miércoles, 29 de enero de 2025

El don del vuelo

 

                                                  Senén Mosquera



El partido en el estadio Atanasio Girardot de Medellín entre Atlético Nacional y Millonarios terminó cero a cero, pero no por inapetencia o falta de pundonor de los jugadores.  Apetito de gol y ambición les sobraban. Solo que ese día había en los arcos dos hombres tocados por la gracia: el chocoano Senén Mosquera en Millonarios y el argentino Raúl Navarro en Nacional. Mosquera, corpulento como un oso, conjuró las decenas de oportunidades gestadas por Fernández, Santa, Lóndero, Campaz y compañía cuando ya la tribuna entera gritaba el gol. Por su lado, Raúl Navarro, “todo de negro hasta los pies vestido", frustró las tentativas de Alejandro Brand, Willington Ortiz, Apolinar Paniagua y Jaime Morón cada vez que Millonarios se asomaba a sus predios.  ¡Cómo jugaban esos tipos! Nunca necesitaron televisión en directo ni contratos multimillonarios para hacer del fútbol algo bastante próximo a la poesía. No por casualidad los brasileros hablaban del jogo bonito.


                                                 Raúl Navarro

 Fue en 1973. Yo cursaba segundo de bachillerato- el grado séptimo de ahora-, había descubierto a Serrat, el rock, la literatura y el deseo resuelto en onanismo en las piernas doradas de una muchacha que pasaba todas las tardes por mi casa. Como siempre, en Colombia y el mundo pasaban cosas buenas y malas. Los gringos lanzaban Skylab, su primera estación espacial. Israelíes y árabes libraban otra de sus confrontaciones milenarias, esta vez conocida como Guerra de Yom Kipur, mientras en Chile Augusto Pinochet encabezaba un sangriento golpe militar respaldado por Estados Unidos, que derribó al gobierno democrático de Salvador Allende. Por su lado, en Colombia gobernaba Misael Pastrana Borrero, recordado por su extraña sonrisa, ocasionada por una defección de sus músculos faciales. Ese año se produjo el incendio de la torre de Avianca, fue secuestrado el vuelo 601 de SAM, el gobierno lanzó la Operación Anorí contra el ELN, Rafael Antonio Niño ganó una vez más la Vuelta a Colombia, fue lanzada la candidatura presidencial de María Eugenia Rojas, hija del dictador Rojas Pinilla y, lo último pero no menos importante, el Atlético Nacional, dirigido por el paraguayo César López Fretes, se coronó campeón del fútbol colombiano y yo lo había visto  empatar a cero con Millonarios en un juego que pudo haber terminado ocho a siete a favor de cualquiera… pero en los arcos estaban Navarro y Mosquera, ambos investidos del don de volar.

“Vuela de palo a palo”, por esos días ese era el mejor elogio que podía recibir un arquero. Hasta Wilfredo Tapias, un modesto portero del Deportes Quindío, practicaba esa proeza que lo convirtió en mi ídolo durante una temporada. Para los sueños de infancia, era igual o mejor que Lev Yashin, “La araña negra”, el legendario portero de la Unión Soviética al que la Colombia de Adolfo Pedernera le hizo cuatro goles en el estadio de Arica durante el mundial de 1962 en Chile. Como pude, me hice a unos guantes rudimentarios y me arrogué el rol de arquero en los partidos de potrero


                                                           Sacerdote Gabriel Osorio

La ilusión me duró hasta que en el colegio Deogracias Cardona mi destino se cruzó con el sacerdote Gabriel Osorio, un hombre que combinaba a la perfección  el manejo de los asuntos del cielo y la tierra: era el capellán del colegio, orientaba la clase de religión y dirigía las selecciones de fútbol en  sus distintas categorías. Así fue como me alisté en la infantil dándome ínfulas de arquero.

Bueno es decir que en la primera práctica me hicieron cinco goles en menos de media hora y el cura, con el ímpetu de quien manda un réprobo al purgatorio, me puso a jugar de puntero izquierdo, en una especie de exilio eterno al que me acomodé hasta que las piernas no me dieron más.

Gran tipo este Gabriel. Como en esos tiempos los sacerdotes debían vestir sotana en todas sus apariciones públicas, cuando saltaba a la cancha y empezaba a jugar parecía un cuervo con la pelota pegada a su pie. A menudo nos parábamos a verlo sin saber si aplaudir o reír, hasta que el hombre tronaba con su voz evangélica: “¡Pero, por Dios, ustedes son idiotas o qué!” y nos ponía de nuevo en movimiento.

A modo de premio por la conquista de un intercolegiado, una vez nos llevó como invitado a Roberto Vasco, por entonces arquero titular de un Deportivo Pereira donde brillaban los paraguayos Eliseo Gaona, Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Aristides del Puerto, al lado de los colombianos César Valverde, Darío López, Jairo Arboleda y un prodigio de la punta izquierda llamado Héctor Darío Jaramillo que se convirtió en pesadilla de los marcadores de punta rivales.


                                                  Roberto Vasco ( tomada de blog de estadísticas)

Para sorpresa de todos, Roberto Vasco era bajito, incluso para los promedios de la época. A lo sumo llegaba al metro setenta de estatura ¡Pero cómo volaba ese hombre! Los cronistas deportivos decían que tenía resortes en las piernas, porque se estiraba hasta el ángulo y manoteaba pelotas que parecían imposibles de alcanzar.

Recuerdo un partido con el Junior de Barranquilla, en el recién estrenado estadio Hernán Ramírez Villegas. Fiel a su escuela brasilera, el Junior tenía en sus filas a Chiquinho, Caldeira y a Víctor Ephanor, los tres un lujo para la vista. Poco antes de terminar el partido, con el marcador empatado, el juez cobró un tiro libre a favor del equipo barranquillero.  La posición era perfecta para la zurda de Víctor Ephanor. Con la seguridad propia del iluminado el hombre acomodó la pelota, tomó un paso de distancia y sacó un cañonazo que obligó a los hinchas del Pereira a cerrar los ojos, convencidos del desenlace inevitable. Cuando algún osado los abrió se encontró con la mano izquierda de Roberto Vasco bien arriba, en la intersección entre el poste y el travesaño, sacando el balón al tiro de esquina. El clamor en la tribuna fue digno de un triunfo en una final. De ese tamaño fue el milagro.

La estirpe de arqueros voladores duró unas dos décadas más: Juan Carlos Delménico, Hernando García, James Mina Camacho, Otoniel Quintana, Pedro Alberto Vivalda, Julio César Falcioni y, claro, el inefable René Higuita. Luego el fútbol se burocratizó y los entrenadores tecnócratas empezaron a hacer diagramas y a hablar de marcar las diagonales, de carrileros, de aleros tornantes y otras tantas sandeces. El mundo del fútbol se hizo triste desde entonces.

Como si no bastara con eso, con el juego convertido en jugoso espectáculo, el crimen organizado se hizo con el control de un negocio en el que las ganancias se cuentan en billones por concepto de transferencias, apuestas, derechos de televisión, publicidad y otras formas de la trata de personas. Dentro de esas lógicas, perder un juego o no clasificar a unas finales supone por ello dejar de percibir sumas enormes. Lejos de centrarse en el disfrute, los futbolistas deben ocuparse en otras cosas, empezando por construirse una imagen que los haga apetecibles en el mercado de las transferencias y los contratos de publicidad, con la caja de resonancia de la prensa deportiva.

En ese trance, los arqueros   renunciaron o fueron despojados por los dioses del don de volar, y quedaron reducidos al cargo de guardianes del área. Con ese panorama, ustedes entenderán que vuelva una vez sí y otra también a esa tarde de domingo de 1973 cuando los ya fallecidos Raúl Navarro y Senén Mosquera oficiaron en un estadio repleto el viejo rito de   alzarse por los aires y tocar lo imposible.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=GxKeFchPYhs

lunes, 20 de enero de 2025

Letra prima

 

                                                                Teresita Grisales



El fútbol y el vicio de la lectura son como el sarampión: se contraen en la infancia y sus secuelas lo acompañan a uno el resto del camino. Mi tía Teresita, la menor de las hijas de Martiniano y Ana María, me regaló el primer balón y el primer libro de mi vida. Desde entonces los libros, el fútbol y mi tía ocupan un lugar especial en mi corazón. El balón era una superbola de puro cuero cosido, de esas que cuando se mojaban adquirían el peso de una piedra. El libro era un ejemplar de tapa dura donde se contaba en viñetas la historia de Genoveva de Brabante, la princesa que vivió durante seis años con su hijo en una cueva de las Ardenas, luego de ser condenada a muerte por culpa del mayordomo Golo, que la acusó falsamente ante su esposo, el príncipe Siegfried de Tréveris. No recuerdo por qué razón Genoveva acabó convertida en santa. Tendré que preguntarle a San Google un día de estos.

De fútbol hablaremos después. Por ahora me ocuparé de mi propia historia sin fin con los libros.

Teresita no había terminado el bachillerato cuando fue nombrada profesora en la escuela de la vereda por mediación de un cura llamado Sigifredo Morales. Así funcionaban las cosas en esos tiempos. Más tarde finalizó sus estudios de secundaria y universidad y emprendió una brillante carrera como maestra. Una vez jubilada se dedicó a educar nietos, bisnietos y, como van las cosas, creo que tendrá tiempo de enseñarles a leer y escribir a unos cuantos tataranietos. La vida la dotó de un don especial para eso.  En cumplimiento de esa misión tuvo siempre a su lado una amiga de la que nunca se apartó: la cartilla La alegría de leer, creada por el educador Juan Evangelista Quintana en 1930.




Cierro los ojos y la imagen me vuelve plena desde algún lugar del aire. Teresita, que tendría unos diecisiete años, explicaba el alfabeto ante un grupo de niños que no le perdían hilo al vuelo de la tiza en su mano, mientras viajaba por el tablero dibujando una sucesión de animalitos que se llamaban a, e, i, o, u, m, n, p, s. Por una de las ventanas entraba un sol mañanero que convertía su pelo en un remolino dorado. En esa época ni se soñaba con lo que hoy se llama preescolar. Como yo tenía cuatro años no podía ser matriculado, pero igual asistía a sus clases en condición de clandestino, cada vez más fascinado con el hecho de que los animalitos dibujados por mi tía en el tablero, al juntarse representaran cosas: mariposa, gata, mesa, limón. También se podía nombrar con ellas a las personas: Martín, María, Julia, Germán. Y hasta sonidos: ¡Pum! ¡Carrataplam!

 Mi asistencia sin falta a sus clases me hizo merecedor de un regalo que todavía conservo, aunque sus páginas amenazan con deshacerse al menor roce de los dedos: un ejemplar de las Cien Lecciones de Historia Sagrada, que  leí como un libro de aventuras: José vendido por sus hermanos, la travesía del  Mar rojo y el prodigio de la zarza  ardiente hicieron que  no fuera una novedad para mí cuando empecé a ver películas bíblicas en esos teatros que tenían luneta y gallinero, desde donde los asistentes más díscolos arrojaban toda suerte de proyectiles: corozos, pepas de guama, frutos de zapote y hasta colillas de  cigarrillo encendidas.




 Fue en esas páginas donde aprendí que todo buen libro es un relato de aventuras. No importa si se habla de filosofía, de matemáticas, de ciencia, de teología, de poesía o de ficción: lo que se despliega ante el lector es la revelación de la mente de un hombre frente a un público que asiste al descubrimiento de cosas nuevas o ya olvidadas.

Con el paso del tiempo me crucé con personas que sumaron lo suyo a esa revelación, cada una desde sus propias inquietudes. En el bachillerato, Luis Eduardo Tabares, que trabajaba como locutor nocturno (bombillos, les decían) me compartió sus libros de Toni Negri, Louis Althusser , Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo y otros teóricos  del marxismo. En grado cuarto de bachillerato un profesor de literatura llamado Alfonso Mahamud, que llevaba en la sangre la herencia de Las Mil y una noches, me regaló tres libros que abrieron puertas a otras dimensiones del mundo: El Túnel, de Ernesto Sabato, La Peste, de Albert Camus y El Coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez. Por esos días, una prima llamada Ana María, como nuestra abuela, completó la incipiente biblioteca con una joya titulada Las cárceles del alma, del escritor húngaro Lajos Zilahy. Desde entonces la familia no ha parado de crecer.  Es más, con la llegada de Internet los buenos libros digitales se han multiplicado a un ritmo que hace imposible leer todos los que uno quisiera.




Con puertas y ventanas bien abiertas era imposible no toparse con prójimos que andaban en las mismas: buscándose en las páginas de los libros, convencidos de que allí alentaban las claves de una existencia tan bella, dolorosa, misteriosa e incomprensible como un crepúsculo.  Fue así como llegué a la vida- o ellos llegaron a la mía, no puedo precisarlo- de Alberto Berón, Jorge Enrique Osorio, Juan Carlos Pérez, Diego Jaramillo, Guillermo Constaín, Juan Guillermo Álvarez, Julio César González, Edison Marulanda, Rigoberto Gil y Abelardo Gómez. Una muchacha llamada Aura Ruíz, que después se hizo médica y se consagró a bucear hondo en las intuiciones de Gurdjieff, pasó como uno de esos vientos de agosto que todo lo remueven y me dejó en las manos la sospecha de algo terrible que se agitaba embozado en las páginas de una novela con un título perturbador: Sobre héroes y tumbas.

Toda vida está hecha de encuentros y desencuentros. Los caminos se bifurcan y las personas se dispersan, es lo corriente. Con algunos de ellos no volví a verme, con otros cuando nos cruzamos somos tan extraños que es como saludar un recuerdo. Con unos cuantos, a Dios gracias, conservamos una hermandad que no cesa de crecer a pesar de las distancias geográficas o de las impuestas por los compromisos de cada día. La mía, en todo caso, sigue la ruta señalada desde el día que, a instancias de mi tía Teresita, me asomé a la primera página de Genoveva de Brabante y ya no volví a salir.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=-NcrN22R6zI


lunes, 13 de enero de 2025

"El destino manifiesto"

 



Los libros de historia nos dicen que fue en 1823 cuando el presidente James Monroe hizo suya la idea acuñada por John Q. Adams, que definía cualquier intervención de Europa en el continente americano como una agresión que exigiría la respuesta equivalente de los Estados Unidos de América.

En principio, parecía un asunto razonable y hasta necesario, pero llevaba implícita una trampa: a su vez servía para justificar la intervención de los Estados Unidos en cualquier lugar del continente, con el noble pretexto de la solidaridad, la libertad y la defensa de territorios amenazados u ocupados por   una nación extranjera. El problema reside en que, siguiendo una constante desde los días de su fundación, una vez puesto el pie en tierra ajena es difícil que los norteamericanos lo levanten… a no ser que alguien emprenda una revuelta sangrienta y casi siempre suicida.

De ahí que Simón Bolívar advirtiera en su célebre proclama: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar de miserias a América en nombre de la libertad”.

El siguiente paso no era difícil de prever y se llamó, con un inquietante tono religioso, "El destino manifiesto”. Sobre esa idea los Estados Unidos de América basaron su política expansionista a lo largo del siglo XIX. La invasión a México fue una de sus expresiones más devastadoras. Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y Colorado hicieron parte de esa avanzada. Luego vendría la guerra contra España, cuyo propósito era apoderarse de Puerto Rico, Cuba y Filipinas. El largo brazo del Tío Sam empezaba así a extenderse más allá de tierras americanas y el espíritu calvinista de la predestinación adquiría una expresión terrenal que hasta hoy no ha cesado de alimentarse de sí misma.

Estos antecedentes vienen a cuento ahora que el presidente Donald Trump, avalado por 312 votos electorales (la cifra más alta desde el también republicano George H. W. Bush en 1988) y por 77.303.573 ciudadanos votantes, insiste en su intención de apoderarse (él lo llama “ recuperar”) de Groenlandia, mientras   pregunta por la legitimidad del nombre – y por lo tanto de la propiedad- del Golfo de México  al tiempo que deja en el aire la no tan velada amenaza de hacerse con el control del Canal de Panamá, esa franja de tierra recuperada por los panameños y arrebatada a Colombia en 1903  durante la administración de Theodore Roosevelt, con la complicidad de un sector de las élites colombianas.

Imperialismo puro y duro, se llama eso, aunque los eufemismos impuestos por la hipocresía de la corrección política lo nombren de múltiples maneras, entre ellas globalización.

Por lo pronto, los gobernantes de los países amenazados han respondido con un tono de dignidad. Claudia Sheinbaum Pardo en México y José Raúl Mulino en Panamá le han hecho saber a Trump que sus bravuconadas no los amedrentan, mientras este último replica con advertencias sobre aranceles, acompañadas de ese mantra utilizado en sus campañas  presidenciales y multiplicado hasta la demencia en sus redes sociales :“ Make América great again”, una suerte de  frase hipnótica que cala hondo en las anestesiadas mentes de unos ciudadanos enajenados  hasta lo impensable por el poder de los medios de comunicación. Y no podemos olvidar que Trump, como otros de sus congéneres, viene de la industria del espectáculo y la información.




Como bien sabemos, los Estados Unidos se hicieron grandes gracias a la inmigración de millones de personas llegadas de todos confines de la tierra. Científicos, pensadores, artistas, escritores, deportistas, músicos, clérigos, granjeros, obreros,  capitanes de empresa y empleados  han puesto a lo largo de los años su enorme energía y creatividad al servicio de la construcción de un país que, bien entrado el siglo XXI, no termina de hacerse.

Del combate contra esa inmigración creadora se alimentó en buena medida el discurso incendiario de Trump durante su campaña de 2024.  Sus votantes respondieron a ese estímulo y ahora esperan que su gobernante actúe en consecuencia. En la inagotable paranoia del norteamericano medio los inmigrantes equivalen hoy a los marcianos de comienzos del siglo XX  o a los comunistas en tiempos de la Guerra Fría. Son los delincuentes de las grandes barriadas o los que dejan sin trabajo a los nativos… como si existieran norteamericanos nativos.

El cumplimiento de al menos parte de esa promesa es el gran problema de Trump. ¿Cómo hacerlo sin lesionar sectores productivos  que dependen por entero de la mano de obra inmigrante?  ¿De qué manera hacerlo sin vulnerar la libertad y los derechos humanos que su país dice defender?




Vistas así las cosas, lo de México, Groenlandia y Panamá parece ser, en principio, un foco distractor encaminado a desviar las miradas en otra dirección. Ningún capitalista en sus cabales va a  renunciar al colosal mercado mexicano en constante  expansión. Una disputa por Groenlandia con el Reino de Dinamarca y por lo tanto   con la Unión Europea en plena crisis con el imperialismo ruso no sería un buen negocio. Y Panamá… bueno, el de Theodore Roosevelt y sus áulicos era otro mundo.  Con el Medio Oriente ardiendo y sin saber muy bien cuál será la próxima jugada de la inescrutable China, aparte de los ya mencionados rusos,  la pirotecnia verbal de  Trump podría resultar poco menos que eso: fuegos de artificio en medio de oleadas   de inmigrantes que se cuelan por todas partes. Y no es para menos: en sus lugares  de origen la miseria y las violencias atávicas los empujan hacia un lugar, mitad quimérico y mitad  real que un día les vendieron como su tierra de promisión, es decir, como su propio  “ destino manifiesto”.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Ee_uujKuJMI

 

 

viernes, 13 de diciembre de 2024

Periódico de ayer

 




El poeta, investigador y periodista Mauricio Ramírez sabe muy bien que, en contravía de lo sugerido por la canción de Willie Colón, los periódicos de ayer suelen ser más valiosos que los de hoy. Una vez cumplida su función de informar y generar opinión  se convierten en documentos y, con el paso de los años, constituyen la materia de la Historia, así con mayúsculas,

Esa certeza ha hecho de Ramírez un buscador minucioso, un husmeador de archivos. Su olfato le permite rastrear entre hojas amarillas, papeles infestados de hongos y huellas dactilares emisarias de va uno a saber qué secretos, hasta dar con el lugar exacto- un viejo baúl, acaso- donde sobreviven las cartas, los cuadernos, los diarios , las crónicas en las que un ser humano dio cuenta de su paso por el mundo.

Porque en eso consisten las crónicas: son el testimonio que alguien nos ofrece del momento en el que le fue dado vivir, con su saga de dichas y espantos. En las últimas décadas Mauricio Ramírez se ha convertido pues, en el gran detective consagrado  a sacar a la luz, para deleite de los lectores, misterios que parecían sepultados. Gracias a él supimos del tesoro escondido en los papeles de Lisímaco Salazar, uno de los tempranos narradores de la aldea que hacía su tránsito hacia ciudad intermedia, con todo el impacto que eso significa en términos sociales, económicos, políticos y culturales.

Fiel a esa constante, Mauricio ha puesto en marcha un sello editorial que, con el sugestivo nombre de Destiempo, promete continuar el recorrido por la vida y obra  de los narradores  que,   muchas veces sin formación académica pero alentados por el vicio impune de la lectura, inventaron el periodismo narrativo mucho antes de que la industria editorial impusiera esa etiqueta.

El autor escogido para dar inicio a la colección no podía ser otro que don Ricardo Sánchez Arenas, el cronista de la Pereira de las primeras décadas del siglo XX. El primero que se forjó un estilo y una voz propios para contarnos el despertar de una sociedad que asistía a la llegada de los adelantos tecnológicos con un estupor idéntico al de los habitantes de Macondo, encandilados por los prodigios traídos desde las antípodas por el gitano Melquíades.

Como ninguno,  Sánchez supo llevarnos a esos tiempos. Para muestra, leamos este fragmento de la página 29 del libro editado por Mauricio Ramírez:

Carcomida por la acción del tiempo y desvencijada por el abandono se encuentra la portada del viejo cementerio. Esta armazón vetusta, reliquia del ingenio ebanisteril de hace cincuenta años, trae muchos recuerdos a nuestra memoria ingrata. Allí, bajo el alero cariñoso de su tejado, nos guarecimos de muchas lluvias en nuestra niñez lejana. Por la portada del cementerio viejo, vimos entrar los despojos mortales de nuestros mayores y los despojos mortales de los primeros benefactores de la ciudad. Conservamos fresca en la memoria la leyenda en latín que sobre el fondo enlutado de la cornisa escribiera Ricardo Carrasquilla- el primer pintor que hubo en Pereira-, y que dice: “aquí estoy aguardando a que suene la trompeta que me ha de llamar a juicio”. Y también la otra leyenda: “honor al señor Valentín Deaza, por su interés en la construcción de este panteón”.




En esa prosa limpia y certera están escritas las crónicas de don Ricardo Sánchez. Sorprende de entrada que haya logrado sustraerse al lenguaje exaltado, patriotero y  pintoresco de la época, que un crítico  bautizaría décadas después como grecoquimbaya. Todo lo contrario: el suyo es un tono moderno y de gran valor literario, que de inmediato lleva al lector a evocar las Gotas de Tinta, de Luis Tejada o, bien al sur del continente, las Aguafuertes Porteñas del gran Roberto Arlt que, a su modo, se ocupaban de asuntos muy similares a los que inquietaban el espíritu del autor pereirano.

Bien leídas, las crónicas de Sánchez eluden el tono llorón que estropea los textos de muchos de sus contemporáneos en todo el territorio de Colombia. Sus viñetas parten de una certeza: el tiempo pasa, deja una estela de recuerdos bellos y terribles y lo único que podemos hacer es seguir viviendo. Ni siquiera la experiencia terrible de su internado en el leprosario de Agua de Dios lo llevó a hacer concesiones en ese sentido.  En su lugar, el narrador deja una puerta abierta a la ironía:

Yo he hablado con enfermos que se hicieron de todo: comieron carnes crudas de culebras  y de lagartos; bebieron el jugo amargo de muchas plantas silvestres; empavonaron su cuerpo de petróleo y se pusieron al sol hasta que el aceite impregnara sus tejidos muertos; se hicieron aplanchar el cuerpo creyendo destruir el bacilo con el calor; se sometieron al tratamiento hidroterápico del padre Tadeo ( un cura alemán y loco que soñó curar la lepra con baños de presión) se tomaban el aceite de  chamougra bruto, por cucharadas, como si fuera jarabe; se enterraban hasta el cuello permaneciendo así varios días con la cabeza afuera, y hubo quienes, en su afán de querer curarse, se dejaban morder de serpientes venenosas.




A pesar de su condición de enfermo, Sánchez toma distancia y se erige en testigo, condición que le permite, sin hacer juicios de valor, compartir con el lector su escepticismo y arrojar su piadosa mirada sobre la credulidad de los humanos cuando nos encontramos en situaciones extremas.

La selección de Mauricio Ramírez no llega a las cien páginas, porque su propósito manifiesto es antojarnos, invitarnos a una inmersión en las páginas amarillas de los periódicos de ayer, como él hizo con El Diario de Pereira de su primera época, para regresar con joyas como esta declaración de principios del cronista en el párrafo inicial de un texto titulado Su majestad la moda, que se nos antoja contemporáneo en su tono y en su pertinencia:

Definitivamente el progreso y la civilización nos tienen embromados. Ya no puede uno vivir como le dé la real gana sino como lo exigen las circunstancias y como lo ordena la moda.

La puerta queda abierta entonces para quienes acepten la invitación del poeta Ramírez.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=RqF28V8Kytg

 

lunes, 2 de diciembre de 2024

Antes del miedo

 




En el principio fue el miedo a las fuerzas de la naturaleza y a los dioses encarnados en ellas.

El miedo nos precede. Estaba antes de nosotros y estará después de que nos vayamos de este mundo. Entendido así, lejos de la simplista explicación convencional, el miedo   es una entidad, un algo con vida y reglas propias que nos rodea como una niebla.

Por uno u otro camino, los grandes escritores siempre han tenido la vaga intuición de esa entidad. Otros, una minoría, han experimentado su certeza. Esos autores saben que algo no encaja en el rompecabezas de lo que llamamos “La realidad”. Si casi todas las piezas le dan la cara a la luz, por lo menos una se abisma en las tinieblas y nos revela los muchos rostros de la nada que somos.  Justo en ese borde, la razón se nos muestra como la más insana de las formas de locura. Por eso existen los conjuros, las plegarias, las invocaciones, el pedido de auxilio a los dioses.

Cassiani, la novela de Octavio Escobar Giraldo ( Manizales, 1962) publicada en 2023 por Editorial Planeta, se ocupa de esas cosas. De hecho, la historia (o la crónica, como el autor prefiere definirla) es un homenaje nada velado al gran maestro de la llamada Literatura preternatural, el norteamericano H.P. Lovecraft. El nombre mismo de Obed Marsh II sugiere de entrada una saga. Este Marsh es el desarrollador de la vacuna   destinada a contrarrestar un virus letal ( una de las formas biológicas del miedo humano) posible mutación del Covid-19 o de alguno de los organismos invisibles que estaban en la tierra antes de nosotros y que hemos despertado al invadir su espacio En Cassiani la vacuna abre de par en par una de las muchas formas del infierno, por la que se cuelan  Las niñas sepia, criaturas que bien podrían  hacer parte del Necronomicón o de  Los  Mitos de Ctulhu, los relatos creados en principio por Lovecraft y luego enriquecidos con  acierto por un grupo  de escritores que  pueden ser leídos como avatares suyos.




El escenario de la novela es una Santafe de Bogotá arrasada por las secuelas de la pandemia, el encierro y  por las múltiples manifestaciones de la violencia como un fin en sí misma. En últimas, los pretextos ideológicos esgrimidos para justificar las acciones irracionales de conciliares y bibliotequeros (con esos adjetivos de definen los bandos en guerra) apenas son eso: pretextos para dar rienda suelta a la codicia, la corrupción y la sed de sangre que son algunas de las improntas de lo humano. Los incendios y humaredas que definen el horizonte, los gritos de dolor, las explosiones y el vuelo rasante de los aviones son de principio a fin la atmósfera de los personajes siempre en fuga que desfilan por las páginas de la obra como una procesión de desterrados. Sus nombres son Cassiani, Urdaneta, Mario, Selene, Yahaira, Enrique y otros tantos planetas errantes que de vez en cuanto se estrellan y dejan la estela del pavor sembrada en los corazones.

Más allá de las alusiones al escritor de Providence, Cassiani es una novela habitada por libros. De hecho, las peripecias se desencadenan en una librería. A eso debemos sumarle un dato clave: Enrique y su padre se comunican a través de citas de Proust.

En la página 57 de la novela el narrador nos entrega un dato clave:

La vacuna de Obed Marsh II generaba modificaciones en la dermis de niñas menores de diez años que las convertían en sepias humanas, capaces de transformar su aspecto de manera refleja o, lo que era más inquietante, a voluntad, y sus facultades mentales, muy por encima de las del molusco, acercaban el proceso a la perfección. Superado el desconcierto, sus jóvenes cerebros se engolosinaban con el juguete nuevo.

Con esas niñas sepia, más peligrosas que conciliares y bibliotequeros juntos, tendrán que habérselas los aterrorizados personajes de la obra en un recorrido que es, cómo no, una reedición del viaje iniciático   a los infiernos del que solo se regresa iluminado o atado para siempre al mástil de la locura.





El descenso al sótano, a la cueva, al laberinto, a las catacumbas, al subterráneo o al propio inconsciente es un tópico en la historia del mito y la literatura. La procesión puede ser interminable: Orfeo, Heracles, Dante, los cristianos en Roma, el Fernando Vidal de Sobre Héroes y Tumbas. En el caso de Cassiani- que al final terminará convertida en estatua de ébano a resultas del maleficio de las niñas sepia- el viaje supone una sucesión de ritos sacrificiales que esta vez se resumen en un tatuaje que la devora y ante cuya potencia nada puede hacer la ciencia porque su reino no es de este mundo. En el vórtice mismo del delirio el narrador nos ubica en el vetusto convento de clausura que las niñas sepias han escogido como sede:

Desesperado, yo veía cómo ese engendro que parecía alimentarse de la sal y el deseo de las niñas sepia se formaba y disolvía en un vértigo que crecía, que se iba convirtiendo en una aberración en medio del viejo patio del convento de clausura. Verlo me producía terror, pero también una especie de náusea y una sensación de extrañeza, casi de fascinación, que paralizaba mis esperanzas. Poseído por la paradoja, como si fuera un testigo, en algunos momentos admiraba esa concentración de poder, esa capacidad de caos tan distante de lo humano, tan lejana de todo lo que había conocido.

¿Recuerdan El caos reptante? El tono aquí no podía ser más Lovecraftiano. A veces, uno siente el aliento del árabe loco Abdul- Alhazred asechando a sus espaldas.

Como ya habrán advertido, en Cassiani no hay redención para nadie. Ni para los personajes, ni para el narrador ni para el lector. Hay un acento de agonía asmática en cada una de sus 191 páginas.  Y no puede haberla en una novela crónica que termina en medio de un diluvio que no cesa de intensificarse porque está hecho de la materia del horror, como se desprende de  este fragmento:

Con dificultad consigno estas últimas palabras. El frío es casi insoportable y las tuberías están congeladas. Siguen la lluvia y el granizo, y el cielo, que solo puedo describir como perturbado, como perverso, origina, cada vez con mayor frecuencia, tornados o huracanes, no sé cómo llamarlos. No lo son, por supuesto, son muestras de una voluntad que le ha declarado la guerra al género humano. Hoy y aquí, como pudo ocurrir en cualquier lugar del mundo.

Un viejo atavismo, o un llamado, empuja a Las niñas sepia a salir de Santafe de Bogotá en busca del mar, de las profundidades abisales donde habitan sus dioses o sus antepasados. Su fuerza propulsora es la venganza contra algo innominado. Algo que se revolvía en un rincón del universo mucho antes del miedo.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=b_ObqZtxuj0

 

 

 

martes, 19 de noviembre de 2024

Juan Guillermo Álvarez o el oficio de poeta

 



 

Desde dentro o desde atrás, una luz brilla a través de nosotros sobre las cosas y nos hace saber que nosotros no somos nada, que la luz lo es todo.

                                                   Ralph Waldo Emerson

                                                     Ensayos

 

Es médico internista de profesión. Vale decir, que sabe tanto del alma como del cuerpo. Igual que Antón Chéjov, Mijaíl Bulgákov, W. Somerset Maugham, John Keats y Arthur Conan Doyle, Juan Gullermo Álvarez  es ducho en viajes cuerpo adentro, a lo mejor en busca del lugar preciso donde se esconde lo que los antiguos , acaso más sabios, llamaban alma, es decir, el reino de la luz.

De   regreso de esos viajes trae un puñado de poemas que reparte con generosidad entre los que denomina sus “Cuatro o cinco lectores”. En realidad sobra la ironía:  salvo algunos casos excepcionales los lectores devotos- los únicos que valen la pena- de poesía nunca han sido legión. La poesía es un asunto difícil. Alienta en ella un misterio que demanda mucha paciencia, incluso tozudez. Su proximidad con la música, su leve sugerencia de realidades extrañas, sus hondos silencios exigen una concentración cada vez más escasa en un mundo donde reina el estruendo de los espectáculos.

Por eso el poeta y el lector devoto de poesía deben estar dispuestos a abismarse hasta las últimas consecuencias.

Descubrí su poesía al despuntar los años noventa en un libro titulado Las espirales de septiembre ( 1992) publicado por el entonces Instituto de Cultura de Pereira como premio por haber resultado ganador en la convocatoria anual. En sus páginas ya alentaban obsesiones que se harían más intensas con el paso de los años, como se lee en la obra titulada Todos los días tu piel (2011). El título mismo de la primera publicación  implicaba un desafío: ¿Por qué septiembre y no otro mes?  En todo caso allí habitaba la materia de lo que sería la esencia de su poesía de ahí en adelante: el anhelo, el latido, el desasosiego, la búsqueda de algo impreciso que a falta de un nombre mejor llamaremos amor, no tanto en el sentido moderno si no en el de los viejos trovadores que andaban y desandaban caminos en busca de lo inefable.

Cesare Pavese habló de “El oficio de poeta”, no de El arte del poeta y eso ya es bastante significativo. Para el escritor piamontés su trabajo participa de la condición del zapatero, del sastre, del panadero. Lo suyo es confeccionar cosas útiles para darlas en ofrenda a los hombres en humilde comunión. Por su lado, con su instrumental de médico y con ayuda del lenguaje el poeta Álvarez se adentra en los misterios del corazón para traernos de vuelta la impagable moneda de sus versos.

 Amante del rock y la balada- desde que lo conocí aviva las llamas de una pasión por la cantante española  Ana Belén- Juan Guillermo sabe de la importancia del tempo en la poesía, del no decirlo todo porque lo más importante resulta ser lo que no se dice. De ahí el talante sincopado de sus versos que se desnudan y nos desnudan, como se desprende de este fragmento:

                                           Todos esos rostros
Todos esos rostros a la deriva
-los rostros de los que alguna vez nos inflamaron de deseo-/
contaminan los sueños,
estorban nuestra mirada cotidiana
y así lo que vemos resulta un palimpsesto insoportable:
¿qué fue de todos ellos, por qué vuelven,/ flotando de su naufragio
a una hora neutra o adversa?
Signos inasibles de un destino que escapa a nuestra comprensión, saben tocarnos otra vez, como solían, el corazón;
pero pasó su tiempo, y es baladí quedarnos en su alucinación
mientras urge la vida:
fuera, un brote de hierba le hace espejo/ al inefable placer de un nuevo encuentro:
un rostro que nos hará volver a puerto/ o al palomar, amor, al nido cierto/ donde mi deseo halla su colmo/
y tu ternura vuelve para abrevarse.

 

 Mientras navega sangre adentro el poeta ausculta (¡Y qué cara resulta esta palabra al mundo del médico y el escritor!) las más recónditas señales del cuerpo y, claro del alma. Ellas son la materia de su escritura. Con ellas cincela, moldea, insinúa una posible cifra del mundo, porque La vida urge y porque Signos inasibles de un destino que escapa a nuestra comprensión, saben tocarnos otra vez, como solían, el corazón.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=6BA9-cWsZjs

viernes, 1 de noviembre de 2024

La caverna digital

 



En la alegoría de La Caverna, Platón nos ubica en una cueva donde un grupo de prisioneros contempla el desplazamiento de unas sombras proyectadas sobre la pared del fondo por la escasa luz proveniente del exterior. Para esos hombres las sombras equivalen a toda la realidad, de modo que el primero en salir de allí deberá aprender a moverse en un medio incomprensible: el mundo real.

En la vida contemporánea vivimos un trance parecido: millones de seres humanos contemplan abismados las pantallas de sus aparatos digitales, convencidos de que esa es toda la realidad. Peor aún, la única realidad. Ese vínculo ha terminado por crear una dependencia que les hace cada vez más difícil moverse en el afuera. Para no pocos de ellos, asuntos tan elementales para la convivencia como el saludo y la despedida o un par de palabras para agradecer un favor o la prestación de un servicio se convirtieron en una enorme dificultad. La Caverna de Platón devino, pues sortilegio digital, encantamiento de cuento de hadas.

Encantamiento es la palabra precisa. Las pantallas ofrecen un mundo sin fisuras, donde hasta las cosas más terribles están rodeadas de un aura mágica. De ahí que el consumidor utilice los signos de Megusta y Reenviar sin detenerse a pensar en la validez de la información y de sus posibles efectos en los nuevos receptores.  Su manera de aproximación a los textos e imágenes está despojada de entrada de cualquier distancia crítica.

Y bien sabemos que el espíritu crítico precede siempre al desencantamiento, pues este último se insinúa cuando se empieza a dudar. ¿Será que sí? Es siempre el preludio de esa nueva actitud. Pero ahí surge el primer escollo. Para el encantado es fácil descalificar al escéptico tachándolo de Ludita, de enemigo de la tecnología. Cualquier debate provechoso resulta así anulado de entrada.




Soy tan poco enemigo de los avances digitales que sostengo este blog desde hace casi catorce años; además fui editor del portal web La cebra que habla; durante la pandemia participé a través de la virtualidad como analista de Noticias Ecos 1360 Radio. Además fui orientador de un noticiero y de un programa de opinión en el Canal 81 de la televisión local. En realidad, la chapa de Ludita me la gané por mi incurable fobia a los teléfonos, fueran estos fijos, de manivela o digitales, da igual.

He visto personas a punto de caer en huecos de alcantarillas o de ser atropelladas por un auto por caminar con la vista fija en la pantalla del teléfono móvil. Me he quedado sin respuesta a un saludo o a una pregunta porque al otro lado, literalmente, no hay sujeto. Así que decidí pedir ayuda a una experta en una nueva rama de la sicología clínica: las adicciones digitales. Se llama Eliana Méndez y atiende su cada vez más nutrida lista de pacientes en un edificio céntrico de Pereira.

El factor común de quienes solicitan mi acompañamiento es- según expresan de entrada- su incapacidad para desconectarse de sus aparatos digitales. Desde la madrugada hasta la hora de acostarse están ligados a sus aparatos y no necesariamente por razones de trabajo o estudio. Cuando me adentro más en cada caso, porque en sicología resulta fatal generalizar me encuentro con todos los síntomas de la adicción: sensación de miedo y desamparo ante la mera idea de ser despojado de la sustancia o el producto generador del problema.  De ahí se deriva un cuadro bien complejo relacionado con la sospecha de que puede suceder algo terrible relacionado con su propia vida y ellos no se van a enterar. ¿Cómo acercarse entonces a esas personas? Como sucede con todos los adictos, lo peor que uno puede hacer es juzgarlos o cuestionarlos. Esa actitud romperá de entrada cualquier intento sanador. Guardadas diferencias, es un poco como cuando un niño tiene una pataleta. En lugar de amenazarlo o castigarlo hay que buscar nuevos focos de interés que convoquen su atención. Cualquier buen observador, sabe que de ese modo, el niño se calma de a poco hasta perder el interés por lo que desató su reacción inicial. Por supuesto, el tiempo necesario para que un adicto a la tecnología empiece a experimentar un alivio es mucho mayor.




Menuda tarea la de profesionales como Eliana. Con razón cobran tan buenos honorarios. Al comienzo de esta entrada utilicé la palabra abismados para referirme a los consumidores de pantallas. De modo que la tarea del profesional consiste en sacarlos del abismo. Tendrá que  volver a enamorarlos de otras cosas, de otros seres, recordarles- pensemos en el hondo sentido de esta palabra -  que  el mundo de fuera está lleno de colores, sabores, olores y sonidos que pueden ayudarles a recuperar la parte perdida de sí mismos y que habrá de devolverles el sentido crítico necesario para rehabitar esas parcelas de la realidad en las que acontece la irrepetible historia  de nuestro paso por el mundo.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=NyK1TsGSJEo