Cuando esa condición es puesta a prueba por la sátira, la parodia, el sarcasmo, la ironía o alguna otra forma de humor  algunos poderosos montan en cólera, ordenan una leva... o radican un proyecto de ley  para prohibirlas. Poseídos por esos raptos olvidan algo muy sencillo: si tuvieran la lucidez y la capacidad para burlarse de sí mismos no  se verían involucrados en situaciones tan patéticas  y no tendrían que salir a rectificar cuando les llueven los cuestionamientos. Al fin y al cabo, el buen humor, el fino humor es hijo inevitable de la inteligencia.
Proscribir la risa siempre ha sido una tentación para los regímenes totalitarios. Si a algo le teme el poder absoluto en este mundo es a la  capacidad de la irreverencia para corroer sus pedestales, para poner en duda la misma lógica de sus designios. Alguien empecinado en mostrar nuestras debilidades y contradicciones resulta siempre  peligroso. Por eso individuos como Mao, Stalin, Hitler o Franco, que reemplazaron la risa  clara por una sonrisa velada diseñada en los talleres del infierno persiguieron con especial saña a los humoristas,  a esos tipos capaces de desbaratar toda pompa y solemnidad con el más leve guiño, recordándole de paso a la  grey que el emperador está desnudo.
Hace más de una década, el entonces presidente  Andrés Pastrana sufría  una pataleta cada vez que los humoristas del programa radial  La Luciérnaga la tomaban con sus yerros. Fue tanta la  presión ejercida, que en un acto de servilismo- de pragmatismo empresarial, dijeron algunos- la cadena radial Caracol acabó plegándose   a los deseos del mandatario. El hecho le costó el  cargo  al periodista Edgar Artunduaga, encargado de  disparar los más agudos dardos.  Pero el tiempo acabó dándoles la razón a los libretistas: la política contemporánea   tiene muchas cosas en común con el  circo como para que alguien en su sano juicio se la tome en serio . “Si no fueran tan temibles  nos darían risa/ si no fueran tan dañinos   nos darían lástima” canta  el poeta catalán Joan Manuel Serrat en uno  esos versos suyos  sembrados de ironía. Esa ironía imprescindible  para  sobrevivir en medio del cinismo y la desfachatez que rondan hoy el ejercicio de lo público en todas partes.
Allá por el año 423 antes de Cristo, el comediógrafo  Aristófanes  se vio envuelto en líos con los emisarios del poder. Consideraban riesgosa esa socarrona mirada suya sobre los asuntos revestidos de  solemnidad, empezando por los razonamientos de Sócrates. Siglos después le sucedería a   escritores del talante de Jonathan Swifft o  Ambroce Bierce. En esa  feria de las vanidades llamada Hollywood  Groucho Marx padeció lo suyo por su negativa a tomarse en serio a los integrantes del Panteón. De modo que nada tiene de original la iniciativa de los  legisladores colombianos, aunque hayan podido rectificar a tiempo, alertados tal vez por la oleada de risas que se  les echó encima.

martes, 23 de abril de 2013

Sinfonía inconclusa


El comunicado de prensa empieza así: “La junta directiva de la Fundación Arte y Cultura por Risaralda y el Comité Organizador del festival Sinfónico de Pereira informa a la opinión pública que por novedades de última hora que afectan el cronograma, la programación y las finanzas del Festival Sinfónico de Pereira, tomamos la decisión de suspender la realización  de la versión 2013 del Festival”.
Así  de simple. Mientras  desde hace cuatro años los discursos  oficiales enfatizan el carácter cultural de  la celebración del sesquicentenario   de  la capital de Risaralda, uno de los más grandes logros de los últimos años desaparece de la agenda por arte de birlibirloque.
Desde distintos frentes de la cultura y las artes en el orden regional, nacional e incluso internacional, se ha reconocido la rápida   evolución  de  este evento recibido en principio en medio del escepticismo: al fin y al cabo durante décadas funcionó entre  nosotros el estereotipo de lo chabacano y vulgar como única vertiente musical capaz de estimular nuestra sensibilidad  melódica. En contravía de esa percepción,  la calidad de los músicos, la diversidad de la oferta y los distintos  lugares de procedencia de los intérpretes y compositores muy pronto   hicieron del Festival Sinfónico un espacio  respetado  por creadores, melómanos y empresarios. Ser incluido en su programación se volvió una meta difícil de alcanzar.
Como sucede en tantos frentes, el festival  fue el resultado del talento, la iniciativa y  la tenacidad privadas. Artistas, intérpretes y gestores  hicieron posible  la materialización de una idea concebida como punto de encuentro y difusión  de  distintas corrientes enriquecidas a través de un diálogo incesante. Igual pasa con el cine, la pintura  o el teatro. Programas como La  Cuadra, el festival de poesía Luna de Locos, Corto Circuito, el Concurso Nacional del Bambuco  o La Fiesta de la Música tienen su origen en  el esfuerzo y la voluntad de  líderes de la cultura con el auspicio  de empresas particulares. Como son escasas, vale la pena mencionarlas con nombre propio: Cámara de  Comercio de Pereira, Centro Colombo Americano, Frisby, Alianza Francesa o Comfamiliar Risaralda. Al lado de ellas,  las universidades públicas y privadas han estado siempre atentas al pulso cultural de la región, convirtiéndose en valioso punto de apoyo y difusión.
Volvamos a la letra del comunicado. Según mis fuentes las “novedades de última hora” mencionadas por los firmantes del documento corresponden en realidad al incumplimiento de los compromisos adquiridos por la  administración municipal de Pereira. La versión fue desmentida en una comunicación del Instituto de Cultura de Pereira fechada el 12 de abril. Pero quedan las dudas. Por lo visto un festival de estas características no tiene cabida en la retórica oficial del “Desarrollo  cultural basado en experiencias representativas”. Si existe hoy un evento que reúna estas  últimas características ese es el Festival Sinfónico. Los criterios para seleccionar invitados, el cuidado  en la logística, la oportunidad de  la información y la organización administrativa constituyen de hecho un ejemplo para quienes trabajan  en la pura informalidad. Suspender el festival, así sea por este año, significa dar un paso atrás. Entre los artistas  que ya habían confirmado su presencia cundirán las dudas sobre la seriedad de la organización. Y bien lo sabemos: la credibilidad es algo muy difícil de recuperar.  Cuando esta se pierde o se pone en duda provoca una reacción en cadena que en este caso implica a  artistas, gestores, medios de comunicación y entidades de apoyo, para mencionar solo algunos. Las energías reservadas para impulsar el  festival tendrán que ser utilizadas ahora para rehacer el tramo perdido.
Meses atrás vivimos una experiencia parecida. En una emisión del programa de opinión Moliendokafé,  del Canal 81 de Claro, el presidente ejecutivo de la  Cámara de Comercio de Pereira, Mauricio Vega Lemos, anunció su compromiso con la gestación de  una feria internacional del libro  en la ciudad. A la vuelta de unos meses rectificó y anunció en su lugar un concierto de Carlos Vives. Si bien son dos cosas distintas, la feria  un proyecto  y el festival una realidad, las dos situaciones ilustran una concepción de la cultura  como un asunto   accesorio y no como esa  “base de  la nacionalidad” consignada en la constitución política de 1991.

jueves, 18 de abril de 2013

La vida de los muertos



“Muchas tumbas estaban guarnecidas con escudos y banderas de equipos del fútbol profesional colombiano. Casi todas decoradas con flores de plástico, pasta e icopor: margaritas, anturios, simprevivas, heliconias, nomeolvides, azucenas, girasoles, grandes rosas rojas fijadas con cemento dentro de pequeñas materas”.
                                                  Balas por encargo
                                                  Juan Miguel Álvarez
                                                  Rey+Naranjo Editores
                                                  2013

Toda tumba cuenta una historia. La historia de una vida. De todas las vidas: a través de su silencio ensordecedor asistimos, si aguzamos bien los sentidos, al relato  siempre doloroso, algunas veces gozoso y casi siempre vano de la aventura humana. Si la muerte, al cerrar el  círculo de manera perentoria y definitiva, le da sentido  nuestros pasos en la tierra, la tumba y el sepulturero devienen actores claves  para comprender la vida de los muertos. Y Colombia es, bien lo sabemos, un país amasado con la piel y la  sangre de muchas víctimas. No por casualidad la palabra paz cobra un sentido especial  para nosotros. Amparados en su promesa, los políticos  de distintas facciones  se han repartido el poder desde los tiempos de las guerras de independencia.
A reconstruir algunas de  esas vidas desde los recursos del periodismo narrativo ha dedicado sus últimos años el  periodista  y escritor colombiano Juan Miguel  Álvarez. Formado en la escuela de los grandes maestros del reportaje ha publicado en medios como El Espectador, La Tarde o El Malpensante minuciosos   y detallados relatos sobre algunos aspectos de ese tortuoso camino llamado Historia de Colombia. Entre ellos destacan los cientos de cuerpos  atrapados  en los remolinos de Beltrán, un recodo del río Cauca  ubicado a la altura del municipio risaraldense de Marsella. Hasta  allí iban a parar los dolientes de las víctimas de la violencia  en el departamento del Valle, en busca del rastro de sus hijos, esposos, mujeres o padres caídos en esa oleada de demencia protagonizada por paramilitares, guerrilleros,  traficantes de drogas  y agentes del Estado.
También  se ocupó en su momento de las ejecuciones sumarias ordenadas por las que nuestro miedo o hipocresía optaron por llamar “fuerzas oscuras”, aunque todos sepamos quienes son y dónde están. Uno  de esos relatos, publicado en la edición digital de la revista Semana, provocó la airada reacción de la dirigencia local, preocupada porque las denuncias afectaban, según palabras textuales,  “la imagen de la ciudad y la región ante el país  y el mundo”. Claro: están acostumbrados  a  concebir al periodista  no como un contador de historias dichosas o terribles, sino como un promotor turístico, un amanuense del poder o  cosas peores. En menos  de veinticuatro horas el texto fue retirado, sentando de  paso un riesgoso precedente para la libertad de expresión.
Siguiendo ese tono de preocupación ética y estética, Juan Miguel Álvarez publica ahora su libro “Balas por encargo”, un trabajo de la editorial Rey + Naranjo Editores y presentado en  la versión 2013 de la  Feria Internacional del Libro de Bogotá. Con un riguroso nivel de documentación, a través de sus páginas asistimos a algunos de los acontecimientos  que han marcado para mal el último medio siglo de la historia nacional y regional. Los gérmenes de los carteles del narcotráfico que  muy pronto hicieron metástasis en todos los sectores de la vida del país. La legitimación social del sicariato como forma de supervivencia y ascenso social. La ineludible  disolución de los referentes éticos y  sus consecuencias para el cuerpo entero de la  sociedad. Pero además de eso el autor contribuye a desmontar un mito forjado   a varias voces entre dirigentes gremiales, políticos y medios de comunicación: que la relación de Pereira y Risaralda con los  grandes grupos criminales ha sido únicamente la de lugar de refugio, territorio neutral o escenario casual  para dirimir sus conflictos. La realidad es otra: en la década de los sesentas del siglo pasado ya se gestaban poderosas agrupaciones a las que no fueron ajenos algunos hijos conspicuos de las élites locales. Si uno lee con atención comprende porqué ha sido posible mantener altos niveles de consumo y crecimiento a pesar del colapso de algunos sectores de la economía  legal y su consiguiente impacto en las cifras de desempleo. Pero, como todo buen libro de periodismo narrativo, “Balas por encargo” es mucho más: es por ejemplo, una mirada a esa visión del mundo anclada en el dinero como valor supremo, responsable entre otras cosas de los abrumadores niveles de corrupción y del tendal de muertos que nos hablan en cada capítulo de nuestra historia.

jueves, 11 de abril de 2013

Criaturas en fuga



Uno de los tópicos del negocio del turismo es la imagen de un japonés ataviado con camisa hawaiana, pantalón corto y sandalias, disparando su cámara Sony frente a todo cuerpo vivo o  inerte calificado como digno de  ser retratado. Al final la tribu vuelve a casa con un catálogo de instantáneas sin ninguna diferencia con aquellas utilizadas por las agencias de viajes para promocionar sus planes: bailarines de milonga en la Argentina, indios Mapuches de Chile,  pirámides en el  Valle de los Reyes, crepúsculos en los Himalayas, jubilados ante  la torre Eiffel  o  amantes furtivos navegando en los canales de Venecia.
A  la vuelta de pocos años  la práctica dejó de ser exclusiva de los turistas, japoneses o no. Con el advenimiento de la era digital ahora son legión  los individuos  niños, jóvenes, adultos o viejos, consagrados con minuciosa obstinación a registrar en sus cámaras de fotografía y video cuanto encuentran a su paso, empezando por el propio rostro reflejado en vitrinas y estanques, al modo de modernos Narcisos fascinados con su propio fantasma. Nada escapa a su demencial cacería de imágenes: edificios, paisajes, transeúntes, ceremonias, animales, celebridades, avisos publicitarios y automóviles son objeto de un asedio  explicable solo por una epidemia de pavor ante las arremetidas del olvido.
Por ahí va la cosa: los terrícolas del siglo XXI  hemos sucumbido a los terrores de la disolución. El tiempo pasa cada vez más rápido, decimos cuando se acerca una época revestida de algún significado ritual, como la navidad o la  Semana Santa en la cultura occidental. Pero en realidad somos  nosotros los que pasamos por la vida a velocidad de vértigo, sin tiempo para  esa clase  de conocimiento del mundo y de nosotros mismos alcanzable solo a través de la pausa y de la paciente observación.  Atrapados en el engranaje de la producción y el consumo, apenas si disponemos de una tregua  para reponer energías mediante comidas rápidas, breves periodos de sueño con sobresaltos... y excursiones cuyo único propósito parece ser el de coleccionar imágenes fotográficas y de video. Poco importa en realidad el estrato social de los individuos  o las familias. En el fondo las angustias son las mismas. En los niveles bajos son  los afanes de la supervivencia, en los medios los del estatus y en los altos se trata de la conservación del prestigio y el reconocimiento.
Asaltados por la sospecha de la imposibilidad de  la experiencia y la memoria, condiciones para construir los mínimos referentes de  identidad individual y colectiva,  nos aferramos a las imágenes como prueba de vida.  Yo  estuve allí, yo viví esa situación, crucé esos mares, besé a esa muchacha, parecen decirnos. Por eso no tienen sentido  si no se divulgan a través  del clan familiar o de las redes sociales. “Lo publico, luego existo” parece ser la consigna general.  Eso explica  en buena medida la  multiplicación de imágenes sexuales privadas en  Internet. En principio tienen una intención documental: registrar  un momento placentero. Acto seguido  irrumpe  la pulsión: la experiencia pierde sentido sin su difusión. Lo íntimo pasa entonces a ser público, con todas las consecuencias que puedan derivarse de ese sutil cambio de enfoque. En medio del apuro olvidamos lo más importante: las vivencias  intensas y profundas se fijan por sí solas en  la epidermis del ser. Por  lo tanto no precisan de  ayuda externa.  Solo cuando devienen puesta en escena, espectáculo, necesitan el artificio.
Si una imagen es la  representación mental o gráfica  de una idea o un acontecimiento, el frenesí actual sugiere  que la aventura de la vida ha sido suplantada por su representación. Sin darnos cuenta hemos vuelto  a la caverna  de Platón. Vamos por el mundo arrastrados por una fantasmagoría armada con fragmentos de aquí y  allá. Desasidos de lo más esencial de nuestra condición escapamos hacia adelante armados de una colección de  fotografías y videos, con  un agravante: cada minuto podemos borrarlos y reemplazarlos por  una nueva memoria, es decir por una historia  personal recién inventada ¿Cómo  volver entonces a lo más entrañable, a la caligrafía secreta de nuestra aventura en la tierra? Por lo pronto, las señales de esta última  se parecen cada vez más a los resplandores biliosos de las pantallas de  televisión parpadeando en la madrugada desde las habitaciones de los insomnes: ni más ni menos que la estela dejada  en  su estampida por millones de criaturas en perpetua fuga.

jueves, 4 de abril de 2013

Memoriosos



“ A mi nadie me quita ese lenguaje; está incrustado, es un tatuaje imborrable. Y es mi gran herencia. Ha sido  parte de mi alimento. Yo me he alimentado de la fuerza de las palabras”. La anterior declaración de principios aparece en una entrevista concedida por la escritora colombiana Alba Lucía Ángel a un compatriota suyo, el periodista Juan Carlos Pérez Salazar, vinculado desde  hace una década a la BBC de Londres.
Por estas fechas, cuando en distintos lugares se celebra , con retórica no exenta de  un toque pintoresco, el denominado Día del Idioma, resulta  saludable  volver a la obra de la autora de textos tan importantes para la narrativa colombiana como Misiá señora, Los girasoles en invierno, Las Andariegas y  Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Esta última  recupera para la memoria colectiva, desde una propuesta estética atrevida, uno de los momentos  claves en la  reciente Historia de Colombia: los episodios violentos que precedieron y sucedieron al asesinato del caudillo liberal  Jorge Eliécer Gaitán  el  9 de abril de 1948 en  una calle de Bogotá. Pero la novela de Alba Lucía Ángel no es solo la recreación documental de un hecho doloroso. Es , ante todo, una vuelta de tuerca al mecanismo secreto de los recuerdos a través del nunca agotado sortilegio del lenguaje. No por casualidad el título de su novela más representativa alude a los versos de  un juego infantil. “Estaba la pájara pinta...”  es un mantra,  una invitación a desvelar una  zona  oscura de nuestro pasado a la que solo es posible acceder desde los recursos de la palabra poética. A su modo particular, la  autora supo desde siempre que todo gran escritor es, en esencia , un memorioso.
Ese calificativo puede usarse también para definir el desafio afrontado  por  algunas de las más valiosas voces narrativas de la región.  En las páginas de El río corre hacia atrás, Benjamín Baena Hoyos desanda el camino  emprendido  por los protagonistas de una de las avanzadas colonizadoras, para devolvernos en un lenguaje áspero y dulce a la vez, la esencia de esa dura materia de que estaban hechos los colonos, amasada con la herencia machista  árabe y española, el  talante ultramontano  de un sector de la Iglesia Católica y la  tenacidad de quienes tienen por todo patrimonio un puñado de ilusiones.
En otro ámbito, durante las primeras décadas del siglo XX, Alfonso Mejía Robledo resumiría el carácter de la aldea combinando dos oficios para muchos antagónicos: el comercio y la escritura. Gravitando entre esos dos mundos escribió una novela cuyo solo título caracteriza los  primeros intentos  de diálogo entre nuestras  pequeñas ciudades  y el resto del planeta: Las rosas de Francia.
Más cercano a nosotros en el tiempo y el espacio, el poeta, novelista, ensayista, cuentista y traductor Eduardo López Jaramillo haría de su obsesión por la antigüedad clásica o la Francia de la Ilustración un pretexto para recordarnos el carácter universal de  nuestros  asuntos más  esenciales. Los ciudadanos de la  Grecia de Pericles, la Francia de  El marqués de  Sade o los colombianos de estos tiempos de sangre y fuego estamos hermanados por la misma búsqueda ansiosa del sexo y el poder o por un idéntico temor ante  el olvido y la muerte. Ante ellos solo resta el  exorcismo del recuerdo. No por casualidad el título de su única novela  publicada en vida no sugiere un documento , ni una suma de  imágenes  ni una ficción:  Memorias de la casa de Sade invita en realidad  a un tránsito por   esa sutil y a veces  equívoca frontera entre lo vivido y lo recordado.
Como si se propusiera cerrar el círculo, el  más joven de todos estos narradores, Rigoberto Gil Montoya, sugiere desde sus textos otra clase de aventura: la de convertir  en  palabras los recuerdos en el momento mismo de su gestación. A mitad de camino  entre la crónica y la ficción sus novelas dan cuenta de  algunos de los más dolorosos trances de  la historia nacional y regional.  La  retoma sangrienta del  Palacio de Justicia  en 1985; los miles de desaparecidos en las guerras civiles no declaradas de las últimas décadas; el desbarajuste ético y social provocado por el narcotráfico son  algunos de los terrenos transitados por este autor que, sin llegar todavía al medio siglo de edad , ya tiene un lugar asegurado en esta breve y, por supuesto, arbitraria selección de memoriosos que nos ayudan con su palabra a comprendernos un poco más.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Los peligros del folclor




El  cine y la literatura han redundado sobre la anécdota: un individuo se despierta una mañana y no recuerda quién es. Ni el nombre escrito   en su documento de identidad, ni el rostro  reflejado en el espejo le  resultan  conocidos. Mucho menos las personas con las que  comparte  su vida: mujer, hijos, vecinos. Todo su ser es pasto del olvido.  El desenlace no puede ser más perturbador. Si la memoria nos  define  como individuos y  grupos, el olvido equivale a la disolución . No  por casualidad la desmemoria precede   a la demencia en los cuadros clínicos más graves.
Para combatir la desmemoria las sociedades inventaron los mitos y los ritos. Si los primeros  aluden de manera simbólica a momentos  fundacionales como el descubrimiento del fuego, el lenguaje o el encuentro  sexual, los segundos operan a modo de  revalidación de esos momentos. Ese es el sentido de la fiesta   popular en la cultura seglar o de los sacramentos en las prácticas religiosas. Hasta allí  mitos y ritos  responden a la  necesidad  individual y colectiva de  conectarnos con lo esencial: reconociendo el pasado  aprendemos a comprender   y construir el presente.
Las dificultades empiezan cuando todo se reduce a la mera forma. Entonces  se corre el riesgo de convertir  la ceremonia en pompa y el ritual en caricatura. Como esos  feligreses capaces de interrumpir  su participación en la misa para contestar el teléfono celular. En el plano social nuestros encuentros con la memoria  se reducen a duras  penas  a la contemplación desprevenida y casi siempre irrespetuosa de un desfile.
En estos últimos uno se siente  a bordo de una máquina del tiempo anclada en el pasado. Cada año, con motivo de alguna fiesta patria o del aniversario de  un municipio, una tropa de asalto se apodera de las calles al ritmo  de cantos ancestrales  y de bailes olvidados. Tal vez debido al talante burocrático de esos eventos, a la falta de  convicción de los actores, al distanciamiento de los observadores o  a los tres factores juntos todo adquiere el aire artificioso y distante de un parque temático. Como bien sabemos, estos  operan al modo de esas reservas indígenas diseñadas por los colonizadores norteamericanos  para  mostrarnos cómo vivían los vencidos. Según esa visión del mundo esos pueblos quedaron grabados en el pasado y nada tienen que ver con el presente , forjado a la medida de los inmigrantes de múltiples nacionalidades llegados a la tierra de promisión. En este caso la  memoria no está viva: yace en un museo para disfrute de los turistas, incapaces por eso mismo  de  percibir las distintas maneras en que todas esas sangres alientan en la nuestra a través de la música, la comida, las creencias religiosas o los modos de organización  política. No por casualidad los antropólogos hablan de tribus urbanas para referirse a formas   particulares de asociación bastante  parecidas a las de pueblos solo en apariencia extinguidos.
Por eso es importante  alertar sobre los riesgos del folclor. Porque desvía la atención sobre la vigencia del legado de quienes nos antecedieron, para reemplazarlo por imágenes de tarjeta postal. De todos son bien conocidas las estampas  de los gauchos prefabricados por las agencias de turismo. Por ese camino desvirtúan de plano el complejo carácter de los argentinos. Lo  mismo puede decirse de quienes reducen el espíritu español a una corrida de toros, el alma mexicana a una congregación de mariachis o la  improbable identidad colombiana a un atuendo típico del caribe o de la región andina. En realidad somos también eso, pero no solo somos eso. Nuestro presente  es el resultado de la convergencia de  muchas sangres y  maneras de ver el mundo. Basta con sentarse a escuchar un grupo musical como Puerto Candelaria para darse cuenta de ello. En  sus acordes alientan no una sino muchas raíces. De la cumbia al vallenato, pasando por el rock and roll, el jazz y el tango, lo suyo  es un viaje a lo profundo de nuestra insondable condición. De regreso nos devuelven facetas desconocidas de nuestro  destino. El de ayer  y el de ahora. Y lo consiguen porque su voluntad es la de eludir las tentaciones del patrioterismo fácil o el folclor a la medida.  Tal como lo hacen los poetas, los novelistas o los pintores  que a través de su obra  acaban remitiéndonos, sin demagogias ni populismos, a lo más certero de nuestra propia memoria.

Pdt :  les comparto enlace a una canción de Puerto Candelaria
http://www.youtube.com/watch?v=V8NFmm8v8Rw

lunes, 18 de marzo de 2013

Memorias de la casa de Eduardo



Al recordarse los diez años de la muerte del escritor Eduardo López Jaramillo recupero del archivo y comparto con ustedes esta nota publicada en el suplemento literario del periódico  El Colombiano de Medellín a  raíz de la publicación de su novela.

NOVEDAD LITERARIAPremio de novela Centenario Ciudad de Pereira
Memorias de la Casa de Sade:El deseo, el poder y la muerte
El año pasado, el premio de novela Centenario Ciudad de Pereira, fue otorgado a una extraña y bella novela: Memorias de la Casa Sade, del escritor pereirano Eduardo López Jaramillo. El autor del presente comentario ofrece un análisis de la novela y su autor.
Por
Gustavo Colorado Grisales

En las páginas finales de Memorias de la Casa de Sade, la novela del escritor pereirano Eduardo López Jaramillo, se nos presenta al legendario marqués en compañía de la Beauvoisin, una de sus tantas amantes, en el momento de aprestarse a presenciar sobre el escenario improvisado de su palacio en La Coste, la representación del drama del troyano Eneas y su tortuosa historia de amor con la reina Dido, cuya belleza y poderío tenían fama de torcer el rumbo de los navegantes, fueran estos hombres o dioses, que se adentraban en las aguas del Mediterráneo.

Dejando a un lado el hecho de que las alusiones a la antigüedad clásica constituyen un tópico en la obra literaria de López Jaramillo, al punto de configurar la impronta misma de su trasunto creador, la anécdota adquiere relevancia en la medida en que, al resumir  la esencia de la tragedia, es decir, el desencuentro entre las criaturas y el universo, la historia de Eneas y Dido nos remite sin preámbulos a la materia misma con que fue amasado el destino -si ese concepto cabe para un librepensador- de Donatien de Sade, conocido por sus muchos adeptos en el mundo como El divino Marqués, cuya vida resume las tinieblas, convulsiones e iluminaciones que el siglo XVIII supuso para la civilización occidental. 

Y es que la vida del libertino francés y el sistema planetario forjado a imagen y semejanza de sus aspiraciones condensan la dimensión de lo trágico implícito en la experiencia vital de los grandes espíritus, entendido como el carácter inexorable de la ruptura producida por su forma particular de entender el mundo y la manera como los poderes terrenales delimitan y aniquilan lo más cierto de las esperanzas humanas.
Y es aquí donde reside el primer gran logro del escritor pereirano, pues superando la obvia tentación de centrarse en los aspectos mórbidos y escandalosos de la biografía de su personaje,  emprende un minucioso y preciosista trabajo de investigación que le permite y nos permite en nuestra condición de lectores gozosos, reconstruir en detalle los lugares, las atmósferas, los hitos históricos y sobre todo los estados colectivos de conciencia que dieron lugar a que en la Francia que ya sentía hervir en sus entrañas los miasmas de la Revolución surgiera un hombre que muy pronto -y tal vez sin proponérselo- se convirtió en símbolo de los postulados de la ilustración, al hacer de la sexualidad realidad y metáfora de las potencialidades del individuo frente a las camisas de fuerza de los dogmas religiosos y del poder paralizante de las convenciones de una aristocracia  próxima a su fin. No es causal entonces que la novela comience con una invocación a los poderes inciertos pero irrenunciables de la memoria como único instrumento para acercarnos a las claves de nuestro paso por el mundo. 

Por ese camino, el autor nos permite asomarnos a la vida del conde Jean-Baptiste, padre del marqués, desde su nacimiento en el palacio de Mazan, el 12 de marzo de 1702, con su saga de intrigas y ascenso en los salones del poder y el favor de las damas hasta los años inevitables de la decadencia y la decepción que resumen el periplo de toda vida humana. 

Guiados por el lenguaje siempre medido y sobrio del narrador, somos testigos de una manera de concebir el mundo en la que la ambición, el envenenamiento y todas las formas posibles del crimen; el sexo como señuelo para obtener favores y destruir ilusiones; la rapiña, la mentira y el rumor forman parte del orden natural de las cosas. En ese ambiente enrarecido y fastuoso vendría a nacer Donatien de Sade, justo en la mitad de un siglo que padeció y gozó por igual la ventisca arrasadora de las ideas de Voltaire, un espíritu que surca todo el ámbito de la novela, como si de algún modo la vida del marqués fuera en parte la materialización de los postulados de ese filósofo y poeta que acabó por minar lo poco que sobrevivía de la injerencia del clero en la conciencia de los habitantes de ese siglo que para algunos significó la victoria de la razón sobre el oscurantismo y para otros nada más y nada menos que el advenimiento del terror, oculto tras el ropaje de la racionalidad.



Siguiendo al marqués en su búsqueda sin tregua del conocimiento del mundo y los arcanos del placer, asistimos, entonces, sin proponérnoslo a decir verdad, a los estremecimientos de esa vieja Europa cuyo péndulo oscilaba de la estirpe enfermiza de los borbones a las quimeras mesiánicas de la casa de Habsburgo, sin olvidar por supuesto los estertores de la antigua grandeza del Sacro Imperio Romano, que aún alentaba en los corazones nostálgicos de muchos súbditos que observaban angustiados cómo el mundo se resquebrajaba bajo sus pies. 

Quizás por eso la búsqueda se hace a veces patética, como si esos cuerpos desnudos que se desvanecen entre gasas al despuntar el alba, o la filigrana exquisita que adorna los pisos y paredes de esos palacios consagrados a los dioses del sexo y el poder, fueran meras ilusiones destinadas a desaparecer una vez abiertos los ojos a la realidad del siglo, avivando con su lento deslizarse de lava ardiente la ansiedad de unos hombres y mujeres sedientos de absoluto, que sin embargo alcanzan a entender, antes de disolverse en la vejez y la nada, que "La muerte no solamente abre para sus elegidos las puertas del más allá, sino que contribuye a transformar, muchas veces de manera extremada, el frágil calidoscopio de los vivos", según consigna el narrador en la primera frase del capítulo titulado La Embajada en Boon. 

A transformar el calidoscopio de su hijo, consagrará Jean-Baptiste la energía y recursos de su madurez, con la esperanza de ver a su vástago entronizado de una buena vez y para siempre en el círculo de los grandes. 

Pero, ya lo sabemos, los hijos están destinados a desandar el camino de los padres, y muy temprano el pequeño da muestras de su carácter indómito, cuando una tarde de finales de primavera, en medio de una disputa por la posesión de una muñeca, humilla al infante Luis-José, a cuyo lado se educaba, gracias a las gestiones de su padre, que soñaba para él un destino digno de una familia cuyo linaje se remontaba a los tiempos de las luchas de Luis El bávaro con los papas de Avignon, cuando Laura, la mujer que inspiró los mejores versos de Petrarca, contrajo nupcias con Hugo El viejo, ascendiente directo de la casa de los Sade. 

Esa acción instintiva en un niño arroja luz sobre el curso que había de seguir la vida de un hombre para quien las veleidades del poder y los efímeros incendios de la carne serían apenas formas de celebrar la vida frente el orden de un universo soportado sobre apariencias y formalismos, de una manera tal que los vicios privados se constituyen en la moral pública, como se anuncia en la primera página de la novela, a manera de certero preludio de los acontecimientos por narrar.

En ese propósito de celebrar la existencia frente a los poderes de las tinieblas, la novela deja caer, al tenor de un azar que sólo lo es en apariencia, las figuras del pintor flamenco Rubens; de Madame Pompadour, favorita entre todas las mujeres del rey y de las logias franc-masónicas, figuras que en muchos sentidos armonizan con el carácter y expectativas del marqués: la sensualidad manifiesta en la robustez de las damas pintadas por Rubens, la fastuosidad de los salones presididos y frecuentados por La Pompadour y el ansia de conocimiento y dominio de sí mismos presente en los grandes maestres de la logia. A todo ello podemos sumar la presencia constante de su tío, el abate Jacques-Francois, una suerte de genio tutelar que se encargó de conducir a su sobrino hasta la fuente misma de las fuerzas que gobiernan el mundo, con la ayuda de todo el conocimiento acumulado por los sabios a lo largo de la historia. 

Por eso no es casual que al final del relato, el viejo abate aparezca en el palacio de La Coste, extasiado ante los tesoros de una biblioteca que guarda en sus estantes, presididos por un busto del filósofo cordobés Séneca, títulos como la Historia de las vírgenes o Las profecías de Nostradamus, pasando por textos de Salustio Tito Livio y San Agustín, hasta llegar a las páginas delirantes y lúcidas de El Quijote o el Elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam.

Si miramos con atención, no hay contradicción alguna en el carácter abigarrado del último cuadro. Después de todo, los placeres de Venus, los meandros del poder y el laberinto de una biblioteca, son caminos inequívocos para asomarse a lo inefable de la condición humana, manejada a su antojo por una divinidad de muchas caras, cuyos ojos miran por toda la eternidad hacia los abismos  de la muerte. 

Por eso podemos decir que allí reside la grandeza de esta novela de costumbres titulada Memorias de la Casa de Sade, porque más allá del reconocido virtuosismo del autor en el manejo del lenguaje, lo que nos queda es su capacidad de utilizar una figura histórica y literaria como la del marqués, tan frecuentada por el cine y la literatura, para mostrarnos una percepción de la historia en su condición de teatro del absurdo, en cuyos límites se recrea una y otra vez, por los siglos de los siglos, la trilogía de fuerzas que determinan los pasos del hombre sobre la tierra: el deseo, el poder y la muerte.