miércoles, 12 de abril de 2023

Las mil y una muertes del rock


                                                 Carátula de Jethro Tull, ilustrada por
                                                                                Michael Farrell y David Gibbons


 

                                                    Too old to rock and  roll

                                                    Too young to die.

 

                                                         Jethro Tull

 

Poetas ellos mismos, Bob Dylan y Leonard Cohen se remitieron siempre a la gran literatura a la hora de componer sus canciones. Ambos de origen judío, se educaron en una tradición de reverencia por la palabra escrita. Y ese no es un dato menor. Como no lo es que, en dos momentos distintos,  hayan sido galardonados con el Premio Nobel de Literatura el primero y el Premio Cervantes de las letras el segundo.

Traductora de Rimbaud, la gran Patti Smith ha expresado siempre la gran influencia que los llamados “Poetas malditos” franceses ha ejercido sobre su obra en verso y en prosa, aparte de su conocido cancionero.

“There´s a lady who´s sure/ all that glitter is gold/ and she´s buying a stairway / to heaven”, canta Robert Plant con esa voz  suya  salida de las entrañas.

“Picture yourself in a boat/ on a river/ with tangerine trees/ and marmalade skies” sugerían The Beatles instalados en el vórtice  mismo de la sicodelia.

“Hello darkness/ my old friend/ I´ve come to talk with you again”, escribió Paul Simon en una canción que, no por casualidad, muchas Iglesias del mundo hicieron suya.

“Hear the rime of the ancient mariner/ see his eyes as he stops one of the three mesmerizes/ of one of the wedding guests/ stay here listen to the nightmares of the sea!”, cantan los Iron Maiden en una canción inspirada en The rime of the ancient mariner, el poema de S.T. Coleridge.

Uno podría seguir el viaje literario de músicos como Jim Morrison o Lou Reed y no acabaría nunca: el rock, el buen rock, aparte de una propuesta sonora es también una búsqueda poética y narrativa, igual que la salsa, el tango y otras músicas de los extramuros urbanos.


                                                 Bob Dylan y Leonard Cohen

Si pasamos a las influencias musicales de bandas y solistas, el catálogo no es menos extenso. La  presencia de Brahms en las extensas y no por eso menos frescas canciones de Yes.  El misticismo de Bach en el cancionero de Jethro Tull.  La sofisticación de Prokofiev y Mussorgsky en las búsquedas de Emerson, Lake & Palmer. La formación sinfónica de los integrantes de Deep Purple.  La vocación operática de Queen.

Así que, cuando cada cierto tiempo aparece un profeta anunciando la inminente muerte del rock, me hago la misma pregunta: ¿Cómo va a morir una música que se nutre de semejantes fuentes? Para empezar, ni siquiera existe una sola línea de rock a la que puedan ponerle una placa y despachar al otro mundo. Hagamos una revisión rápida de algunas entre muchas etiquetas utilizadas para clasificarlo: acid rock, heavy rock, rock sinfónico, rockabilly, rock progresivo, folk rock, rock and blues, glam rock, metal, punk, grunge y de los años noventa para acá, rock alternativo, aunque nadie ha podido explicar alternativo a qué.

Como ven, esa diversidad nos conduce a otra pregunta: ¿De qué hablamos cuando hablamos de rock?  Abundan los libros que intentan una aproximación al género desde las claves de la sociología, la antropología, la Historia, la filosofía y el análisis literario. Como el propósito del presente texto no es hacer un análisis de obras y autores, resumamos: el rock es un género musical cuyo nacimiento oficial algunos datan en 1954, que echa raíces en expresiones de vieja tradición cultural como el blues de los negros del Mississippi, los cantos espirituales de las iglesias, los ritmos campesinos tradicionales, el jazz de la marginación urbana y, claro, la tradición clásica europea.

Mejor dicho: el mar del rock   está formado de muchos ríos que, por distintos caminos, se nutren de la tradición cultural- y no sólo musical- de oriente y occidente. Es algo así como el mito del hombre de las mil caras llevado al mundo de la música.

Proteico como el hombre de las mil caras, este género musical tiene la capacidad de convertirse en otra cosa cada vez que el entorno social, político, económico y cultural parece hacer ineludibe su extinción. De ahí la cantidad de profetas que han anunciado su muerte mil y una veces.


                                           Carátula de Yes, ilustrada por Roger Dean

Lo advirtieron cuando las revueltas de mayo de 1968 en Francia y el verano de las flores en California tocaron a su fin.

Lo dijeron cuando la música discotequera salió de su ambiente natural- los clubes nocturnos hechos para bailar- y se apoderó de las estaciones de radio del mundo entero, dando lugar al conocido síndrome de Fiebre de Sábado en la Noche.

Lo repitieron el día en que una nueva generación de músicos empezó a jugar de otra manera con los instrumentos electrónicos y patentó de paso una corriente bautizada con el nombre de tecno-pop o tecno- rock, para el caso de igual.

En América Latina y España, en lugar de morir, el rock decidió cantar en otro idioma: el castellano adaptado a las particularidades de cada país. Según algunos cronistas musicales, ese favor se lo debemos a los militares argentinos: convencidos de que la pesadilla desatada durante su dictadura los devoraría también a ellos, decidieron apelar al viejo y conocido truco de exacerbar el patrioterismo para sostener esa abstracción conocida como “unidad nacional”. Para conseguirlo desataron la guerra de las Malvinas y prohibieron a las estaciones de radio emitir música en inglés. El resultado es bien conocido. La guerra fue un fracaso y como las emisoras no podían desaparecer del dial empezaron a desempolvar viejas grabaciones de bandas y solistas que no tardaron en captar la atención del público.

                                                          I.R.A, banda de punk colombiana

Fue así como el género de las mil caras le surgió en nuevo rostro: el del rock en español. Poco importa que a través de esa puerta las disqueras colaran expresiones que poco o nada tenía que ver con el género. Para efectos de supervivencia musical, a los militares argentinos se les fue el tiro por la culata. Pregúntenle a Lito Nebia, Charlie García Nito Mestre, Celeste Carballo, El Indio Solari o a Luis Alberto Spinetta – poco importa que esté muerto- y verán.

Para mantenerme al día con las nuevas corrientes, escucho de vez en cuando a Radiónica, una estación perteneciente al sistema colombiano de medios públicos. A juzgar por la diversidad y potencia de lo que allí emiten en distintos idiomas, al viejo y querido rocanrol le vale a la perfección la sentencia aquella- apócrifa o no- que el escritor José Zorrilla habría hecho pronunciar a Don Juan Tenorio: “ Los muertos que vos matáis/ gozan de buena salud”.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=HSa2_C3Qwf8

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 29 de marzo de 2023

Decir amigo





Pongamos las cosas en su lugar: como tantos lo han dicho ya, considero que la violencia es la expresión misma del fracaso  de la inteligencia como forma suprema de lo humano.

Por definición el violento  renuncia al diálogo en tanto instancia para la solución de los conflictos públicos  y privados .

Hechas esas precisiones, paso a ocuparme  del momento que vive hoy mi amigo Julio César González, a resultas de las denuncias publicadas por ese siniestro personaje  llamado Abelardo de la Espriella, tan caro a lo más oscuro y tenebroso del poder político y económico en Colombia.

No quiero referirme a Matador, el personaje que Julio se inventó y que acabó por arrasarlo. Nos perderíamos en ese laberinto de espejos de la fama del que ya se han ocupado muchos.

Insisto: hablo  de Julio, así a secas, sin apodos. El compinche, el roquero, el fiel devoto del Deportivo Pereira, el indómito  gamín de barrio que alienta en su sangre , muy  a pesar de las seducciones y oropeles de la fama.

El papá de dos hijos y el buen esposo- sí: el buen esposo-  de su mujer. El solidario capaz de echarle una mano al que va en caída libre. Mejor dicho, al que va " de culos pal estanco".

El bohemio de otros tiempos, con el que, sobrio o ebrio, atravesé las legendarias noches pereiranas. El mismo que hace diez años madrugó a contarme, contrito , confundido y abochornado, que en medio de una borrachera había golpeado a su esposa, una mujer valiente y decidida que luchó toda su vida para sobreponerse al infortunio. Supe además de la denuncia interpuesta en ese momento.

Sé por eso mismo, que  una vez pasada la indignación inicial, su mujer se propuso hacer borrón y cuenta nueva, poniendo de paso unas condiciones que, me consta, Julio se ha encargado de cumplir con creces.

Mejor dicho, como escribió en su cuenta de twitter, el hombre asumió su error y decidió recomponer el  camino. Esa decisión implicó, entre  otras cosas, decir  adiós a una bohemia que rayó en la leyenda.

Así las cosas, supondría uno que a estas alturas ese episodio pertenece a su vida privada y a la de su familia. Sin embargo, sabemos muy bien que los llamados "personajes  públicos" se alienan de ese derecho tan caro al resto de los mortales.

Por eso, en el mundo del poder no hay " caso cerrado". Con frecuencia asistimos, como buenos caníbales, al banquete donde se exponen y degustan las debilidades de un poderoso o de alguien que aspira a serlo. Que si el arzobispo fue cliente de burdeles, si al  presidente le gustó la cocaína o el empresario experimentó una irrefrenable pasión por los muchachos imberbes.

No importa si esas cosas sucedieron hace medio siglo: en las pugnas por el poder se vive en un eterno presente.

De modo que  en mala hora le tocó el turno a mi querido Julio. En realidad a sus  enemigos les tiene sin cuidado si una vez golpeó a su mujer y si esta hoy lo considera un asunto saldado. Lo que quieren es cobrarle  la tozudez con que ha denunciado y fustigado sus corruptelas y sus crímenes. Quieren vengarse de  su condición de hombre de izquierdas, lo que consideran un delito. Ya me los imagino contratando un escuadrón de excavadores a sueldo hasta dar con ese episodio violento y reprochable de hace una década.




¿ Qué logran con eso? Pues joderle  la vida y jodérsela de paso a una familia de la que formo parte.

¿ Y qué consigo yo con esto? Pues nada, salvo sacarme la mala leche de encima, antes de irme a la cama convencido más que nunca de que el poder, toda forma de poder, es una gigantesca montaña de  mierda a  la cual nadie puede siquiera acercarse sin terminar oliendo a mierda.



PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Pt6CGZ33PMk



martes, 21 de marzo de 2023

Mistrató, la danza de las loras



Entre Jesús y Karagaví

El jueves 24 de agosto de 2017  empezó la romería.

Una docena de  camperos  Carpatti provenientes de distintos lugares del país partieron desde el poblado de Mistrató rumbo al resguardo indígena de Purembará. La comunidad se aprestaba a celebrar los treinta y nueve años de vida administrativa con un evento en el que se afirmaban las convicciones políticas y el patrimonio cultural de un pueblo perteneciente a la etnia embera- chamí.

La caravana, en la que destacaban los coloridos vestidos de las mujeres y los collares y pectorales de los hombres,  bordeó   las aguas del río san Juan hasta  un sitio conocido como El Mandarino.

A partir de ese sitio, hombres, mujeres, niños y bestias cargadas con mercados ascendieron por una escarpada ladera plagada de desfiladeros   a los que resulta fácil despeñarse al menor descuido.

Es la misma ruta seguida por los misioneros y los colonizadores que desde  hace  varios siglos practican tanto el pastoreo de almas como el desmonte y el cultivo de tierras para la supervivencia.

Hasta estos parajes llegaron los antepasados de Miguel González,  un clan de baquianos  vecinos de Jericó, Andes y Jardín que hicieron el recorrido a pie  siguiendo la leyenda del oro que se encontraría a manos llenas en los ríos del Chocó, allá muy adentro a dos días o, mejor dicho, a  cuatro paquetes de tabaco de  distancia.

Así medían  el tiempo y el espacio estos hombres y mujeres: según el número de tabacos fumados en el recorrido.

En 2017 los asistentes  al encuentro midieron el tiempo en sus relojes digitales de origen chino y en las pantallas de sus teléfonos móviles.

Es más, durante la travesía de un bosque particularmente espeso, todos alcanzaron a sentir una variante moderna de la angustia metafísica. Fue  en el momento en que se perdió la señal satelital.

Algo así como si los israelitas perdieran a su Moisés justo en la mitad del Mar Rojo.

Al llegar a Purembará, luego de tres horas de  ascenso, los peregrinos se  toparon de frente con un  símbolo  viviente de  su propia historia: un ritual indígena inspirado en vivencias ancestrales,  al lado de un templo católico  cuyo nombre no podía ser más certero: Nuestra señora del Carmen de Purembará.

A lo anterior se sumaron otros elementos: amplificadores  en los que sonaba el reguetón, más teléfonos móviles y mucha, muchísima comida chatarra, sobre todo  Big Cola y papas fritas.

La expresión precisa de lo que unos llaman globalización y otros prefieren definir como colonización pura y dura.




 

La danza de las loras

Tanto los indígenas como los colonos se  acostumbraron a iniciar la jornada diaria con la algarabía de miles de loras que encuentran su alimento en los árboles de estos bosques que se conectan a través de cientos de trochas con las selvas del Chocó profundo, donde  se dan  las riquezas y las serpientes por igual.

Una de esas familias anónimas que no aparecen en la lista de los fundadores fue la de Miguel González. A sus noventa y cuatro años, disfrutando de un café mañanero en  la casa de su parcela en Guática, rememora los días de su niñez cuando se hizo al camino en compañía de sus mayores.

“Eso fue un recorrido hecho a pata limpia, porque ni para zapatos había. Recuerdo que un día mis padres nos dijeron: alístense que a las dos de la mañana salimos. Eso sí, nunca nos dijeron para dónde, porque ni  ellos mismos lo sabían. Igual habían hecho otras familias y con ellas se armó una recua de mulas en las que se cargaban los víveres y las mujeres embarazadas o las que llevaban niños de brazos. Los demás a voliar pata. Yo tendría unos siete años y me terciaron al hombro un líchigo con panela y un pedazo de carne salada. Esa era  la comida para la jornada. Al llegar al punto escogido para dormir se  prendía un fogón para preparar fríjoles y aguapanela. En  la misma candela se asaban las arepas para el desayuno y la comida del día siguiente. De almuerzo, ni hablar, porque teníamos que aprovechar la luz del día, lloviera o hiciera sol, para avanzar lo más que pudiéramos.

“No recuerdo cuántos días nos demoramos para llegar al caserío de Mistrató. Pero si tengo viva la dicha que sentimos cuando nos metimos a las aguas del río. Fue como un día de fiesta para todos. Fuimos a  misa, compramos algunas cosas para el resto del camino y a seguir voliando pata. Allí nos separamos. Varias familias   iban en busca de  monte para  tumbar y cultivar en tierras de los indígenas y otras, como la mía iban  en busca del oro. Unos paisanos les habían contado a nuestros padres que a nueve horas de camino  encontrarían un sitio en el que  abundaba el oro, pero la verdad  es que no recuerdo haber visto mucho. A lo mejor llegamos tarde o nos instalamos en el punto que no era.”




Largo y culebrero.

Pero de lo que si supieron  sin excepción todos los aventureros  fue  de la abundancia de serpientes  en  un bosque que a cada paso se convertía en selva. La coral, la rabodeají  y sobre  todo el temible verrugoso  eran una amenaza constante. Todavía no habían llegado los tiempos  de las botas pantaneras y la gente se adentraba en esos meandros descalza  o en alpargatas, que es casi lo mismo.

“Las mordeduras eran el pan de cada día”, dice Miguel y se santigua agradeciendo a todo el santoral el haber recorrido sano y salvo el camino de ida y vuelta. “Los que conocían las contras para el veneno eran los indios y a veces ni ellos se salvaban. Además, todavía nos faltaba un buen trecho para llegar  a esas tierras. Por eso mucha gente murió y quedó enterrada en medio del rastrojo. Uno podía encontrarse con personas a las que les faltaban dedos, la mano, el brazo o el pie. Cuando las mordía una culebra el único remedio era cortarse con el machete la parte donde el animal había clavado los  colmillos ¿Ahora entiende por qué se habla de un camino largo y culebrero?”

El camino de Nazareth

El historiador Alfredo Cardona  Tobón narra en su blog   que en 1892 el gobierno del Cauca creó el distrito de Nazareth. Su cabecera era  Guática, con jurisdicción sobre los  caseríos de Arrayanal y Quinchía. En ese momento, algunos colonizadores de origen antioqueño, cuyos apellidos es posible  rastrear hoy entre los habitantes más prósperos de Mistrató, ya se habían apoderado de salados, minas y tierras pertenecientes hasta entonces  a los  pueblos indígenas.  Era tan fuerte esa presencia que hasta las bandadas de loras que le dieron nombre al poblado- En lengua embera Mistrató quiere decir Río de las loras- empezaron a emigrar a otros lugares, puestas en fuga por los  perdigonazos de los cazadores.

Es en abril de 1923 cuando se crea el municipio de Risaralda,  del cual formaban parte los corregimientos de Arrayanal y Mampay,  a su vez pertenecientes al Distrito de Belén de Umbría y por el corregimiento de san Antonio del Chamí, adscrito a Pueblo Rico. Toda una urdimbre de trochas  conectaban a Mampay con Pueblo Rico. Indígenas y colonizadores se cruzaban muchas veces en ese ir y venir. En algunas ocasiones, siguiendo viejas costumbres, los aborígenes se postraban ante los intrusos y en otras oponían alguna resistencia.

Miguel González  recuerda en su casa de Guática que un día él y los suyos  pusieron pies  en polvorosa  ante una arremetida indígena.

“Aunque muchos  se habían pasado a la fe de Cristo y habían bautizado a sus hijos con nombres como Jesús, María y José, para no hablar de los apóstoles, a nosotros nos tocó salir corriendo un día, perseguidos por unos cien indios en pelotos que no   querían saber nada de blancos en sus territorios. Y nosotros sí que éramos blancos, y de ojos azules, para acabar de completar.  El susto fue tan verraco que dejamos abandonadas un par de bestias y un bulto de comida. Fue por eso que nos tocó alimentarnos de plátanos  y frutas que encontrábamos entre el bosque. Ahora que lo pienso, creo que ellos tenían la razón: éramos nosotros los que nos estábamos metiendo sin permiso a sus tierras”.

Entre la integración y la resistencia.




Así  ha transcurrido siempre la historia de estos territorios, desde la llegada de los primeros misioneros y colonizadores: entre la fascinación por los nuevos dioses y  la necesidad  de ponerse al amparo de sus divinidades ancestrales. Entre el deslumbramiento  ante los utensilios y armas de los aventureros y el imperativo de conservar los instrumentos utilizados para relacionarse con el mundo.

Algunos vestigios  de esos universos enfrentados pudieron verse a partir de ese jueves  24 de  agosto de 2017, durante la celebración de los   treinta y nueve años de vida administrativa  del resguardo  de Purembará.

Tanto, que  durante la segunda jornada las fuerzas en tensión alcanzaron un límite: un rito de bautismo planeado  un par de meses atrás en el templo de Purembará coincidió con los actos centrales del encuentro.

El gobernador del resguardo amenazó incluso con  enviar a la guardia indígena a suspender la ceremonia.

 Juliana Rojas, rasgos mestizos, voz vehemente  y ademanes desafiantes es toda una muestra viviente de  mochilas, collares, pulseras  y brazaletes confeccionados en la zona. Ha hecho un alto en sus estudios de antropología para hacerse presente en el encuentro.

Para lograrlo  abordó un bus en Popayán, viajó en un vehículo oficial desde Pereira hasta Mistrató y allí se colgó de un campero Carpatti que la  condujo a El Mandarino. Con un pesado morral  a la espalda recorrió las tres horas hasta llegar al resguardo al caer la tarde de ese jueves 24 de agosto.

“Aquí no se trata de invocar el purismo, un imposible en cualquier sociedad que aspire a mantenerse viva sin convertirse en  un objeto de museo. Claro, debemos buscar un punto de encuentro  entre los pueblos sin que uno  avasalle al otro. Pero también es necesario  luchar para que se entienda algo esencial: como todas las poblaciones habitadas en principio por pueblos indígenas y posteriormente sometidas a  la llegada de colonizadores, Mistrató ha vivido una lucha desigual, acelerada por la irrupción de las tecnologías de la comunicación. No se trata de suprimir  y menos de prohibir estas últimas, pero si de propender por un aprovechamiento distinto en la educación, en la cultura, en la política  y en todas las prácticas cotidianas”.

Silenciosa. Una antena de televisión satelital es  testigo de las palabras de Juliana.




Sangre en el bosque

Uno podría recorrer la geografía de  Colombia siguiendo un rastro de sangre en el bosque: el de los desplazados y muertos  dejados por nuestra particular forma de la insensatez. Si dejamos de lado la violencia entre liberales y conservadores- de la que ya sabemos bastante, la más reciente oleada de bárbaros conformada por guerrillas, paramilitares, mineros, narcos y  un sector de la institucionalidad, sembró de  cruces estos caminos. Para la muestra, una lista  de hombres  abatidos a tiros o a machete por prójimos poseídos por la iracundia y el rencor: Benigno  Siágama, Anastasio Niasa, Lázaro Gutiérrez, José Dionisio Córdoba y Paulino Siágama.

Nombres, cruces. Simples formas del pavor en los caminos que el niño Miguel González recorrió una vez con su familia de colonos.

Y muchas, cantidades de viudas obligadas a reinventarse la vida en un abrir  y cerrar de ojos.




 

Entre mujeres

Igual que en todos los lugares de la tierra, mientras los hombres se van  a la guerra, las mujeres se dan a la tarea de  mantener con vida a su comunidad. Siembran, recogen, limpian, amamantan, oran y conservan el orden del mundo para cuando  los hijos, los esposos y los padres vuelvan a casa.

Si vuelven.

Mistrató  es un buen ejemplo. Miriam, Reinelda, Norfilia, Martha Liliana, Florinda, Claudia y María Cecilia   son apenas siete entre muchas que se levantan al despuntar el  día y no se detienen hasta  bien entrada la noche. Algunas fueron a la universidad  y otras han aprendido en la tierra y en sus propias entrañas las cosas esenciales de la vida.

Para entonces, un orador destaca el rol de las mujeres en las luchas de la comunidad: Miriam, Reinelda, Norfilia, Martha Liliana, Florinda, Claudia y María Cecilia son solo siete nombres entre varias decenas de ellas.

Martha Liliana toma la palabra para   hacerse eco de un malestar colectivo.

Es inaceptable que una comunidad   con un patrimonio cultural de gran magnitud, haya sido conocida a nivel nacional  y hasta  internacional solo porque hace diez años un párroco de paso por aquí asesinó a su amante y a su pequeña hija. Desde entonces, no hemos visto que los periodistas y las cámaras se acerquen a contar que en marzo, durante la celebración de las fiestas aniversarias, el pueblo entero en sus áreas urbana y rural se dedica a reconocer  y difundir los resultados del  encuentro no siempre pacífico entre aborígenes y colonizadores. El  Concurso Nacional de Danzas y el de Música Parrandera  reúnen lo mejor de ambas tradiciones.

“Pero hay todavía más: Las ferias ganaderas, la Semana Santa en Vivo,  el Día del Campesino, el encuentro de la Cultura embera chamí y el  Encuentro Departamental de Coros. Sería injusta si no hablara del patrimonio histórico y cultural concentrado en Mampay, en Barcinal, en La María, en San Antonio del Chamí y, desde luego, en el resguardo de Purembará. Entre nosotros, como en todas partes la cultura es la mejor manera de oponerse a la muerte”.

Martha Liliana fue una de las mujeres que se congregaron durante esos tres días de agosto en el resguardo de Purembará. No solo  participó en la discusiones políticas sino  que disfrutó de principio  a fin  La Danza del Oso, interpretada por la delegación llegada desde la vereda Cantarrana.

Es su manera de reconectar el hilo  entre dos mundos, para muchos roto desde el día en que los primeros  fundadores llegaron a la zona. Unos hablan de 1539. Otros se remiten a 1925.

Pero son solo fechas: para bien de todos, la vida es caprichosa y suele tomar atajos imprevistos.

En Mistrató, por ejemplo, le gusta seguir el coro y la danza de las loras en el bosque.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=TWhi935qE2k

martes, 7 de marzo de 2023

Corrupción: cómo apagar un país

 




Del “apagón” a “Centros poblados”

En un intento de refrescarnos la memoria, entre las páginas 27 y 58 del libro “Pistas para investigar las rutas de la Corrupción”, publicado en 2022 por la organización Consejo de Redacción, leemos un recuento escrito por Juan David Laverde sobre los más sonados escándalos de corrupción que han sacudido a la sociedad colombiana en las últimas tres décadas, desde el comienzo del gobierno de César Gaviria en 1990 hasta los días finales de la administración de Iván Duque en 2022.

Guiados por esa bitácora de la infamia, recordamos que el célebre “apagón” de 1992 que dejó al país en las tinieblas, no obedeció tanto al rigor de la temporada de sequía como al robo de los recursos para la construcción de la hidroeléctrica de El Guavio. Con cifras en la mano, los técnicos demostraron que sin el saqueo de los recursos no hubiese sido necesario el racionamiento.

Siguiendo ese camino, volvemos al sainete del llamado “Proceso 8000” en el que unos pillos acusaron a otros de haber recibido dineros del narcotráfico para financiar su campaña política, en este caso la que condujo a Ernesto Samper Pizano a la presidencia de Colombia para el período 1994-1998.

El recuento puede no tener fin: tenemos-cómo no- el control de los narcotraficantes sobre un amplio sector de la sociedad colombiana, que incluyó a empresarios, políticos, periodistas, obispos, medios de comunicación, reinados de belleza, clubes de fútbol y cuanta organización pudiera ser corrompida.

En la lista aparecen también la burla de las Farc al gobierno de Pastrana y de paso a la sociedad toda, las turbias negociaciones del gobierno Uribe con los paramilitares, los asesinatos bautizados con el eufemismo de “Falsos positivos”, las corruptelas armadas por la corporación Odebrecht durante la administración de Juan Manuel Santos y el robo de recursos públicos para la educación y la conectividad en el gobierno de Iván Duque, que incluso condujo a la acuñación de un nuevo verbo: “ abudinear”.

Los casos se cuentan por miles, pero el propósito del libro no es redactar un memorial de agravios, sino de ofrecerle a la sociedad en su conjunto un posible método y un catálogo de herramientas que doten al investigador-   ya se trate de un periodista, de una veeduría o de una organización social- de elementos de apoyo para seguirle el rastro a la cola de la rata, según la afortunada expresión del periodista argentino Daniel Santoro.


                                                   "Apagón"

Escándalos y justicia

En este punto vale la pena detenerse en un fenómeno bastante significativo. La asimilación por parte de la sociedad, empezando por los medios de comunicación, del escándalo como algo equivalente a la justicia. Es más: el escándalo se convirtió en un fin en sí mismo, al punto de engendrar su propia lógica perversa. La cadena es simple:  un periodista o investigador consagran buena parte de su tiempo, su talento, sus recursos personales y muchas veces ponen en riesgo la propia vida y la de su familia para destapar una olla podrida. Los consumidores de información   despachan el plato y exigen el siguiente capítulo, es decir, un nuevo escándalo. Sin tiempo ni voluntad para detenerse y formularse preguntas críticas, renuncian así a su papel de ciudadanos, de personas que participan con todos sus sentidos en la construcción de lo público.

Esa construcción pasa por el control y defensa del patrimonio colectivo. Es en ese punto donde la información debe recuperar su condición de derecho conducente a fortalecer el contrato social, edificado sobre la idea de la libertad, la participación y la igualdad de oportunidades que se traducen en justicia social y económica.

Si no somos conscientes de que con el saqueo a los recursos destinados a mejorar las condiciones de vida de todos se atenta contra la esencia de ese contrato social, acabaremos conformándonos con el escándalo y perderemos la oportunidad de ser sujetos de derechos y deberes.

De esa confusión se deriva algo tanto o más grave: la conversión del periodista en una figura de la farándula, en una estrella del espectáculo que negocia su condición de mediador entre los protagonistas de los acontecimientos y los receptores de información. Pero ese ya es otro asunto.

A menudo a pesar de esos escándalos- o a lo mejor gracias a ellos- los responsables de grandes delitos contra el erario pueden seguir campeando a sus anchas.  Pensemos en sujetos como Iván Puyo, el de la hidroeléctrica de El Guavio; en Carlos Palacino, de Saludcoop; en los Nule o en Alessandro Corredori, el de Interbolsa , que reapareció como si tal cosa en un intento fallido de apoderarse del club de fútbol Deportivo Pereira, con la complicidad de  empresarios locales y un sector de la prensa deportiva.

                                                 Corridori y sus amigos en Pereira

Por esas y muchas otras razones el libro se plantea como una selección de pistas sugeridas por auténticos maestros de la investigación. Una vez adelantado el recuento de grandes episodios de pillaje, en sucesivos capítulos encontramos al experimentado periodista Ignacio Gómez formulando una suerte de guía para que los ciudadanos puedan hacer uso de los recursos brindados por la tecnología, con el ilustrativo título de El ciudadano digital. ¿Con qué criterios moverse a través de la Internet con su a menudo abrumadora circulación de datos, muchos de ellos falsos? es una de las preguntas que deja la lectura del capítulo.

Más adelante, Dora Montero Carvajal nos ofrece la imagen de las banderas rojas a modo de claves que le permiten al investigador riguroso hacerse las preguntas necesarias frente a posibles casos de corrupción. Su exposición constituye en sí misma un método o, si se quiere, una brújula para orientarse en un mundo surcado por toda suerte de intereses en los que el entramado de política y negocios suele estar sembrado de pistas falsas.

Recorrer un camino, sobre todo si está lleno de riesgos, precisa de un equipaje. Y de eso se ocupa Tatiana Cristina Velásquez en una detallada relación de las herramientas necesarias para que los propósitos del investigador, siempre movidos por la defensa de lo público, lleguen a buen término. Un énfasis particular le merecen las fuentes de información digital derivadas de la ley 1712 de 2014, conocida como Ley de Transparencia y del Derecho de Acceso a la Información Pública.

                                             " Falsos positivos", crímenes verdaderos.

I took  Panamá

Lejos están los tiempos en que un reportero tenía que emprender largas travesías en barco para tratar de desenmarañar los hilos de una red de delincuencia internacional. Entrados a la tercera década del siglo XXI periodistas y ciudadanos están, como quien dice, a un solo clic de acceder a información decisiva relacionada con casos de corrupción, muchos de ellos ubicados en la llamada red profunda. Sin embargo, la tarea exige tener la visión y el olfato aguzados para separar el oro de la escoria. Más allá de las ventajas de la tecnología, su tarea demanda los mismos esfuerzos que los colaboradores de Joseph Pulitzer tuvieron que hacer para descubrir que detrás de las maniobras del gobierno de Theodore Roosevelt para apoderarse del istmo de Panamá, que incluyeron sobornos a gobernantes y congresistas, alentaba la ambición de un cuñado suyo inversionista de la empresa constructora del canal.

De esos esfuerzos nos habla este necesario libro editado por Consejo de Redacción, con el respaldo de la Fundación Konrad Adenauer, así como de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Khnk8x47KLk

 

 

jueves, 23 de febrero de 2023

Ecos 1360 Radio: medio siglo en la memoria regional

 




De niño, fue mi abuelo Martiniano quien me contagió   para siempre el virus de la radio. Como buen campesino de su tiempo, el viejo se levantaba a las cuatro de la mañana a coger el corte- así le decían al hecho de iniciar la jornada de trabajo-, que empezaba con el ordeño de las vacas. Desde esa hora llevaba en bandolera, protegido por una funda de cuero, un radio Sanyo de esos fabricados para durar toda la vida, del que no se desprendía ni siquiera a la hora de acostarse, al punto de que la abuela Ana María solía decir que  de no haber sido por la derrochadera de plata en pilas Eveready se hubiesen vuelto ricos.

A primera hora escuchaba un programa llamado Mañanitas Campesinas, cuya banda sonora era Esperanza, la célebre composición instrumental de Ibarra y Medina. De ahí en adelante seguía una sucesión de noticias y programas entre los que recuerdo La cabalgata deportiva Gillette, La Escuelita de Doña Rita, La Ley contra el hampa, La Castigadora y, claro, Kalimán, El hombre increíble, que al caer la tarde acompañaba con sus aventuras el cierre de la dura jornada transcurrida al sol y al agua.

Fue así como comprendí que la buena radio consiste ante todo en contar historias. Devoto temprano del fútbol, aprendí a imaginar jugadas memorables recreadas en la voz de Carlos Arturo Rueda C y Pastor Londoño Pasos. Escuchando las narraciones de ciclismo, descubrí que vivía en un país donde existían lugares con nombres como Bolombolo, Chiquinquirá o Manzanares.

Y también supe, cómo no, de los horrores de la guerra.

De modo que cuando, al empezar la década de los noventa, me invitaron a participar con notas culturales en Ecos 1360 Radio, una estación independiente de propiedad de la familia Salazar Sierra, no me hice de rogar. Me armé de valentía a la hora de enfrentar el micrófono, aunque  tartamudeé lo indecible- todavía lo hago de vez en cuando- y me sudaban las manos. La primera vez a lo mejor hablé de alguna película presentada en el Cine Club Comfamiliar por esos días. Supongo que se trataba de Nueve Semanas y Media o de Pregúntale al señor Luna, cómo saberlo.

Como cualquier adicto, me quedé enganchado al vicio. Mientras aprendía un montón de cosas me encontré con profesionales del oficio como Albeiro Burgos, Andrés Botero, Juan Antonio Ruíz, dos Óscar Osorio, Ramón Echeverry, Oswaldo Parra, y en épocas más recientes a Hans Lamprea, uno de los últimos reporteros de botas pantaneras. Tampoco puedo olvidar a Marco Tulio Franco, un hombre que compensaba sus limitaciones con una tenacidad única para encontrar noticias.

¿Cómo olvidar que  la emisora fue también escuela para muchos periodistas deportivos? Cada vez que pueden, comentaristas como Orlando Salazar, Hugo Ocampo, Danilo Gómez o Henry Carvajal así lo reconocen.




Con el paso del tiempo me dejé seducir por la tentación de comentar noticias, un buen recurso para auscultar con espíritu crítico nuestra abrumadora y a veces gozosa realidad. Para equilibrar un tanto esas cargas   decidí orientar, con la complicidad de Patricia y Andrés, un programa llamado Ecos de la Cultura, en compañía de Alejandro Patiño Sánchez.

La emisora no era un descubrimiento para mí: en los setenta subí un par de veces sus escaleras, atraído por la curiosidad que me despertaba un programa de rock liderado por un muchacho llamado Carlos Alberto Cataño, hijo de Orlando Cataño Céspedes, el primer director y gerente de Ecos del Risaralda- el nombre inicial de la estación-. Fue a través de Carlos Alberto que descubrí a la banda de rock británica Queen, liderada por el legendario Freddy Mercury.  Y, sorpresas te da la vida, el jueves 23 de febrero de 2023, cuando la emisora celebró su medio siglo de fundada, volví a encontrarme con el ya no tan joven roquero a través de la virtualidad.

Porque fue un 23 de febrero de 1973, seis años después de la creación del Departamento de Risaralda, cuando el dirigente político conservador Jaime Salazar Robledo fundó la emisora que desde entonces ha sido testigo y protagonista de la vida regional. Tan significativo ha sido su papel, que si alguien necesita rastrear hoy el quehacer político, económico, cultural, social y deportivo de Pereira y Risaralda en los últimos cincuenta años con seguridad encontrará en sus archivos una buena fuente documental.

Y aquí es necesario detenerse en un detalle. En el camino he conocido a muchos militantes conservadores que en la práctica son más liberales que quienes se consideran de izquierdas o incluso librepensadores. Lejos de cualquier ortodoxia o fundamentalismo, en su vida hay espacio para todas las ideas, incluso las de sus más viscerales contradictores.

                                                          Jaime Salazar Robledo

A esa condición pertenecen personas como Jaime Salazar Robledo y sus herederos. A menudo me  han formulado en la calle preguntas como la siguiente: ¿Cómo ha hecho esa familia tan goda para suportárselo a usted diciendo al aire lo que da la gana y fustigando a los representantes del poder local y regional?

Mi única respuesta es: respeto y eso no es un detalle menor. El respeto por las ideas y la condición del prójimo es algo cada vez más escaso en el mundo y en Colombia. De modo que debemos valorarlo por partida doble: por lo que significa a nivel personal y por lo que representa en una sociedad aquejada por tan altos niveles de fanatismo y violencia como la nuestra. Así las cosas, si hacer radio consiste ante todo en construir sociedad, Ecos 1360 Radio constituye un buen modelo a seguir. Por eso, a modo de tributo a su medio siglo en la memoria regional, quiero hacer manifestación pública de gratitud a la familia Salazar Sierra. A doña Rosa, a Patricia, Jorge, Jaime y los que se me olviden justo ahora.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=uTEGxVDHpGU

martes, 21 de febrero de 2023

Del malestar a la incertidumbre




Por definición, los seres humanos somos volubles, “variables y ondeantes”, para utilizar la clásica expresión de don Miguel de Montaigne. Y esos adjetivos valen por igual en nuestras actitudes y decisiones tanto en lo público como en lo privado. En el amor o en la política. Eso explica que ésta última sea pendular y vaya siempre de un extremo a otro.

De ahí que no deba sorprendernos tanto la actitud de alarma manifestada por un gran porcentaje de la población colombiana frente a los contenidos y potenciales alcances del Proyecto de Reforma a la Salud, radicado ante el congreso por el actual gobierno nacional el día lunes 13 de febrero de 2023.

Poco tiempo después de que se pusiera en marcha el modelo vigente a partir de la Ley 100 de 1993 empezaron a aflorar las inconformidades frente a la calidad y oportunidad de los servicios, al punto de que pronto   se convirtieron en contenido de campañas políticas del orden local, regional y nacional, que contemplaban “la necesidad de una reforma profunda”, así en abstracto, sin precisar detalles sobre sus contenidos e implicaciones.

En ese ir y venir, no han faltado los alardes retóricos y eufemismos propios de nuestra condición nacional, al punto de que se llamó “Acuerdo de punto final” a un conjunto de medidas plasmado en el artículo 237 del Plan Nacional de Desarrollo, con fecha del 25 de mayo de 2019. En el papel, la medida suponía la solución definitiva al eterno problema de no pago por parte de las EPS a clínicas y hospitales, con el consiguiente déficit que eso representa para la prestación de los servicios a los pacientes.

Como bien sabemos, no hubo punto final. Todo lo contrario: algunas EPS lo utilizaron como mecanismo de dilación y siguieron acumulando deudas. Otras apelaron al conocido truco de cambiar de razón social, complicando aún más el entramado jurídico y financiero.

El malestar no paró de crecer. En la calle, en los medios y en los escenarios políticos, la gente siguió pidiendo una reforma definitiva al modelo.

Durante su campaña a la presidencia, el hoy presidente Gustavo Petro recogió ese malestar y lo convirtió en promesa ante los colombianos. Bien sabemos que, una vez alcanzado el poder, todo político debe convertir sus promesas en leyes. En caso contrario, los ciudadanos le pasarán cuenta de cobro.


                                              Carolina Corcho

Y en esas andamos. La ministra Carolina Corcho radicó el proyecto de reforma y, de inmediato, la oposición anunció que liderará algo así una contrarreforma enfocada a conservar lo bueno del sistema vigente, lo que, en principio, resulta saludable en toda sociedad con pretensiones democráticas.

Llegados a este punto, se pasó del malestar a la incertidumbre.  Y ésta última se alimenta de preguntas y rumores. La primera de ellas obliga a pensar en las bondades y fallas del actual modelo, para fortalecer lo bueno y corregir lo malo.

Para empezar, es difícil negar que se han alcanzado unos niveles de cobertura que, más allá de las discusiones porcentuales, a través del régimen contributivo y el subsidiado ha conseguido brindar   aceptables niveles de atención, sobre todo en las áreas urbanas. Ahora bien, algo muy distinto son los indicadores de calidad y oportunidad en la atención. Y eso pasa por garantizar los recursos financieros, la infraestructura, la justa remuneración de los profesionales de la salud- incluidos los especialistas-, los exámenes diagnósticos y el acceso a los medicamentos, todo ello sumado a una estructura administrativa capaz de garantizar el buen funcionamiento. La relación entre esos factores se traduce en una oportuna y efectiva respuesta a las necesidades de los pacientes y sus familias.

De entrada, el primer escollo a sortear es el de las pugnas políticas. Estamos en un año electoral, en el que se escogerán alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles. Además, se empiezan a medir fuerzas con miras a la conformación del congreso, e incluso para la próxima campaña presidencial.  Y bien sabemos que en esas coyunturas priman los intereses personales y de grupo.




¿Qué tan buena disposición tendrán nuestros políticos frente a la reforma?  Esa no es una cuestión menor, porque la aprobación o no depende del congreso. A lo anterior se suma el imperativo de sustraer los debates a las tentaciones ideológicas: la salud, la vida y la muerte no son de izquierdas ni de derechas. El debate no puede centrarse en si es malo o bueno el recurso del presidente de pronunciar sus discursos desde un balcón para divulgar las reformas: lo mismo han hecho sus antecesores, sólo que utilizando otras tribunas: Caracol, RCN, W Radio, Blue Radio, El Tiempo, El Colombiano y todos los demás medios a su servicio.

El llamado entonces es a ser prácticos y realistas. Una buena ayuda puede ser echarle un vistazo al estudio publicado por la Asociación  Colombiana de Clínicas y Hospitales en 2022. Ni el presente es tan malo ni el futuro permite pensar en la perfección.

Según el estudio, a nivel mundial Colombia ocupa el puesto 39 en un listado de 94 países, con un índice de 81.5 sobre 100; 9.8 puntos por encima del promedio general, que fue del 71.7.

Para definir el escalafón entre 94 países, se tuvieron en cuenta los resultados de doce variables en aspectos como esperanza de vida, tasa de mortalidad materna, tasa de enfermedades no transmisibles, incidencia de tuberculosis y años de vida por discapacidad, entre otros.

También se tuvieron en cuenta las variables de insumos como infraestructura, recursos humanos, percepción de corrupción e indicadores de violencia de género en los  países evaluados.

De modo que frente a esos logros en materia de salud no podemos hacer tabla rasa y reiniciar de cero: sería un despilfarro en todos los sentidos. Por fortuna, los funcionarios del gobierno encargados de liderar la tarea ya admitieron lo esencial: hay que edificar sobre lo construido.

Eso exige responder a desafíos como la gestión y vigilancia de los enormes recursos necesarios para materializar la reforma, porque el concepto de gestión territorial implica el riesgo de poner al alcance de los políticos un botín burocrático y financiero que podría echar por tierra todos los planes. Además, debe definirse muy bien la línea que separa las EPS que han hecho bien la tarea de aquellas que constituyen focos de inoperancia y corrupción. No se puede poner a todas en el mismo saco.




Asimismo, la figura de los centros de atención primaria suena tan vaga que un vecino me preguntó alarmado si pensaban revivir los viejos e inoperantes centros de salud ubicados en barrios y veredas. ¿Cómo operarán y en manos de quién estará la responsabilidad directa?

Y lo último, pero no menos importante: los profesionales de la salud. No se trata sólo de que  estén bien remunerados sino de tener los suficientes especialistas. Desde hace décadas vivimos un inquietante éxodo de médicos y enfermeras hacia el exterior en busca de mejores oportunidades.

Los anteriores, son apenas algunos de los retos para la salud en Colombia, no sólo para el gobierno, sus funcionarios, los políticos o los medios de comunicación alineados en distintos bandos. El proyecto de reforma ya está radicado. Es tarea de todos los ciudadanos estar al tanto de sus contenidos y hacer veedurías a sus avances, sin descalificaciones a priori ni fanatismos. Después de todo, hablamos de un derecho fundamental consagrado en la Constitución de 1991 y protegido por la figura de la tutela.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=0D2j4r7322I

 

martes, 14 de febrero de 2023

Esclavos de la salud

 



Siempre pensé que la ensalada de frutas era una forma del milagro. Un goce para los ojos, el olfato, el paladar y, vaya uno a saber por qué misterios de la sinestesia, también para el oído. De niño, cada vez que me sentaba frente a ese plato creía que me iba a comer el arco iris.

Influencias malsanas de los hermanos Grimm, supongo.

Pero no pasaba solo con las frutas. Por humilde que fuera, todo alimento acarreaba consigo una forma de goce. Por algo decían nuestros viejos que “Con buen hambre no hay pan duro”. Piensen nada más en esa maravilla del “calentao”, una delicia gastronómica que, por lo visto, tiene sus variantes en distintos lugares de la tierra, siempre sobre la base de no desechar lo que sobró del día anterior.

Una vez resueltos los apremios de la supervivencia, los pueblos emprendieron el camino del refinamiento y entonces la cocina empezó a parecerse a la alquimia y a la música: un instrumento por aquí, una pizca de este ingrediente por allá, otro tanto de un aderezo recién descubierto por este lado, una cocción a fuego lento y pronto se estaba a las puertas del prodigio. No por casualidad la gastronomía es, al lado de la música, uno de los soportes de la cultura… además de la religión, claro, porque siempre se necesitará de alguien que convoque a la comunión y bendiga el pan.

Pero esas parecen ser cosas de otros tiempos, a juzgar por la instrumentalización de que ha sido objeto la comida, a resultas de la obsesión por la salud y, al parecer, por la inmortalidad alcanzable a través de una mezcla de consumo y abstinencia. Antes de paladear un alimento la gente se pregunta para qué sirve y qué enfermedades evita o provoca. El simple disfrute pasó a un plano secundario.

Bueno, es hora de que les cuente a qué viene todo esto. Hace cosa de una década estaba sentado en un lugar céntrico de Pereira, especializado en   ensaladas de frutas- hay especialistas de todo en este mundo, ustedes ya saben-. Apenas empezaba a regocijarme con mi arco iris de sabores cuando un especialista en el fin del mundo irrumpió en el local y, sin mediar preámbulos, soltó su homilía de juicio final sobre los indefensos parroquianos inocentes de cualquier posible pecado distinto al de una irrefrenable pasión por las frutas.



“¿No saben que se están a punto de envenenarse con esa mezcla?” aulló el tipo a los cuatro vientos. Por instinto miré al administrador del negocio y por una fracción de segundo lo imaginé como un asesino embozado, proclive a mezclarle cianuro o alguna salmonela letal a sus ensaladas. Pero el sabio y buen hombre ya había echado mano de un garrote, dispuesto a expulsar al profeta.  Y lo hubiese molido a palos si este no huye a grandes zancadas, no sin antes inundar el local de folletos a todo color donde se advertía sobre los peligros de cientos de alimentos que, detrás de su apariencia inocente y sugestiva, esconden el mismísimo rostro de la muerte. El nombre del folleto era tan perentorio como el tono del predicador “¡Cuide su salud! ¡Cuidado con lo que come!”.

Nunca me pareció de fiar la gente que escribe titulares entre signos de exclamación. Pienso que su intención es sembrar el pánico para venderle alguna cosa a su audiencia:  un objeto, una idea, una religión, una dictadura, qué sé yo. Pero una cruzada contra las frutas ya era al colmo. La única fruta riesgosa de la que tengo noticia es una variedad de papaya bautizada por los abuelos con el apodo de “Tapaculo”. Ustedes ya imaginarán por qué. Pero una campaña de desprestigio contra la ensalada de frutas ya era el colmo.

Pero qué le hacemos: tengo el vicio de leer todo lo que cae en mis manos, incluidos los folletos de las sectas milenaristas. Y en el folleto de marras pintaban un panorama terrorífico. Según el autor del artículo, el sodio y el potasio a veces se complementan y en otras compiten con ferocidad, al punto de convertir el organismo del comensal en una réplica del Armagedón, el lugar donde, según la tradición bíblica, tendrá lugar la batalla del juicio final.



Es tanto el poder de las palabras que por un momento sentí retortijones en la panza. Imaginar al ángel potasio y al demonio sodio- o al revés- arrojándose rayos, centellas y balas de azufre en mis entrañas me puso mal de veras.  Para colmo, al mirar por el rabillo del ojo, descubrí una inquietante fila de parroquianos que aguardaban ante la puerta del baño. Me temo que muchos de ellos salieron convertidos a la nueva fe y pasaron a engrosar los ejércitos del profeta.

De ahí en adelante todo fue una avalancha: programas de radio, franjas enteras de televisión, revistas impresas y páginas de internet orientadas por “especialistas”, se arrojaron sobre audiencias sugestionables que, sin detenerse a pensar, empezaron a comprar lo bendito y a eludir lo pecaminoso. Se abrieron por centenares tiendas de “alimentos saludables” y toda suerte de pastillas y pócimas para eludir el dolor y prolongar la vida. Pero ese es otro asunto: ignoro qué pueda significar a escala cósmica vivir diez años de más o de menos. A lo mejor la exuberante piña o la jugosa papaya puedan explicarnos algo al respecto.



Los escritores de origen judío nos familiarizaron con el concepto de comida Kosher, una tradición que se remonta a antiquísimos tabúes tribales que definían la identidad de la comunidad a partir de una serie de prohibiciones, con su correspondiente catálogo de recompensas y castigos. La más conocida para nosotros, es de lejos, la relacionada con el consumo de carne de cerdo. En este caso, lo Kosher es lo permitido, lo que se ajusta a las formas de la ley hebrea.

El escritor Rigoberto Gil sugiere que detrás de la comida vegetariana alienta una nostalgia por la carne.  ¿Sentiremos alguna vez nostalgia de las frutas? ¿Estaremos acaso ante una versión revisada de lo kosher aplicada a las frutas? ¿empezarán a vendernos bananos sin potasio y papayas sin sodio aptos para creyentes de la nueva fe? Todo es posible cuando se desata una cruzada, sobre todo si echa raíces en esta esclavitud de la salud que  se ha apoderado del mundo con  su inevitable legión de mistagogos y terapeutas.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=b56SnP73CzQ