lunes, 22 de mayo de 2023

El caos según Tristram Shandy





Caballería andante

Hacer que el infinito universo quepa en las páginas de un libro no es una pretensión nueva. Todas las literaturas en algún momento del camino se han fijado ese propósito, destinado al fracaso, desde luego: las coordenadas de espacio- tiempo jamás coincidirán con el ritmo de escritura del autor. Por más vertiginoso que sea ese ritmo, la última palabra siempre estará una millonésima de segundo más acá de los acontecimientos, que sólo en apariencia se le antojan contemporáneos al narrador.

“La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy”, la novela del clérigo y escritor  irlándés Laurence Sterne (1713-1768), publicada en diez volúmenes a lo largo de ocho años a partir de 1759, es una de las pruebas más plausibles de esa forma de desmesura. Tanto, que la mitad de ella se ocupa del tiempo transcurrido desde el momento de la concepción de Tristram hasta el instante de su alumbramiento.  De modo que el protagonista aún no ha nacido y ya vamos por la mitad del libro. No es difícil deducir que el narrador tendrá que acelerar la marcha si pretende llegar con sus lectores a algún lado.

Claro que los más avezados de éstos no tardan mucho en comprender que se enfrentan al desafío de una obra genial sin pies ni cabeza. Así que poco importa el lugar adonde los lleve.

De principio a fin- suponiendo que existan tales dimensiones en la novela- todo es errático aquí. La noche de su concepción, cuando el padre está consagrado de lleno a su faena reproductiva, a la futura madre no se le ocurre nada distinto a preguntarle a su marido si no olvidó darle cuerda al reloj.

Esta hilarante bofetada a cualquier posible romanticismo es poca cosa  comparada con lo que aguarda a personajes y lectores nueve meses después. El pater familias es uno de esos hombres que hacen de la superstición una forma de razonamiento. Entre sus creencias hay dos que se revelan caras al devenir de esta historia. El señor Shandy está convencido de que la forma y el tamaño de la nariz constituyen una suerte de heráldica. Además, piensa que en el nombre de pila elegido para un recién nacido alienta un designio que habrá de guiar sus pasos hasta la hora de la muerte.

De niño, Tristram estaba  orinando por la ventana de su habitación cuando le cayó de golpe la guillotina de esa ventana, circuncidándolo sin fórmula de juicio. Razón de sobra para que el padre empezara confirmar sus premoniciones. Pero vamos despacio, que el  pequeño todavía no ha nacido.

Cartografía de la superstición




Para esa visión de las cosas una buena nariz y un nombre atinado serían en sí mismos garantía de una vida afortunada.

Y en este punto empiezan los desastres, porque justo en el momento del parto, el médico encargado de atender a la madre hace un uso desmedido del fórceps y estropea la nariz de la apenas naciente criatura de una vez y para siempre. Como si no bastara con esto, por un error de pronunciación o de comprensión el nombre inicial elegido, Trismegisto, es reemplazado por el de Tristram. Mientras el tío Toby, figura clave en la novela si las hay, lo ve como una seguidilla de pintorescas coincidencias, para el padre es el anuncio de días tormentosos por venir.

El contrapunto entre la cosmovisión de los dos hombres, padre y tío, será fundamental en la formación del carácter de Tristram. En medio de todos ellos circula una procesión de sirvientes y colaboradores, cuyos nombres le servirán de santo y seña al niño en su recorrido: Susannah, Yorick,Obadiah.

El tío Toby fue herido en la ingle en el campo de batalla. Desde entonces, lo único digno de su interés es todo lo relacionado con torres, muros, fortificaciones, fosos, cañones, sitios, asedios, arietes y ballestas. Todo lo demás es apenas el decorado de fondo, la anécdota interminable de lo humano. Su sobrino Tristram fue herido en su orgullo al momento de nacer.  Esas cosas los hacen cómplices irremediables.

Para defenderse del mundo, Tristram se ejercitará en una afilada ironía que arroja sobre la humanidad con la misma vehemencia utilizada por su tío contra las fortalezas de los castillos. Es por eso que, en un momento temprano de la novela, le rinde el siguiente tributo:

“Aquí –(aunque por qué aquí- más que en ninguna otra parte de mi historia- es algo que no soy capaz de explicar; -pero es aquí)- el corazón me ordena detenerme para rendirte de una vez por todas a ti, querido tío Toby, el tributo que te debo por tu infinita bondad.- Permíteme que aquí aparte la silla de un empellón y me ponga de rodillas en el suelo para verter los más cálidos sentimientos de amor por ti y de veneración por las excelencias de tu carácter que jamás hayan encendido la  virtud y la naturaleza en el pecho de un sobrino.- ¡La paz y el solaz descansen eternamente sobre tu cabeza!- Nunca envidiaste el bienestar de nadie,-de nadie atacaste las opiniones.- Nunca oscureciste la reputación de nadie,- a nadie quitaste el pan. Nuevamente, al paso, con el fiel Trim detrás de ti, cabalgaste alrededor del pequeño círculo de tus placeres, sin a nadie atropellar en tu marcha;- siempre tuviste una lágrima para las desgracias de los demás,- siempre tuviste un chelín para las necesidades de los demás.”

En contravía del sencillo talante de su hermano, el padre de Tristram siempre anda a la caza de alguna teoría para explicarse el mundo y explicárselo a los demás.  Así, en el caso de las citadas alusiones a la nariz- expresión por lo demás plagada de connotaciones sexuales- apela al cuasi cómico tratado de un tal Slawkenbergius, que en uno de sus apartes (en realidad es un cuento) dice así:

“-¡Válgame Dios!- ¡Qué nariz! Es tan larga, dijo la mujer del trompetista, como una trompeta. La abadesa, la priora y la deana, con la imaginación y el cuerpo excitados por las detalladas descripciones sobre la nariz del extranjero que pasó por Estrasburgo rumbo a Franckfurt tejerían su propia  urdimbre de pensamientos.”




La estirpe de las parcas

Es la misma urdimbre de sensaciones y pensamientos que asaltan al narrador a cada paso. La imagen mítica de las mujeres que tejen y destejen el destino de los humanos puede ser la que más se aproxima a la esencia del libro de Sterne. Si tuviéramos que condensarlo en una frase podríamos decir que el Tristram Shandy es un intento afortunado de aprehender el caos, entendido como la sustancia proteica con la que se amasa todo lo humano. De ahí sus permanentes saltos en el espacio y en el tiempo. Para ilustración,  en la página 633  nos encontramos con esta advertencia:

“ Una vaca penetró ( mañana por la mañana) en las fortificaciones de mi tío Toby y se comió dos raciones y media de hierba seca, y, al hacerlo, arrancó el césped que cubría su hornabeque y su camino cubierto”.

¿Penetró mañana por la mañana? ¿Habrase visto tamaño irrespeto por la sintaxis y el ordenamiento lógico de la temporalidad?.Cuentan algunos biógrafos de Sterne que los críticos “ serios”  tronaron de indignación cuando leyeron la frase y unos cuantos centenares de índole parecida, que se les antojaban un atropello a las buenas maneras literarias. Eso para no hablar de su guiños irónicos a Descartes, a Lutero, a Locke y a su admirado Erasmus. Si eso hacía con grandes espíritus, ya podrán imaginar ustedes la suerte que corría en su pluma toda una legión de juristas, doctos, letrados, obispos y críticos.

Estos últimos le merecen una descarga especial de acidez. Va una muestra:

“Todos ellos van tan peripuestos, tan emperifollados y tan enfetichados con los abalorios y chucherías de la crítica.- o ( para dejarnos de metáforas, lo cual, por cierto, es una lástima- habida cuenta de que esta mía la conseguí nada menos que en las costas de Guinea- digamos que tienen la cabeza tan infestada de reglas y compases, y que está tan obstinada y perpetuamente dispuestos a aplicarlos en todas las ocasiones, que a una obra genial más le valdría irse al diablo de una vez por todas que tratar de mantener valerosamente el tipo hasta que ellos, a fuerza de pinchazos y demás tormentos, le dieran muerte”.

En efecto, eso hizo un sector de la crítica con la novela de Laurence Sterne: someterla a tormentos y pinchazos antes de darle muerte… sin leerla. Esa es una de sus prácticas más socorridas. A modo de antídoto, como todos los genios del humor, Tristram   Shandy- y Sterne con él- se burla de sí mismo: de su nariz aplastada, de su nombre y de la suma de calamidades que su padre  creía encontrar a cada paso.

Mientras sus detractores señalaban las para ellos abrumadoras digresiones,  las citas de eruditos  reales y apócrifos, salpicadas de caprichosos guiones intercalados aquí  y allá, la novela  se internaba en una especie  de saludable olvido que se convirtió en garante de su perdurabilidad. Cuando algunos lo daban por muerto y pasaron a ocuparse de asuntos que consideraban más sustanciosos, Tristram Shandy volvió al camino con la tenacidad de un caballero andante- no por casualidad la novela abunda en citas al Quijote cervantino- con su armadura de humor negro que lo acerca a Rabelais, a Swift y al mejor Moliere.




Las formas del juego

Al igual que el Quijote, Tristram Shandy es una  novela de encrucijadas que a menudo rondan el disparate, pero un disparate  pleno de sentidos, como esos caminos que se  bifurcan en otros caminos que a su vez se bifurcan y así hasta lo infinito, en uno de esos juegos que tanto le gustaban a Borges.

A menudo, la expresión “juego de palabras” se utiliza con un tono descalificador. Como si fuera fácil jugar con las palabras, desvelar su multiplicidad de sentidos que se abren al mundo, al tiempo que vuelven sobre si mismos en forma de revelación, de conocimiento, de comprensión del universo.

En ese juego reside la fascinación que producen en los lectores las grandes obras una y otra vez. Porque si toda palabra es metáfora, una obra literaria lo es en grado sumo. Cada vez que volvemos a ella descubrimos otras cosas. El tiempo y el espacio se despliegan ante nosotros con todos sus misterios. En poesía, ni el tiempo es lineal ni el espacio tiene sólo tres dimensiones. Eso explica que, ante el señalamiento de que es objeto un muchacho por parte de su padre, quien lo acusa de tener sexo con su abuela, éste pueda responder sin titubeos:

“- Vos, señor- le dijo el muchacho, os acostasteis con mi madre- ¿Por qué no habría yo  de hacer lo propio con  la vuestra?”

Como ven, igual que el espacio y el tiempo, la literatura tiene muchas aristas, a veces ocultas y en otras visibles. Esas múltiples dimensiones le permiten al narrador hablar de “un enano que consigo llevaba una regla para medirse a sí mismo” o aventurar un tratado sobre los ojales y las doncellas, para finalmente gritarnos en la cara:

“¡Qué bien argumentamos sobre los hechos erróneos!”




Tratado de los tratados

En su sentido más amplio, un tratado tiene la intención, manifiesta o velada, de abarcarlo todo. O al menos todo lo concerniente a una determinada disciplina.  A su modo, el narrador de Tristram Shandy se plantea el propósito de ofrecernos un tratado, una summa sobre lo divino y lo humano. Para conseguirlo a veces se aproxima a Montaigne, otras a Cervantes y, la mayor de las veces al habla de la gente de la calle, que ha sido siempre la gran fuente de sabiduría, como lo supieron desde el principio los grandes poetas de Homero a Shakespeare. Por eso a través de sus páginas podemos pasar de hilarantes situaciones que desnudan el talante absurdo de toda vida a hondas reflexiones como las que invaden al señor Shandy tras la muerte de su hijo Bobby:

“¿Qué es la vida humana? ¿No es acaso un continuo vaivén de un lado a otro? ¿De un pesar a otro? - ¿No consiste acaso en ir clausurando dolores- Para inaugurar otros al siguiente instante?”

Estamos aquí ante el Sterne poeta que vierte lágrimas ante el infortunio de uno de sus personajes. En esa reflexión, que es un tópico de la poesía y la filosofía de todos los tiempos, alienta el tono de los grandes trágicos griegos y latinos, al lado de las meditaciones de san Agustín, y sus especiales formas de piadosa ironía: “Señor, concédeme castidad, continencia, pero no lo hagas todavía”, implora el de Hipona, pidiendo en realidad licencia para seguir pecando. Algo de esa peculiar forma de la piedad atraviesa de principio a fin las páginas de Tristram  Shandy, en una particular manera de ver el mundo que el narrador califica como “ estar tristramizado”. Están tristramizados, por ejemplo, los protagonistas de la contienda entre naricistas y antinaricistas desatada en el mencionado capítulo sobre el tamaño de la nariz y que lleva a  un testigo a exclamar: “¡- No es esta la primera- me temo y tampoco será la última fortaleza que se gana o se pierde por una cuestión de NARICES!”. Y está tristramizado, desde luego, su propio padre, cuando emprende la  escritura de una obra magna titulada Tristra-paedia, destinada a orientar cada uno de los pasos en la vida de su hijo, trastocada de entrada por el designio de las estrellas.

A esta altura del camino está claro para todos que la palabra nariz alude en realidad al órgano sexual masculino y la fortaleza que cae es la castidad femenina, tan promocionada por los varones. Estar tristramizados equivale entonces a habitar la paradoja, la contradicción y, sobre todo, la lucidez que nos arroja desnudos ante un cúmulo de certezas sin apelación, como ésta relacionada con el sueño:

“El sueño es el refugio de los desventurados, - la liberación del preso,- el mullido  regazo del desesperado, del que está cansado de vivir y del que tiene el corazón destrozado”.

Por eso, piensa el lector, para el que no puede dormir se abren de par en par las puertas  del infierno ¿O acaso no es lo mismo que afirman los teólogos sobre el infierno como la incapacidad de amar o de ver a Dios?

Como estamos ante un libro cuyo objetivo es abarcar el mundo y más allá, no todo aquí es cuestión de ojales y narices. Con motivo de la disputa oratoria suscitada por la muerte de Bobby, el hermano de Tristram , surge esta parábola construida a partir de la caída del sombrero de Trim, ayudante del tío Toby:

“ Bien.-Diez mil, y también diez mil veces diez mil maneras ( pues la materia y el movimiento son infinitos) hay de dejar caer un sombrero al suelo sin que el hecho produzca el menor efecto.-Si Trim lo hubiera tirado, o arrojado, o lanzado, o hecho volar, o jeringado o dejado resbalar o deslizarse en cualquier posible dirección de las que existen bajo la faz del cielo,-o con la mejor dirección que pudiera haber dado,- si lo hubiera dejado caer como un ganso,-o como un pavo real,- o como un burro,- o si mientras lo hacía ( o incluso después de haberlo hecho) hubiera parecido un idiota,-o un zote,-o un pedante,- o un mentecato,-el gesto habría fracasado y el efecto producido en los corazones de los presentes se habría perdido”.

Bueno, no sobra advertir que, según el narrador, el ayudante del tío Toby acostumbraba pensar más con el sombrero que con la cabeza.




A propósito de esto último, uno de los críticos fustigados por Tristram Shandy, sentenció alguna vez que la novela era un enorme disparate, un malentendido dirigido a despilfarrar papel. Otro, escribió que se trataba de una historia absurda que a la primera página se perdía en el caos.

 

Creían ser peyorativos, aunque de otra manera habían dado en el blanco: igual que la vida, Tristram Shandy es un disparate genial, un colosal malentendido y una forma de narrar el caos de la existencia que sólo pueden lograr los grandes espìritus.  De otra manera, y sin proponérselo, los detractores de la novela favorita del escritor español Javier Marías( traductor de la edición que citamos), esta vez  tenían la razón.

Pero hablamos de un caos ordenado, eso sí. Tan ordenado, que ante la belleza perfecta de una muchacha perfilada con el pasaje de fondo, Tristram no puede menos que exclamar, en un tono que le sirve de colofón a su historia:

“-¡Justo dueño de nuestras penas y alegrías!, grité, ¿por qué razón no puede uno tomar asiento aquí, en el regazo de la dicha,- y bailar, y cantar, y rezar sus oraciones, e ir al cielo en compañía de esta doncella avellanada?”


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=YkQzq5fOEK4

 

 

 

 

 

 

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martes, 9 de mayo de 2023

Al filo de los ismos





En una animada conversación con regusto a café amargo, surgió de nuevo la inquietud por los riesgos que implica el activismo en los medios de comunicación en tiempos de corrección política,  glorificación de las víctimas, cacería de brujas y cruzadas  de todo tipo a favor o en contra de algo.

En suma, concluimos que un periodista activista no  sólo  tiene aire a cacofonía sino que, a menudo, es un peligro público.

Y es que desde hace rato vivimos, como quien dice, al filo de los ismos. Desde que las grandes ideologías pasaron a mejor vida y las religiones trascendentes fueron reducidas a la condición de manuales de autoayuda, no han cesado de multiplicarse por todo el planeta pequeñas sectas impulsadas por la defensa de una causa, noble o no.

Animalistas, ambientalistas, proabortistas o anti abortistas, feministas, neocomunistas, neofascistas, toda una legión de activistas recorre las calles en una y otra dirección con sus carteles y consignas a menudo gastadas o incomprensibles.

Todos ellos están hermanados por un factor común: el fundamentalismo. Es decir, el ismo supremo, la ortodoxia en estado puro; la convicción de que se es poseedor, no de una verdad sino de La Verdad, así con mayúsculas.  Y bien sabemos que quien se cree poseedor de La Verdad vive siempre a punto de emprender una cruzada cuyo único propósito es mandar a la hoguera a herejes y apóstatas. El problema reside en que, cada vez con mayor frecuencia, las hogueras y los patíbulos se trasladan de las plazas públicas a las redes sociales, con su conocida capacidad de multiplicación.




Si bien en todo medio de comunicación subyace una declaración de principios sustentada en un conjunto de concepciones del mundo, salvo extremos como el comunismo, el fascismo o el nazismo, su accionar se soporta en el respeto por la pluralidad de opiniones y la diversidad de maneras  de ser y obrar.

Pero de un tiempo para acá el panorama empezó a oscurecerse. En un intento de limpiar el alma  colectiva de las viejas culpas coloniales, con su  saga de atrocidades ancladas en el racismo y la expoliación, las democracias occidentales engendraron el lenguaje hipócrita de la corrección política para hacerse a la idea de que los males del mundo habían desaparecido por obra y gracia de la pirotécnica verbal.

Fue así como un día las putas desaparecieron de las calles para ser reemplazadas por las” Trabajadoras sexuales”, los indigentes se convirtieron en “habitantes de calle” sin que cambiara un ápice  su situación; los negros dejaron de serlo y fueron confinados en una tierra de nadie donde reina el prefijo “afro” ;los viejos rejuvenecieron y fueron despachados a una suerte de País del Nunca Jamás donde se utilizan expresiones tan patéticas como “Edad Dorada” para referirse  a quienes, sin estridencias,  ya emprendimos el tránsito hacia el ineludible reino de la muerte.

Ese fue el germen de la asepsia del lenguaje que anidó en los medios de comunicación y muy pronto se trasladó al lenguaje político, dando paso a todo un diccionario de eufemismos donde tienen cabida absurdos como ese de llamar “falso positivo" a un asesinato o “retención “ a un secuestro a secas.

Desde luego, los consumidores de información no tardaron en hacer suya esa forma de velar la realidad y despojarla por lo tanto de toda su sustancia. Sustancia: la esencia de los seres y las cosas.

En esas aguas navegan los activismos habidos y por haber, estimulados por editorialistas, columnistas de opinión, reporteros, presentadores, cronistas y dueños de medios de comunicación. Hace poco hablé con un muchacho convencido hasta los tuétanos de que un “ habitante de calle” no es un ser humano arrinconado por la miseria, las heridas que propina  la vida y por el asedio de sus propios demonios, sino una suerte de excéntrico que un día decidió irse a vivir bajo las estrellas en comunión con los elementos.




Con seguridad, ustedes ya se fijaron en un detalle: desde hace al menos una década los premios artísticos y culturales, creados en principio para reconocer y estimular el talento, son otorgados a películas, libros, documentales, canciones y relatos que se ocupan de las causas consideradas “ nobles”. Es decir, la creación pasó a un segundo plano: ahora se reconocen las buenas intenciones y ya sabemos que con ellas está empedrado el camino a los infiernos.

Al caer la tarde, un profesor de sociología, atraído por el aroma del café, solicitó licencia para unirse a la conversación. No tardó en montar en cólera cuando se enteró acerca de qué versaba el asunto. ¿Acaso no entienden que esos activismos son el síntoma de la buena salud de una democracia? Exclamó mientras arrojaba en todas direcciones el aliento de muchos cigarrillos ¿ Quién reivindicaría entonces los derechos de los excluidos? Continuó en un tono que empezó a parecerme leninista, no sé bien.

Y si: en principio pudo ser así. Pero la mayoría de esos discursos no tardó en adquirir un tono agresivo y descalificador. Se percibe en la retórica de los feminismos de línea dura que claman por llevar a los patriarcas al paredón sin fórmula de juicio, tanto como en la actitud de esos muchachos de mirada alucinada que, apostados a la salida de las plazas de toros, amenazan con cortarles los cojones a los toreros y dar con ellos la vuelta al ruedo.

Viéndolos, uno no puede menos de pensar que así empezaron muchas formas de exterminio, real o simbólico: con la redacción de un catecismo  biempensante  en las páginas de un periódico o en la sección editorial de un noticiero. Por ese camino, de a poco, nos descubrimos un día arrinconados al filo de los ismos.



PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=u1ZoHfJZACA

lunes, 24 de abril de 2023

Cicerón o las miserias del poder

 




Es curioso, a pesar de que las situaciones acaban por repetirse, en el mundo de las pugnas por el poder la gente se prepara para todo:  el ascenso, las intrigas, las traiciones, las disputas, los premios y castigos, menos para lo más obvio: la caída. Es como si aceptar esta verdad ineludible los distrajera de su propósito y obstaculizara la llegada a la cima.

La saga de los grandes imperios y la de los hombres que ayudaron a forjarlos abunda en ese tipo de parábolas. Ambición, ascenso y desplome configuran de hecho una figura geométrica que resume el sentido de la Historia, en caso de que tenga alguno.

En ese recorrido queda una estela de sangre y devastación que, con todo, no impide la irrupción  de memorables formas de grandeza. En ambos casos, se convierten en lecciones para las generaciones venideras.

La vida de Marco Tulio Cicerón, el político, estadista, jurista, filósofo, escritor y orador romano, es un buen ejemplo de ello. Nacido en Arpino el 3 de enero de 106 a.C y muerto el 7 de diciembre de 43 d.C en Formia, es reconocido como el gran maestro de la retórica y uno de los más refinados cultores del estilo en lengua latina. Por lo demás, su vida y su obra fueron un puente entre los componentes filosóficos y políticos de la civilización griega y los fundamentos de la cultura latina, responsables del fortalecimiento de instituciones que, dos mil años después, siguen siendo la base de las sociedades occidentales: el senado, la división de poderes, las elecciones y el derecho romano.

En el tránsito de su vida pública Cicerón fue testigo y protagonista de momentos clave en la historia del Imperio Romano, que lo llevaron a  contemporizar a veces y en otras a enfrascarse en feroces disputas con personajes de tanta trascendencia en la vida pública de Roma como Julio César, Pompeyo, Casio y Octaviano.

El nacimiento de una obsesión

El escritor británico Robert Harris, experto en historia de la antigua Roma, es el autor de una trilogía de novelas que gravitan alrededor del ascenso, consolidación y caída de Marco Tulio  Cicerón durante uno de los periodos más turbulentos del imperio, cuando la democracia y la institucionalidad, es decir, la esencia misma del Derecho Romano, se vieron en principio amenazadas y finalmente destruidas por una convergencia de  ambiciones que acabaron por arrasar a sus propios protagonistas. La madeja de las novelas es tejida por la voz de Tiro, un hombre que, más que un esclavo, fue secretario, confidente y amigo íntimo del protagonista, un político que edificó todo su poder alrededor de la elocuencia. El mismo Tiro nos confiesa que la dimensión del torrente verbal de su señor lo obligó a inventar una forma de escritura que con el  paso del tiempo se conoció con el nombre de taquigrafía.




La primera de las novelas lleva el título de Imperium. En su primer párrafo Tiro, el narrador, se presenta así:

“Mi nombre es Tiro. Durante treinta y seis años fui el secretario particular de Cicerón, el estadista romano. Al principio fue emocionante, luego sorprendente, más tarde arduo, y al final, sumamente peligroso. Creo que durante esos años Cicerón pasó más tiempo conmigo que con cualquier otra persona, incluida su propia familia. Fui testigo de sus reuniones privadas y el portador de sus mensajes secretos; puse por escrito sus discursos, sus cartas y su creación literaria, incluida su poesía, un torrente tal de palabras que tuve que inventar lo que vulgarmente se llama “taquigrafía”, un sistema de transcripción para dejar constancia de las deliberaciones que tienen lugar en el senado y gracias al cual recibo una modesta pensión”.

De modo que será Tiro quien nos conduzca por los entresijos de una trama que va del corazón de los hombres de su tiempo a los campos de batalla, pasando por los debates en el senado y los grandes litigios en los que Cicerón fue un maestro, hasta su muerte a manos de los soldados de Octaviano, un jovencito enloquecido, como todos, por su sed de poder. Porque el poder y las fuerzas que desata es el gran protagonista de estas novelas cuya lectura nos deja sin aliento, porque está narrada al ritmo de caballerías al galope y de naves al garete que surcan los océanos en persecución de un puñado de quimeras.

Tiro anhela una vida sosegada en una aldea apartada, pero la ciudad y los delirios de quienes la habitan lo arrastran una y otra vez hacia el vórtice de los desastres. Su voz es la de Cicerón pero también la de sus aliados y enemigos, que pueden ser los mismos, dependiendo de las fuerzas en juego. Ya lo sabemos: en política no existen lealtades sino intereses.

Guiados por el secretario nos enteramos de que la vida pública de Cicerón empieza con un célebre alegato legal sobre un caso de corrupción que involucra a un funcionario encargado de gobernar en Sicilia. A partir de ese punto, la escalera hacia sus ambiciones está bien definida: primero será edil, en 70 a.C.; luego alcanzará el cargo de pretor, en 66 a.C. y finalmente, en 63 a.C accederá a la condición de primer cónsul, la más alta magistratura de su tiempo.

A medida que aumenta su poder, se incrementa el número de áulicos y enemigos por igual. Y se necesita de una intuición casi sobrenatural para distinguir entre unos y otros. Ya en la página 202 de Imperium se nos hace una advertencia:

“En política no existen las victorias duraderas, solo el implacable y continuo devenir de los acontecimientos. Si mi obra tiene alguna moral, es esa. Cicerón acababa de anotarse un triunfo retórico sobre Catilina del que se hablaría en los años venideros. Había expulsado de Roma al monstruo con el único látigo de su lengua. Pero las cloacas no se vaciaron, como él había esperado con la marcha del conspirador. Más bien al contrario”, nos dice Tiro en su relato.

Y aquí estamos ante otro concepto clave en el mundo del poder: el de conspiración. Siempre, en algún punto del camino hay alguien al asecho. A su vez, quien detenta el poder asecha a otros. El  resultado ineludible es el miedo y quien tiene miedo se defiende atacando. A estas alturas es el instinto animal lo que prima. Al fin y al cabo, la fuerza que empuja a los seres vivos a competir y primar sobre los otros está ubicada en la corteza más primitiva del cerebro. Es por eso que las disputas por el dominio y el control nos devuelven a la condición de bestias.




Y es por eso mismo que a las intrigas políticas y cortesanas se suman a menudo los enredos sexuales. Como bien lo explican los expertos en la conducta, el poder, en cualquiera de sus manifestaciones, suele ser un gran afrodisiaco. Es cosa sabida que Julio César fue tan buen estratega militar como frecuentador de camas ajenas, sin distinguir mucho entre las mujeres de sus amigos y sus enemigos.

Como en todo tiempo y lugar, sus competidores  le enrostran a Cicerón su origen modesto, tanto como el hecho de haber escogido como esposa a Terencia por razones de beneficio económico. En ese ambiente enrarecido, el estadista busca alguna clase de sosiego en sus amados griegos. Eso nos dice Tiro en la página 292 de Imperium:

“ Cuando llegamos a casa, Cicerón fue directamente a la biblioteca, para evitar encontrarse con Terencia, y se tumbó en uno de los divanes.

-          Necesito escuchar un poco de griego para quitarme de encima la suciedad de la política-, declaró.

Sosisteo, que era quien normalmente le leía, estaba enfermo, de modo que me preguntó si yo querría hacer los honores. Siguiendo sus instrucciones, fui a buscar una copia de Eurípides y la desenrollé  bajo el candil. La obra que deseaba escuchar era Las suplicantes, supongo que porque ese día tenía en la cabeza la ejecución de los conspiradores y confiaba en que, habiendo entregado sus cuerpos para que recibieran digna sepultura, había representado el papel de Teseo”.

Su secretario nos muestra aquí otra de las facetas de Cicerón. A diferencia de sus poderosos enemigos, el cónsul era lo que siglos después se llamaría un humanista, un hombre cuyas ambiciones trascendían los apetitos materiales y eso también genera odio y envidia en el prójimo. Mientras para él la democracia y los distintos poderes públicos tenían valor en sí mismos, para los otros eran meros   instrumentos de los que se podía prescindir si llegaban a considerarse un estorbo.




De la conspiración a la dictadura

Las otras dos novelas de la trilogía se adentran de lleno en ese momento de los acontecimientos en el que los hombres se convierten en meros figurantes. El torbellino es de tales dimensiones que la historia se hace ficción y esta última deviene historia.  Los nombres de quienes pretenden a toda costa hacerse con el poder se suceden a un ritmo que obliga a tomar aliento: Ático, Aurelia, Catilina, Catón, Cátulo, Clodia, Craso, Gabinio, Isáurico, Pompeyo, Rufo, Lúculo. En la página  214 de Conspiración, el narrador nos introduce en esa atmósfera  agobiante que desgasta los cuerpos y las almas:

“Volvimos a casa a toda prisa, rodeados por el ya habitual cinturón de guardaespaldas y lictores, pero allí no había señales de Sanga ni ningún mensaje suyo. Cicerón fue a su estudio sin decir palabra y se sentó; con los codos apoyados en su escritorio se masajeaba las sienes con los pulgares mientras contemplaba los documentos que tenía ante sí, como si a fuerza de frotar pudiera meterse en la cabeza las palabras del discurso que pronunciaría al día siguiente. Yo nunca había sentido tanta pena por él”.

Lo que Tiro nos muestra aquí es la imagen de un hombre poseído por la certeza de la inutilidad  de todo, que se  prepara para recibir de frente la derrota final.  Poco importa si el camino por recorrer es todavía bastante largo. Lo que percibe a su alrededor es un entramado de intereses que lo ahogan, empezando por las pugnas al interior de su propia familia y las dudas acerca de sus amigos más cercanos, algunos de los cuales, sin embargo, lo acompañarán hasta el final, porque  siguen viendo  en él  el símbolo de una Roma que se apresta a la disolución. La Roma de las instituciones que se  consideraban  sacras y que hombres como Julio César, Pompeyo y Octavio no dudan en echar por tierra,  aunque la avalancha los arrastre consigo. En ese juego suicida, Cicerón es el único que da muestras de lucidez. Así nos lo presenta Tiro en la página 313 de Dictador:

“En cuanto vio la lista, Cicerón negó con la cabeza, atónito ante la desmesura de la situación. Julio el dios parece olvidar lo que Julio el político debería tener presente: que cada vez que le asignas un cargo a alguien, hay un hombre agradecido y otros diez resentidos. En la víspera de la marcha de César, Roma estaba llena de senadores iracundos y resentidos. Por ejemplo, a Casio, que ya de entrada se sentía insultado por no contarse entre los elegidos para participar en la campaña parta, le indignaba que a Bruto, con menos experiencia que él, se le hubiese concedido un cargo de pretor superior al suyo. A pesar de todo, el que albergaba más resentimiento era Marco Antonio, por tener que compartir consulado con Dolabela, a quien nunca había perdonado por cometer adulterio con su esposa, y ante el que se creía  inmensamente superior”.




Frente a ese panorama sólo quedan el suicidio o el exilio, ambos formas supremas de la renuncia al mundo. De ahí el valor de la decisión  de  Tiro, ya no esclavo sino amigo, cuando opta por acompañarlo  hasta el final, en una de esos inusuales giros de la solidaridad que se vuelven más sólidos ante las causas perdidas.

Como todo gran libro, esta trilogía de Robert Harris puede leerse de muchas maneras: como una  radiografía del poder, como un tratado de ciencia política, una novela histórica, una saga de aventuras o un puro divertimento. En cualquiera de los casos el resultado  es el mismo: un viaje a las cimas y abismos interiores de un hombre que no dudó  en ofrecerse a sí mismo a modo de moneda de  pago por las insensateces de  unos tiempos de los que él mismo fue forjador, testigo y protagonista.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=heZvEmLvN04

 

 

 

miércoles, 12 de abril de 2023

Las mil y una muertes del rock


                                                 Carátula de Jethro Tull, ilustrada por
                                                                                Michael Farrell y David Gibbons


 

                                                    Too old to rock and  roll

                                                    Too young to die.

 

                                                         Jethro Tull

 

Poetas ellos mismos, Bob Dylan y Leonard Cohen se remitieron siempre a la gran literatura a la hora de componer sus canciones. Ambos de origen judío, se educaron en una tradición de reverencia por la palabra escrita. Y ese no es un dato menor. Como no lo es que, en dos momentos distintos,  hayan sido galardonados con el Premio Nobel de Literatura el primero y el Premio Cervantes de las letras el segundo.

Traductora de Rimbaud, la gran Patti Smith ha expresado siempre la gran influencia que los llamados “Poetas malditos” franceses ha ejercido sobre su obra en verso y en prosa, aparte de su conocido cancionero.

“There´s a lady who´s sure/ all that glitter is gold/ and she´s buying a stairway / to heaven”, canta Robert Plant con esa voz  suya  salida de las entrañas.

“Picture yourself in a boat/ on a river/ with tangerine trees/ and marmalade skies” sugerían The Beatles instalados en el vórtice  mismo de la sicodelia.

“Hello darkness/ my old friend/ I´ve come to talk with you again”, escribió Paul Simon en una canción que, no por casualidad, muchas Iglesias del mundo hicieron suya.

“Hear the rime of the ancient mariner/ see his eyes as he stops one of the three mesmerizes/ of one of the wedding guests/ stay here listen to the nightmares of the sea!”, cantan los Iron Maiden en una canción inspirada en The rime of the ancient mariner, el poema de S.T. Coleridge.

Uno podría seguir el viaje literario de músicos como Jim Morrison o Lou Reed y no acabaría nunca: el rock, el buen rock, aparte de una propuesta sonora es también una búsqueda poética y narrativa, igual que la salsa, el tango y otras músicas de los extramuros urbanos.


                                                 Bob Dylan y Leonard Cohen

Si pasamos a las influencias musicales de bandas y solistas, el catálogo no es menos extenso. La  presencia de Brahms en las extensas y no por eso menos frescas canciones de Yes.  El misticismo de Bach en el cancionero de Jethro Tull.  La sofisticación de Prokofiev y Mussorgsky en las búsquedas de Emerson, Lake & Palmer. La formación sinfónica de los integrantes de Deep Purple.  La vocación operática de Queen.

Así que, cuando cada cierto tiempo aparece un profeta anunciando la inminente muerte del rock, me hago la misma pregunta: ¿Cómo va a morir una música que se nutre de semejantes fuentes? Para empezar, ni siquiera existe una sola línea de rock a la que puedan ponerle una placa y despachar al otro mundo. Hagamos una revisión rápida de algunas entre muchas etiquetas utilizadas para clasificarlo: acid rock, heavy rock, rock sinfónico, rockabilly, rock progresivo, folk rock, rock and blues, glam rock, metal, punk, grunge y de los años noventa para acá, rock alternativo, aunque nadie ha podido explicar alternativo a qué.

Como ven, esa diversidad nos conduce a otra pregunta: ¿De qué hablamos cuando hablamos de rock?  Abundan los libros que intentan una aproximación al género desde las claves de la sociología, la antropología, la Historia, la filosofía y el análisis literario. Como el propósito del presente texto no es hacer un análisis de obras y autores, resumamos: el rock es un género musical cuyo nacimiento oficial algunos datan en 1954, que echa raíces en expresiones de vieja tradición cultural como el blues de los negros del Mississippi, los cantos espirituales de las iglesias, los ritmos campesinos tradicionales, el jazz de la marginación urbana y, claro, la tradición clásica europea.

Mejor dicho: el mar del rock   está formado de muchos ríos que, por distintos caminos, se nutren de la tradición cultural- y no sólo musical- de oriente y occidente. Es algo así como el mito del hombre de las mil caras llevado al mundo de la música.

Proteico como el hombre de las mil caras, este género musical tiene la capacidad de convertirse en otra cosa cada vez que el entorno social, político, económico y cultural parece hacer ineludibe su extinción. De ahí la cantidad de profetas que han anunciado su muerte mil y una veces.


                                           Carátula de Yes, ilustrada por Roger Dean

Lo advirtieron cuando las revueltas de mayo de 1968 en Francia y el verano de las flores en California tocaron a su fin.

Lo dijeron cuando la música discotequera salió de su ambiente natural- los clubes nocturnos hechos para bailar- y se apoderó de las estaciones de radio del mundo entero, dando lugar al conocido síndrome de Fiebre de Sábado en la Noche.

Lo repitieron el día en que una nueva generación de músicos empezó a jugar de otra manera con los instrumentos electrónicos y patentó de paso una corriente bautizada con el nombre de tecno-pop o tecno- rock, para el caso de igual.

En América Latina y España, en lugar de morir, el rock decidió cantar en otro idioma: el castellano adaptado a las particularidades de cada país. Según algunos cronistas musicales, ese favor se lo debemos a los militares argentinos: convencidos de que la pesadilla desatada durante su dictadura los devoraría también a ellos, decidieron apelar al viejo y conocido truco de exacerbar el patrioterismo para sostener esa abstracción conocida como “unidad nacional”. Para conseguirlo desataron la guerra de las Malvinas y prohibieron a las estaciones de radio emitir música en inglés. El resultado es bien conocido. La guerra fue un fracaso y como las emisoras no podían desaparecer del dial empezaron a desempolvar viejas grabaciones de bandas y solistas que no tardaron en captar la atención del público.

                                                          I.R.A, banda de punk colombiana

Fue así como el género de las mil caras le surgió en nuevo rostro: el del rock en español. Poco importa que a través de esa puerta las disqueras colaran expresiones que poco o nada tenía que ver con el género. Para efectos de supervivencia musical, a los militares argentinos se les fue el tiro por la culata. Pregúntenle a Lito Nebia, Charlie García Nito Mestre, Celeste Carballo, El Indio Solari o a Luis Alberto Spinetta – poco importa que esté muerto- y verán.

Para mantenerme al día con las nuevas corrientes, escucho de vez en cuando a Radiónica, una estación perteneciente al sistema colombiano de medios públicos. A juzgar por la diversidad y potencia de lo que allí emiten en distintos idiomas, al viejo y querido rocanrol le vale a la perfección la sentencia aquella- apócrifa o no- que el escritor José Zorrilla habría hecho pronunciar a Don Juan Tenorio: “ Los muertos que vos matáis/ gozan de buena salud”.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=HSa2_C3Qwf8

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 29 de marzo de 2023

Decir amigo





Pongamos las cosas en su lugar: como tantos lo han dicho ya, considero que la violencia es la expresión misma del fracaso  de la inteligencia como forma suprema de lo humano.

Por definición el violento  renuncia al diálogo en tanto instancia para la solución de los conflictos públicos  y privados .

Hechas esas precisiones, paso a ocuparme  del momento que vive hoy mi amigo Julio César González, a resultas de las denuncias publicadas por ese siniestro personaje  llamado Abelardo de la Espriella, tan caro a lo más oscuro y tenebroso del poder político y económico en Colombia.

No quiero referirme a Matador, el personaje que Julio se inventó y que acabó por arrasarlo. Nos perderíamos en ese laberinto de espejos de la fama del que ya se han ocupado muchos.

Insisto: hablo  de Julio, así a secas, sin apodos. El compinche, el roquero, el fiel devoto del Deportivo Pereira, el indómito  gamín de barrio que alienta en su sangre , muy  a pesar de las seducciones y oropeles de la fama.

El papá de dos hijos y el buen esposo- sí: el buen esposo-  de su mujer. El solidario capaz de echarle una mano al que va en caída libre. Mejor dicho, al que va " de culos pal estanco".

El bohemio de otros tiempos, con el que, sobrio o ebrio, atravesé las legendarias noches pereiranas. El mismo que hace diez años madrugó a contarme, contrito , confundido y abochornado, que en medio de una borrachera había golpeado a su esposa, una mujer valiente y decidida que luchó toda su vida para sobreponerse al infortunio. Supe además de la denuncia interpuesta en ese momento.

Sé por eso mismo, que  una vez pasada la indignación inicial, su mujer se propuso hacer borrón y cuenta nueva, poniendo de paso unas condiciones que, me consta, Julio se ha encargado de cumplir con creces.

Mejor dicho, como escribió en su cuenta de twitter, el hombre asumió su error y decidió recomponer el  camino. Esa decisión implicó, entre  otras cosas, decir  adiós a una bohemia que rayó en la leyenda.

Así las cosas, supondría uno que a estas alturas ese episodio pertenece a su vida privada y a la de su familia. Sin embargo, sabemos muy bien que los llamados "personajes  públicos" se alienan de ese derecho tan caro al resto de los mortales.

Por eso, en el mundo del poder no hay " caso cerrado". Con frecuencia asistimos, como buenos caníbales, al banquete donde se exponen y degustan las debilidades de un poderoso o de alguien que aspira a serlo. Que si el arzobispo fue cliente de burdeles, si al  presidente le gustó la cocaína o el empresario experimentó una irrefrenable pasión por los muchachos imberbes.

No importa si esas cosas sucedieron hace medio siglo: en las pugnas por el poder se vive en un eterno presente.

De modo que  en mala hora le tocó el turno a mi querido Julio. En realidad a sus  enemigos les tiene sin cuidado si una vez golpeó a su mujer y si esta hoy lo considera un asunto saldado. Lo que quieren es cobrarle  la tozudez con que ha denunciado y fustigado sus corruptelas y sus crímenes. Quieren vengarse de  su condición de hombre de izquierdas, lo que consideran un delito. Ya me los imagino contratando un escuadrón de excavadores a sueldo hasta dar con ese episodio violento y reprochable de hace una década.




¿ Qué logran con eso? Pues joderle  la vida y jodérsela de paso a una familia de la que formo parte.

¿ Y qué consigo yo con esto? Pues nada, salvo sacarme la mala leche de encima, antes de irme a la cama convencido más que nunca de que el poder, toda forma de poder, es una gigantesca montaña de  mierda a  la cual nadie puede siquiera acercarse sin terminar oliendo a mierda.



PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Pt6CGZ33PMk



martes, 21 de marzo de 2023

Mistrató, la danza de las loras



Entre Jesús y Karagaví

El jueves 24 de agosto de 2017  empezó la romería.

Una docena de  camperos  Carpatti provenientes de distintos lugares del país partieron desde el poblado de Mistrató rumbo al resguardo indígena de Purembará. La comunidad se aprestaba a celebrar los treinta y nueve años de vida administrativa con un evento en el que se afirmaban las convicciones políticas y el patrimonio cultural de un pueblo perteneciente a la etnia embera- chamí.

La caravana, en la que destacaban los coloridos vestidos de las mujeres y los collares y pectorales de los hombres,  bordeó   las aguas del río san Juan hasta  un sitio conocido como El Mandarino.

A partir de ese sitio, hombres, mujeres, niños y bestias cargadas con mercados ascendieron por una escarpada ladera plagada de desfiladeros   a los que resulta fácil despeñarse al menor descuido.

Es la misma ruta seguida por los misioneros y los colonizadores que desde  hace  varios siglos practican tanto el pastoreo de almas como el desmonte y el cultivo de tierras para la supervivencia.

Hasta estos parajes llegaron los antepasados de Miguel González,  un clan de baquianos  vecinos de Jericó, Andes y Jardín que hicieron el recorrido a pie  siguiendo la leyenda del oro que se encontraría a manos llenas en los ríos del Chocó, allá muy adentro a dos días o, mejor dicho, a  cuatro paquetes de tabaco de  distancia.

Así medían  el tiempo y el espacio estos hombres y mujeres: según el número de tabacos fumados en el recorrido.

En 2017 los asistentes  al encuentro midieron el tiempo en sus relojes digitales de origen chino y en las pantallas de sus teléfonos móviles.

Es más, durante la travesía de un bosque particularmente espeso, todos alcanzaron a sentir una variante moderna de la angustia metafísica. Fue  en el momento en que se perdió la señal satelital.

Algo así como si los israelitas perdieran a su Moisés justo en la mitad del Mar Rojo.

Al llegar a Purembará, luego de tres horas de  ascenso, los peregrinos se  toparon de frente con un  símbolo  viviente de  su propia historia: un ritual indígena inspirado en vivencias ancestrales,  al lado de un templo católico  cuyo nombre no podía ser más certero: Nuestra señora del Carmen de Purembará.

A lo anterior se sumaron otros elementos: amplificadores  en los que sonaba el reguetón, más teléfonos móviles y mucha, muchísima comida chatarra, sobre todo  Big Cola y papas fritas.

La expresión precisa de lo que unos llaman globalización y otros prefieren definir como colonización pura y dura.




 

La danza de las loras

Tanto los indígenas como los colonos se  acostumbraron a iniciar la jornada diaria con la algarabía de miles de loras que encuentran su alimento en los árboles de estos bosques que se conectan a través de cientos de trochas con las selvas del Chocó profundo, donde  se dan  las riquezas y las serpientes por igual.

Una de esas familias anónimas que no aparecen en la lista de los fundadores fue la de Miguel González. A sus noventa y cuatro años, disfrutando de un café mañanero en  la casa de su parcela en Guática, rememora los días de su niñez cuando se hizo al camino en compañía de sus mayores.

“Eso fue un recorrido hecho a pata limpia, porque ni para zapatos había. Recuerdo que un día mis padres nos dijeron: alístense que a las dos de la mañana salimos. Eso sí, nunca nos dijeron para dónde, porque ni  ellos mismos lo sabían. Igual habían hecho otras familias y con ellas se armó una recua de mulas en las que se cargaban los víveres y las mujeres embarazadas o las que llevaban niños de brazos. Los demás a voliar pata. Yo tendría unos siete años y me terciaron al hombro un líchigo con panela y un pedazo de carne salada. Esa era  la comida para la jornada. Al llegar al punto escogido para dormir se  prendía un fogón para preparar fríjoles y aguapanela. En  la misma candela se asaban las arepas para el desayuno y la comida del día siguiente. De almuerzo, ni hablar, porque teníamos que aprovechar la luz del día, lloviera o hiciera sol, para avanzar lo más que pudiéramos.

“No recuerdo cuántos días nos demoramos para llegar al caserío de Mistrató. Pero si tengo viva la dicha que sentimos cuando nos metimos a las aguas del río. Fue como un día de fiesta para todos. Fuimos a  misa, compramos algunas cosas para el resto del camino y a seguir voliando pata. Allí nos separamos. Varias familias   iban en busca de  monte para  tumbar y cultivar en tierras de los indígenas y otras, como la mía iban  en busca del oro. Unos paisanos les habían contado a nuestros padres que a nueve horas de camino  encontrarían un sitio en el que  abundaba el oro, pero la verdad  es que no recuerdo haber visto mucho. A lo mejor llegamos tarde o nos instalamos en el punto que no era.”




Largo y culebrero.

Pero de lo que si supieron  sin excepción todos los aventureros  fue  de la abundancia de serpientes  en  un bosque que a cada paso se convertía en selva. La coral, la rabodeají  y sobre  todo el temible verrugoso  eran una amenaza constante. Todavía no habían llegado los tiempos  de las botas pantaneras y la gente se adentraba en esos meandros descalza  o en alpargatas, que es casi lo mismo.

“Las mordeduras eran el pan de cada día”, dice Miguel y se santigua agradeciendo a todo el santoral el haber recorrido sano y salvo el camino de ida y vuelta. “Los que conocían las contras para el veneno eran los indios y a veces ni ellos se salvaban. Además, todavía nos faltaba un buen trecho para llegar  a esas tierras. Por eso mucha gente murió y quedó enterrada en medio del rastrojo. Uno podía encontrarse con personas a las que les faltaban dedos, la mano, el brazo o el pie. Cuando las mordía una culebra el único remedio era cortarse con el machete la parte donde el animal había clavado los  colmillos ¿Ahora entiende por qué se habla de un camino largo y culebrero?”

El camino de Nazareth

El historiador Alfredo Cardona  Tobón narra en su blog   que en 1892 el gobierno del Cauca creó el distrito de Nazareth. Su cabecera era  Guática, con jurisdicción sobre los  caseríos de Arrayanal y Quinchía. En ese momento, algunos colonizadores de origen antioqueño, cuyos apellidos es posible  rastrear hoy entre los habitantes más prósperos de Mistrató, ya se habían apoderado de salados, minas y tierras pertenecientes hasta entonces  a los  pueblos indígenas.  Era tan fuerte esa presencia que hasta las bandadas de loras que le dieron nombre al poblado- En lengua embera Mistrató quiere decir Río de las loras- empezaron a emigrar a otros lugares, puestas en fuga por los  perdigonazos de los cazadores.

Es en abril de 1923 cuando se crea el municipio de Risaralda,  del cual formaban parte los corregimientos de Arrayanal y Mampay,  a su vez pertenecientes al Distrito de Belén de Umbría y por el corregimiento de san Antonio del Chamí, adscrito a Pueblo Rico. Toda una urdimbre de trochas  conectaban a Mampay con Pueblo Rico. Indígenas y colonizadores se cruzaban muchas veces en ese ir y venir. En algunas ocasiones, siguiendo viejas costumbres, los aborígenes se postraban ante los intrusos y en otras oponían alguna resistencia.

Miguel González  recuerda en su casa de Guática que un día él y los suyos  pusieron pies  en polvorosa  ante una arremetida indígena.

“Aunque muchos  se habían pasado a la fe de Cristo y habían bautizado a sus hijos con nombres como Jesús, María y José, para no hablar de los apóstoles, a nosotros nos tocó salir corriendo un día, perseguidos por unos cien indios en pelotos que no   querían saber nada de blancos en sus territorios. Y nosotros sí que éramos blancos, y de ojos azules, para acabar de completar.  El susto fue tan verraco que dejamos abandonadas un par de bestias y un bulto de comida. Fue por eso que nos tocó alimentarnos de plátanos  y frutas que encontrábamos entre el bosque. Ahora que lo pienso, creo que ellos tenían la razón: éramos nosotros los que nos estábamos metiendo sin permiso a sus tierras”.

Entre la integración y la resistencia.




Así  ha transcurrido siempre la historia de estos territorios, desde la llegada de los primeros misioneros y colonizadores: entre la fascinación por los nuevos dioses y  la necesidad  de ponerse al amparo de sus divinidades ancestrales. Entre el deslumbramiento  ante los utensilios y armas de los aventureros y el imperativo de conservar los instrumentos utilizados para relacionarse con el mundo.

Algunos vestigios  de esos universos enfrentados pudieron verse a partir de ese jueves  24 de  agosto de 2017, durante la celebración de los   treinta y nueve años de vida administrativa  del resguardo  de Purembará.

Tanto, que  durante la segunda jornada las fuerzas en tensión alcanzaron un límite: un rito de bautismo planeado  un par de meses atrás en el templo de Purembará coincidió con los actos centrales del encuentro.

El gobernador del resguardo amenazó incluso con  enviar a la guardia indígena a suspender la ceremonia.

 Juliana Rojas, rasgos mestizos, voz vehemente  y ademanes desafiantes es toda una muestra viviente de  mochilas, collares, pulseras  y brazaletes confeccionados en la zona. Ha hecho un alto en sus estudios de antropología para hacerse presente en el encuentro.

Para lograrlo  abordó un bus en Popayán, viajó en un vehículo oficial desde Pereira hasta Mistrató y allí se colgó de un campero Carpatti que la  condujo a El Mandarino. Con un pesado morral  a la espalda recorrió las tres horas hasta llegar al resguardo al caer la tarde de ese jueves 24 de agosto.

“Aquí no se trata de invocar el purismo, un imposible en cualquier sociedad que aspire a mantenerse viva sin convertirse en  un objeto de museo. Claro, debemos buscar un punto de encuentro  entre los pueblos sin que uno  avasalle al otro. Pero también es necesario  luchar para que se entienda algo esencial: como todas las poblaciones habitadas en principio por pueblos indígenas y posteriormente sometidas a  la llegada de colonizadores, Mistrató ha vivido una lucha desigual, acelerada por la irrupción de las tecnologías de la comunicación. No se trata de suprimir  y menos de prohibir estas últimas, pero si de propender por un aprovechamiento distinto en la educación, en la cultura, en la política  y en todas las prácticas cotidianas”.

Silenciosa. Una antena de televisión satelital es  testigo de las palabras de Juliana.




Sangre en el bosque

Uno podría recorrer la geografía de  Colombia siguiendo un rastro de sangre en el bosque: el de los desplazados y muertos  dejados por nuestra particular forma de la insensatez. Si dejamos de lado la violencia entre liberales y conservadores- de la que ya sabemos bastante, la más reciente oleada de bárbaros conformada por guerrillas, paramilitares, mineros, narcos y  un sector de la institucionalidad, sembró de  cruces estos caminos. Para la muestra, una lista  de hombres  abatidos a tiros o a machete por prójimos poseídos por la iracundia y el rencor: Benigno  Siágama, Anastasio Niasa, Lázaro Gutiérrez, José Dionisio Córdoba y Paulino Siágama.

Nombres, cruces. Simples formas del pavor en los caminos que el niño Miguel González recorrió una vez con su familia de colonos.

Y muchas, cantidades de viudas obligadas a reinventarse la vida en un abrir  y cerrar de ojos.




 

Entre mujeres

Igual que en todos los lugares de la tierra, mientras los hombres se van  a la guerra, las mujeres se dan a la tarea de  mantener con vida a su comunidad. Siembran, recogen, limpian, amamantan, oran y conservan el orden del mundo para cuando  los hijos, los esposos y los padres vuelvan a casa.

Si vuelven.

Mistrató  es un buen ejemplo. Miriam, Reinelda, Norfilia, Martha Liliana, Florinda, Claudia y María Cecilia   son apenas siete entre muchas que se levantan al despuntar el  día y no se detienen hasta  bien entrada la noche. Algunas fueron a la universidad  y otras han aprendido en la tierra y en sus propias entrañas las cosas esenciales de la vida.

Para entonces, un orador destaca el rol de las mujeres en las luchas de la comunidad: Miriam, Reinelda, Norfilia, Martha Liliana, Florinda, Claudia y María Cecilia son solo siete nombres entre varias decenas de ellas.

Martha Liliana toma la palabra para   hacerse eco de un malestar colectivo.

“Es inaceptable que una comunidad   con un patrimonio cultural de gran magnitud, haya sido conocida a nivel nacional  y hasta  internacional solo porque hace diez años un párroco de paso por aquí asesinó a su amante y a su pequeña hija. Desde entonces, no hemos visto que los periodistas y las cámaras se acerquen a contar que en marzo, durante la celebración de las fiestas aniversarias, el pueblo entero en sus áreas urbana y rural se dedica a reconocer  y difundir los resultados del  encuentro no siempre pacífico entre aborígenes y colonizadores. El  Concurso Nacional de Danzas y el de Música Parrandera  reúnen lo mejor de ambas tradiciones.

“Pero hay todavía más: Las ferias ganaderas, la Semana Santa en Vivo,  el Día del Campesino, el encuentro de la Cultura embera chamí y el  Encuentro Departamental de Coros. Sería injusta si no hablara del patrimonio histórico y cultural concentrado en Mampay, en Barcinal, en La María, en San Antonio del Chamí y, desde luego, en el resguardo de Purembará. Entre nosotros, como en todas partes la cultura es la mejor manera de oponerse a la muerte”.

Martha Liliana fue una de las mujeres que se congregaron durante esos tres días de agosto en el resguardo de Purembará. No solo  participó en la discusiones políticas sino  que disfrutó de principio  a fin  La Danza del Oso, interpretada por la delegación llegada desde la vereda Cantarrana.

Es su manera de reconectar el hilo  entre dos mundos, para muchos roto desde el día en que los primeros  fundadores llegaron a la zona. Unos hablan de 1539. Otros se remiten a 1925.

Pero son solo fechas: para bien de todos, la vida es caprichosa y suele tomar atajos imprevistos.

En Mistrató, por ejemplo, le gusta seguir el coro y la danza de las loras en el bosque.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=TWhi935qE2k