viernes, 1 de septiembre de 2023

Guática: leyendas de Gamonrá

 



Los otros Dorados

Igual que tantos semejantes en los confines del mundo, los hermanos de  Ordilio González bajaron desde Jericó, Antioquia, atendiendo al llamado de las leyendas que yacían guardadas por embrujos indígenas  en las cuevas del  cerro  Gamonrá.

Corría el año de 1902 y Colombia ardía en medio de la Guerra de los mil días.

Familias enteras buscaban refugio en las selvas gobernadas por  indígenas, serpientes y fugitivos de otras batallas.

A 2600 metros de altura el cerro fue desde un comienzo una fortaleza casi infranqueable para los conquistadores que, encabezados por Jorge Robledo, venían desde  Antioquia buscando la estela del oro dejada por los relatos que circulaban de boca en boca entre los pueblos indígenas.

Entre  las muchas historias estaba la del cacique Guaticam.

En pugna constante con sus vecinos asentados en el Valle de Umbría, en  Irra y en Arma, el cacique habría enterrado lo mejor de sus tesoros en enormes cuevas cavadas por sus hombres en lo más profundo del cerro. Para reforzar la seguridad invocó al panteón de divinidades grandes y pequeñas que  habían acompañado a los suyos desde el comienzo de los tiempos.




Por agua no iban a padecer los aventureros de antes y de ahora. El territorio está surcado por un ramal de ríos y quebradas bautizados con nombres como : Río Frio, quebrada Castillón, Río del Oro, Opiramá, Tarqui, El Salado, Ocharma, La mesa, Sirva, El Jordán, Agua Bonita, El Caucho, La Carmela, Paraíso, Los Chorros, Cristalina, Albarán, Guaravita, La Esperanza.

 En los libros de historia  se dice que el primer asentamiento fue fundado en 1537 por  un pueblo indígena comandado por el cacique Guaticam. Pertenecían a la familia Anserma, a su vez un ramal de los caribes.

La familia de Ordilio González caminó con sus bestias y cacharros a la orilla del río Cauca alimentándose de arepas de mote y carne salada. A la altura de  Irra emprendieron el ascenso a través de interminables cortinas de niebla para descender luego hacia una hondonada  en la que se apretujaban menos de cien casas: Era el  distrito de Nazareth, creado en 1892. Su cabecera era Guática, hasta que en  1986 se unieron y configuraron un solo asentamiento en el Alto de Mismis.

Para  1905 el nombre  había cambiado. Ahora el lugar se llamaba San  Clemente hasta que en 1921 Guática se convirtió en municipio del Departamento de  Caldas.

Pero eso son cosas  de la política. Al no encontrar oro en Gamonrá, los González, que ya se habían reproducido en el camino, siguieron de largo, vadearon el río Guática y más tarde el de las Loras, antes de internarse en las selvas del Chocó, de donde no volvieron a salir  hasta treinta años después, para asentarse definitivamente en  tierras de Riosucio, Caldas, donde se dedicaron a plantar café y maíz.

Ven a calmar mis males

“Tú eres mi amor/ mi dicha y mi tesoro/ mí solo encanto/ y mi ilusión”.

Es noviembre de 2017. Una insistente llovizna  empapa de a poco a la multitud que se congrega  en la plaza municipal de Guática.

Han llegado de todos los lugares de Colombia: De Cundinamarca y Antioquia; de la Costa  Atlántica y del Valle del Cauca.  Otros  viajaron  desde países tan distantes como Canadá, España, Inglaterra y Chile.

Como dice  María  Eugenia, una rubia oxigenada llena de joyas: “El gasto y el viaje valen la pena. Son las fiestas del regreso y uno tiene que  ahorrar otros cinco años para volver”.

Vive desde hace diez años en Girona, Cataluña. En su mano izquierda empuña una botella de aguardiente  y lleva una hora escuchando cantar a Genaro González, descendiente lejano de Ordilio, el mismo que pasó por aquí hace más de un siglo, buscando el oro de Gamonrá.

María Eugenia, que nada sabe de esas historias, no para de cantar bajo la lluvia siguiendo el hilo de la voz de Genaro:

“Ven a calmar mis males/ mujer no seas tan inconstante…”

De niña bebió los versos de esa canción en la voz de  Julio Jaramillo, el ecuatoriano que se encargó de la educación sentimental de varias generaciones de latinoamericanos.




A media noche, acostada en su cama solitaria de dama otoñal en la vieja Cataluña, la tararea  y de repente se  le arremolina en la sangre el rumor de amores ya olvidados.

Entre otras cosas, la canción le devuelve el aroma de la cebolla que ascendía en la madrugada de las plantaciones de su padre, antes de que llegaran guerrilleros y paramilitares con su hálito de ruina y los obligaran a empacar maletas sin tiempo siquiera para llamar a los perros.

“Yo te daré mi fe /mi amor/ todas mis ilusiones tuyas son”.

María Eugenia nada sabe de la historia de  Ordilio y sus mayores, pero en esta fría noche de Guática  sus voces se hermanan para emprender un fugaz viaje de regreso al paraíso perdido.

Aunque mañana, al despuntar el alba, todo sea otra cosa.

Con aroma a cebolla.

Augusto Trejos ronda los  sesenta años y es, como el mismo se define: “Un tipo hecho de  esta tierra”.

Hecho: no solo nacido. Dejemos las cosas claras

Así lo atestiguan sus  brazos duros y sus manos que parecen  enormes terrones petrificados.

Son las cinco de la mañana y está bebiéndose su primera taza de café del día. Después vendrá una veintena más.

Ah… y un paquete de cigarrillos Pielroja  antes de que caiga el sol.

Hay algo de litúrgico en esa manera suya de beber el café, aspirar el humo del cigarrillo y mirar el cielo.

Esa sensación  se acentúa todavía más cuando cuenta su historia con una voz densa, lenta y siempre enfática.

“A la mitad de cuarto de bachillerato abandoné mis estudios porque no resistía más el llamado de la tierra”.

“El llamado”, dice: como si faltara algún detalle para completar su aura sacerdotal.




“Tendría quince años, al finalizar los años setenta, cuando abandoné los estudios y me consagré por entero a la tierra. Por esos días mucha gente vivía de cultivar cebolla para abastecer el  mercado nacional. Aquí llegaban los camiones  y uno se entendía con los intermediarios que la negociaban en las plazas de abastos de Bogotá, Cali y Medellín. El pueblo era sano y pacífico, porque  ya estaban lejos los días de La Violencia cuando la gente amanecía macheteada en los caminos.

“O al menos eso creíamos. Porque estábamos en el mejor momento cuando empezó a aparecer gente armada. Que venían de Antioquía- eso decían- de Riosucio, de Belén y de Quinchia. Muy pronto empezaron a cobrar cuotas por dejarnos trabajar la tierra ¡Nuestra propia tierra, imagínese!

“Muchos vecinos empezaron a vender sus fincas por cualquier cosa, pero nosotros resistimos. Un día nos reunimos  alrededor de un sancocho y, empezando por mi papá, tomamos la decisión de que no íbamos a feriar lo que nos había costado una vida entera de trabajo.

“De aquí solo nos sacan con las patas por delante – dijo mi papá, se santiguó y sacó una vieja escopeta que solo servía para espantar   gallinazos- Y   aquí estamos. Hemos cambiado de la cebolla al café, del café a la ganadería, de la ganadería al lulo, del lulo vuelta al café y ahora al aguacate.  Por lo menos dos  docenas de campesinos murieron o salieron huyendo.  Yo no los juzgo, porque estaban defendiendo la vida de los suyos, pero siempre he pensado que ser un desterrado  es otra forma de morirse”.

Y aquí está  Augusto Trejos. Más vivo que nunca, sobreviviendo a su paquete diario de Pielroja y acariciando el lomo de un perro llamado Tarzán, un  héroe de otros tiempos.




Ni héroes ni mártires.

Cuando le cuento la historia de Augusto, el profesor Argemiro Porras abre los ojos con admiración. A las tres de la tarde está sentado  a una de las mesas de El Cafetín, un concurrido bar del  centro de Pereira que por estos días anda sobre excitado por la llegada del Mundial de Fútbol  de Rusia 2018. 

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales ha sido opacada por el fervor futbolero. En lugar de Petro y Duque se habla de James, de Messi, de Neymar y del regreso de Perú a una Copa del Mundo

“Como guatiqueño, risaraldense y colombiano, espero que no vaya a volver la violencia por estas tierras. La historia de Augusto Trejos es un ejemplo de coraje, pero no todo el mundo está dispuesto a correr esos riesgos.

“Yo vivo en contacto permanente con mis paisanos y cuando nos reunirnos a tomar un café o a bebernos una botella de  aguardiente con música de Gardel y Olimpo Cárdenas empezamos a hacer la cuenta de los que murieron, de los que salieron  hacia otras ciudades o de los que se fueron del país y que a veces vuelven por navidad o para las fiestas del pueblo en noviembre. Son personas que  a lo mejor hubiesen preferido seguir  en su tierra  y que ahora trabajan duro en  otros lados.

“Pensando en todas esas personas, no puedo evitar  devolverme al momento en que escuché hablar de  unos tales  Héroes y mártires de Guática para referirse a una desmovilización paramilitar. Eso parecía  un chiste cruel. No fueron ni héroes ni mártires, como tampoco lo fueron  los guerrilleros, los narcos y otros grupos que llenaron el pueblo de dolor.

Gracias a Dios y el tesón de la gente, ahora se trabaja  para recuperar  la tranquilidad y el bienestar perdidos.”

Los pasos perdidos




Argemiro se pensionó como profesor de álgebra, pero su auténtica pasión es la Historia.  En su casa del barrio San Luis de Pereira atesora decenas de libretas en las que a lo largo de los años ha consignado datos recogidos de aquí y de allá: libros ,notas de prensa, conferencias, talleres, cursos, programas  de radio y televisión.

“Me perdonarán los historiadores profesionales, pero eso de la colonización antioqueña es una verdad a medias. Lo que hubo fue una invasión tan nefasta como la de los conquistadores españoles.  

“No podemos olvidar que estas tierras  fueron parte del Estado del Cauca, y en medio de la lucha con los paisas nosotros quedamos entre fuegos cruzados, tanto en el sentido figurado como en el real.  Al estar tan lejos de Popayán, el poder político  y económico de Antioquia aprovechó para enviar avanzadas de colonos que en muchos casos ocuparon tierras que  ya habían sido desmontadas y cultivadas por otros.

“Me parece que si queremos  conocer a fondo nuestra historia debemos deshacer buena parte de los  pasos perdidos y  permitirnos así otras miradas. Es lo que trata de hacer una gringa llamada Marion con varios municipios de la región: darles vuelta a las cosas para mostrarnos las otras caras.”




La gringa y el camino

En realidad,  La gringa  ha pasado un par de veces por Guática, pero en otro plan: sumergirse en las montañas para fotografiar los animales del bosque. Como tiene ancestros mexicanos y habla un español perfecto ha conseguido pasar inadvertida  al cruzar rumbo a la  Cuchilla de San Juan,  a La   Cristalina, a La  mesa,  a la mina de cuarzo, al Cerro de las Peñas y, por supuesto, a Gamonrá el lugar donde nacieron y todavía nacen las leyendas.

En sus archivos fotográficos conserva imágenes del Guppi, la iguana, la culebra cazadora, la lomo de machete, la falsa coral, el conejo sabanero, el pato, el ganso, la zarigüeya, la ardilla, la tortuga icotea y unas cuantas especies más.

Ahora se propone llegar   hasta  Puerto de  Oro, el punto más lejano de Risaralda, en compañía de un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional que les siguen  el rastro   a los viejos colonizadores que se internaron en las selvas del Chocó en busca del mineral.

Muchos de ellos solo encontraron una  cruz a la vera del camino.

Pero La gringa cree que la caminata vale la pena.

 Cuando les envía a sus familiares en  Oakland, California, las imágenes recogidas en el camino siempre las acompaña con una frase construida mitad en español y mitad en inglés:

“Excuse me, but I don¨t miss my land:  This land is a great miracle.  Por ahora camino. Ya tendré tiempo de continuar mis estudios de Historia”.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=HMVIs5_ojpE

viernes, 18 de agosto de 2023

El alfabeto para todos los hombres

 




      “Busca la luz/ como el insecto alado

       Y en sus fulgores a inundarse acude”

              Poema de Salomé Ureña, dedicado a su hijo Pedro

 

 

“Clásico es un autor que todo el mundo cita, pero nadie lee”, reza un célebre aforismo.

Al menos parcialmente, la frase en cuestión cabe al dedillo para referirse a la obra del escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña. Y aquí asistimos al primer malentendido: lo de dominicano  vale apenas como formalismo para el registro civil, porque el  pensador fue- y es- en realidad un hombre de  América o, para ser más precisos aún, hombre de Hispanoamérica, esa curiosa entidad nacida a la lumbre del encuentro entre la vieja Europa y los pueblos que habitaban el pedazo de tierra recién descubierto, que en principio los exploradores  confundieron con las Indias.

En ese sentido, el ensayista fue un perpetuo exiliado, no en el sentido de desterrado, sino en el de andariego incansable en busca constante de sus señales de identidad como individuo, así como las de la sociedad en la que le fue dado vivir: Hispanoamérica, incluyendo en esa categoría a Brasil y a otros países cuya lengua nativa no es el español.

Y digo parcialmente, porque varias generaciones de académicos, intelectuales y escritores si tuvieron un contacto temprano, no sólo con la obra de Henríquez Ureña, sino con su dimensión de ser humano abierto a todos los misterios y a todos los pueblos del mundo. Lo que antes se llamaba un cosmopolita, un ser dispuesto a dialogar con las múltiples facetas del universo, de donde se deriva la noción de Universidad.

 Esos encuentros con el universo engendran el humanismo y, por ese camino, al humanista. Henríquez Ureña pertenece a esa estirpe ya extinguida y avasallada por los hiperespecialistas.

Las citas al gran ensayista son recurrentes: en distintos tiempos y lugares, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Ezequiel Martínez Estrada, Ángel Rama, Sergio Pitol o Rafael Gutiérrez Girardot escribieron sobre la vida y obra de ese pensador y escritor que se propuso materializar el que acaso sea el más  ambicioso propósito del humanismo: llevar el alfabeto a todos los hombres.

Pero lo suyo no fue solo un proyecto alfabetizador. Ese era en realidad el punto de partida para  poner en marcha una idea de más amplias y hondas proyecciones: transformar  los individuos y la sociedad desde el ámbito de la educación y la cultura, entendidas como herramientas para ampliar la capacidad de juicio ético y estético.

Sobre esa idea fundó Henríquez Ureña su utopía, la que él consideraba guía y aliento para conducir a los hombres hasta un mundo donde el sueño de la justicia y la dicha sobre la tierra tuvieran un sentido distinto al impuesto por las grandes estructuras de poder político y económico.


                                                          Pedro Henríquez Ureña

La utopía posible

Aunque suene a oxímoron, la clave del pensamiento de Henríquez Ureña reside en su convencimiento de que la Utopía (así con mayúscula) no sólo es posible sino necesaria. Entendida así, su obra es la bitácora de un viaje en esa dirección.

De esa bitácora lúcida y entusiasta se ocupa el narrador, poeta, ensayista y profesor universitario William Marín Osorio en su libro titulado: “Pedro Henríquez Ureña entre los archivos históricos y la Biblioteca Americana. Hacia la fundación de un   archivo continental”, auspiciado y editado por la Universidad Tecnológica de Pereira. A lo largo de 328 páginas que comprenden cinco capítulos, aparte de anexos y referencias documentales, Marín   Osorio planta las bases para un propósito personal y profesional: la creación de un cuerpo de lo que denomina webgrafías, enfocado a la  creación del archivo  continental sugerido en la segunda parte del título.

¿Extenso el título? Claro, de ese tamaño era la Utopía del pensador y ensayista. Su idea de la Biblioteca Americana iba mucho más allá de un catálogo de libros o de la formulación de un listado de obras canónicas. Lo que el escritor buscaba era una visión lo más amplia y diversa posible de los poetas, cronistas, cuentistas, novelistas, historiadores y filósofos que a través de la palabra escrita  intentaron dar cuenta del mundo que surgía y se transformaba ante  sus ojos: América

Para acercarse a la vida y obra de su objeto – o mejor dicho, su sujeto- de estudio, el escritor William Marín construye su propia bitácora de viaje. El resultado es un recorrido que lo lleva a  Estados Unidos, Argentina, España y México en busca de los archivos  y voces testimoniales que lo ayuden a dar cuenta de lo que significa Henríquez Ureña para el mundo  hispanoamericano. Con obstinación de espeleólogo, Marín remueve archivos, desempolva documentos y revive testimonios que nos devuelven intacta la figura del ensayista como el gran maestro que fue.




Porque quienes lo conocieron de cerca lo evocan como un maestro en el más puro sentido de esa expresión: la de un ser generoso, dispuesto a compartir sus descubrimientos con todo aquel que quisiera escucharlo. Lejos estaba del autor elitista que levanta un muro de conceptos impenetrables entre su yo y el mundo. Lo suyo era una suerte de   socialismo romántico que tomaba del cristianismo la figura de la compasión, entendida como la capacidad de ponerse en lugar del otro y comprender así su singularidad.

Sólo de esa manera, se capta en toda su plenitud el propósito de poner el alfabeto al alcance de todos los hombres. Vistas así las cosas, se entiende la decisión del mexicano José Vasconcelos de convertirlo en compañero de viaje en el proyecto de llevar la educación a todos los lugares y en todas las formas, emprendido por el gobierno de Obregón.

En su recorrido, el escritor William Marín desvela la figura del Pedro Henríquez Ureña profesor en Buenos Aires o en Estados Unidos; su vocación de fundador de editoriales (el Ateneo de la Juventud fue el germen del Fondo de Cultura Económica); su condición de crítico riguroso y generoso a la vez; su trabajo como articulista de periódicos que lo convirtió en precursor del llamado Periodismo Literario y su rol como gestor de proyectos académicos.  A medida que avanzamos en la lectura nos encontramos con figuras fundacionales en lo que se dado en llamar “lo hispanoamericano” : para empezar, Simón Bolívar y su maestro Simón Rodríguez. Luego vienen Jorge Enrique Rodó, José Martí, Rubén Darío, Andrés Bello, Juan Montalvo, Mariano Picón Salas, Domingo Faustino Sarmiento, José Carlos Mariátegui y Esteban Echeverría, junto a los españoles Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal, así como los colombianos Germán Arciniegas, Baldomero Sanín Cano y Rafael Gutiérrez Girardot.




A modo de “senderos que se bifurcan”, feliz título de Borges invocado por Marín, la investigación  aborda  una selección de títulos de  Henríquez  Ureña que nos invitan a tejer y destejer los caminos de Hispanoamérica. Son ellos:

Seis ensayos en busca de nuestra expresión.

La Utopía de América.

Las corrientes literarias de la América Hispánica.

La historia de la cultura en la América Hispánica

Es fácil adivinar que, en realidad se trata de un único texto que se despliega y vuelve una y otra vez sobre sí mismo. En ese entretejer se adivina la atmósfera de El banquete de Platón, y su repercusión en los grandes espíritus del porvenir, Henríquez Ureña entre ellos. Para éste, América es ante todo una comunión del espíritu asumida como utopía, pero no en el burdo sentido de delirio o de irrealidad  sino en el de desafío  para hombres capaces de pensar que otros mundos son posibles y de actuar convencidos de ello. La utopía es en este caso una siempre renovada voluntad de perfeccionamiento.

Pedro Henríquez Ureña es uno de esos hombres. De ahí la importancia del libro que el escritor William Marín nos ofrece a modo de estímulo para acercarnos a una obra que no cesa de extender sus límites.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=apDBE4t8DlM

 

viernes, 11 de agosto de 2023

El coraje del barrio

 





A la fecha, San Judas debe ser el barrio del Área Metropolitana donde habitan más hinchas del Deportivo Pereira por metro cuadrado. Cuando juega el equipo, sus calles son un flamear de banderas rojas y amarillas: parecen pájaros de fuego que presagiaran el resultado del partido.

En la frontera entre San Judas y Colegurre un hombretón con el rostro surcado de cicatrices tiene tatuado en el pecho un enorme escudo del Pereira, como si el corazón le hubiese aflorado a ras de piel.

Desde luego, no es sólo en San Judas. 2500 Lotes, La Habana, San Fernando, Alfonso López, Tokio, Samaria, Galán, Ciudadela del Café, Berlín, Corocito, Camilo Torres, Galaxia, Nacederos y unas centenas más son por estos días un hervidero de peregrinos que se desplazan en bus, en auto, en moto, en bicicleta, a pie o en lo que puedan hacia el lugar donde acontece el milagro: el estadio “Hernán Ramírez Villegas”.

Ni el mismísimo sacerdote Antonio José Valencia, cuya estatua futbolera recibe a sus feligreses en la entrada del templo-estadio acabaría de creerlo: el equipo que tantos padecimientos  terrenales le causó ya está instalado en los cuartos de final de la Copa Libertadores de América edición 2023. Como para poner a prueba a los hombres de poca fe.



                                                 Estatua del padre Valencia

Si señores. La Copa Libertadores. El torneo ganado por equipos de leyenda como el Santos de Pelé, el Estudiantes de Zubeldía, el Independiente de Santoro y Pastoriza, el Nacional de Maturana y… dolorosamente para los hinchas del Pereira, el Once Caldas de Luis Fernando Montoya, Juan Carlos Henao y compañía.

No sé dónde andarán ahora quienes un día dijeron que sólo esperaban ver al equipo campeón para morirse en paz. Si cumplieron la palabra empeñada, Dios los tenga en su gloria, pero se perdieron lo mejor del banquete, la parte donde el coraje del barrio hecho equipo de fútbol revivió cuando menos se lo esperaba.

“Tiempos como todos/ de vileza y fraude”, escribió el poeta Juan Gustavo Cobo Borda. Sí. No son estos tiempos para romanticismos en ninguna de las esferas de la vida, incluido el deporte y en  especial el fútbol. Controlado por grandes corporaciones y carteles mafiosos, lo suyo es una batalla feroz y sin escrúpulos por acaparar los mejores futbolistas- eso dicen- del planeta. Clubes que, en el colmo del cinismo, controlan casas de apuestas que no dudan en torcer los resultados cuando así lo exige el negocio.

Pero volvamos a la buena hora del Deportivo Pereira, “el pereirita” como le dicen los fanáticos más fieles, los niños, adultos, viejos y ancianos, hombres y  mujeres que lo han acompañado en los momentos más aciagos, cuando a las tribunas a duras penas llegaba un millar de personas.

Por eso resulta tan grato ver jugar a estos tipos, dirigidos   por Alejandro Restrepo, un joven entrenador capaz de hacerles creer que podían imponerse en la liga local y luego ganarle a Boca Juniors, a Colo Colo, al ascendente Independiente del Valle y a unos cuantos más.

Y ahí van. Sin figurines, sin estrellitas insoportables, empujados por el coraje del jugador de barrio o de vereda. Ese que juega por el sólo gusto de hacerlo. Cada balón es disputado con la obstinación del guerrero convencido de que en ello le va la vida y el honor de su dama, es decir, de la hinchada, voluble e impredecible, pero dama al fin y al cabo.

En un medio donde los deportistas viven más pendientes de los rizos y de la imagen que venderán ante las cámaras, es un lujo ver a veteranos como Carlos Ramírez, Ángelo Rodríguez y el capitán  Jhonny Vásquez, con pinta de camajanes de esquina, dejarse el alma y el pellejo en cada jugada. Es tan contagioso ese espíritu, que hasta el ciclotímico portero Aldair Quintana, capaz de sembrar el pánico entre los hinchas con sus impredecibles actuaciones, tiene su cuento.

Así son las cosas cuando se va de buena onda.

                                                              Isaías Bobadilla

Nada surge por generación espontánea. Siempre somos deudores de una herencia, de una tradición. Mucho de la legendaria “Furia Guaraní”, alienta en esta panda de futbolistas. El viejo Isaías Bobadilla, rudo defensor central paraguayo que llegó al Pereira en la década del sesenta, me lo dijo años después de su retiro: “Nosotros hicimos de Pereira nuestro hogar, nuestra familia. Por eso jugábamos así”. A lo mejor allí reside la clave de todo.

Como todo ritual digno de ese nombre, el fútbol forja su propia estela de mitos y leyendas. En la historia del Deportivo Pereira, aparte de la mencionada “Furia Guaraní” y del padre Antonio José Valencia, el gran mito se llama “Chila”, la fiel devota, gozosa y doliente que acompañaba al equipo hasta en los entrenamientos. Poco importaba si el amor de su vida ocupaba los primeros o últimos lugares de la tabla. Si estaba en la primera división o en la segunda. Así eran los grandes amores.


                                                              "Chila"

Amargados de tanto acumular desastres, los seguidores del equipo empezaron a propagar la conseja de que “Chila” era la causante de tanto infortunio. Por eso, sólo después de su muerte podría conjurarse el maleficio. Eso decían los muy ingratos.

Como nada de este mundo le importa ya- salvo el Deportivo Pereira, claro- supongo que la vieja “ Chila” debe estar ahora muerta por segunda vez de pura dicha, convencida  de que desde el cielo los  triunfos del equipo saben mejor.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=pG8OVvLXH5k

 

jueves, 3 de agosto de 2023

Mick Jagger: de los extramuros al Mainstream

 



Es bien sabido que la fama, divinidad obcecada como ninguna, fragmenta el Yo y lo extravía en un laberinto de espejos donde la persona ya no puede saber quién es. ¿Puede concebirse un castigo más sofisticado?

Mick Jagger (26 de julio de 1943, Datford, Kent, U.K.) pertenece a esa categoría. De ahí puede derivarse su fascinación con los relatos de Jorge Luis Borges, ese poeta frecuentador de espejos y laberintos. O mejor dicho: de espejos enfrentados que devienen laberintos. En Performance, película de culto dirigida por Donald Cammell y Nicola Roeg estrenada en 1970, el cantante aparece leyendo un cuento del escritor argentino, con quien tuvo un fugaz encuentro luego de una conferencia, según lo narra María Kodama, compañera de Borges y devota de la música de The Rolling Stones, la nave insignia de Jagger, Richards y los pillastres que vinieron después.

Jagger & Richards, esa dupla tan célebre como la de Laurel & Hardy, Lennon & McCartney o Gardel y Lepera se conocieron en la temprana juventud, unidos por la literatura y la pasión  por el blues negro del más profundo sur norteamericano. De hecho, sus primeros discos fueron un tributo a los  más grandes músicos de ese género doliente y nostálgico en el  que las voces hablaban de despojos y desarraigos.

La esencia de ese espíritu la destilaron en Satisfaction, para muchos el mejor rock que se ha escrito. El desasosiego y la insatisfacción eterna de la criatura humana se ponen de manifiesto en ese desesperado repetir and I try, and I try and I try, como quien se despelleja los nudillos tocando a las puertas del cielo.



Sospecho que, en medio del delirio que vino después, con sicodelia incluida a mediados de los sesenta, cuando Satisfaction ya era un himno generacional, ni se les ocurrió pensar que un día del siglo XXI serían dos célebres octogenarios que, instalados en la cima de la gloria, acaso evocarían  con ternura y condescendencia  sus tiempos de chicos malos decididos a  espantar a los burgueses de todos los rincones de la tierra.

Es más, creo que ni esperaban llegar al final del siglo XX. Después de todo, la consigna de los tiempos se resumía en la frase “Vive rápido, muere joven y serás un cadáver bien parecido”, asumida como auténtico dogma de la rebelión sesentera.

Para ese propósito de épater le bourgeois  contaban con dos armas. De un lado, el enorme talento musical de ambos y por el otro un par de signos exteriores convertidos en marcas de fábrica por la industria del entretenimiento: la bocaza del cantante y el colmillo cariado del guitarrista.

Para entonces, el vocalista todavía no era Sir Mick Jagger y lo que eso significa como asimilación por parte del Mainstream, en una prueba más de la capacidad del establecimiento para convertir en mercancía hasta a sus más virulentos contradictores: la imagen crística del Che Guevara y la boca de Jagger estampadas en carteles, camisetas y cientos de chucherías son acaso las pruebas más elocuentes.




Todos tenemos a alguien que nos inicia en los misterios esenciales: el sexo, la música, los libros, la religión. En mi historia de amor con el rock ese rol lo desempeñaron dos personas: mi primo Pacho y Miriam, profesora de música del colegio Deogracias Cardona en Pereira. Casi al tiempo, me dieron a escuchar sendas casetes con canciones de los Stones. Estaban, claro, Satisfaction,  Simphaty  for the Devil, Street Fighting man, Ruby Tuesday y Paint it black. -¿Cuántas veces habrá sonado esta última como música de fondo de películas y documentales sobre la guerra de Vietnam?. Después vendría Angie, (Goats head Soup,1973) la balada que desde entonces ha inspirado el nombre de sucesivas generaciones de muchachas en el mundo entero.

Un par de anécdotas antes de seguir con el ya octogenario trotamundos: la profesora Miriam era alegre, vivaz, inteligente y muy, muy bajita; tanto, que al descansar la guitarra en el suelo ésta la excedía en estatura. ¡Pero cómo pulsaba sus cuerdas a la hora de interpretar las canciones! Por su lado, mi primo Pacho murió a los 75 años, en plena pandemia de Covid-19, al caer de un andamio mientras exploraba las alturas en busca de no sé qué cosas. Pero bueno… si Jagger se trepa a los escenarios a los ochenta.

Volvamos entonces a Jagger. En la novela ¡Qué viva la música!, del escritor colombiano Andrés Caicedo, quien se suicidó a los 25 años, la narradora rinde un manifiesto tributo a los Stones, pero en especial a su vocalista y a esa manera suya de plantarse ante el mundo con su cara de peleador callejero. A manera de glosario, al final aparece una lista de once canciones del grupo que, al lado de los grandes de la salsa, obraron a modo de banda sonora de su generación en la ciudad colombiana de Cali, conocida entre otras cosas por el vigoroso movimiento cinematográfico gestado allí en el tránsito de los sesenta a los setenta. Uno de los protagonistas de ese dinamismo, el escritor, director de teatro y periodista cultural Sandro Romero Rey, rindió tributo   a los Stones a lo largo de su obra escrita, que incluye un libro titulado: Mick Jagger El rock suena: piedras trae.





Como no podía ser de otra manera, de todo se ha dicho y escrito sobre Mick Jagger. Sin solución de continuidad, se le ha tildado desde genio hasta rey de la impostura. Supongo que todos tienen algo de razón, pero el negocio del espectáculo es así: las fronteras se diluyen, los adjetivos cambian de sentido en cuestión de segundos y los protagonistas pasan del cielo al infierno sin que  puedan tener control alguno sobre el rumbo de las cosas.

Al final, es mejor optar por la gratitud hacia quienes nos han regalado momentos de dicha o nos han acompañado en interminables noches de dolor, como se desprende del título de Let´s spend the night together, la canción que además le dio el nombre al documental donde el director Hal Ashby (1929-1988) otro fervoroso admirador de la banda, recoge algunos entre muchos hitos en esa carrera que aún no termina.

Para el efecto, poco importa en realidad si los chicos malos pasaron a golpe de fama de los extramuros al Mainstream.


PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=nrIPxlFzDi0

viernes, 21 de julio de 2023

Los Sorias, ardiente delirio

 

              





                  "El alma es igual al cuerpo multiplicado

                 Por la velocidad de la luz al cuadrado”.

                      Razonamiento de un personaje de Los Sorias



Delirium Tremens

Si Shakespeare nos advirtió de que “la vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furor”, Los Sorias, la novela del escritor argentino Alberto Laiseca, bien podría ser un aventajado capítulo de esa saga cuyos protagonistas son el delirio y el caos, porque la obra es, entre muchas otras cosas, una parábola y una parodia del poder, hijo natural de esas dos divinidades erráticas.

Recién adentrado en sus más de mil doscientas páginas, el lector piensa en títulos como Tirano Banderas, de don Ramón María del Valle-Inclán; Claudio El Dios y su esposa Mesalina, del poeta Robert Graves; El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias; Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos o El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, todas ellas indagaciones sobre la naturaleza de esa forma de locura que es el ejercicio del poder en todos los tiempos y en todos los lugares.

 Por supuesto, son sólo caprichos y asociaciones de lector, porque Los Sorias dista mucho de poder ser encasillada bajo el desgastado rótulo de “Novelas de dictadores”.

Mejor dicho, Los Sorias no admite rótulo alguno: de ese tamaño es su singularidad. O si no, ¿qué puede decirse de un lugar, planeta o país cuyo gobernante, identificado como El Monitor, se autodenomina “Primer Histérico de la Nación”?

El lugar, planeta o país se llama La tecnocracia. El nombre es un auténtico adelanto de lo que nos aguarda si decidimos cruzar sus fronteras. Y a propósito de éstas últimas, La Tecnocracia libra una batalla eterna y feroz contra Los Sorias, una suerte de espejo enfrentado en el que las partes pueden contemplar sus respectivas realidades distorsionadas. En esa pugna se desencadena una persecución contra rojos, rosados y rojillos, que nos lleva a pensar en esas cacerías tan propias del mundo de la Guerra Fría, cuando el capitalismo y el comunismo se acusaban de ser manifestaciones del mal en estado puro.

Esa batalla se resume en una consigna llena de reminiscencias de viejas militancias políticas fáciles de identificar: “Por La Tecnocracia, todo, hasta El micro de oro; por Los Sorias, nada”. En la guerra, que a ratos suena a alegoría Orwelliana, destacan también con un rol activo o pasivo Chanchenia del Norte y del Sur, Protelia, Protonia Oriental, Dernia, Goria, Garduña, Musaraña, Cataluña, El Califato de Córdoba… y la mismísima Unión Soviética. Con esta última se libra una guerra que es a la vez   contienda tecnológica y teológica en la que el ser y el Anti-ser se juegan sus cartas.

En ese entramado juegan un papel clave los más conocidos dogmas ocultistas a los que, como bien sabemos, no es ajena la música. No es casualidad que la obra esté llena de alusiones paródicas a los grandes maestros del campo sinfónico, así como del rock, el punk y todas sus variantes.




Como pueden ver, a esta altura del camino necesitamos de una muy precisa cartografía si no queremos extraviarnos en la aventura.  Como todos, estos mapas están hechos de nombres: Unión Soviética, rojos, rosados, rojillos y todo un glosario que se irá acumulando hasta el final… suponiendo que este libro tenga un final

Ese tipo de alusiones son anclas que el autor planta en la realidad: bien sabemos que cuanto más desopilantes son el delirio y el caos con mayor razón precisan de   un asidero en el aparente orden del mundo.  De esa manera se perpetúan y se hacer creíbles… al menos mientras el lector da vuelta a la página, donde se topará con dioses que ostentan nombres como Monocateca, Bitecapoca, Tritaltetoco, Tetramqueltuc, Peniacoltuco y Exatlalteluco. pertenecientes a un credo conocido como Exateísmo A cada una de las divinidades de ese panteón le corresponde un mes del año y a algunas hasta dos.

En el principio fue el verbo

En todas las civilizaciones las palabras alientan en el principio del mundo. El poder lo sabe y por eso intenta hacerse con su control. Las religiones, los dictadores y los partidos políticos se han ocupado siempre de encontrar la mejor manera de hacerlo.

En Los Sorias las palabras son los auténticos personajes. Lo demás es lo que los estudiosos de la literatura llaman la trama. Por eso el lector no puede distraerse un segundo: pasa de largo por una palabra y estará condenado al extravío, como los niños de los cuentos infantiles cuando no ven los mojones plantados en el bosque. No por casualidad existe una entidad llamada “Monitoría de las Lenguas”, consagrada al estudio exhaustivo de la etimología de las palabras, es decir, qué significan con exactitud.  Conocer ese significado es vital, porque, según los responsables de la Monitoria, el mal opera sobre los hombres a través de las distorsiones idiomáticas.

En este punto, uno piensa en el aparato de propaganda nazi, en Stalin y sus estudios de lingüística, en las prédicas del Gran Hermano, en las llamadas “noticias falsas” o en lenguaje efectista de la publicidad.  Muy pronto, descubrimos el propósito final, ajeno a cualquier interés académico: identificar y encerrar en un campo de concentración a todo artista que no comprendiese la cosmovisión de la tecnocracia.




¿Y cuál es esa cosmovisión?

Enrique Katel, Kratos de las lenguas en La Tecnocracia, lo tiene claro: busca “El esplendor antiguo”, esa peligrosa quimera que tanto seduce a dictadores y caudillos. Bien sabemos que fue el pretexto de los nazis para emprender el exterminio y, en tiempos recientes, Donald Trump la reeditó en su consigna “Let´s make America great again”, tomada a su vez de Ronald Reagan. Son consignas como esas las que mueven al pueblo, “ese cuerpo imaginario e inencontrable”.

Pero es en una carta de respuesta a Personaje Iseka- un converso que, harto de los sorias, decidió adherir a La Tecnocracia- donde El Krator deja las cosas claras:

 

“Estimado señor y, por lo que leo en su carta, nuevo camarada, no es mediante el ultrismo en todos los órdenes que La Tecnocracia alcanzará su destino de grandeza. Usted acaba de llegar al país y por eso tal vez ignore que, a nosotros los tecnócratas, nadie tiene necesidad de enseñarnos a ser duros e implacables cuando hace falta. Se lo puedo asegurar. El poder es un enigma, sobre todo para nosotros los dirigentes. Todos los días trabajamos con enmarañadas, laberínticas claves que es preciso descifrar. Un error de proporciones sería. A veces hay que ser duros y otras no. El problema es cuándo y cómo”.

Así que La Tecnocracia sabrá cuándo y cómo ser dura con Los Sorias y otros apóstatas. Eso lo han sabido siempre los tiranos de todos los tiempos. Después de todo, la combinación de zanahoria y garrote no es un invento reciente. A modo de colofón, esa visión del mundo se ofrece en una fórmula: “En las elecciones realmente libres, el dictador se asegura de que su voto sea igual a la mitad más uno de los sufragios emitidos”.

¿Un dictador que convoca a “elecciones libres”? Bueno, la novela de Laiseca y la Historia Universal abundan en oxímoron como éste. Sólo que no debemos dejarnos engañar por las apariencias: a menudo, el delirio y el caos son formas supremas de la lucidez. Por algo, el Monitor es un secreto devoto del cine y fundador de una escuela conocida como “realismo delirante”. Tan delirante y realista como la declaración de la mujer conocida como “La lujuriosa”, devenida amante y consejera del Monitor:

“El mundo está lleno de falsos libertinos y putas arrepentidas. Siempre sostuve que el sexo debía estar bajo control de una pornocracia ilustrada”.

La cosmovisión de La Tecnocracia no se limita al campo de la política o el esoterismo. También debe ocuparse de la estética, si aspira a un manejo absoluto del mundo. De ahí que el rol del escritor sea asunto de sumo interés, como se deriva de esta reflexión acerca del Kratos, a propósito de una carta recibida:

“De pronto sonrió. Se le ocurrió que aquella invocación por medio de una carta era un suceso, por sus características, exactamente opuesto a los procesos internos de la novela simbólica alemana, donde todos los personajes son proyecciones del personaje principal: sus otras personalidades o «yoes», digamos. En esa novelística se parte del principio de que el alma humana contiene alturas excelsas, pero también aberraciones espantosas. Esta idea nace de la omnipotencia de su autor, que en el fondo cree contenerlo todo. Pero no es así. Esos escritores —meditó el Kratos— tienen muchísimos menos «yoes» de lo que se imaginan. A veces la fuerza no les alcanza ni para ser malos. Suponen ser niños terribles y resultan de lo más comunes. Arrancan del falso fundamento de que en el «teatro»' de sus propias almas hallarán la purificación. Entonces todos los personajes y sucesos son símbolos y partes de un todo, que es el Gran Yo. ¡Vaya arrogancia! Esto resulta, cuanto menos, una falta de respeto por la realidad. El autor no es Dios ni cosa que se le parezca. Por creerse omnipotente olvida a los demás, deja de considerarlos seres humanos y los disminuye hasta hacerlos meros símbolos, simples propagaciones de su yo. El castigo viene solo, y es que el escritor no resuelve su problema y patina en sus vicios hasta el último día de su vida: por no haber aceptado a los otros como otros. Una novela puede ser escrita por razones de purificación, y quizá muchos personajes contengan partes de su autor. Pero no todos, y aun los que entran en esta categoría, si son partes lo son entre otras cosas y a pesar de, lo más fructífero e importante, en todo caso, es el hecho de ser ellos mismos, pues viven. Los simbolistas —continuó pensando con furia el Kratos— se parecen a quienes creen que el mundo no existe, que sólo ellos tienen resolución real y corpórea, y que están imaginando todos los procesos de la vida. En tal omnipotencia viciosa está la clave del fracaso: en su falta de respeto por el mundo terrenal”




 

 ¿Y Los Sorias?

Ustedes se preguntarán por qué ocuparse primero de La Tecnocracia y su sistema si son Los Sorias quienes le dan título a la novela.

Bueno, sucede que Los Sorias son la Némesis de La Tecnocracia y, por lo tanto, se necesitan mutuamente para ser y estar en el mundo. Más que subversivos, los sorias son proscritos por no ajustarse a una cosmovisión que entre los otros se presume verdad revelada. Si unos párrafos atrás hablamos de guerra fría, la  pugna  entre los protagonistas de  esta historia por momentos se enciende y lleva incluso al uso de armas químicas en el intento de exterminar al adversario. En este punto resulta más claro que nunca el carácter delirante y caótico de la realidad, mientras la literatura permanece en estado de lucidez. Ya lo escribió don Antonio Machado: “El loco purga un pecado ajeno: la cordura. / La terrible cordura del idiota”. Esa forma de insania crea una provincia de Soria, una suerte de campo de concentración al que son llevados- otra amarga paradoja- los que son sospechados de totalitarismo. En esa Siberia se sale a cazar personas como si de un coto de caza se tratase.

Como contraparte del Monitor, Soria es gobernada por el Soriator, jefe supremo del país, que se mueve entre sectas con nombres de esta índole: Los naricerinos, cuyo dios es una nariz; Los orejarios, que adoran una o varias orejas; Los cularios, que se cortaban el culo; Los izquierdostesticularios y toda una taxonomía gozosa forjada con el más fino humor negro. Una muestra: en algún punto del relato aparece un personaje llamado Gordo Soriano que, por supuesto, es el mismísimo escritor argentino Osvaldo Soriano en persona, y cuyo apellido da lugar a un disparatado malentendido.




Un dato esencial: el Soriator se considera la reencarnación de Almanzor, el legendario caudillo de los moros, a quien rinde un culto que se manifiesta en la proliferación de rituales de toda índole.

En el primer capítulo de la novela se nos presenta a Juan Carlos y Luis, dos de los hermanos Soria que comparten cuarto de pensión con Personaje Iseka- ese es su nombre-. Iseka intenta escribir una novela o algo así y los hermanos lo interrumpen todo el tiempo, conminándolo a ocuparse de alguna cosa útil que le reporte algo de dinero. Exasperado, el ignorado escritor opta por huir y refugiarse en tierras de La Tecnocracia, pasando como quien dice de la anarquía al orden, de la libertad al control absoluto. Alargando un poco el concepto, podemos decir que Los Sorias, cuya literatura se llama Soriasis, son algo así como la contracultura, tan temida en principio por el poder, aunque no tarda en asimilarla y ponerla a su servicio. Vistas así las cosas, resulta bastante ilustrativo encontrarse con este párrafo:

“El conjunto de música beat La Horrible Abuelita, autor colectivo de las siguientes composiciones que desfondaron hacia arriba todos los rankings: Rail alrededor de la fogata, Le pego a mi nena con una cadena de bicicleta, Tengo una poca, Sé mi hembra de hurón. ¿Por qué no quieres hacer conmigo como las nutrias?, Te haré el hara-kiri cuando te agarre putita de topo, Abriéndome las venas en la colina llena de frutillas rosadas, El aullido del perro, El chillido de la rata al ser pisada por aquella otra, La clava de Neanderthal, La mujer de Piltdown, Tengo una tundra, El conejo estepario, Si te portas bien conmigo te regalo un liquen, El estupefaciente più mosso lento que se tomó la grulla rosada de patas blancas ojos grises pico dorado alas de murciélago verde y sombrero negro (¡miren si no será tonta!), Bomba Hache homeopática sobre Chanchín del Norte, El Monitor es un Monstruo, etcétera, al principio fue tolerado y hasta estimulado por el Jefe de Estado, quien lo nombró conjunto oficialista de rock. Pero cayó en desgracia cierto día cuando, ya cubierto de honores y lleno de plata, editó una nueva composición titulada El Monitor es bueno.

Para el orden establecido Los Sorias son la peste, un peligro del que debe mantenerse apartado y al que trata de controlar con medidas tan absurdas como esta:

 

“Enrique Katel, Kratos de las Lenguas, quien al igual que todo tecnócrata odiaba a los sindicalistas recalcitrantes, refractarios a su asimilación al nuevo orden de cosas, dictó una directriz según la cual, todas las propiedades de esta gente, quedaban grabadas con impuestos con carácter retrospectivo hasta el año 1030. O sea hasta la Edad Media. Y de nada les valieron sus protestas de que por aquel entonces no existía la Tecnocracia y ni siquiera los Sindicatos”.




Los avatares del mal.

El poder, toda forma de poder como manifestación del mal. Del Antiguo Testamento con su legión de demonios a la fascinación de Thomas Pynchon y David Foster Wallace por una Norteamérica salida de quicio, pasando por los personajes alucinados de Dostoievski o el perturbador Informe sobre Ciegos, de Ernesto Sábato, buena parte de la gran literatura de todos los tiempos se ha sentido arrastrada por esa órbita gravitacional. Los Sorias no es una excepción. En esa medida, el primer reto para el lector es no caer en la tentación de creer que para el narrador el delirio y el caos son fines en sí mismos. Todo lo contrario: son en realidad la esencia del poder, las claves para seguir su rastro como el azufre en las leyendas medievales del demonio. De ahí la necesidad de trascender lo que en principio parece un juego de frases ingeniosas, como el catálogo de bebidas alcohólicas que se ofrece en una de sus páginas:

“Una silla de fusilar eléctrica”.

“Un campo de concentración con agua”.

“Tecnócrata rabioso triple”.

“Monitor doble con hielo”

“Lanzallamas gigante triple”

“Medio dedo de Frente SS”.

“Monitor aullando histérico entre alfombras rojas”.

Sólo a luz de semejante estado de ebriedad puede comprenderse una declaración de principios como esta, propia de un tecnócrata llamado Telefónico I:

“Soy egocéntrico. Tan sólo me hacen gracia mis propios chistes. Estaría el día entero escuchándolos. Así que cuidadito con juzgarme”.

No podría haber mejor síntesis de la manera cómo funciona el cerebro de un dictador.

A modo de contrapunto, Los Sorias proponen una aparente libertad sin tapujos que empieza, cómo no, por las palabras, según se lee en este poema de Luz Soledad Ferreira Perfecta Soria:

“Cuando escucho la voz del Soriator siento una cosa entre las piernas. Es como una avenida de soretáceos que montasen guardia como esfinges. ¡Oh Soriator!: cuando te miro me parece que por el culitólido me entrase una gran caquélida, que me penetrara toda, y llego al orgón mustio. Otras, por mi vulvúcea penetras y mi árida matriz matrizdrida se llena de tu mierdísida metafísica. He tenido asi\ gracias a ti, hasta ocho fetáceos de bastante bosta. ¡Ven! ¡Ven pronto Señor Soriator y escatológame encima con ti gicoca, escatógame con tu logicaco y metolocaga con tu escocagi! Ser o estar. Ésta es la cuestión”.

Luz  Soledad  Perfecta: frente a ese nombre no cabe ironía.

Pero esa libertad sin tapujos es sólo un truco para ocultar las dimensiones de la barbarie: nunca es tan peligrosa una dictadura como cuando se disfraza de liberalidad. O si no, fijémonos en el rol jugado por los sindicatos en esta historia, auténticos tumores cancerígenos que se multiplican con la voracidad de un universo en expansión.


                                                              Alberto Laiseca

Maestro de la parodia Laiseca no da tregua. De principio a fin, su novela está sembrada de guiños, de juegos, de mensajes crípticos y, por encima de todo, de un humor que nos mantiene en vilo , como en esta tonada que recuerda a los cantos nazis y fascistas:

“Los plagiarios de patentes,

Los asquerosos plagiarios de patentes,

Pronto de un poste colgarán,

Con la mirada puesta en nuestro Monitor.

El contrabando de fósforos a pilas terminará,

Terminará,

Terminará,

Terminará.

Dales, dales bien duro,

Hasta que del culo salgan destellos”.

Frente a la potencia devastadora del poder sólo quedan el humor y la risa capaces de poner al tirano en su lugar, independiente de si su reino es Soria o La Tecnocracia. La ironía y la risa nos recuerdan lo que ya dijeron los teólogos: que el truco más socorrido del demonio consiste en hacernos creer que no existe.

El narrador de Los Sorias lo sabe: burlarnos del burlador es una buena manera de conjurarlo.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=XRU1AJsXN1g

viernes, 7 de julio de 2023

Esqueletos en las redes





“Todos tenemos un esqueleto escondido en el armario”, reza una vieja sentencia, para referirse a esas lacras, pecados o faltas personales que quisiéramos olvidar o pasar inadvertidas pero, ante la imposibilidad de hacerlo, al menos nos gustaría mantener confinadas en algún rincón de la mente con la esperanza de que nadie pueda notarlo.

Pero todo se queda en deseo.

Es bien sabido que nunca falta el imprudente, el chismoso o el enemigo que un día saca nuestras miserias a pasear por las calles para deleite de los espectadores.

Es entonces cuando afloran comentarios del tipo: “Como parecía de buena persona” “Miren a la mosquita muerta con la que salió” o “Ya decía yo que ese era un sepulcro blanqueado”

De nada sirven los esfuerzos que haga una persona para regresar la osamenta a su confinamiento. Una vez pulsado el botón de la maledicencia, nada volverá a ser lo mismo.

Desde la biblia hasta las novelas contemporáneas, pasando por los cronistas de los dictadores romanos o los áulicos de las cortes española, inglesa o francesa, las grandes obras de la literatura y los mejores libros de historia abundan en la exhibición minuciosa de las debilidades de los poderosos, que nada podían hacer frente a la avidez que todos manifestamos ante la exposición pública de las faltas ajenas, o de lo que la moral al uso considera como tales.

De ahí viene en buena medida la opinión que tenemos de seres tan lejanos en el tiempo como Judas Iscariote, Lucrecia Borgia, Cleopatra, Enrique VIII, Madame Pompadour, Catalina La Grande o el mismísimo patriarca Abraham del Antiguo Testamento.




¿Eran en realidad mejores o peores que el resto de los seres humanos de cualquier época o lugar?  Tengo mis dudas, con perdón de los historiadores, que al fin y al cabo son mortales hechos de barro y, en tanto tales, tienen sus filias, fobias e intereses. Es distinto el caso de los novelistas: siempre podrán argumentar que lo suyo no pasa de ser ficción y que, por lo tanto, cualquier parecido con un personaje de carne y hueso es mera coincidencia.

Curiosamente, nunca se supo que alguno de esos personajes, indignado, exigiera  respeto por su privacidad y pidiera protección ante los tribunales. Se sabían personas públicas y se asumían en su condición. Ese reclamo parece ser un fenómeno contemporáneo, propio del mundo del espectáculo y de las redes sociales como instrumento de multiplicación.

Y eso nos deja, de entrada, ante una paradoja. A juzgar por su comportamiento y por lo que suelen expresar, las celebridades aprovechan su exposición constante a la mirada ajena para cosechar seguidores, obteniendo de paso beneficios económicos y de otra índole-incluida la sexual-. No de otra manera se explica la obsesiva publicación de los más insignificantes detalles de su vida en sus redes particulares. Esos detalles incluyen a veces imágenes de sus hábitos sexuales.

Pero la dirección de los vientos siempre cambia y, un día, por envidia, por venganza o por el simple goce de enrarecer el ambiente, alguien decide que es hora de sacar a pasear el esqueleto- o la legión de esqueletos- del fulano o fulana para que se den una vuelta por ahí. Y aquí es donde se hace evidente la diferencia. Mientras a los esqueletos del pasado los sacaban a pasear por las calles de Roma, París, Londres o San Petersburgo, los modernos tienen el planeta entero a su disposición:  basta un clic para que el huesudo en cuestión le dé la vuelta al mundo en todas direcciones en cuestión de segundos. Por eso es habitual que en las redes, y en tiempo real, se crucen los esqueletos de Shakira y Piqué, de Lady Gaga y el presidente Bukele o los de un cardenal romano y una estrella porno de Los Ángeles.



Es entonces cuando se escucha primero una vocecita, luego un grito estridente y acto seguido un llamado de auxilio pidiendo que se respete la vida privada del reclamante. ¿No es éste el mismo individuo que hasta ayer hizo de su vida un acto de perpetuo exhibicionismo? Se pregunta con todo derecho el consumidor de información al que le reste un tanto así de lucidez.

Y le asiste toda la razón: si las viejas fronteras entre vida pública y privada se desvanecieron a resultas de las acciones del ahora quejumbroso, no se entiende con qué rasero se pueden medir las dimensiones de la supuesta invasión. Conceptos como intimidad o privacidad, que las personas solían defender con todos los recursos a su alcance, hace rato perdieron su antiguo sentido, más aún cuando la existencia toda se convirtió en espectáculo.

Dicho de otra manera, si un sector de la población hizo de la exhibición del propio ser una codiciada mercancía, mal hace ahora en reclamar porque otro sector optó por darles un paseo a sus esqueletos en las redes.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Ry7Tp-dH9x0